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Seis bosques para vivir el mejor otoño del País Vasco

Hayedos, robledales y encinares en los que disfrutar al máximo de la belleza natural del otoño.

Que el bosque es un componente esencial en el paisaje del País Vasco es algo evidente con solo viajar por sus tierras. Las masas boscosas impregnan la mirada de quien contempla sus llanos, sus valles y sus montañas. El bosque, con su vida y sus mitos, sus seres reales e imaginados, forma parte esencial en la historia, la cultura, la idiosincrasia e, incluso, la cosmogonía de sus gentes. Para profundizar en ella, nada como visitar seis de ellos, alguno poco conocido, pero todos de una belleza inusual.

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Entzia
Foto: iStock

Entzia

Al sur del corredor oriental de la llanada alavesa, los quejigos y las hayas escalan con energía y atrevimiento los farallones de la sierra de Entzia. Al rebasar las cumbres de Atxuri y Arrigorrista en los montes de Iturrieta, se lanzan a la conquista de Peñaroja, Txumarregi y Baio, desparramándose montaraces por el altiplano a más de 1.000 m de altitud. Y como una inundación de clorofila, forman un extenso bosque que viste el paisaje a levante del puerto de Opakua.

 

Caminar por cualquiera de sus estaciones es entrar en estado de gracia. En invierno, el blanco níveo ribetea la desnudez de su ramaje acentuando el letargo de su savia. La primavera lo despierta acicalándolo con un verde lozano y fresco que alcanzará su madurez en el estío, robando siempre destellos al Sol tras los rocíos matinales. Y en otoño, cuando la melancolía tiñe el alma del bosque, este se enciende multicolor en un arrebato de calidez añorante. No conforme con atraparnos con su caleidoscópico recital, nos sumerge en un mundo de leyenda, un viaje fantástico por laberintos pétreos en Arno, Katarri, iturbaz… que labran portillos, añagazas y númenes en un itinerario irreal, antes de asomarnos al abismo frente a las sierras de Aratz y Aizkorri.

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Ereñozar
Foto: iStock

Encinar cantábrico de Urdaibai

Al entrar en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, llama poderosamente la atención el tupido terciopelo, siempre verde, que tapiza la ladera occidental del estuario. La suavidad visual del dosel boscoso, no hace sospechar la dureza y el rigor del suelo que lo soporta. Es roca caliza, seca y árida, dispuesta en crestones, hacinas y mogotes entre grietas por donde el agua desaparece. Y en un paisaje que debería estar desnudo, un árbol obra el milagro y medra donde ningún otro puede hacerlo, la encina. El milagro es doble, porque esta especie, de talante mediterráneo, tampoco debería estar aquí. Pero está, porque se trata de un bosque relicto superviviente de épocas pretéritas, de cuando las costas cantábricas gozaban de un clima más cálido.

 

Es un bosque endiablado, reino de las sombras, denso, achaparrado y enmarañado, casi impenetrable, donde solo el corzo y el jabalí se aventuran a acompañar a mamíferos de menor talla como la jineta y el tejón. Desde las alturas de San Miguel de Ereñozar se domina el esplendor de su manto. Pero es ascendiendo a San Pedro de Atxarre desde la ribera de la marisma cuando, al atravesarlo, podemos vivir su sabor de arcanos maléficos en un viaje onírico por el caos vegetal.

 

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Balgerri
Foto: Age Fotostock

Balgerri

Las tierras encartadas son el baluarte occidental de una Euskalerria que limita con los parajes de Cantabria y de la Castilla vieja. Al norte de esta linde, que sigue la línea cimera de los montes de Ordunte, se encuentra el mayor hayedo del antiguo señorío de Bizkaia, el bosque de Balgerri, colgado en la falda meridional de los 1.105 m la montaña que le da su nombre. Decimos hayedo, pero es decir poco, porque si algo destaca en su floresta es su generosidad en especies arbóreas.

 

Su diversidad lo convierte en una suerte de Olimpo para dendólatras, un gran templo natural donde las supremas fagus se rodean de una corte divina, representada entre otros por robles recios, erizosos castaños, esbeltos fresnos, delicados alisos, acebos brillantes, albos abedules y tejos brujeriles.

 

Desde el carranzano barrio de Lanzas Agudas, el camino parte hacia los prados de la cumbre. Para alcanzarlas, hay que atravesar los colores del follaje al son de saltos de agua y del crujir de la hojarasca bajo los pies. Pero cuidado con despertar a algún iratxo, duende enredador y tunante capaz de despistar hasta al viajero más decidido. Aunque no importa, no es malo y su travesura nos hará disfrutar por más tiempo de una belleza adorable.

 

 

Bosque de Izki
Foto: Getty Images

IZKI

Entre ametza y ametsa hay la distancia de una letra y apenas un suspiro en la pronunciación. La primera palabra bautiza en euskara al roble marojo, la segunda quiere decir “sueño”. En el parque natural de Izki, ambas palabras intercambian sus dígrafos sin rubor ni límite, para hacer de nuestro caminar el ansia incontenible de fundirnos en la corteza hendida de los árboles. Es probablemente el mayor marojal de Europa, una explosión de troncos ora rectos ora retorcidos coronados por copas casi esféricas que, a diferencia de otros Quercus caducifolios, permanecen vestidas en la invernada con sus hojas secas y pardas suspendidas de sus ramas.

 

El bosque, cercado por montañas y surcado por valles y barrancos, se expande desde Arraia-Maeztu entre los picos de Kapildui y La Muela, y se asoma a un espléndido mirador sobre la vega del río Ega. En la lejanía meridional, la muralla de la sierra de Toloño separa la Rioja Alavesa. Serio y agreste, con sus picachos y balcones calcáreos aflorando entre la floresta, es hogar del muy escaso pico mediano. El eco de sus tamborileos sobre la madera nos advertirá de su presencia, entre sueños, añadiendo alquimia sonora al mágico encanto de su belleza.

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urdaburu
Foto: iStock

AÑARBE

 

Desde lo alto del Urdaburu, a casi 600 m de altura, el bosque, lejos de impedir ver los árboles, invita a perderse entre el pálpito sereno de su crecimiento lento y constate. Llama a participar del convite de la vida, reposada al rimo de los robles y aromatizada por el buqué de durámenes centenarios. Es el bosque de Añarbe, el robledal más grande de Gipuzkoa, que cubre la parte occidental del Parque Natural Aiako Harria entre Donostia y Errenteria. En realidad, se trata de un conjunto de forestas comunales hoy reserva, que suman hayedos y áreas salpimentadas con alisos, acebos, etc.

 

Es una explosión de biodiversidad, tanto vegetal como animal, y su importancia dentro del corredor ecológico del área atlántica, ha llevado a su inclusión en la Red Natura 2000. Es un bosque maduro y frondoso donde la presencia del agua ofrece un brindis de seducción, tanto a orillas del pantano de Añarbe con sus dos islotes, como en los cauces de los arroyos Atseginsaro, Aritzategi o Malbasarko, donde el ronroneo de la corriente nos atrapa entre los tonos de verde y ocre que recortan el azul del cielo. Su uso desde antaño como fuente de carbón vegetal no ha impedido su excelente estado de conservación, más al contrario, nos orecen la visión de una relación en armonía, cuyos testigos son los txandorrak (carboneras) de los preciosos hayedos de Oberan y Pagosarde.

 

 

 

 

Allekupe Ataun
Foto: Getty Images

Allekupe

 

No muy lejos de Ataun, en las honduras de una Gipuzkoa que se somete ante la majestuosidad de la sierra de Aralar, se halla un pequeño embalse. Su nombre: Lareo. En sus márgenes, el agua absorbe las edades de una tierra cuajada de leyendas. Junto a ellas, aguas y leyendas, se cierra un camino iniciático de bifurcaciones veladas e insondables, bajo el dosel arbóreo de hayas antiguas. Cuando el verde renace insaciable, impulsa al arrebato de exprimir cada segundo de la existencia. Cuando es el otoño quien abre su rueda de color, se adueña de las almas la más dulce nostalgia por fantasías anheladas en lo más íntimo del corazón.

 

Atravesar el bosque desde Lizarrusti, bajo la mirada atenta de las cumbres de Goroskarasta y Sukaldezar, Menditxiki, Alleko y Malkoburu, es transitar por fábulas de certeza incuestionable en una tierra donde izena duenak, izana du, todo lo que tiene nombre, existe. El soto, profundo, encajona los cursos del Maitzegi y el Agauntza. Luces y sombras combaten con haces que se entrecruzan.

 

Los roquedos de karst grisáceo se adueñan de las alturas, mientras el lapiaz caprichoso se cubre con la suavidad del musgo. Los caminos tapizados de hojarasca se abren paso estrecho entre los árboles y carboneras, y las trochas lamen paredes de roca. Se cruzan túneles de bocas ceñidas, se sale al horizonte en miradores al infinito y los tejos recuerdan al viajero lo obvio y olvidado, que el bosque es sagrado.