De norte a sur

Senegal a toda costa

Atrapado entre el árido Sáhara al norte y por la potencia tropical al sur, Senegal se reivindica ante el mundo como un cruce de culturas y religiones donde nadie es mal recibido. Será cosa de la ‘teranga’.

1 / 10
iStock-1144626343. Saint Louis, de lo colonial...

Foto: iStock

1 / 10

Saint Louis, de lo colonial...

Al norte del país, esta ciudad ocupó un lugar privilegiado en la historia del África contemporánea, al ser convertida durante la ocupación francesa en la capital del África Occidental. Sobre la denominada el tramo final de la Lengua de Barbaria, una finísima península natural que discurre en el estuario del río Senegal, la ciudad creció y se convirtió en la puerta de entrada de la colonización francesa de la que quedan grandes ejemplos a nivel arquitectónico.

Perteneciente a este período son Le Gouvernance, antiguo palacio del gobernador, y hoy utilizado también para funciones públicas; la Catedral de Saint-Louis, el templo católico más antiguo de África Occidental, o el Museo Jean Mermoz, dedicados a pioneros de la aviación de principios del siglo XX como el propio Mermoz o Antoine de Saint-Exupéry, ya que Saint-Louis era lugar de salida de esos primeros aviones hacia Sudamérica. Junto a ellos, el Puente Faidherbe, que une la isla con el continente, reivindicando un conjunto que está catalogado como Patrimonio de la Humanidad por Unesco.

57267687 2262665333821636 8112429362210406400 n. ...al jazz

Foto: St. Louis Jazz Festival

2 / 10

...al jazz

Dotada de ese especial colorido, la ciudad es además famosa por los clubes de jazz como el Meyazz o el Ndar Ndar. Reivindicada en esta orilla del Atlántico también como una ‘música de raíces y de vuelta, el jazz cumple una función social combativa contra el racismo, que aquí cobra vital importancia musical con toques de percusión africana como el sabar (que engloba diferentes tipos de tambores), popularizado por el ya fallecido Doudou Ndiaye Rose y el mbalax, la música tradicional senegalesa, de la que Youssou N’Dour es el gran referente.

 

Sin embargo, la gran eclosión se produce a mediados de mayo, gestándose un peregrinaje musical que confluye en el Saint Louis Jazz Festival (celebrado anualmente a finales de mayo), que congrega a artistas de talla internacional y a músicos locales, auténticos mitos como Cheikh Lô, Ablaye Cissoko o Modou Béye. Bajo los acordes de guitarras, saxofones, pianos y trompetas y mucha, mucha percusión la ciudad vibra y se convierte en un hervidero de viajeros, aprovechando el ecuador de la primavera, mejor época del año para descubrir la zona norte del país.

iStock-471986285. Dakar y el siglo XXI

Foto: iStock

3 / 10

Dakar y el siglo XXI

Podría decirse que en Senegal todos los caminos llevan a Dakar. La capital del país es el gran centro administrativo y de negocios, además del imán que atrae a miles de senegaleses en busca de una vida mejor. Abigarrada y caótica, la ciudad está marcada por el fuerte contraste entre los barrios más populosos como Médina o Parcelles Assainies, hacia el interior del continente, y los colmados de edificios oficiales, hoteles y embajadas extranjeras como la zona de Les Almadies y Le Plateau, antiguo epicentro colonial. Sobre esa dicotomía, Dakar se ha puesto en el mapa cultural de África con una eclosión de museos como el impresionante Museo de las Civilizaciones Negras, que reivindica los orígenes de la humanidad desde el continente africano en términos etnológicos.

 

En ese despertar, alentado también por las pruebas del pasado como el gran mito de la libertad senegalesa, el presidente poeta Leopold Sedar Senghor (cuya casa natal es ahora un museo), Dakar añade una simpar oferta de museos donde el arte africano tiene voz propia. Es el caso del Museo de Arte Africano o del Museo de Ousmane Sow. A su vez, pequeñas galerías de arte africano salpican la ciudad, tanto desde la pintura como desde la escultura en madera. Es el caso de Loman Art House o La Galerie Antenna, donde también se pueden adquirir algunos trabajos.

iStock-1134867127. Una ciudad 'foodie'

Foto: iStock

4 / 10

Una ciudad 'foodie'

Como epicentro de la actividad senegalesa, Dakar es reclamo gastronómico de clientes internacionales pero también un lugar ideal para iniciarse en la cocina senegalesa más clásica. El plato estrella del país es el thieboudienne, a base de arroz cocido y pescado, y son muy frecuentes las dibiteries, pequeños locales con parrilla en los que disfrutar de carnes, generalmente ternera y pollo, ya que es un país musulmán y pescados. Estas aventuras en la street food senegalesa exigen cierta audacia, puesto que las condiciones de salubridad no son las mismas que en Europa pero es una buena toma de contacto.

 

Dotado de esa misma audacia y preferiblemente con acompañante local una experiencia inolvidable en Dakar será darse una vuelta por sus mercados. El de Sandaga es el más populoso -y caótico, a veces agobiante- pero es un buen lugar para comprar artesanías (siempre regateando y manteniéndose relativamente inflexible) o descubrir frutas locales. Más pequeño y perfecto para iniciarse en esta cocina rápida es el de Kermel, situados ambos en Le Plateau, y donde bisutería, tejidos y muestras de arte coexisten con pequeños puestos de comida para llevar, así como frutas y verduras que llegan a él diariamente.

 

Bajo esos mimbres y prueba de su multiculturalismo y de la creciente presencia de extranjeros, Dakar ha ganado enteros gastronómicamente hablando y es posible encontrar una sana coexistencia entre cocina local e internacional, amén de algunos ejemplos que funden ambos planos. Una buena opción para los que quieran disfrutar de la frescura del producto marino es Le N’Gor (en Corniche des Almadies), con ciertas reminiscencias a chiringuito, que se abre sobre la playa y donde paladear pescados a la brasa y algunos fritos. Más informal aún y muy casero es Chez Loutcha, en Le Plateau, que emula cocina criolla, senegalesa e incluso americana, aunque el plato estrella de la casa es el thiebouyappe (arroz con carne). Algo más formal y perfecto para cenas porque además suele tener música en directo es Le Calabasse, en la Carretera des Mamelles, donde se mezcla la cocina senegalesa con la francesa, además de contar con su propia dibiterie. Por si fuera poco, todo el edificio está surcado de artesanía africana en venta, por lo que también puede ser parada obligada para coleccionistas.

iStock-636988154. Goree y el recuerdo de un infamia pasada

Foto: iStock

5 / 10

Goree y el recuerdo de un infamia pasada

La herencia colonial también tiene dolorosas huellas en la historia senegalesa y ciertas paradas obligadas como la Isla de Gorée. Haber sido esa gran puerta africana también implicó que durante siglos el comercio de esclavos se canalizase a través de Senegal. Es el caso de la isla de Gorée, a escasa media hora en ferry desde Dakar, cuyo colorido actual esconde un pasado teñido de muerte y sufrimiento, ya que era el último puerto de África, desde donde se embarcaban a hombres, mujeres y niños destino a América, ya convertidos en esclavos.

 

De esa herencia hoy se conserva la Casa de los Esclavos, la única que hoy sigue en pie y que es el testimonio físico de esa infamia. Aún hoy sus estrechas paredes y sus minúsculas habitaciones estremecen y no cuesta imaginar el resonar de lamentos y llantos de familias enteras que aquí se separaban y que nunca más volverían a verse. Este amargo trance es un trozo de Historia que, aunque dolorosa, no conviene dejar de visitar en Dakar para que seamos más conscientes de un pasado que no debiera repetirse.

iStock-475329469. El deporte nacional

Foto: iStock

6 / 10

El deporte nacional

En Senegal los niños no quieren ser (sólo) futbolistas, sino que también quieren ser luchadores. La lucha (làmb en wolof y njom en serer, los dos idiomas más hablados) es el gran deporte nacional y miles los hombres que lo practican, de todas las edades, y donde las gestas deportivas de los grandes campeones colman las conversaciones en bares, cafés y playas. El deporte consiste en derribar al rival mediante agarres en la lucha tradicional o combinando agarres y golpes en la lucha moderna. Esta última mueve más dinero y ha ganado gran popularidad aunque en ella importa menos la técnica del luchador y no es tan atractiva para los puristas.

 

Ambas forman parte de una idiosincrasia que en el pasado loaba a los campeones nativos en enfrentamientos entre pueblos y aldeas, donde como auténticos paladines se enfrentaban por motivos de honor unas villas con otras. Hoy, al menos en Dakar, se ha perdido ese componente -que sigue cargado de muchos rituales y amuletos- y se ha profesionalizado bastante. Aún así, no es raro ver a jóvenes entrenando en las playas del Corniche a última hora del día, practicando además danzas que atraigan la buena suerte, soñando, quién sabe, con llegar algún día a ser héroes como Balla Gaye 2, Yékini, Serigne Ousmane Dia y llenar la Arène nationale, un gigantesco estadio en Pikine, construido con fondos chinos y que se convierte en un hervidero de personas en los días de combate.

shutterstock 610797080. Saly: 'teranga', sol y playa

Foto: Shutterstock

7 / 10

Saly: 'teranga', sol y playa

Dejando atrás la populosa Dakar, Senegal discurre en paralelo al Atlántico, haciendo más cadenciosa si cabe la vida según se huye de la gran ciudad. Es el caso de Saly, una antigua población marinera en la Pétite Coste que ahora ha cobrado importancia como nexo turístico. Rodeada de magníficas playas, como buena parte del país, y bien comunicada con la propia Dakar, con el extranjero a través del moderno Aeropuerto Internacional Blaise Diagne, cerca de Diass, esta localidad es el lugar idóneo para disfrutar de un sol y playa en modo resort.

 

Su temporada alta empieza a producirse en el mes de noviembre y se extiende hasta mayo y principios de junio, coincidiendo con la estación seca y donde es prácticamente imposible que la lluvia arruine un día de playa o de piscina. A partir de junio comienza la estación húmeda y la situación cambia radicalmente, por lo que Senegal no es el destino idóneo en verano si uno busca rayos de sol. Bajo una fuerte presencia de turistas internacionales, hoteles como Lamantin Beach Hotel o The Rhino Resort, que cumplen con los estándares de calidad que uno encontraría en hoteles europeos o norteamericanos, teñidos con la legendaria hospitalidad senegalesa: la teranga.

iStock-1190329692. La isla de los católicos

Foto: iStock

8 / 10

La isla de los católicos

Siguiendo la N1, la gran carretera que vertebra el país de norte a sur, casi paralela a la línea de costa, se llega a Joal Fadiouth, una curiosa ciudad en la que destinar al menos un día del viaje para comprobar cómo sigue siendo la vida en Senegal más allá del turismo. La primera parte del día se puede consagrar a Fadiouth, una isla artificial producto de la sedimentación de billones de conchas marinas, que se han ido acumulando durante siglos. Sólo accesible a través de un puente de madera, esta pequeña ciudad es además una rara avis dentro de Senegal, ya que el 90% de sus pobladores son católicos. Sin embargo, su carácter único demuestra de nuevo la conciliación religiosa del país, ya que en el cementerio de la isla, también cubierto de conchas, existen por igual tumbas de cristianos y de musulmanes.

Por la tarde y de nuevo en el continente, Joal se reivindica como un importante puerto pesquero dentro de Senegal, cuando con la caída del sol cientos de cayucos con la pesca del día desfilan por las arenas de estas playas. Hombres, mujeres y niños crean así una cadena de trabajo en la que los hombres arriban a puerto, los niños y jóvenes trasladan el pescado a los camiones que se venderá por todo el país y las mujeres aprovechan para comprar sin intermediarios, haciendo luego de vendedoras minoristas entre vecinos y amigos. Un desfile de trabajo bajo el ocaso en el que la sal, los coletazos del pescado fresco y los animales de tiro crean un singular ballet al compás de gritos desde las embarcaciones hablando de cómo ha ido el día.

iStock-1190332313. Río de vida

Foto: iStock

9 / 10

Río de vida

Los caudalosos ríos de Senegal son las arterias por las que buena parte de la vida fluye, desembocando en el Atlántico, como si el país entero se volcase hacia el mar. El río Senegal extendido durante más de 1.000 kilómetros, vertebra el norte del país. El Saloum, de apenas 250 kilómetros, compensa su corto recorrido con la potencia natural que se despliega sobre sus riberas, que se ramifican en numerosos brazos, donde en sus últimos 70 kilómetros finales se extienden bosques de manglares casi inabarcables a la vista -hay tramos con espesores de hasta cinco kilómetros- que se acaban desembocando en el Parque Nacional del Delta del Saloum. Uno de los mejores lugares para descubrir la zona es Toubakouta, en la parte sur del estuario, donde es fácil encontrar lodges tradicionales como Keur Saloum o coquetos hoteles boutique como Les Paletuviers, donde sentirse en conexión con la naturaleza y escaparse en lancha a descubrir los atardeceres que baobabs y aves acuáticas brindan desde aquí, como en la denominada Isla de los Pájaros, donde garzas blancas y negras, además de pelícanos, ponen fin a su jornada diaria.

 

Esa conexión se hace más fuerte en el sur, a medida que las grandes extensiones de baobab hacen acto de presencia -aunque se encuentran por todo el país-. Considerado el árbol nacional, presente en prácticamente todo Senegal, aunque uno de los más magníficos está a unos 8 kilómetros de Joal-Fadiouth (el Gran Baobab, de unos 800 años de antigüedad y más de 30 metros de diámetro), del que se extraen recogen sus frutos (el bouye o pan de mono, que se come en crudo o en espesos zumos) y sus hojas, que se utilizan en el cuscús senegalés. Además, la leyenda dice que el que toca un baobab con la mano izquierda -por estar cerca del corazón- tendrá suerte para siempre.

iStock-471566439. El sur del sur

Foto: iStock

10 / 10

El sur del sur

Apenas 550 kilómetros por carretera separan Saint Louis, al norte del país, de Ziguinchor, capital de Casamance, en el sur. Sin embargo, el contraste climático y cultural entre el predesierto y el comienzo del trópico resulta fascinante. Aquí está el final de Senegal, al que se llega atravesando Gambia -y el río homónimo- que se encuentran encajonados como una especie de matrioskas geográficas dentro de Senegal. Cambia la naturaleza, haciéndose más exuberante y selvática, y cambia la etnia predominante, siendo aquí los diola el grupo más numeroso, al contrario que en el norte, donde dominan los wolof.

Distintas costumbres. derivadas de su origen agrario, llevan a los habitantes de Casamance a sentir casi devoción por el arroz (su tradición le tiene en tan alta estima que dicen que no se vende, sino que se presta, como gesto de buena voluntad) y por el aceite de cacahuete (que es la gran exportación de la región), patentes en Ziguinchor, la ciudad más importante y poblada, donde será frecuente desplazarse en piragua hacia los pequeños pueblos de la costa. Lo más habitual es llegar a Baja Casamance para disfrutar del relax en sus playas, como las de Cabo Skirring -posiblemente de las más bellas de Senegal, de arenas blancas, aguas claras y rodeada de vegetación- o las de Karabane, una isla fluvial magnética donde no hay coches ni asfalto. A ella sólo se llega en ferry o piragua y el concepto estrés parece una palabra de otro idioma, aunque sus mosquitos son especialmente terribles.

En estos confines se acaba la costa senegalesa, un pequeño paraíso paraíso de oferta hotelera amplia. Perfecto para los que busquen un confort extra -y algo más caro- en Cabo Skirring está el hotel La Marsu y, si se busca una experiencia más auténtica, el Campament Le Paradise es el lugar idóneo. Allí se encuentran las tradicionales cabañas con impluvio, típicas de la región para aprovechar las aguas de lluvia y, muy próximo al hotel, uno de los restaurantes icónicos del Cabo: Le Pelican - Chez Paco (no es español, aunque lo sonara) que con su franca sonrisa diola ofrece pescados y mariscos a la brasa prácticamente de manera ininterrumpida a lo largo del día, aunque los atardeceres, carpa roja en mano, bien merecen haber llegado hasta Casamance.

iStock-636988154

Senegal a toda costa

Compártelo