7 al 1

Los siete lugares que hay que visitar en Túnez

El resurgir de este país norteafricano inspira un viaje en el que no pueden faltar estas paradas.


Túnez es un país de contrastes que hace posible, en un solo viaje de norte a sur, descubrir vestigios romanos, una costa mediterránea, medinas fortificadas con mezquitas y zocos, alcanzar en todoterreno los fascinantes oasis del desierto y acabar en el edén de la isla de Djerba.
 

1 / 7
iStock-178152401. En el #7: Sousse, Monastir y Hammamet

Foto: iStock

1 / 7

En el #7: Hammamet, Sousse y Monastir

Unos 70 km al sur de Túnez capital se extiende la costa del golfo de Hammamet, alrededor del cual se alinean algunas de las playas más cautivadoras del país. Su belleza ya sedujo a antiguas civilizaciones como la fenicia, que se asentó en esta zona. En época moderna, muchos de estos enclaves han dado origen a poblaciones turísticas, que por fortuna preservan su patrimonio histórico y la esencia mediterránea. 

Una de ellas es la misma Hammamet, que cuenta con la playa más extensa del golfo, limitada por palmeras. El mejor punto para contemplar su suave línea arenosa es el ribat o fuerte que preside la localidad, cuya muralla rodea una medina muy bien conservada que alberga a cielo abierto un pequeño zoco.

La siguiente etapa en esta ruta costera es Sousse, con casas cubiertas de cúpulas blancas frente al mar y un barrio antiguo con una Gran Mezquita declarados Patrimonio de la Humanidad.

El golfo de Hammamet se cierra por el sur en Monastir. El lugar fue elegido por el emperador Julio César como asentamiento en su campaña africana del año 46. El monumento más emblemático es el ribat, en este caso un monasterio fortificado erigido en el siglo VIII junto al mar para defender aquel territorio musulmán de los ataques de cristianos. Estuvo habitado por monjes morabitos, cuyos votos incluían defenderlo hasta la muerte. Dentro del recinto, junto al minarete, se hallaba la Sala de la Oración donde hoy se aloja el Centro de Arte Islámico que exhibe joyas, monedas, papiros y otros objetos datados entre los siglos VIII al X.

iStock-500259073. En el #6: Territorio Bereber

2 / 7

En el #6: Territorio bereber, de Chenini a Matmata

A medio camino de las seductoras costas del norte y los oasis y dunas del sur se extiende una región de áridos paisajes, donde para sobrevivir y buscar refugio en el pasado se hizo necesario excavar habitáculos en las rocas. Así surgieron los poblados trogloditas tunecinos, donde la aridez también provocaba que los escasos recursos fueran almacenados en los ksur (plural de ksar), unos graneros-fortaleza construidos para evitar el pillaje. De muchas de aquellas construcciones solo se contemplan vestigios, pero otros han sido reconvertidos en alojamientos singulares y pequeños restaurantes.

Para hacerse una idea de cómo se vivía en esta región, el destino perfecto es Chenini, a donde se llega en rutas en vehículos todoterreno. Esta aldea nació hacia el siglo XII en la llanura, pero los continuos asaltos obligaron a sus habitantes a dispersarse por las crestas de las laderas, construyendo sus habitáculos escalonados en las colinas como nidos de águila que se confunden con el paisaje. Solo su mezquita de muros encalados destaca en el horizonte. 

Desde Chenini hacia el este, dejando atrás la región de los ksur, se llega a Matmata. Aquí las casas se excavaban en el suelo para evitar ser vistos por los enemigos y también buscando sofocar el calor. Sus estancias están agrupadas alrededor de un patio central al que se accede por escaleras labradas en la roca. Matmata se hizo famosa tras aparecer como un lugar de aspecto lunar en la primera entrega de La Guerra de las galaxias –igual que Chenini en El paciente inglés–. Hoy sus viviendas han sido convertidas en cuevas-museo, talleres de artesanos, restaurantes e incluso pequeños alojamientos. 

iStock-507957912. En el #5: Isla de Djerba

Foto: iStock

3 / 7

En el #5: Isla de Djerba

Este oasis mediterráneo se localiza frente a la costa sudeste de Túnez. Se accede en transbordador desde Gabes o por una antigua calzada romana transformada en una carretera de 5 km que discurre casi a ras de agua. Al cruzarla y llegar a Djerba uno se siente en el edén. La isla disfruta de un clima suave, playas de arena dorada y paisajes cubiertos por palmeras, olivos e higueras. 

La capital es la acogedora Houmt Souk, cuyo nombre significa «barrio de zocos». Se entiende al pasear por sus callejuelas con una sucesión de establecimientos y una lonja de pescado, cuya bulliciosa subasta diaria es un espectáculo digno de ver. Alrededor de la medina siempre hay un bar con terraza o patio donde refrescarse con un té a la menta bajo la sombra de una buganvilla. En una orilla del puerto de Houmt Souk sobresale el fuerte Borj el-Kebir, originario de 1289, mientras en el agua se mecen las barcas de los pescadores donde se amontonan las gargoulettes, las vasijas de barro con las que aún se capturan pulpos y calamares de forma tradicional. 

Djerba se recorre por sinuosas carreteras o suaves senderos idóneas para ir en bicicleta. Así es posible detenerse en miradores, en menzels –las fincas agrícolas fortificadas de la isla–, en pequeñas mezquitas refulgentes por sus muros encalados o en otras que fueron construidas escondidas bajo tierra para evitar que las saquearan. 

Pero Djerba guarda dos tesoros más: la sinagoga de la Ghirba, apodada «la bella» y testimonio de la presencia judía en la isla desde hace cerca de dos mil años, y el pueblo alfarero de Guellala, lleno de hornos donde los artesanos cuecen el barro y chimeneas siempre humeantes. 

shutterstock 1621695025. En el #4: Kairouán

Foto: Shutterstock

4 / 7

En el #4: Kairouán

Situada en el corazón de Túnez, Kairouán está considerada la cuarta ciudad santa del Islam después de La Meca, Mdina y Jerusalén. En el siglo X, su escuela coránica ya le dio fama en Europa y Asia. Pero sin duda lo más destacado de la población es el recinto amurallado que protege su Gran Mezquita, construida en el siglo XI y declarada Patrimonio de la Humanidad (1984). El monumento se yergue en la esquina nororiental de la medina, ahora repleta de tiendas de artesanía y talleres de tejedores de alfombras. Los imponentes muros esconden puertas finamente ornamentadas y un minarete de tres pisos al que se puede subir para contemplar el conjunto. La joya artística es la Sala de la Oración de la mezquita, un bosque con más de 4000 columnas de estilos distintos, algunas procedentes de yacimientos romanos como el de Cartago. El inmenso espacio interior, tapizado por alfombras e iluminado con grandes arañas cónicas de luz, invita al recogimiento. 

Pero Kairouán guarda extramuros otra pequeña joya. Se trata de Zaouia Sidi Sahab (siglo XV), la mezquita del Barbero, que alberga el mausoleo de un discípulo del profeta Mahoma «que tenía el hábito de llevar consigo tres pelos de la barba de su maestro». Profusamente decorada con mosaicos y azulejos, esta considerada uno de los edificios más bellos y delicados de Túnez. 

iStock-498116298. En el #3: Túnez, Sidi Bou Said y Cartago

Foto: iStock

5 / 7

En el #3: Túnez, Sidi Bou Said y Cartago

La capital tunecina se asienta en el nordeste del país. En ella resulta agradable pasear por la ciudad moderna y por la zona residencial con edificios de estilo colonial, aunque es su barrio de la Medina, declarado Patrimonio de la Humanidad, su mayor atractivo. Tras la Puerta Bab el Bahar se abre un laberinto de callejuelas con mezquitas con miradores como la de Ezzitouna, la mayor y más antigua (año 703) de la capital tunecina, y una sucesión de zocos agrupados por gremios, unos cubiertos y otros a cielo abierto. Los zocos tunecinos son un deleite para la vista, el olfato y el paladar. En su laberinto de tiendas se apilan alfombras, objetos de cuero, de orfebrería, de esparto, babuchas, joyas con filigranas, especias, dulces tunecinos… Otra visita imprescindible en la capital es el Museo del Bardo, que exhibe restos arqueológicos y la mayor colección del mundo de mosaicos romanos. 

El Museo del Bardo es el prólogo perfecto para una de las excursiones habituales desde la capital. El destino son las ruinas de Cartago, situadas frente al mar. Los fenicios fundaron este asentamiento el año 814 a.C. que, cuatro siglos después, entonces bajo dominio romano, ya se había convertido en uno de los puertos más pujantes del Mediterráneo. La legendaria capital cartaginesa guarda restos de un anfiteatro, villas romanas y termas. Su visita se completa en el Museo Arqueológico de Cartago, con objetos y mosaicos hallados en el yacimiento. 

Este periplo triangular cercano a la capital tunecina suele incluir Sidi Bou Said, una encantadora población de ambiente bohemio que se asoma al golfo de Túnez. La primera hora del día o el atardecer son los mejor momentos para visitar este enclave, cuando la luz del sol resalta el blanco de las paredes y el azul de las ventanas, balcones y puertas. Sidi Bou Said toma su nombre de un maestro sufí del siglo XIII que se instaló en esta colina después de ir a La Meca. Durante años fue un lugar de peregrinos al que se venía a venerar su tumba en la mezquita del pueblo, cuyo alminar destaca sobre los tejados. El peregrino moderno tiene otros intereses y llega a Sidi Bou Said para comprar artesanía y visitar el Café des Nattes, el más famoso entre los intelectuales tunecinos de inicios del siglo XX que pusieron de moda este pueblo de costa. El interior podría decirse que está empapelado con fotografías de celebridades que lo visitaron, en especial durante los años de protectorado francés (1881 a 1956), como los escritores André Gide o Jean-Paul Sartre.

iStock-495187692. En el #2: El Djem

Foto: iStock

6 / 7

En el #2: El Djem

A las puertas del sur, la pequeña localidad de El Djem esconde un tesoro descomunal: su imponente anfiteatro del siglo III, el mejor preservado del norte de África. El monumento recuerda que en este lugar se hallaba una de las colonias romanas más ricas del Imperio en ese continente, que prosperó principalmente gracias a las alianzas militares de la época y al comercio del aceite de sus cultivos de olivos. El coliseo aparece sin previo aviso al final de la única calle principal. En su visita se puede caminar sobre la arena elíptica de 65 m de largo por 39 m de ancho, imaginando las luchas de gladiadores con esclavos y fieras salvajes. Hasta 30.000 personas presenciaban los espectáculos. Hoy sus gradas se convierten cada julio y agosto en un escenario privilegiado para el Festival de Música Sinfónica de El Djem. La visita se completa en un pequeño museo de arqueología. 

iStock-482832930. En el #1: Los oasis del sur

Foto: iStock

7 / 7

En el #1: Los oasis del sur

El trayecto hacia los oasis del desierto tunecino se suele realizar en todoterreno. La visita a las aldeas bereberes que motean el sur del país suele regalar atardeceres memorables y vivencias como dormir bajo las estrellas en campamentos de jaimas, aunque hay que decir que la zona cuenta con variada oferta hotelera. Los miradores de estos pueblos invitan a empezar o acabar el día contemplando los mares de dunas. Estos oasis se asientan en un territorio hace miles de años cubierto de agua hasta que el Mediterráneo decidió retirarse hacia el golfo de Gabes, dejando un manto de lagos salados que se conocen como chott. Tozeur preside el mayor de todos, el Chott el-Jerid, un desierto de sal solo cubierto por los reflejos de espejismos y colores casi irreales.

Tozeur es la puerta de entrada y base para explorar los oasis del sur. Este inmenso palmeral nació gracias al agua que mana desde hace siglos de sus fuentes subterráneas, las mismas que ya dieron de beber a beduinos y romanos, y hoy riegan las palmeras datileras que sombrean frutales y huertos de cultivos. En el pueblo, el laberinto de la medina es una joya de ladrillo y adobe que dan forma a pasadizos cubiertos, a plazoletas secretas y a calles con pórticos que cobijan tiendas y cafés.

La carretera que cruza el-Jerid llega a Nefta, apodada «la princesa del desierto» y el mayor oasis tunecino. La mejor vista la ofrece la colina de La Corbeille, desde la que se domina un mosaico de casas decoradas con filigranas y varias mezquitas que atestiguan que nos encontramos en la segunda ciudad santa de Túnez tras Kairouán.

Más adelante se halla otro gran palmeral, el de Douz, famoso por sus dunas blancas, que se tornan rojizas al atardecer. Se proponen rutas a camello que recuerdan las antiguas caravanas comerciales del desierto.

Tozeur, Nefta y Douz son oasis vivos, pero también los hay que fueron abandonados a su suerte. Así sucedió con los poblados de montaña de Chebika, Tamerza y Mides, todos nacidos en fértiles laderas o sobre desfiladeros, hoy despoblados y dedicados al turismo que viene a recorrer sus calles vacías o a caminar por sus senderos entre laderas rocosas.

iStock-482832930

Los siete lugares que hay que visitar en Túnez

Seguir Viajando

Túnez

Destacado NG

Compártelo