Donceles y almenas

Los secretos e imprescindibles de la mejor escapada medieval a Guadalajara

Este capricho rural arranca el año como uno de los destinos más emergentes del país y, además, celebrando un cumpleaños muy especial.

Lleva años siendo sinónimo de escapada, casi siempre con el apellido "medieval" en el imaginario colectivo. Sin embargo, la Sigüenza actual transciende a su pasado. De hecho, se ha convertido en un ambicioso destino que conjuga su indiscutible patrimonio con una gastronomía envidiable (atesora dos restaurantes con estrella Michelin en su municipalidad) y con un espíritu curioso e inconformista. Estas son las claves para visitar Sigüenza, el tesoro medieval no solo de Guadalajara, sino de toda Castilla-La Mancha. 

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Foto: Javier Castañón

Al principio, un castillo

La mejor carta de presentación de Sigüenza es su castillo. Y no, no se trata de una figura retórica, es que la presencia de esta monumental fortaleza es lo primero que advierte al viajero de que está en una localidad diferente. Su magnetismo es indiscutible, como si su emplazamiento, otrora intimidante, ahora sea un referente para todo aquel que viene de fuera a buscar su dosis correspondiente de medievalismo. Si de lejos este edificio sorprende, de cerca es una auténtica delicia. 

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Levantado en el siglo XII, no solo representa el poder militar cristiano tras la reconquista consumada en 1124 por Bernardo de Agén, sino que recuerda a todos que desde época romana aquí había un edificio defensivo. Eso sí, fue con la dominación musulmana cuando se erigió en este cerro una alcazaba de la que no hay restos, pero sí consciencia de su existencia. No obstante, todo lo que hoy se ve en este baluarte es posterior, destacando por encima de todo la preciosa barbacana, construida por orden del Cardenal Mendoza hace más de medio milenio. 

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Foto: Javier Castañon

 

Resulta irresistible atravesar sus defensas y llegar al patio, una suerte de síntesis de la arquitectura castellana con su pozo central, sus soportales y sus balcones de madera. Aunque hoy se haya reconvertido en Parador Nacional, sus salones siguen atestiguando los tejemanejes nobiliarios y Reales que aquí tuvieron lugar a lo largo de la historia.

 

El más famoso, el presidio de Doña Blanca de Castilla, quien estuvo recluida cuatro años entre estos muros tras ser repudiada por el rey Pedro I. Su figura le da nombre al salón más señorial del complejo, pero también a un coqueto cuarto que sobresale en el muro exterior donde la leyenda ubica el zulo de la monarca. No obstante, sus elementos decorativos son impropios de la época en la que vivió, de ahí que sea más un mito y una peculiaridad arquitectónica que otra cosa. La capilla del castillo, hoy desacralizada, completa el recorrido por los rincones con más solera de esta portentosa mole rupestre a la que los años le sientan especialmente bien. 

 

 

 

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Travesañas, portales y hallazgos románicos

El modo de empleo para continuar la visita por Sigüenza solo sigue una ley, la de la gravedad. Cuando se da la espalda al castillo, aparece una red perfectamente tejida de calles, travesañas y plazuelas que conducen a monumentos y rincones asombrosos. Muchos de ellos basan parte de su encanto en el efecto sorpresa, como es el caso de la iglesia de San Vicente, cuyo pórtico es de un románico sublime, casi canónico.

 

Eso sí, el máximo homenaje posible a este estilo se despliega en la iglesia de Santiago, cuya estructura bombardeada en la Guerra Civil ahora acoge un centro de interpretación dedicado a las ermitas y templos de la zona. Además, en las últimas excavaciones se ha dado con una auténtica reliquia, el único resto musulmán que atesora la actual Sigüenza: los cimientos de una torre defensiva levantada muy cerca de donde hoy se asienta la muralla oriental. 

 

 

Sigüenza
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Zigzaguear por la parte alta de Sigüenza también depara serendipias medievales menos sacras. Es el caso de la muralla occidental, que se extiende a lo largo de la actual calle Valencia, así como de los portales que antaño abrían el perímetro y que hoy se conservan como auténticas reliquias. Entre ellos destaca el  fotogénico Portal Mayor y la Puerta del Hierro, a la que el paso del tiempo ha ido mordisqueando sin por ello restarle ni un ápice de presencia. No muy lejos se abre la Plazuela de la Cárcel, un ágora inesperada en cuyos soportales se improvisan terrazas y se genera un ambiente animado en los vermús soleados. 

Más señorial, si cabe, resulta la plaza sin bautizar a la que mira la casa del Doncel. Este edificio, que data del siglo XV, es un raro ejemplo de arquitectura gótica civil cuya fachada es todo un elogio a este estilo. Dentro espera un museo que sirve como excusa para recorrer su laberíntico interior y hallar curiosas decoraciones mudéjares que, incluso, hacen sospechar que aquí llegó a haber un espacio de oración musulmán. Pero, por encima de las conjeturas, este recinto regala unas vistas imprescindibles: las de las dos torres gemelas que coronan la catedral de Santa María de Sigüenza. 

 

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Una catedral para un doncel

Llegar a este templo supone maravillarse con el tono rojizo que le da la piedra arenisca que cimenta los pinares cercanos. También con las dimensiones de una fachada que, pese a su parca decoración, sobrecoge con sus más de 40 metros de altura que se asoman sobre una plaza mínima. No obstante, la verdadera riqueza de esta gran iglesia está en su interior.

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Foto: A. López Negredo

Aquí sobresale su bello claustro, donde a los arabescos góticos se le suma una rejería excepcional que engalana a este auténtico oasis de silencio. También su sacristía mayor, conocida como la de "las cabezas" por la decoración de los casetones en la que están esculpidos los rostros de más de 300 personajes del siglo XVI, cuando fue construida este plateresco anexo a la girola. 

 

Y sin embargo, nada es comparable en belleza al sepulcro del Doncel. No es que su protagonista, Martín Vázquez de Arce, fuera un personaje excepcional. Simplemente fue un joven noble, hijo del secretario de la rica familia Mendoza, quien murió en la conquista de Granada en 1486.

 

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Lo que hace realmente única su sepultura es su belleza tranquila y, sobre todo, la postura con la que se representa al fallecido. Porque ante los ojos del viajero no aparece un héroe de guerra ni un caballero fornido; sino un joven -por edad no tan doncel-, que lee recostado un libro y cuyo principal atributo es su curiosidad y su intelectualidad. A efectos artísticos, es como si la escultura gótica diera un paso en el tiempo para representar una estética y unos valores más propios del Renacimiento. 

 

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Foto. Adobe Stock

De la Plaza Mayor a la Alameda

Afuera espera la otra postal prometida de toda visita a esta localidad: la Plaza Mayor. Su construcción, en plena Baja Edad Media, fue un canto a la paz ya que simbolizaba el fin de la Sigüenza fortificada y el inicio del auge comercial. Y, también, obedecía a una necesidad, la de poblar el vacío que había entre el castillo y el río Henares, donde empezaban a proliferar pequeños barrios de gente humilde. En este ágora emplazaron el mercado, flanqueado por casonas que fueron concedidas a religiosos de alta alcurnia en cuyos soportales hoy hay más actividad hostelera que comercial. Su panorámica está presidida, en un extremo, por la espléndida fachada del Ayuntamiento. En el otro, la Torre del Gallo, antaño atalaya de vigilancia, que se yergue de la catedral como un elemento extraño y, a la vez, icónico. 

 

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Foto. Adobe Stock

Cuesta abajo, el barrio de San Roque, de casas rosadas, parece una extensión estilística de la catedral. Pese a que la Plaza de las Ocho Esquinas pretenda atrapar al viajero con su indiscutible fotogenia, el canto de sirena de la Alameda e mucho más embelesador. Este parque es mucho más que un parque. De hecho, es un enorme jardín francés que conecta los últimos monumentos de Sigüenza. Todo ello sin perder su sino, ya que en sus parterres asoman chiringuitos, parques infantiles y hasta un quiosco para la música que, pese a estar mudo, parece tener un hilo musical. 

 

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Monasterio de las Ursulinas. Foto: Javier Castañon

Los flancos de este espacio verde están marcados por diversas iglesias, a cada cual más singular. En el extremo occidental, la ermita del Humilladero, pese a estar desacralizada, impresiona con su fachada renacentista y su coqueto interior gótico. Justo al otro lado, en el confín oriental, el Monasterio de las Ursulinas rompe con todos los esquemas seguntinos mediante una fachada barroca exquisita, más propia de las iglesias del Quirinal romano que de un pueblo de esta envergadura. Y en el lateral norte, el gran secreto de Sigüenza, la iglesia gótica de Santa María de los Huertos. Construida a principios del siglo XVI sobre una antigua ermita visigótica, esta joya tardogótica explora, con finura, los límites estéticos de este movimiento en sus cúpulas, altares y decoración. Un fino broche de oro -y nunca mejor dicho- a un recorrido por una localidad asombrosa a la que el apellido «medieval» se le queda corto. 

 

EL PUEBLO DEL MES

Razones por las que Sigüenza es el mejor destino rural de Guadalajara

  1. Porque es uno de los pueblos más bonitos de Guadalajara

  2. Porque su fortaleza es uno de los más impresionantes castillos que protegen Guadalajara

  3. Porque es una de las siete excursiones clave para exprimir Guadalajara

  4. Porque en su castillo se puede dormir con un fantasma

  5. Porque atesora algunos de los siete hoteles rurales que están revolucionando Guadalajara