Efectos especiales

La serpiente de Chichén Itzá ya está a punto para descender

La sombra del animal mágico de los mayas desciende las escalinatas de la pirámide de Kukulkán durante el equinoccio de otoño.

Como cada año, con la llegada de los equinoccios, el de otoño o el de primavera, la explanada frente a la gran pirámide de Kukulkán, en la ciudad maya de Chichén Itzá, se llena de gente que acude a contemplar el descenso de la serpiente. El primero en señalar tal efecto -tal como se puede observar en una antigua fotografía de Teobert Maler de 1892, la pirámide estaba tan cubierta de vegetación que era imposible- fue Jean-Jacques Rivard, quien lo describió en un artículo académico de 1969 como una hierofanía. Es decir, la manifestación de lo sagrado en una realidad profana.

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Chichén Itzá en 90 segundos

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Un calendario colosal (y hermoso)

El templo de Kukulcán -llamada también por muchos El Castillo- se levantó con forma geométrica piramidal y nueve niveles truncados, superpuestos y cada vez más pequeños hasta ser rematados por un templete. Cuatro escaleras centrales permitían subir hasta arriba. En total, 91 peldaños que multiplicado por cuatro dan 364, pero si se agrega la plataforma sobre la que descansa el conjunto da el resultado de 365, justo la duración del año civil maya. El templo rendía culto a Kukulcán, la serpiente emplumada, tal como denota los motivos decorativos y las dos colosales cabezas de serpiente emplumadas de decoran la base de la escalinata norte.

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El origen de la serpiente de Chichén Itzá

El detalle de diseño del templo permite que los nueve niveles proyecten  siete triángulos isósceles de luz: una serpiente luminosa y mágica que queda rematada por la cabeza pétrea del arranque de la alfarda. Es lo que se conoce como las hierofanías de los equinoccios, un fascinante juego de luces y sombras que dura unos diez minutos y que se repite cada año durante el equinoccio de otoño  (entre el 22 y 23 de septiembre) y el de primavera  (entre el 20 y 21 de mayo), unas tres horas antes del ocaso. Hay que decir que, aunque el caso de Chichén Itzá es el más famoso, no es un fenómeno único, sino que se registran fenómenos parecidos en Uxmal o Tulum. Algo que demuestra el especial simbolismo calendárico en la cultura maya.

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Sobre mitos y leyendas de serpientes emplumadas

“Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo”, pero al ser atrapado por un grupo de indígenas trató de convencerles de que le dejaran: “—Si me matáis— les dijo —puedo hacer que el Sol se oscurezca en su altura”, les dijo, recordando ciertos códices que había estudiado en los que se señalaban justamente para ese día se esperaba un eclipse. Los indígenas lo miraron con cierto desdén y pocas horas después, el corazón de  fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre sobre un altar de sacrificios donde estaban marcadas las infinitas fechas que conocían los astrónomos de la comunidad maya en que se producirían eclipses solares y lunares.

Aunque el relato de Monterroso sucede en las selvas de Guatemala, vale para ilustrar el dominio que los mayas tenían sobre la astronomía también en Chichén Itzá. El efecto de la serpiente descendiendo la pirámide no falla nunca, lo cual revela los exactos estudios sobre el sol de los mayas para erigir El Castillo y conseguir este “efecto especial” milimétrico en la balaustrada de la escalera norte. Según los expertos, la intención de este juego de luces era primordialmente mítica, ritual, además de estética.

 
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Una ciudad sorprendente en medio de la selva de Yucatán

Bautizada por los españoles como el Castillo, es la estructura de mayor volumen y se ha convertido en un símbolo de Chichén Itzá, la ciudadela que los mayas erigieron en el año 250 d.C. Su nombre hace referencia al Cenote Sagrado, que según la tradición consideraban uno de los accesos al inframundo. La gran cantidad de elementos arquitectónicos e iconográficos toltecas que hay en Chichén Itzá revela lo intrincadas que estaban realmente estas culturas de Mesoamérica.  Todo ello hizo decidir a la Unesco inscribir el yacimiento como uno de los Patrimonio de la Humanidad en 1988.

 

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