Italia en profundidad

Siete ciudades de la Puglia a las que casi nadie va

Más allá de urbes como Bari o Lecce y de iconos turísticos como Alberobello o Polignano, esta región italiana se guarda estos ases en la manga.

No hay guía de viajes o recomendación de amigo que obvie una realidad sobre la La Puglia es una inmensidad que regala decenas de sorpresas en cada recodo. Descubrirla es ir de sobresalto en sobresalto, de improvisar aperitivos en cualquier plazuela y procrastinar en sus innegociables terrazas. Pero, sobre todo, de desviarse por el camino y encontrar joyas ocultas que, como estas, hacen que el tacón de Italia sea un inventario infinito de arte, arquitectura y cultura aún por reivindicar.  

Otranto

OTRANTO, EN EL TALÓN DE ITALIA

La península de Salento, popularmente conocida como «el talón de Italia», está bordeada por algunas de las playas más bellas de la Puglia, los farallones de la Torre de Sant'Andrea y reservas marinas como Le Cesine, con sus dunas y humedales. Entre tanto tesoro costero, la región italiana también reúne enclaves monumentales como Otranto, una de las localidades más históricas y hoy animadas de la Puglia, situada unos 45 kilómetros al sureste de Lecce, otro enclave emblemático del sur de Italia. Otranto nació y creció en uno de los tramos de costa del Adriático más anhelados en el pasado. Encrucijada histórica y antigua plaza bizantina, durante más de mil años fue lugar de paso de peregrinos y cruzados, navegantes y piratas, y uno de los puertos comerciales hacia Oriente más concurridos del Mare Nostrum.

Unas enormes murallas siguen protegiendo las angostas calles peatonales de su casco histórico, donde hoy proliferan coquetos restaurantes y tiendas de artesanía y recuerdos. En el paseo por sus adoquinadas calles sobresalen sobre los tejados dos hitos monumentales: la Catedral de origen románico que se inició en el siglo XI en época de dominio normando, y que en su interior conserva un enorme mosaico del siglo XII dedicado al Árbol de la Vida, y el Castillo Aragonés, con torres cilíndricas ensanchadas en su base, testigo mudo como otros fuertes de la Puglia de los cruentos enfrentamientos con los turcos; estos usaron la catedral como un establo y decapitaron a los religiosos que la habitaban sobre una piedra que se guarda en una de las capillas.

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Foto: iStock

CONVERSANO, EL ALEGRE 'OUTSIDER' MEDIEVAL

Como no podría ser de otra manera, en esta región se utilizaba cualquier promontorio para levantar un castillo. Y junto a él, una próspera ciudad amurallada que defendiera el comercio, el mercado y los asedios que venían, sobre todo del mar. Por eso Conversano es lo que sucede alrededor de su portentosa fortaleza, un edificio del siglo XI del que, sobre todo, destaca su torre circular levantada en el siglo XV. Junto a ella, se extiende un foso convertido en parque que en los meses estivales congrega ferias, conciertos populares e improvisados partidos de fútbol infantil. Pero lo más interesante sucede a sus espaldas, ya que en el trazado medieval asoma su Catedral, pulcra, silenciosa pero de una belleza minimalista asombrosa propia del Románico donde la piedra pugliese brilla con luz propia. Junto a ella, el Monasterio benedictino y su alegre claustro le dan cierto sentido a un laberinto de callejones, patios vecinales y plazuelas mínimas que vertebran la antigua ciudad. Fuera de sus murallas, algunas tan viejitas que datan del siglo VI, espera un Ensanche sorprendente, con calles paralelas pero de aspecto añejo, que sirve para dar una lección de urbanismo bello a cualquier viajero. 

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MARTINA FRANCA, LA JOYA BARROCA

La presencia española en el sur de Italia se deja sentir en los capítulos de su historia, pero también en el abundante legado de arte barroco. Se comprueba en Martina Franca, una localidad pétrea del Valle de Itria, situada a 15 kilómetros de la popular Alberobello, siempre sorprendente por sus trulli, las curiosas construcciones coronadas por un cono de piedra que predominan en esta ciudad, pero también en otras de los alrededores. Desde la distancia ya se admira la silueta de Martina Franca, encajada entre cañones naturales y una vegetación tapizada de verde, dominada por la Basílica de San Martino, una de las joyas barrocas del sur de Italia. La iglesia, que se encaja en un caserío de cegadoras casas encaladas, coloreadas con floridos y enrejados balcones, está rodeada por varios palazzos y las cuatro Puertas abiertas en la muralla por las que hasta 1861 se accedía a la ciudad. Un ritual obligado es atravesar el Arco di Sant'Antonio, abierto en un extremo de la peatonal Piazza XX Settembre, hermana de la Piazza Roma, esta dominada por el solemne Palacio Ducal, creado en el siglo XVII ya con detalles rococós. 

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GALATINA, LA CAPILLA SIXTINA DEL SUR

Esta coqueta urbe a mita de camino entre Otranto y Gallipoli (es decir, entre el Jónico y el Adriático) tiene una de esas canículas capaces de asfixiar su vida en la calle. Por eso, dar con la basílica de Santa Caterina d'Alessandria podría parecer un maravilloso accidente por mucho que sea el gran monumento de la ciudad. No en vano, no es una hipérbole bautizar este templo como La Capilla Sixtina de Puglia por la riqueza de sus frescos y por la mezcla de influencia oriental y occidental de la que hacen gala. En cuanto se cruzan sus puertas se accede, directamente, al cielo ya que el azul predomina en el fondo de unas pinturas que reproducen escenas de la vida y muerte de Jesús, del Apocalipsis y, también, de las peripecias de la santa patrona de esta catedral del siglo XIV. Después de deambular por un claustro en el que también brillan los murales, conviene dar una larga vuelta por un centro histórico de esta localidad para dar con otros templos como la iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación, el de San Pedro y San Pablo o degustar un pasticcioto en la pastelería histórica de Andrea Ascalone. 

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MINERVINO MURGE, EL BALCÓN DE LA PUGLIA

El agua increíblemente transparente de la costa pullesa se transforma en el interior en fértiles campos de frutales y de olivos centenarios que brotan en una tierra rojiza que se descubre por encantadoras carreteras secundarias. En ese escenario se localiza Minervino Murge, cuyo paseo en verano se acompaña hasta el atardecer de una banda de grillos. Este pueblo del Valle de Itria se localiza a una hora aproximadamente de famosos enclaves costeros como Bari, y sin embargo parece estar a años luz. Apodada «el balcón de la Puglia» por su emplazamiento sobre un promontorio, en su visita se descubren lejanas huellas griegas y romanas, junto a un palacio lombardo-normando y el Castillo (hoy Ayuntamiento), cuya parte más antigua se remonta al siglo XI. El centro histórico de calles estrechas también guarda como un secreto varias iglesias que parecen jugar al escondite en rincones insospechados, como Santa Maria di Costantinopoli, el Purgatorio o la iglesia de San Michele. Una visita imprescindible a las afueras del pueblo es la laberíntica Cueva de San Miguel Arcángel.

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Foto: Javier Zori del Amo

SANTA CESAREA TERME, EL SPA HISTÓRICO

Los documentos históricos datan en el siglo XVI la época en la que se empezaron a usar las aguas termales que surgen de las cuevas sobre las que se asienta Santa Cesarea Terme. La importancia de sus beneficios es tal, que ahora esta localidad veraniega tiene lo termal como apellido y como base de su encanto. Y es que pasear por sus calles es volver a los felices años 70 y 80, fecha de cuando datan sus principales hoteles y clubes de baño que permiten bajar hasta las cavidades-balneario y hasta las piscinas que usan sus aguas. Lo vintage se mezcla aquí también con lo kitsch, sobre todo con edificios como el Palazzo Sticchi, una mansión de estilo árabe que data del siglo XIX y que no es otra cosa que el delirio de un magnate que quiso levantar frente al Adriático una especie de Alhambra moderna. El complejo no ha envejecido bien, pero culmina ese viaje en el tiempo que supone atardecer en esta inesperada coordenada. 

Gravina in Puglia
Foto: Shutterstock

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Ubicada en el interior más agreste de la Puglia, esta localidad improbable tiene en su entorno su principal encanto. De hecho, comparte nombre con la garganta a la que se asoma, La Gravina, que no solo protege su emplazamiento, sino que es en sí un paraíso para aventureros repleto de cuevas, senderos imposibles y pasadizos subterráneos. Cruzar el puente de piedra que salva esta grieta es una rupestre bienvenida a su casco histórico, una joya que va más allá de su panorámica.

Rápido llama la atención su imponente castillo, elevado en lo alto del acantilado, que ofrece como recompensa al que lo holla su portentosa presencia además de unas vistas impresionantes. Callejeando sobre sus calzadas empedradas se llega a la catedral de Santa María Assunta, un templo que se debate entre el gótico y el románico donde nada es lo que parece. Y es que, tras una fachada impoluta, sencilla y geométricas se esconde un interior explosivo, sobredecorado y con unos frescos que buscan encapsular el cielo. Otro emblema religioso es la Iglesia de San Nicolás, un templo de peregrinación que, como sucede con el Duomo, fascina más por lo que oculta tras sus puertas. Entre ellas, las plazuelas que dan un poco de coherencia al paseo por Gravina in Puglia, pequeños pulmones de buena vida donde esta urbe saca a relucir su gastronomía y su pasión, inegociable, por las terrazas a media tarde.