La clásica de las hojas muertas de Ayllón

Secretos, riachuelos y sendas del hayedo de Tejera Negra

La llegada del otoño convierte este paisaje del norte de Guadalajara en uno de los más deseados y exclusivos de todo el país.

Tienen algo cautivador las arrugas profundas de una cara que ha sonreído ya durante muchas décadas. Como señales de sabiduría, como surcos que te indican el camino hacia el tesoro. Tienen también la belleza de lo auténtico porque cada cual envejece convirtiéndose, cada vez más, en uno mismo. Algo así les pasa, en el ocaso de sus días, a las hojas de los árboles: que después de meses pintando el bosque de un verde radiante y homogéneo, sacan su cara más genuina, el ocre único e irrepetible de su último aliento, y nos seducen creando atmósferas deliciosamente melancólicas.

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Tejera Negra

Foto: iStock

Tejera negra

En la sierra de Ayllón, cuando llega el otoño, aparece el amarillo de los chopos o los abedules, el marrón claro de los robles o los olmos, el rojo de las hayas... El cuadro multicolor se hace especialmente cautivador en rincones como Tejera Negra, donde unos pinares impasiblemente verdes enmarcan y realzan las masas de taciturnas tonalidades. Aunque aquí los favores estéticos entre caducos y perennes son recíprocos, y también se puede ver un bosque de hayas a punto de deshojar realzando el verde oscuro de un solitario tejo milenario.

El parque natural de la Sierra Norte de Guadalajara tiene su Casa del Parque a un par de kilómetros de Cantalojas. Es el punto ideal para descubrir uno de los hayedos más meridionales de Europa. Tan lejos de su hábitat natural, que se trata de un espacio natural protegido por la UNESCO bajo el título de "Hayedo primario de los Cárpatos y otras regiones de Europa". Antes, estos bosques eran más abundantes en estas latitudes, pero el cambio climático y la tala de su codiciada madera han hecho que casi desaparezcan. Sin embargo, las cumbres y barrancos de este rinc��n de la sierra de Ayllón son suficientemente húmedos, fríos y remotos como para haber podido sortear la extinción. Aquí se conservan unas 400 hectáreas de hayedos, especialmente concentrados en las cabeceras de los ríos Lillas y Zarzas.

Tejera negra

Tres rutas para recorrer Tejera Negra

Senda de las Carretas

Desde la Casa del Parque se pueden trazar varias rutas en esta dirección. La más codiciada es la senda de Carretas, un sencillo circuito de 6 km por una de las zonas de mayor concentración de hayas. Discurre parcialmente en paralelo al arroyo que le da nombre a la ruta, que va precipitándose con delicadeza por los peñascos sobre los que les gusta crecer a las hayas. Pasa también junto a un tejo milenario cuyo verde oscuro da la pista de por qué Tejera Negra se llama como se llama. Para llegar hasta aquí hay que conducir unos 8 km por una pista forestal panorámica paralela al río Lillas, después de haber reservado plaza de aparcamiento en la página del parque.

Ruta del Robledal

Otra opción interesante sería olvidarse del coche y, desde la misma Casa del Parque, caminar los 17 km del circuito de la ruta del Robledal, cuyo acceso no requiere de reserva previa. Esta tiene la ventaja de transitar parajes más diversos, además de algunos elementos de la arquitectura tradicional en pizarra. Un rebollo centenario conocido como el roble de las Güensas es uno de los puntos más pintorescos de la ruta, cuyo grueso tronco exige de una pequeña cadena humana para abrazarlo. El collado del Hornillo es otro de sus puntos privilegiados, desde donde se consiguen unas panorámicas fantásticas de los bosques caóticamente agrupados por colores.

Tejera Negra
Foto: Shutterstock

Ruta del río Zarzas

Desde la Casa del Parque sale una tercera y última ruta señalizada, la del río Zarzas, que se adentra en los espacios más remotos de Tejera Negra. Siguiendo esta ruta podremos alcanzar algunos de los ejemplares de haya de mayor tamaño del parque. Pero nada es gratis: este circuito suma más de 20 kilómetros, por lo que sería más dado para recorrer en bicicleta. Para trazar la particular clásica de las hojas muertas de Ayllón. Como sucede amás de mil kilómetros de aquí, en la región italiana de Lombardía, donde el calendario ciclista internacional cierra todos los años, desde 1905, con la que se ha venido a llamar "clásica de las hojas muertas". Los días se acortan, el frío se empieza a sentir en las manos agarrando el manillar... pero antes de echar las bicicletas a hibernar hasta la primavera, los ciclistas se dan cita para concederse un último gran homenaje y, de paso, rendir tributo a esas hojas que les han regalado sombra durante las tórridas tardes del verano.

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