Tíbet, gran viaje al Himalaya

La meseta tibetana –cuatro veces mayor que Francia– se extiende a 4.500 m de altitud. En esa inmensidad habita un pueblo nómada que fascina al mundo por sus curiosas costumbres, su fuerza y su lucha

1 / 11
Campo base Everest. La cara norte del Everest

Ratnakorn Piyasirisorost / AGE Fotostock

1 / 11

La cara norte del Everest

Una senda casi llana lleva desde el monasterio de Rongbuk al campo base del Everest, a 5.150 metros. Desde hace siglos, el Tíbet fascina a los occidentales. En el país más elevado del mundo, oculto tras la más formidable cordillera, los monjes destilan sapiencia y paz refugiados en templos que parecen gemas.

Palacio Potala - Tibet. Palacio del Potala

Günter Gräfenhain / Fototeca 9x12

2 / 11

Palacio del Potala

Desde el siglo XVII y hasta la invasión china de 1959 fue la morada del Dalái Lama. El Palacio Rojo –parte superior– solo se dedicaba al estudio y la oración. El Palacio Blanco tenía usos más seculares.

Jardines Norbulingka - Tibet. Jardines Norbulingka

Martin M303 / Shutterstock

3 / 11

Jardines Norbulingka

Cuando el viajero llega a Lhasa, es-tira el cuello por la ventanilla del coche intentando localizar cuanto antes el Potala, el símbolo sin discusión del Tíbet. Sin embargo, los jardines Norbulingka, "la joya del parque", son otras de sus maravillas. En su día residencia estival del Dálai Lama, se encuentra rodeada de bellos jardines. 

Ruedas de la Fortuna - Tibet. Ruedas de la Fortuna

Eduardo Teixeira de Sousa

4 / 11

Ruedas de la Fortuna

La manera correcta de rodear un monumento budista tibetano es hacerlo en el sentido de las agujas del reloj. Así se circunnavega en torno a templos, montañas y lagos, muros con piedras grabadas, chörtens (estupas budistas) o cualquier construcción que tenga significado para los creyentes. Al viajar por el Tíbet es importante respetar la tradición. También los molinillos de oración deben empujarse para que rueden en ese sentido. En el sagrado Kailas y algunos lagos como el Manasarovar, el Yamdrok, el Lhamo La o el Nam pueden encontrarse peregrinos que lo hacen en sentido contrario: son seguidores de la religión bon, anterior a la llegada del budismo y con la cual se ha fusionado, aunque conservando liturgias propias. 

Templo Jokhang - Tibet. Templo Jokhang

Ovchinnikova Irina / Shutterstock

5 / 11

Templo Jokhang

El primer templo budista del Tíbet (siglo VII) es también el más venerado. Lo corona la rueda del dharma con 8 radios, rodeada por un ciervo macho y otro hembra. 

Monasterio en Lhasa. Lámparas de mantequilla en un templo de Lhasa

Matt Brandon

6 / 11

Lámparas de mantequilla en un templo de Lhasa

Las lamparillas de aceite arden por millares, creando una atmósfera sofocante y neblinosa. El olor de la mantequilla, uno de los aromas que distinguen los centros de oración tibetanos, llena el aire.

Lago Yamdrok - Tibet. Lago Yamdrok

Lynn Chen / AGE Fotostock

7 / 11

Lago Yamdrok

Rumbo oeste, a tan solo 100 km de Lhasa, está el Yamdrok Tso. Situado a 4.441 metros de altitud, es uno de los mayores del Tíbet. Sus aguas se congelan en invierno. Por sus cualidades adivinatorias, es uno de los lagos más sagrados del Tíbet.

Kumbum de Gyantse - Tibet. El Kumbum de Gyantse

Jan Reurink

8 / 11

El Kumbum de Gyantse

El Kumbum es una torre de 35 metros de altura, el chorten más formidable del país, tal vez del mundo. Reproduce la estructura de un mandala y su nombre significa 100.000 imágenes.

Monasterio Shigatse en Tibet. Monasterio Shigatse

Ratnakorn Piyasirisorost / Getty Images

9 / 11

Monasterio Shigatse

La segunda ciudad del Tíbet, a orillas del Yarlung Tsangpo (Brahmaputra), acoge el monasterio de Tashilhunpo, donde residía el Panchen Lama. Su palacio, el Tashilunpo, es motivo de parada y exploración. Fue levantado a mitad del siglo XV.

Caravana de Yaks

Jan Reurink

10 / 11

Caravana de Yaks

Los yaks transportan el equipaje y los víveres de los viajeros que realizan la kora o peregrinación en torno al Monte Kailas.

Kailas - Tibet. Kailas

Sino Images / Getty Images

11 / 11

Kailas

El pico más sagrado de Asia, jamás escalado, considerado el pilar y el centro del mandala del mundo, se alza al sudoeste del Tíbet. Sobre su cima se sienta Shiva, que ha llegado por las escaleras visibles en la roca en forma de rayas horizontales.

Kumbum de Gyantse - Tibet

Tíbet, gran viaje al Himalaya

Desde hace siglos, el Tíbet fascina a los occidentales. En el país más elevado del mundo, oculto tras la más formidable cordillera, los monjes destilan sapiencia y paz refugiados en templos que parecen gemas.

Cuando el viajero llega a Lhasa, estira el cuello por la ventanilla del coche intentando localizar cuanto antes el Potala, el símbolo sin discusión del Tíbet. En el momento en que la visión se produce, una oleada de emoción le recorre el cuerpo. El palacio, blanco como la nieve y rojo como la arcilla, parece un ente orgánico al que le hubiera brotado una roca a los pies, en lugar de un edificio que se halla construido sobre una colina. Resplandece como un faro, lo que es en realidad. La luz que guía a los miles de peregrinos que cada año llegan para realizar círculos en torno a él y llorar por el exilio de su morador, el Dalái Lama.

Antes de adentrarse en el laberinto de estancias y capillas, para tener la mejor visión del Potala vale la pena resoplar durante quince minutos y subir lo que solo es un montículo frente a la fachada sur, pero que el mapa nos señala como cima de un monte llamado Chigpo Ri. Está a 3756 m de altitud, lo que en Lhasa significa, únicamente, cien metros por encima del resto de la capital tibetana. Conviene acudir a primera hora de la mañana, cuando el sol da de lleno sobre el palacio y lo dora, reforzando su imagen de presea. Desde allí, formando un triángulo sobre el plano urbano, se ven las otras dos joyas de Lhasa: el Jokhang, a la derecha, y el Norbulingka, a la izquierda.

El Potala, el antiguo palacio del Dalái Lama

El Potala es un dédalo de habitacioncitas, capillas y escaleras, pasillos que forman ángulos cerrados y bastante penumbra. El edificio se divide en dos partes bien diferenciadas: el Palacio Blanco contiene las cámaras donde vivía el Dalái Lama, el salón del trono, las estancias para las recepciones de enviados extranjeros, el espacio de meditación…

En lo más alto está el Palacio Rojo, con finalidades religiosas. Alberga multitud de capillas repletas de estatuillas de budas, thangkas pintadas sobre seda, mandalas dibujados en planchas de madera, símbolos auspiciosos en los cortinajes, deidades, dragones y animales míticos poblando las paredes. No se ha extinguido del todo el olor del humo y la mantequilla de yak de las lamparillas que ardieron durante siglos, pero el potencial peligro de incendio ha erradicado las velas.

El Palacio Rojo alberga multitud de capillas repletas de estatuillas de Buda, thankas pintadas sobre seda y planchas de madera con mandalas.

Al salir de la visita, el viajero tropieza con un desaliñado ejército de peregrinos llegados de todo el universo budista. Realizan la kora o peregrinaje circular en torno al palacio para cerrar su devoto viaje. Y frente a la fachada principal, ignorando el tráfico y la vida moderna, los más conmovidos realizan innúmeras postraciones ante la maravillosa mansión.

El templo Jokang y el mercado Barkhor

Al más sagrado de los templos de todo el Tíbet, el Jokhang, se llega caminando hacia el este por las insulsas avenidas diseñadas por el gobierno chino, con las montañas siempre cerrando el horizonte norte y el río Lhasa (o Kiu Chu) acompañando por el sur. Antes hay que cruzar el barullo del mercado Barkhor, un zoco al aire libre donde joyas, objetos de carácter religioso y montañero, ropa, zapatos y material para las ofrendas se vende a cualquiera que quiera distraer unos yuanes de su cartera.

Aquí sí que las lamparillas de aceite arden por millares, creando una atmósfera sofocante y neblinosa. El olor de la mantequilla, uno de los aromas que distinguen los centros de oración tibetanos, llena el aire. La devoción de quienes acuden es reconcentrada, los visitantes prácticamente están absorbidos por la comunión con ese oratorio que ya funcionaba como tal a principios del siglo VII. En la terraza se tiene el encuentro con uno de los símbolos más conocidos de Lhasa: dos cervatillos dorados escoltan la Rueda de la Vida.

Desde la terraza del Jokang, junto a los cervatillos dorados que flanquean la Rueda de la Vida, se contempla al fondo el palacio del Potala.

El impacto chino

Aunque resulte paradójico, los tibetanos viven agrupados en franca minoría en este barrio y representan menos del 4% de la población actual de la ciudad. Los avatares políticos de las últimas décadas y el aislamiento roto por la llegada del tren desde Pekín han dejado un desequilibrio demográfico abrumador. Para ver a tibetanos en sus quehaceres cotidianos en la capital del Tíbet hay que moverse por las callejas situadas entre el mercado Tromsikhang y la avenida Lingkhor Shar Lam.

Desandar los propios pasos y entrar en el Norbulingka permite cerrar el triángulo de las alhajas arquitectónicas de Lhasa. La antigua residencia estival del Dalái Lama, envuelta en jardines, merece la visita, pese a la desgana con que la conservan las autoridades chinas.

Lhasa se abandona con una pena inexpresable, el viajero se sabe privilegiado por haber estado en uno de los más hechizantes lugares del planeta e ignora cuándo regresará. Pero las maravillas que le irán saliendo al paso convertirán en fugaz la aflicción.

El lago Escorpión

Rumbo oeste, a tan solo 100 km de Lhasa, está el Yamdrok Tso. Es un lago conocido como El Escorpión, pues su silueta dibuja a ese animal con el aguijón levantado y armado de las características pinzas. Al coronar el paso de montaña del Kamba La (4794 m) se aprecia que el sobrenombre es indiscutible. Como lo es el color intensamente turquesa de sus aguas. Para los lamas ese líquido no puede ser más transparente, pues en sus profundidades ven dónde se halla la reencarnación del Dalái Lama cuando este muere. Por sus cualidades adivinatorias, es uno de los lagos más sagrados del Tíbet.

Hay que dejar momentáneamente la carretera troncal que recorre todo el sur del país para desviarse hacia Gyantse. Allí, calladamente, se alza una construcción religiosa que compite en belleza con los portentos de Lhasa. El Kumbum es una torre de 35 m de altura, el chorten más formidable del país, tal vez del mundo. Reproduce la estructura de un mandala y su nombre significa «100.000 imágenes». Y a fe que las hay, rellenando cada centímetro de sus paredes, marcos, puertas, aleros, zaguanes. En el séptimo nivel, los ojos del Buda lo escudriñan todo hacia los cuatro puntos cardinales. Un parasol dorado corona el edificio.

Saciados de espíritu, quienes deseen retar a la ley de evitación del deseo, que es el espinazo del budismo, pueden regatear una alfombra de lana en el mercado. Las más bellas de todo el Tíbet se tejen aquí.

Artículo relacionado

PNS-2594788

Tíbet

Viaje al corazón del Himalaya

Etapa en Shigatse

Shigatse es la ciudad más importante tras Lhasa, pues tradicionalmente fue hogar del Panchen Lama, la segunda autoridad religiosa del país. Su palacio, el Tashilunpo, es motivo de parada y exploración. Levantado a mitad del siglo XV, su estructura en escalinata le otorga un simbolismo capital. Es relativamente modesto para la importancia que tiene, y ha sido reconstruido varias veces a lo largo de los siglos. La última, tras las desalmadas sandeces protagonizadas por los guardias rojos chinos durante la Revolución Cultural.
La modesta kora –dar la vuelta al edificio– de una hora de duración es el perfecto punto y final para dejar atrás las maravillas arquitectónicas tibetanas antes de sumergirse en sus majestades paisajísticas.

Nómadas del Techo del Mundo

En los siguientes centenares de kilómetros de carretera se comprende sin palabras por qué a este país se le ha llamado el Techo del Mundo. Las tierras tibetanas se hallan a una altitud media de 4900 m. A la izquierda del vehículo se alinea la cordillera del Himalaya, que va regalando con sus picos nevados como dientes de trol un telón de fondo que deja sin aliento. A la derecha, las onduladas montañas color león que conforman la meseta tibetana. Extensiones infinitas de pastos, sin un solo árbol, terreno propicio para la ganadería y prácticamente estéril para la agricultura. Hasta donde se pierde la vista, un mundo solo poblado por pastores nómadas que viven apartados del siglo XXI y a quienes poco o nada les afecta el día a día de su país, enraizados como están en un modo de vida que poco ha cambiado en las últimas centurias.

De vez en cuando tiendas negras de lana de yak indican la presencia de pastores. Basta descender del vehículo e intercambiar unas sonrisas para ser invitados a una taza de té tibetano –más bien un consomé en el que se ha diluido mantequilla rancia de yak–. En la precaria conversación por evidentes limitaciones idiomáticas mutuas, uno anota que esa gente no solo es rica en lo espiritual sino también en lo material. Cada cabeza de ganado vale unos mil dólares y el rebaño consta de varios centenares de cabezas. Parece no importarles. Viven como siempre, al ritmo de las estaciones, bruñéndose por el sol de altura, comiendo modestamente, vistiendo chubas de piel, durmiendo sobre alfombras, cambiando de lugar cuando el pasto escasea.

Monasterio de Rongbuk

Recorridos cerca de 700 km desde Lhasa, acompañados de un polvo que se posa con entusiasmo en cada rendija del vehículo, del equipaje, de las personas, la Autopista de la Amistad tiene un ramal que se desvía hacia Rongbuk. Hay que ir.

Rongbuk es el monasterio a mayor altitud del mundo, a 4980 m, dato por el cual ya valdría un viaje. Pero, además, se halla situado en la falda norte del Everest. El valle es tan amplio que se dice que cien personas podrían caminar cogidas de la mano y no lograrían tocar las paredes limítrofes. La visión del pico más alto de la Tierra es irrepetible. De aquí partieron escaladores pioneros como George Mallory, y todavía un millar de montañeros intentan llegar a la cima cada año. Los atardeceres son tan conmovedores que el frío casi se ignora.

Este viaje no se cierra en un extremo del país sino en el mismísimo centro del mundo. Al llegar al estrecho istmo entre los lagos Manasarovar y Raksas Tal (el Sol y la Luna en la cosmogonía tibetana), dos zafiros líquidos, una montaña nos hará llorar por su belleza indecible. Es el Kailas (6.638 m). Sobre su cima, jamás hollada por el ser humano, se sienta Shiva, que ha llegado por las escaleras visibles en la roca en forma de rayas horizontales. El Meru de los hindús es Kang Rinpoche para los tibetanos (Preciosa Joya de Nieve). En esta región nacen los ríos Sutlej, Karnali, Brahmaputra e Indo, que fluyen en las cuatro direcciones del espacio.

Imitando a los peregrinos llegados desde todo el Tíbet, remontas los estrechos corredores de piedra que rodean el eje universal con una emoción en el pecho que casi impide respirar. Como en ningún otro sitio del planeta, se vive la sensación de transitar un mundo irreal, donde los dioses te dan la mano para salvar las cuestas. Con esa ayuda dejas atrás un monasterio, un cementerio, un lago redondito y muchas cascadas longilíneas, adelantando la cabeza como un rebeco a punto de luchar, aunque la pelea es contra el viento. Con tan solo rodear una vez la montaña santa, en un trayecto que corona el paso del Dolma La (5636 m), el caminante se libra del infierno. Aunque descubrirá que ya ha estado en el cielo cuando viva un crepúsculo allí.

Compártelo