No al dominguerismo

Sitges más allá de la postal

Tras una fotogenia indiscutible, esta localidad barcelonesa tiene mucha más chicha de lo que aparenta.

El modo de empleo de Sitges suele ser el de llegar, callejear un poco, curiosear en alguna de sus tiendas, comer, pasear junto al mar y marcharse. ¡Error! Y es que detrás este indiscutible idilio efímero y sus consecuentes ‘likes’ en Instagram hay muchas más sorpresas de las presupuestas.

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DJI 0087. A la sombra de El Greco

Foto: Turismo de Sitges

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A la sombra de El Greco

La instantánea que primero llega a la mente cuando se habla de Sitges es la de la iglesia de San Bartolomé y Santa Tecla frente al mar, parcialmente tapada por unas palmeras rascacielos que, pese a su esbeltez, no desafían demasiado. La torre de este templo, de forma octogonal, ejerce de faro para ubicarse y de icono para la ciudad. Y, cuando se ven los cuadros de la conocida escuela de Sitges, siempre está ahí, como si fuera una musa.

 

Pero, en esa especie de hall of Fame que es el paseo de la Ribera, asoma la estatua de un personaje que no parece estar invitado a la fiesta. O, al menos, que no tiene ninguna conexión con esta localidad. Se trata de El Greco, un pintor idolatrado por el Modernismo catalán y cuya estampa se explica con esta veneración. Y es que la historia del Sitges moderno, abierto, alegre y creativo comienza en 1891, cuando Santiago Rusiñol emprendió un viaje de Barcelona a Vilanova i la Geltrú para contemplar dos obras de este artista que estaban custodiadas por un coleccionista. Por el camino dio con unas casitas de pescadores que se apelotonaban en un peñón pasado el Garraf y se quedó prendado de la luz, del color y de la autenticidad del pueblo. Fue el propio Rusiñol quien acabó promoviendo la construcción de esta estatua para, de algún modo, cerrar el círculo. Por cierto, poco o nada se sabe sobre si el pintor modernista llegó a ver alguna vez las ansiadas obras de su admirado colega.

78606870 2587926134617400 8703279736719147008 n-2. Modernismo sin moderneces

Foto: Museus de Sitges

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Modernismo sin moderneces

Pues sí, Rusiñol se instaló en Sitges y todo cambió para siempre. Su vida desenfadada y distraída atraía a muchos colegas de Barcelona mientras que en el pueblo se empezaron a acostumbrar a cobrar las comidas, la hospitalidad y los favores con cuadros. Este fue el inicio de la sana y popular tendencia de tener obras de artistas locales en casa, generando así un ecosistema creativo y, también, económico, en torno a los óleos.

 

Pero más allá de esta innovación cultural y comercial, Rusiñol compró un edificio de pescadores frente al mar, lo rehabilitó, construyó dentro un taller y lo llenó de objetos de todas las épocas que él mismo recuperaba y compraba. Así es como nació Cau Ferrat, una casa que acabaría siendo un museo y que hoy sirve para remitir al viajero a aquella época de tertulias en el patio interior, absenta y orgías para todos los gustos. Paseando por sus estancias se encuentran numerosos cuadros de Rusiñol y de Ramón Casas, así como alguna rareza de un tal Pablo Ruíz antes de que firmara como Picasso. También restos arqueológicos como los arcos que separan las estancias, extraídos directamente del antiguo castillo gótico de Sitges. Y todo tal y como lo dejó el bueno de Santiago, ya que en su testamento puso como condición para este regalo la obligación de mantenerlo todo intacto.

 

La planta de arriba sorprende por su logia italiana y por la presencia de otros artistas como Julio Romero de Torres y, efectivamente, de El Greco. De hecho, Cau Ferrat anda celebrando el 125 aniversario de la adquisición de San Pedro y de Magdalena Penitente, dos obras del pintor tardo renacentista. Al fin y al cabo, los primeros cuadros que aquí reposaron ajenos al frenesí productivo de sus habitantes y visitantes y con los que comenzó la actividad museística del lugar.

SITGES 190531 Casc Antic 004. Lo que Deering se llevó... y lo que dejó

Foto: Turismo de Sitges

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Lo que Deering se llevó... y lo que dejó

Mientras Casas, Rusiñol y compañía andaban celebrando las famosas fiestas modernistas (ferias dedicadas a este movimiento) en Sitges, en Chicago y Nueva York se empezaba a gestar una pasión por todo lo español que acabó desembocando en la creación de la Spanish Society. Esta institución, nacida para el estudio y coleccionismo del arte español de todas las épocas, estaba auspiciada por magnates como Charles Deering, dueño y presidente de la mayor compañía de equipamiento agropecuario de EE.UU. La pasión de Charles por el arte patrio le hizo conocer a Ramón Casas y a invitarle a conocer el Lejano Oeste, un favor que le fue devuelto años después. Y claro, Deering llegó a Sitges. Y claro, se enamoró como lo hicieron en su día los pintores modernistas.

 

Elevando el órdago al siguiente nivel, Deering adquirió un conjunto de inmuebles anexos a Cau Ferrat y creó, mediante puentes y azoteas conectadas, un universo de palacios y viviendas que, con la ayuda de su asesor Miquel Utrillo, llenó de pórticos góticos, capiteles historicistas y obras de arte de pintores como Goya o Velázquez. Hoy en día, el bautizado como Palacio Maricel y el Racó de la Calma es lo que es gracias a estas intervenciones que hicieron de este balcón sobre el Mediterráneo. Por desgracia, más allá de las creaciones arquitectónicas y las esculturas adosadas a las construcciones, no queda nada del que podría haber sido uno de los mayores museos de arte español del mundo. Cuentan las malas lenguas que Deering decidió llevarse todo por una discusión con Utrillo. Otros dicen que fue por una discusión entre sus mujeres. La realidad es que una deuda adquirida por el millonario estadounidense a causa de una multa por monopolio hizo que prefiriera tener sus bienes más preciados cerca de casa. Por si las moscas.

 

Eso sí, el edificio ha quedado ahí y hoy se ha transformado en un museo que bebe de la colección local y de otros donantes domo el Dr. Jesús Pérez Rosales. El momentazo de toda visita a este edificio es el mirador del mar, donde las obras de Joan Rebull posan frente al horizonte azul. El resto de edificios solo se puede curiosear mediante las visitas guiadas que organiza Museos de Sitges.

E0199. De vinos y hospitales

Foto: Turismo de Sitges

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De vinos y hospitales

El edificio marítimo del Palau Maricel fue, antes de la llegada de Deering, el viejo hospital de Sant Joan. Con el dinero de la compra y la donación del magnate americano la ciudad pudo construir otro complejo médico al otro lado de las vías del tren. Un edificio de estilo modernista proyectado por Josep Font i Gumar que hoy se puede conocer gracias a las visitas al Centro de Interpretación de la Malvasía. Este espacio, abierto hace unos meses, se creó para reivindicar el papel de esta uva y este vino y, a su vez, para repasar la historia más reciente de la ciudad y su vinculación a la producción vitivinícola.

SITGES 190531 Casc Antic 019. Un eixample indiano

Foto: Turismo de Sitges

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Un eixample indiano

De vuelta al peñón, el corazón de Sitges, las casas de pescadores se van sustituyendo por edificios novecentistas y modernistas que se crearon con el dinero que trajeron los sitgetanos que hicieron las Américas. No son edificios con el lustre de los barceloneses, pero merece una pena curiosear algunos como el Casino Prado Suburense, la Casa Bartomeu Carbonell, la Casa Severià Vilella (sobre todo las vistas desde la piscina del hotel Médium Park) o la Casa Antoni Carreras. No obstante, el auténtico icono modernista de la ciudad es el mercado, hoy reinventado en el Casa Bacardí y, cómo no, en museo.

SITGES 190531 Fundacio╠ün Stampfli 001. El penúltimo enamorado

Foto: Turismo de Sitges

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El penúltimo enamorado

El flujo de artistas no terminó con la muerte de Rusiñol en 1931. De hecho, toda una ala del viejo mercado municipal está destinada a acoger la obra de Peter Stämpfli, un pintor contemporáneo suizo. Visitarla es mucho más que diseccionar la pasión de este artista por los neumáticos. Es, también, conocer gran parte del arte figurativo de las últimas décadas ya que aquí se exponen creaciones de algunos de los amigos más ilustres de este creador como es el caso de Eduardo Arroyo, Tom Carr o Pierre Tilman. Detrás de este complejo se encuentra la Carrera d’en Bosch, una vía que sigue el trazado de la antigua muralla medieval donde se encuentra la mansión del propio Stämpfli. ¿Cómo distinguirla? Gracias a un balcón que presume del nombre de su propietario.

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Foto: ME Sitges

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De Terramar a ME

Al final de la playa, dejando atrás mansiones actuales y playitas limitadas por diques, aparece el excelso edificio del hotel ME Sitges Terramar. Su forma, curvada y moderna, no solo establece un poco la frontera urbanizada con Vilanova i la Geltrú, también es un diálogo con el mar que no se agota en su interior. Y es que, en cuanto se cruzan sus puertas, lo que aparece es mucho más que un hotel, es una recepción donde el arte está presente.

 

Y es que, fiel a la filosofía de la marca ME de Meliá, este hotel busca volver a congregar a todo tipo de discursos creativos contemporáneos, desde la música hasta la fotografía, desde la artesanía hasta la escultura. Por eso no es de extrañar que en sus suites haya instantáneas a toda pared de Alberto van Stokkum o que en su hall hayan expuesto Javier Sánchez Medina, Alex Voinea o Larry Otoo.

 MGL7882. El termómetro del arte

Foto: Turismo de Sitges

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El termómetro del arte

Tanto Voinea como Otoo son artistas muy conectados con Sitges. El primero, comparte la galería Il Le Gallery con otros creadores con discursos muy urbanos y callejeros. El segundo está representado por Out of África, una galería situada en el corazón del casco antiguo y que está especializada en importar y exhibir a artistas africanos. Ambas forman parte del ecosistema creativo actual de la ciudad y que hereda el gusto por el arte desde tiempos de Rusiñol. Conocerlas es tomar la temperatura creativa a nivel casi mundial y, también, del mercado del arte ya que muchas de ellas son sedes de instituciones que viajan por todo el mundo de feria en feria.

 

Por eso merece la pena acercarse a Ágora 3, una de las pioneras, para encontrar a artistas figurativos de ámbito español. O asomarse a la de Fernando Suárez, donde este escultor habitante de Sitges exhibe y vende sus obras. Y en una callejuela pequeñita, la luz se cuela juguetona en el taller de Manuel Blesa donde, con un poco de horror vacui, los bodegones protagonizados por utensilios de cerámica, los retratos y los metacuadros conviven con el día a día de su autor y con su pasión por el flamenco.

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Sitges más allá de la postal

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