A lo Gerald Brenan

Ruta por los pueblos blancos de las Alpujarras de Granada

Al otro lado de Sierra Nevada, lejos del esplendor nazarí de la Alhambra y del bullicio universitario y comercial de Granada, un puñado de pueblos blancos permanecen aferrados a una tierra regada por el agua del deshielo y arroyos indómitos que antaño movían molinos y llenaban las piletas de lavaderos de piedra.

Sierra Nevada, el macizo montañoso más alto de la España peninsular, une y separa la comarca de las Alpujarras de la ciudad de Granada. Si quisiéramos llegar por el camino más corto a la capital desde alguno de los pueblos que alfombran esta extraña región de bosques, barrancos por donde se despeña la nieve derretida y veredas que en apariencia no conducen a lugar alguno, no tendríamos más remedio que trepar hasta los pies de las cumbres del Mulhacén (3479 m) y el Veleta (3396 m) y sortear sus lagunas glaciales; tropezaríamos entonces con manadas de cabras hispánicas y vislumbraríamos a lo lejos, con solo dirigir nuestra mirada hacia el sur, el quieto Mediterráneo y la costa norteafricana tras él, como un horizonte lejano, abstraído y poético.

 

Gerald Brenan decía, hace un siglo, que las Alpujarras eran un insólito país que no guardaba relación alguna con el resto de Andalucía. Cuando sus amigos londinenses, escritores del denominado grupo de Bloomsbury, llegaban de visita, Brenan los hacía entrar en los pueblos más recónditos de la comarca. Entonces, Virginia Woolf, Dora Carrington o Lytton Strachey no tenían otra salida que reconocer que se hallaban en un lugar excéntrico y distinto a todo, herencia de los últimos moriscos mezclada con la sangre de cristianos viejos tras agotadoras batallas que habían quedado arrinconadas en los libros de historia.

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GettyImages-1028375642. Trevélez: un inicio por lo más alto

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Trevélez: un inicio por lo más alto

Tiene algo épico comenzar un viaje por las Alpujarras desde los 1476 m de uno de los municipios más altos de España. Trevélez se divide en tres sectores: Alto, Medio y Bajo. Las últimas casas del barrio Alto se alzan por encima de los 1500 m, a un salto de los senderos que trepan hasta las lomas de Sierra Nevada, próximas a secaderos donde hace décadas que se curan jamones y chacinas de los cerdos criados en los valles de Lújar y la Contraviesa.

Un camino bordeado de castaños, alcornoques y moreras une Trevélez con Busquístar, que tiene en mitad de su blanco caserío un mirador desde donde se puede otear el valle del río Guadalfeo. En las tardes quietas, cuando no hay un alma por sus calles, desde este balcón panorámico solo se oye el soplo del viento que se precipita desde las desnudas y frías montañas de la cordillera para mecer las choperas del valle bajo, allí donde ya no hay miedo de caer rodando víctima de estas escarpaduras y empinados desfiladeros.

iStock-1187349762. Arquitectura popular en Pórtugos y Pitres

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Arquitectura popular en Pórtugos y Pitres

Al llegar a Pórtugos –solo 2,5 km hacia el oeste– hay que detenerse frente a la Fuente Agria, el caño de agua situado a la entrada del pueblo. Antiguamente, los médicos aconsejaban beber de ella a las personas afectadas de anemia, tuberculosis y lo que se llamaba «flojera de espíritu», porque su agua ferruginosa, cargada de hierro que oxida las piedras, aseguraban que recomponía el cuerpo.

 

Pórtugos y su vecina Pitres son pueblos prototípicos y se diría que resumen mejor que ningún otro las obsesiones arquitectónicas de la Alpujarra granadina. Blancos como la nieve de la sierra, están encallados entre barrancos por cuyas cicatrices se precipitan en primavera las aguas limpias del deshielo. Las calles son estrechas y empinadas, las plazas son asimétricas y no guardan similitud entre ellas. Las casas están aterrazadas y el techo de la primera sirve de sostén a la que se alza por encima. Los terraos están cubiertos de launas, piedras de pizarra oscura que soportan a su vez el peso de unas peculiares chimeneas coronadas por dos lajas a modo de sombrero. En Pórtugos y Pitres, además, se alzan iglesias de aliento mudéjar con sendos campanarios que desafían el desnivel frente a una plazoleta animada por los lugareños.

iStock-178776189. Pampaneira: casas blancas y jarapas

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Pampaneira: casas blancas y jarapas

El camino que lleva hasta los pueblos del barranco del Poqueira se ensancha frente al valle. El barranco, una herida geológica a los pies del Mulhacén, lo conforman tres pueblos. Pampaneira, Bubión y Capileira son los municipios más conocidos de la comarca, pero también los más encantadores y los que poseen mayores comodidades para el viajero.

 

A la entrada de Pampaneira, un azulejo artístico llama la atención del visitante: «Viajero, quédate a vivir con nosotros». Esa invitación convierte el paseo por las calles en una iniciación histórica del pueblo y su comarca. En cada esquina aguardan leyendas y crónicas, cuando a lo largo del siglo xvi, perdida Granada, los súbditos nazarís hallaron asilo en estas soledades antes de que las insurrecciones los obligaran a exiliarse en la orilla sur del Mediterráneo. Los nombres de estos municipios evocan, además, otros territorios. Los historiadores no se ponen muy de acuerdo, pero al parecer fueron colonos procedentes de tierras asturianas y gallegas los que se instalaron en estos pueblos cuando los últimos moriscos fueron expulsados.

iStock-1318987870. Los imprescindibles de Pampaneira

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Los imprescindibles de Pampaneira

La iglesia de Pampaneira, consagrada a la Santa Cruz, se alza frente a la plaza de la Libertad, un espacio ancho, luminoso, aterrazado por las calles que suben a los barrios altos. A la plaza se asoman comercios tradicionales que venden las célebres jarapas, alfombras de vivos colores que recuerdan la artesanía recuperada de principios del pasado siglo. Hay un molino y un lavadero tradicional, y por mitad de las calles, entre ordenados canales, discurren las aguas que riegan las huertas a los pies del pueblo.

GettyImages-167348568. Bubión, el pueblo blanco inesperado

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Bubión, el pueblo blanco inesperado

Bubión tiene calles serpenteantes y estrechas, adornadas de pasadizos y miradores desde donde se consigue una vista impagable del barranco. Su iglesia está dedicada a Nuestra Señora del Rosario y, al igual que los templos de Pampaneira y Capileira, fue construido en estilo mudéjar a principios del siglo xvi como cabecera parroquial.

iStock-1292122975 (1). Capileira: el más alto del barranco

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Capileira: el más alto del barranco

Capileira es el pueblo más alto del barranco. Y el más bello. Su barrio bajo esconde alguno de los rincones más delicados de la arquitectura vernácula de la Alpujarra granadina. Son calles mínimas, zigzagueantes, que suben y bajan, callejones sin salida, una trama laberíntica por debajo de la iglesia de la Virgen de la Cabeza que cobra un atractivo singular cuando cae la tarde, a la hora azul en que prenden las farolas y su luz anaranjada ilumina los rincones silenciosos y las plazoletas sin nadie en ellas.

shutterstock 669099568. Callejeando por Capileira... y más arriba

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Callejeando por Capileira... y más arriba

En Capileira, además, abre sus puertas el Museo Pedro Antonio de Alarcón, autor de La Alpujarra: sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia (1874). Es un museo de artes y costumbres populares dedicado al escritor granadino, una casona típica cuyo interior atesora la memoria cotidiana de estos pueblos arracimados en la ladera sur de Sierra Nevada. Las estancias más interesantes son las que muestran fotografías antiguas y enseres de labranza.

 

De Capileira parte una carretera de alta montaña que trepa hasta los 2500 m de altitud. Desde allí las vistas son impagables. Se divisan las cumbres más altas del macizo y el Mediterráneo se cuela entre los pliegues de las últimas montañas que a modo de escalón nos separan de las orillas de la mar. A partir de esta cota los vehículos a motor tienen prohibida la circulación. Los últimos bosques de coníferas marcan los límites del parque nacional. Los senderos trepan hasta las cumbres más altas de la sierra, la denominada «Integral de los 3000», una ruta solo apta para montañeros experimentados.

shutterstock 1162284025. Pesadillas en Soportújar, el pueblo de las brujas

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Pesadillas en Soportújar, el pueblo de las brujas

Carretera abajo, buscando los caminos de Lanjarón, hay un momento en que se divisan los tres pueblos del barranco de Poqueira, escalonados y en perspectiva. Es una de esas estampas mágicas que la Alpujarra esconde entre su verticalidad, tan singular como un centro budista que en las soledades de la montaña acoge una estupa sobre el caserío blanco de Soportújar.

 

Sin embargo, lo más característico - a la par que curioso- de esta localidad es su condición de pueblo de los brujos y las brujas. Varias estatuas, una cueva y una fuente vertebran una ruta por estos rincones encantados que dan fe de una maldición que data de la Rebelión de las Alpujarras en el siglo XVI, cuando los moriscos fueron expulsados de estas coordenadas y esta localidad fue repoblada con colonos del norte de España. En concreto, de Galicia, de donde importaron ciertos ritos y cultos celtas que en los alrededores se entendieron como paganos e, incluso, malditos. Sea como fuere, la anécdota hace que merezca la pena perderse entre sus calles retorcidas y ¿maldecidas?.

shutterstock 1687359511. Lanjarón: aguas medicinales y plazuelas floreadas

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Lanjarón: aguas medicinales y plazuelas floreadas

Lanjarón es el pueblo de los manantiales y del balneario romántico. Hubo un tiempo –en el siglo xix y principios del xx– en que las familias de renombre y buenas rentas venían cada verano a tomar las aguas. La localidad no ha perdido aquel encanto burgués, que se manifiesta en las grandes casonas historicistas que hilan la Calle Real y en uno de cuyos extremos abre sus puertas el soberbio edificio neomudéjar del balneario. Sus aguas tienen propiedades mineromedicinales y están indicadas para un sinfín de dolencias. Es costumbre los fines de semana que las fuentes del gran salón den de beber a vecinos y visitantes, que salen con una sensación de reconstituida salud.

iStock-147447011. La guinda de Órgiva

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La guinda de Órgiva

Órgiva es el municipio más grande de las Alpujarras y la cabecera comarcal. Se asienta a orillas del río Guadalfeo que, en primavera y tras un invierno generoso en nieves, baja con un caudal abundante que se remansa en el embalse de Rules. Órgiva carece de la arquitectura tradicional de los pueblos de la Alpujarra Alta, pero posee una iglesia consagrada a Nuestra Señora de la Expectación –del siglo xvi, se erigió sobre una mezquita del xiv– con dos campanarios gemelos y altivos que subrayan el patrimonio de la localidad.

De Órgiva, además, parten los caminos que dividen la Alpujarra Alta y la Alpujarra Baja. Este último sector alberga los pueblos que se asoman a la profundidad del valle, más dóciles y dados a las tareas agrícolas, con ricas huertas y manantiales caudalosos. En dirección hacia el este se alcanza la Alpujarra de Almería, otro país, otra realidad, otro viaje.

Órgiva es la puerta de entrada y salida de las Alpujarras granadinas. Cuando se abandona el pueblo hay una sensación de que esta extraña región de alturas, pueblos abancalados, construidos con cal y pizarra, no pertenecen a esa otra Andalucía que se despliega rumbo a la ciudad de Granada.

Capileira