Saudade rural

Ruta por las Aldeias Históricas de Portugal

Estos doce pueblos comparten una localización estratégica y una historia de luchas fronterizas que ha acabado configurando su urbanismo con castillos y núcleos amurallados que han llegado hasta nuestros días.

Las Aldeias Históricas se hallan en la región Centro de Portugal, a poca distancia de la frontera española, y son la excusa perfecta para realizar un viaje de descubrimiento histórico, cultural y paisajístico.

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shutterstock 624829643. Almeida

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Almeida

La villa de Almeida es en realidad una gran fortaleza con forma de estrella de doce puntas, con baluartes, torres de defensa y un foso alrededor. Este aspecto fortificado data del siglo XVII-XVIII pero tiene una historia mucho más antigua que se remonta 800 años, cuando los musulmanes construyeron un castillo en lo alto de este altiplano al que llamaron Al-Meda (la Mesa), Talmeyda o Almeydan. Después de años defendiendo la frontera cristiano-árabe, Almeida se convirtió en una de las mayores plazas fuertes de Portugal frente a España y también frente a las tropas napoleónicas en el siglo XIX.

 

Impone entrar por alguna de sus tres puertas, abovedadas y protegidas por una muralla con 2500 m de perímetro. De la ciudad medieval, derrumbada para levantar la fortaleza, queda la Puerta del Sol, el trazado de las antiguas murallas que ahora sigue la Rua dos Combatentes y el terreiro Velho, donde se hallaban los cobertizos del mercado.

 

En la estrella de doce puntas aún destacan estructuras militares, reconvertidos ahora en edificios de uso administrativo o cultural, como la Casa de los Gobernadores, el antiguo cuartel de Artillería, el de Caballería o el de Infantería. Entre las casas solariegas, destaca el Solar Sao Joao, residencia de altos cargos militares en el siglo XVIII. La iglesia de la Misericordia, antes unida al hospital de la Misericordia, y la Torre del Reloj completan el conjunto monumental de Almeida.

shutterstock 1121046527. Belmonte

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Belmonte

La torre de granito blanco del castillo medieval aún corona la ciudad que vio nacer a uno de los navegantes más ilustres de la época de los descubrimientos portuguesa, Pedro Álvares Cabral, que en 1500 conquistó Brasil. La familia Cabral está muy presente en el Belmonte de hoy, tanto como el legado de la comunidad judía que se instaló aquí tras la expulsión ordenada por los Reyes Católicos en 1492. Junto a la puerta de las casas del barrio judío, extramuros, aún se ven grabados en la piedra los oficios de sus ocupantes –unas tijeras, por ejemplo, para el sastre–, así como el símbolo de la cruz que certificaba la conversión al cristianismo, cuando en 1496 el rey de Portugal también promulgó la expulsión de los judíos.

 

La sierra da Estrela (de la Estrella) domina el paisaje de fondo de Belmonte. Sus bosques y cumbres nevadas asoman por encima de las calles medievales y de las iglesias románico-góticas –en la de Santiago se halla el panteón de la familia Cabral–, desde lo alto del castillo y a través de las ventanas del antiguo convento de Nuestra Señora de la Esperanza, transformada ahora en un acogedor y elegante alojamiento.

iStock-1284259527. Castelo Novo

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Castelo Novo

La sierra de Gardunha enmarca el conjunto de Castelo Novo, otra de las Aldeas Históricas que delatan con su nombre su función de defensa fronteriza. El castillo del siglo XII se desmoronó con el terremoto de 1755 que sacudió medio Portugal y fue reconstruido y renombrado como Novo (nuevo). El casco histórico es un ovillo de callejuelas que antes estaban encorsetadas entre murallas y que ahora disfrutan de vistas a la sierra de Gardunha. En el centro, abierta a una amplia plaza con la picota manuelina, se halla la señorial Casa da Câmara, con sus pórticos y la fuente de Don João V, añadida a la fachada. En la empinada cuesta que sube al castillo hay una curiosidad: un lagar tallado en la roca que hace siglos servía para pisar la uva con la que se elaboraba vino.

iStock-506511854. Castelo Rodrigo

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Castelo Rodrigo

La amurallada Castelo Rodrigo era una de las fortalezas que el rey leonés Alfonso IX erigió en el valle del río Côa para reconquistar territorio a los musulmanes. Su trazado medieval ha llegado hasta nuestros días a pesar de los tumultuosos tiempos de disputas entre Portugal y los reinos de León y después de Castilla. En lo alto del monte, se ven las ruinas del palacio del gobernador Cristóbal de Mora, incendiado en 1640 por una población contraria al apoyo que aquel dio a la corona castellana unas décadas antes. El pozo-cisterna, la torre del Reloj y la iglesia y convento de Santa María de Aguiar completan el paseo por su casco antiguo. Aún queda una visita de leyenda: la iglesia de Nossa Senhora do Rocamador, etapa jacobea en la ruta portuguesa, que exhibe una imagen de Santiago en su versión «matamoros».

iStock-1055123154. Castelo Mendo

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Castelo Mendo

La reciente restauración de la villa de Castelo Mendo ha recuperado el encanto medieval que las viejas guerras y los nuevos tiempos habían empezado a borrar. Una muralla con seis accesos, calles estrechas y casas típicas de dos plantas (la baja para el ganado, la primera para vivienda) componen el conjunto, que consta de un segundo cinturón abierto para acoger espacios más amplios como la plaza de San Vicente y la del Pelourinho, la Casa da Cámara o Ayuntamiento y la iglesia de San Vicente.

El paseo sin rumbo fijo descubre al visitante rincones curiosos como una escultura que se dice que representa a don Mendo Mendes, gobernador en el siglo XIV, en la antigua Casa da Cadeia (cárcel), y otra escultura que representa a su esposa en una casa cercana denominada Casa da Menda. Hay más sitios en los que detenerse: la iglesia de San Vicente y la de San Pedro, la Porta dos Berroes o puerta de los Verracos, y el Museo del Tiempo y de los Sentidos, en la vieja cárcel, que exhibe utensilios de labranza, antiguas monedas y objetos de antiguas épocas. Fuera de las murallas se extiende un paisaje de pastos y cultivos que parece no haber cambiado desde que se instaló aquí el primer asentamiento humano, en la Edad del Bronce.

iStock-496355066. Monsanto

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Monsanto

Vestigios humanos del Paleolítico y unas termas romanas han confirmado a Monsanto como una de las aldeas más antiguas de Portugal. Se alza en la ladera de un monte escarpado, en la comarca de la Beira, una zona conquistada por Alfonso Henriques y donada a la orden del Temple, que construyó un castillo en su punto más elevado. Hoy en día, la fortaleza templaria de Penha Garcia y el paseo por las murallas del castillo militar construido después ofrecen una de las mejores vistas de la región. El núcleo urbano alberga peculiaridades arquitectónicas como los techos de «una sola teja», es decir, hechos con un bloque de granito. También hay palacetes con blasones, portales esculpidos, la Torre de Lucano (siglo XIV) y la casa del novelista Fernando Namora (1919-1989).

 

En recuerdo a su pasado más remoto, la villa celebra el 3 de mayo la Fiesta de las Cruces, que recuerda los siete años que la población resistió desde sus precarias murallas al sitio de los romanos en el siglo II a.C.

iStock-516797932. Piodao

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Piodao

Piodao no tiene castillo, ni murallas, ni mansiones, ni tampoco se recuerda que participara en ningún acontecimiento histórico de relevancia. Pero esta aldea de la sierra de Açor es una de las más bellas de Portugal. Sus casas están dispuestas en bancales conectados por escaleras empinadas que detienen a media subida en la blanca Iglesia Matriz y en la capilla de San Pedro, también encalada. De día, el sol arranca brillos a la pizarra que cubre suelos y tejados, y resalta la pintura azul o blanca de ventanas y puertas. De noche, con las luces encendidas, hay quien dice que parece un árbol de Navidad o una aldea de belén. En todo caso Piodao no deja indiferente, fascina con su sencillez medieval, su licor de castaña y su dulce aguardiente de miel.

iStock-1218037280. Llinhares da Beira

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Llinhares da Beira

La tribu de los lusitanos halló en la sierra da Estrela el lugar ideal para vivir: justo donde ahora se encuentra Linhares de Beira. Rodeada de pastos, arroyos y bosques, esta aldea histórica fue también una etapa en la vía romana que comunicaba los asentamientos de la comarca de la Beira. El nombre de Linhares probablemente provenga de lino, uno de los cultivos predominantes en la zona hace siglos.

Como en la mayoría de poblaciones de la zona, el pueblo está coronado por un castillo –de origen probablemente morisco– que ofrece vistas sensacionales. Sus dos torres almenadas, la plaza de armas y las antiguas cisternas son capaces de trasladar al visitante a aquella época de luchas fronterizas, aunque la panorámica que ahora se contempla es de una placidez casi angelical.

Al pie de la fortaleza se despliega el núcleo urbano, de suelo empedrado con las mismas piedras de granito que sostienen los muros de las casas, la mayoría de aspecto sencillo y alguna de fachada señorial, con ventanas del siglo XVI, como la indispensable picota o pelourinho.

iStock-487841438. Marialva

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Marialva

El río Alva bordea el saliente rocoso sobre el que se erige la aldea amurallada de Marialva, uno de los mejores ejemplos de arquitectura medieval de la región Centro de Portugal. Sus habitantes se remontan más lejos en el tiempo para explicar la historia del pueblo: en la Prehistoria ya hubo un asentamiento humano, los aravos fundaron un castro en el siglo II a.C. y 400 años después se rindieron a los romanos, que la denominaron Civitas Aravorum; los visigodos y luego musulmanes –los primeros la llamaron San Justo, los segundos, Malva– cultivaron sus tierras y lucharon por ellas contra los cristianos.

La visita a la ciudadela medieval empieza en la Puerta del Ángel de la Guardia –atención a las marcas en la puerta, son medidas usadas en aquellos tiempos–, pasa junto a la Casa de la Judía –una cruz grabada indica que sus habitantes eran conversos– y sube hasta las torres de la muralla, con vistas magníficas de la villa y de los campos de alrededor.

El pueblo tiene su núcleo en la plaza del Pelourinho, con la picota del siglo XV y el edificio consistorial, del XVII. En la villa que creció fuera de la ciudadela se ven algunas casas señoriales con escudos de armas que flanquean calles amplias y empedradas a las que van a parar callejuelas o en las que se erigen iglesias de origen románico y de una sencillez que enamora.

iStock-813702750. Idanha a Velha

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Idanha a Velha

 

Al llegar a la aldea histórica de Idanha-a-Velha, en el valle de Castelo Branco y rodeada de olivares, nada hace pensar que nos hallamos en una ciudad que mantuvo sus prosperidad a pesar de los distintos imperios y culturas que la poblaron. En tiempos romanos, Igaeditanorum era la etapa más destacada en la vía que conectaba las ciudades de Mérida y Braga; en época visigoda, Egitania alojó la sede del obispado y acuñaba moneda; y en cuanto a la Idania musulmana, casi superó en riqueza a Lisboa. Tras la Reconquista, su posición estratégica se refuerza, pero en el siglo xv una plaga diezmó a la población, que se trasladó a Idanha-a-Nova.

 

Lo mejor de esta ciudad es que conserva vestigios de todas aquellas florecientes épocas. Entre los enclaves más interesantes, destaca el Archivo Epigráfico, que posee una colección magnífica de losas con grabados, además de las ruinas de una casa noble romana que ahora puede visitarse. Las piscinas bautismales de la época sueva (siglo VI) y la Iglesia Matriz (siglos XVII-XVIII) son también paradas ineludibles.

iStock-1031116968. Sortelha

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Sortelha

Los habitantes de Sortelha soportan con paciencia el apodo de lagartixos (lagartijas) que les dieron sus vecinos. Este peculiar sobrenombre lo deben a la disposición de sus casas, estiradas sobre rocas, expuestas al sol como lagartijas en busca de calor. Lo cierto es que los apodos son una constante en este pueblo rodeado de formaciones rocosas que reciben nombres como Cabeza de la Vieja y otras que recuerdan animales fantásticos.

Sortelha es otra de las aldeas históricas que mejor ha preservado su aspecto medieval. Amurallada y con un castillo del siglo XIII en lo más alto, tiene –cómo no– su picota manuelina, su iglesia renacentista y sus torres almenadas con vistas magníficas.

iStock-1175984127. Trancoso

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Trancoso

El altiplano sobre el que se erige Trancoso ofrece una panorámica de kilómetros de distancia que abarca el valle del Duero y la sierra da Estrela. No es extraño, pues, que los sucesivos reyes portugueses la consideraran un enclave defensivo prioritario y la dotaran de las estructuras militares más imponentes. La llegada de judíos de Castilla a partir de 1492 llenó la ciudad de artesanos y médicos que unos años después tuvieron que declararse conversos para sobrevivir a la inquisición. De aquella época queda la Casa del Gato Preto, que alojó la sinagoga, y las dos puertas de algunas casas, una para la tienda, la otra para la vivienda.

 

La solemne Portas d’El Rei es la entrada principal en las murallas, pero hay más: la de la Traiçao, la do Prado y la de Carvalho, protagonista de una de las leyendas que más curiosidad despiertan en los niños, la del caballero que robó una bandera a los musulmanes que acampaban frente a la ciudad.

 

En el centro del pueblo se alza la Iglesia de San Pedro y el Pelourinho, del siglo XVI y coronado por una jaula esculpida en la misma piedra de la columna. Cerca de allí se halla el barroco Palacio Ducal y la Casa dos Arcos, un edificio señorial de fachada porticada donde en el pasado se instalaban los vendedores los días de mercado.

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