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Las siete visitas imprescindibles de Marrakech

Esta ruta por los rincones indispensables de Marrakech permite navegar en la historia de la ciudad conociendo desde su centro neurálgico hasta sus bellos rincones de paz.

El exotismo que desprende Marrakech ha sido uno de los grandes atractivos que la ha convertido en toda una referencia en el norte de África. La hospitalidad árabe suma otro motivo más a la lista de razones por las que cruzar el estrecho de Gibraltar y plantarse en una urbe que ofrece sus encantos al viajero acompañados por el irresistible aroma de sus especias y de la cerámica caliente de la tajín. Estos son los siete imprescindibles de Marrakech.

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Jardines Menara

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En el #7: los Jardines de la Menara

Las aguas reposadas del enorme estanque de 20.000 m2 devuelven el reflejo del pabellón situado en su orilla y conforman la imagen más característica de los jardines Menara. Durante un tiempo este edificio levantado por la dinastía Saadí fue la residencia veraniega del sultán, pero en su origen los ingenieros almohades diseñaron este gran complejo como receptor de un sofisticado sistema de recogida del agua del deshielo, aprovechando la cercanía de las cumbres nevadas del Atlas. Aunque antiguamente también compartía espacio con extensiones de huerto, hoy el olivo en sus múltiples variedades es el protagonista del lugar. La serenidad y el silencio que imperan en este oasis es uno de los mayores contrastes respecto el bullicio caótico del centro.

Palacio de la Bahia

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En el #6: Palacio El Badi y el Palacio de la Bahia

Rodeado por sus robustos muros, una gran extensión de amplias avenidas que conectan sus diferentes espacios recibe al visitante cuando entra al Palacio El Badi. La dinastía Saadí reinó en Marruecos entre los siglos XVI y XVII y este fue uno de los más soberbios legados que dejó en Marrakech. Actualmente exhibe un aspecto austero: el estanque central está rodeado de sencillos patios de naranjos y la estructura ha sufrido con el paso de los siglos. Sin embargo, todavía se puede sentir el esplendor de los siglos pasados. Antaño poseía más de 300 habitaciones decoradas con los objetos, muebles y materiales más preciados del momento: mármol, estucos, mosaicos... Pero con el ascenso del sultán Moulay Ismail en el siglo XVII, todas sus riquezas fueron transportadas a Meknés, la nueva capital del Imperio, perdiendo progresivamente todo su resplandor.

Apenas un kilómetro de distancia separa El Badi del Palacio de la Bahía, sin embargo son casi tres siglos los que transcurrieron entre la construcción de uno y otro. El Palacio de la Bahía estaba destinado a ser la mayor construcción palaciega de todos los tiempos. Con estas pretensiones, si bien quizás no lo consiguió, sí reúne una gran belleza arquitectónica, especialmente de puertas hacia dentro. No destaca por su altura, sino más bien por su extensión y por la belleza de sus pequeños rincones, que resumen lo mejor del más puro estilo árabe. Estructurado en torno a un gran patio de 50 m de largo, a su alrededor se encuentran las habitaciones que ocupaban las esposas y concubinas del visir. La Sala del Honor y la Sala del Consejo permiten imaginar cómo era la vida en este palacio, donde sus residentes contemplaban a diario la extraordinaria decoración de paredes y techos a base de estuco, mármol, azulejos o vidrieras.

iStock-946862822. En el #5: Las tumbas saadíes

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En el #5: Las tumbas saadíes

La visita a las Tumbas saadíes es una buena manera de profundizar un poco más en el periodo histórico que protagonizó esta dinastía y la huella que dejó en Marrakech. El sultán Al-Mansour las mandó construir en el siglo XVI y, si bien albergan los cuerpos de al menos 66 miembros de la familia, su propio mausoleo y el de su madre, Lalla, son los que exhiben las salas más espectaculares. La zona ajardinada es tan solo el prólogo a un conjunto impresionante. En el plano superior de las estancias dominan las cúpulas de madera de cedro talladas hasta el más mínimo detalle, por ejemplo, en la Sala de las Doce Columnas. Su nombre responde a las columnas de mármol de Carrara que sostienen el maravilloso techo. Junto con la visión caleidoscópica de los coloridos mosaicos de motivos geométricos y los bajorrelieves tallados a mano, uno se da cuenta que se encuentra frente a una de las máximas expresiones del estilo árabe de la época. Contiguas a la sala central se hallan la Sala de los Tres Nichos y la Sala del Mirhab. Todas ellas brillan con una fulgor especial bañadas por la luz rojiza de la tarde.

Jardines Majorelle

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En el #4: Jardines Majorelle y Museo Yves Saint-Laurent

Lo que empezó como un pequeño proyecto de coleccionista a escala reducida terminó por convertirse en un enorme espacio cuyo contenido superaba cualquier expectativa inicial. Tras caer rendido a los encantos de la ciudad, el artista francés Jacques Majorelle adquirió una finca junto al Palmeral en 1922. En 1931 construyó su vivienda en forma de chalet Art Déco y fue ampliando la propiedad con los terrenos colindantes, a la vez que los fue llenando progresivamente de plantas y árboles exóticos procedentes de los cinco continentes. Debido a dificultades económicas y de salud, Majorelle se vio obligado a abandonar sus jardines antes de morir. Pero en 1980 el diseñador Yves Saint-Laurent se comprometió con su restauración, mantenimiento y mejora, ampliando el número de especies botánicas y transformando el lugar en un punto de referencia para el arte y los artistas locales. En su honor, se inauguró en 2017 el Museo Yves Saint-Laurent de Marrakech. Proyectado por los arquitectos de Studio KO, la fachada de terracota y parte de la decoración interior conectan con los colores y tradiciones de su ciudad de acogida. Y la colección permanente ofrece un recorrido único por la trayectoria y los diseños de una de las grandes figuras del diseño y la moda del siglo XX.

Madrasa Ben Youssef

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En el #3: la Madrasa Ben Youssef

Penetrar en el recinto de esta escuela coránica es entrar en un mundo de cenefas y motivos geométricos en el que reina el equilibrio arquitectónico y el preciosismo decorativo. La mirada no sabe dónde detenerse, pues tiene cientos de rincones atractivos donde escoger. El patio central alrededor del cual se estructura el edificio es un buen ejemplo de ello. En él es difícil encontrar un centímetro de superficie a la que no se le haya dedicado un esmerado trabajo. Los tonos ocres dominan la escena en esta estructura donde los arcos mozárabes dan paso a un porche cuyas paredes están revestidas de mosaicos y paneles de cedro, estuco y mármol hechos a mano. La belleza del conjunto se ve doblemente resaltada por su reflejo en el agua del estanque central, el lugar de las abluciones. En torno al patio están dispuestas las celdas de los estudiantes, en total 130, que contrastan por la sobriedad de su interior. La madrasa más grande de Marruecos fue construida en el siglo XIV, pero fueron los saadíes quienes le dieron el actual aspecto dos siglos más tarde.

Zoco marrakech

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En el #2: la Medina y el zoco

Ningún visitante se marcha de Marrakech sin haberse sentido totalmente desorientado en alguna de las laberínticas calles de su Medina, origen y núcleo antiguo de la ciudad. Una buena referencia para no perder el norte es la línea de murallas y sus 19 puertas a través de las que se accede al interior. Entre ellas destaca la de Bab Agnaou, la única que ha aguantado el paso de los siglos sin precisar restauración alguna desde los tiempos de los almohades. Un estallido de colores y olores asalta al visitante cuando penetra en el zoco, que se extiende dentro del perímetro de las murallas. Aunque pueda parecer que aquí reina el caos, no es cierto. Los comercios están agrupados por gremios: las joyas, la cestería, las especies, la artesanía de madera o de cobre… Y uno de los más característicos: la curtiduría, cuyo olor es totalmente inconfundible. Bajo los tablones de madera que protegen las calles y establecimientos de los rayos del sol se sirven también buenos tés aderezados por una animada conversación con los locales.

Plaza Jemaa el Fna

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En el #1: Plaza Jemaa el Fna

De noche o de día, por la mañana, por la tarde o al atardecer, en este punto neurálgico de la ciudad siempre se encuentra vida. El hecho de que no haya grandes edificios a su alrededor y aún así sea una visita obligada explica por qué su seductor encanto reside en otra parte. Es casi como un espectáculo de variedades continuo que evoluciona a lo largo del día y que exige la atención de los cinco sentidos. Si bien a primera hora del día se puede tomar un sabroso jugo de naranja recién exprimido y caminar con relativa calma admirando el elegante perfil del minarete de la Koutoubia, cuando cae el sol la explanada cambia de actitud y de color para convertirse en un auténtico batiburrillo de cientos de estímulos diferentes: vendedores ambulantes, encantadores de serpientes, músicos y bailarines callejeros, carros, carretas o motos que transportan las mercancías más inverosímiles… Y entonces se ponen en marcha las parrillas y los fuegos y un intenso olor a especias, pescado, cordero y cuscús invade la plaza junto con el humo que éstas desprenden y que se convierte en una presencia más. Definitivamente, el mayor espectáculo viviente que ofrece esta ciudad.

Jardines Majorelle

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