Chubasquero y prismáticos

El salto del Nervión: apoteosis natural en Álava

Todas las rutas para descubrir una de las cascadas más espectaculares de España.

Las últimas nieves glasean las tierras altas de Gorobel. Son ribetes blancos para una renacida primavera que comienza a vestir de verde bajo el añil del firmamento. Los rayos del Sol, aún medrosos, entran sin permiso en la nueva estación que los recibe brindando con las gotas del deshielo. Inmersa en un paisaje de roca caliza, el agua se sume entre humus, grietas y cavidades anegando el subsuelo. Como por arte de magia, reaparece generosa para alimentar al Ajiturri, al Urita y al Iturrigutxi, tres arroyuelos que, al unirse, forman el río Delika.

Salto del Nervión

Foto: Shutterstock

Salto del Nervión

El lecho de roca, hasta ahora seco, resucita al sonido de la corriente y al tacto de la humedad que discurren sobre la dureza de su piel. El raudal es somero pero imparable. Corre por la estrechez de un canal atormentado consciente del drama de su inminente tránsito. Porque el Delika es un río suicida, un río conjurado con la reencarnación que sabe que, antes, debe morir. Así, apenas a dos kilómetros de su cuna, se encara a su destino frente a un horizonte inmenso dibujado por las montañas que ocultan el mar. Sin vacilación, salta al vacío en un ritual sagrado, inmolándose para renacer. Es un paso iniciático de reencarnación donde se transmuta y se rebautiza creando uno de los nacederos de ríos más espectaculares de España, el salto del Nervión.

Las leyendas del salto del Nervión

Cuando se llega desde la costa, la sierra de Gorobel o Salvada supone toparse a bocajarro con la meseta. Ya desde la lejanía, antes de llegar a Orduña, vemos erguirse ante nosotros un pedazo muro cuyas cimas, aterrazadas unas y picudas otras, se levantan como atalayas y barbacanas por encima del millar de metros de altitud. Es un farallón de más de 800 m por el que hubiera suspirado el mismísimo Lord Comandante de la Guardia de la Noche. Es el mismo suspiro que debieron exhalar las huestes del rey asturleonés Alfonso III, quien fue derrotado por los vizcaínos y su mítico primer Señor, Jaun Zuria (Señor Blanco), en la batalla de Padura en el año 870. Según la leyenda, los asturianos fueron perseguidos hasta el árbol Malato de Luiaondo logrando escapar por la sierra de Gorobel. En sus alturas pudieron por fin exclamar “salvo somos”, y como Salvada se conoce también desde entonces a esta inmensa ola de roca.

Gorobel
Foto: Shutterstock / Gorobel

Su perfil poderoso se extiende entre las sierras de Gibijo y Peña Angulo. Es divisoria de cuencas y climas, atlántico al norte, continental-mediterráneo al sur. Esto añade cambio y riqueza al paisaje, una sucesión de contrastes entre las zonas suaves del valle, la ruptura del complejo kárstico de los escarpes y los vientos esteparios de la zona superior. Su traducción en vegetación son bosques de roble que se convierten en hayedos mágicos como el de Otzarreta al ganar altura en las laderas casi verticales, para desplegarse arriba en llanada engañosa dominada por el monte bajo de encinas, enebros y brezales. Es una magnífica confusión mestizada por suavidades y asperezas, fríos y templanzas, altiplanos y vegas donde la austeridad se hermana con la lujuria en un derrame de belleza.

La caída libre más alta de la península

Este es el escenario donde las aguas se arrojan al precipicio. En el extremo oriental de la sierra, el barranco se encajona en un cañón con forma de cuña desde cuyo vértice el río intenta volar. Pero no lo consigue. Cae irremediablemente con un alarde de elegancia desesperada, en un continuo arrebato estilizado que forma una de las cascadas más espectaculares de España. Su presencia produce escalofríos. Con sus 220 m de caída libre, es la más alta de Iberia. Desde el mirador, literalmente suspendidos en el espacio, podemos abarcar su inmensidad si nos atrevemos a retar al vértigo. La vemos deslizarse como el velo de una novia en su marcha nupcial hasta desvanecerse en las profundidades. Y a veces, cuando el aquilón del norte llega con brío, lo levanta impúdico invitándola a bailar. El espectáculo es entonces digno de una corte imperial. Tras unos metros de caída, la cascada asciende de nuevo abriéndose en un abanico caótico, en ráfagas volubles de una aurora boreal plateada que, al romperse, muda en minúsculas gotas flotantes que pintan arcoíris en el aire.

Cañón del Delika
Foto: Shutterstock

El gran balcón que forma el filo de la sierra Salvada es un terreno de fronteras ajustadas y confusas. La cascada se halla junto al parque natural Monte Santiago, que pertenece a Burgos, pero permanece dentro de los límites alaveses, en el municipio de Amurrio. En realidad, el territorio pertenece al karst. Es por ello que el agua se infiltra entre la roca haciendo del Delika una corriente estacional. Y por ello, si se quiere disfrutar de la cascada rebosante de agua, los mejores momentos son en el deshielo o después de unas lluvias generosas. Sea como fuere, con agua o sin ella, el salto del Nervión es sencillamente impresionante, lo veamos desde arriba o lo veamos desde abajo. Y se puede de ambas maneras.

En ruta

Lo más habitual es verla desde lo alto subiendo el puerto de Orduña. Desde aquí, una pista nos conduce hasta los aparcamientos junto a la Casa del Parque. Nos pondremos a caminar siguiendo la misma pista parándonos, eso sí, en las ruinas del antiguo monasterio de Santiago de Legreriz (ss. XI y XII). Y, por supuesto, en la fantástica lobera de Monte Santiago, una estructura de dos muros en forma de embudo acabado en un foso, cuyo fin era servir de trampa para lobos. En 2 km habremos llegado al mirador.

Cañón Delika y cascada del Nervión
Foto: Shutterstock / Cañón Delika y cascada del Nervión

Pero si queremos alargar el paseo, podemos tomar la pista que nos conduce hacia el norte atravesando el bosque. Nuestra intención es llegar hasta el borde del cortado, hasta el Balcón de Rubén, que nos regala una impresionante vista sobre el valle de Arrastaria. A nuestros pies Orduña, Delika, Artomaña y Amurrio; a nuestro nivel una panorámica de toda la sierra, con el Txarlazo al oeste y sus bocanadas de nubes surfeando las laderas, hasta el Bertzeta, el puerto de La Barrerilla y las campas de San Pedro de Beratza por el este. Caminamos bordeando el filo con el precipicio a un lado y el hayedo al otro. Pasamos el mirador de El Castillete y un poco más adelante el rumor nos anuncia ya la cercanía de la cascada.

Una vez en el salto, podemos quedar paralizados por el éxtasis de la contemplación o podemos recuperarnos del mal de Stendhal y seguir caminando. Una preciosa senda nos conducirá hasta el mismísimo nacimiento del río en medio de un paisaje digno de postal. O podemos vadear la corriente y continuar por el borde oriental asomándonos en cada saliente, porque todo van a ser tentaciones hasta llegar al mirador de Delika, ya cerca de Untzaga. Las vistas desde aquí son igualmente espectaculares y la perspectiva radicalmente diferente.

Base de la cascada
Foto: Shutterstock / Cañón que lleva hasta la base de la cascada de Salto del Nervión

También podemos acercarnos desde el sur, desde el aparcamiento al norte de Gillarte, después de haber visitado la preciosa Casa Troncal de Urbina de Basabe. La distancia es mayor, unos 5 km. Y si somos más andariegos, podemos alargar el camino al pasar por la ermita de la Trinidad y por la lobera de Gibijo, después de haber descansado a la sombra de la ocho veces centenaria encina que resiste el paso del tiempo bajo la cima del Arangatxas.

Hasta la base de la cascada

Pero aún nos queda otra alternativa. Llegar al pie, a la base de la cascada. Si desde arriba impresiona, desde abajo sobrecoge, y el sentimiento de pequeñez ante grandiosidad de la naturaleza hace que nuestra alma se sienta inundada por el gozo. El recorrido es, además, una delicia, si bien se torna dificultoso en su tramo final. Se sale de Delika bajo el puente del ferrocarril para encontrarnos con el Nervión que aún es aprendiz de río. Tras el bonito pozo de los Caballos, lo remontamos envueltos en un variado bosque de ribera y flanqueados por el cañón que, poco a poco, se va estrechando. Se suceden pequeños saltos de agua hasta finalmente toparnos con el paredón de la sierra y el chorro de agua cayendo desde el cielo. Un premio difícilmente superable.