Mucho más que Haikus

Tohoku, el Japón más genuino

En esta amplia región que ocupa el norte de Honshu las tradiciones siguen vivas y la naturaleza despliega una belleza espectacular.

En la primavera de 1689, el poeta Matsuo Basho partió para un periplo a pie por el norte de Japón que duraría dos años y medio. Sendas de Oku, el diario de sus andanzas, es un clásico de la literatura universal y un prodigio de lucidez y concreción. La obra empieza sin rodeos: «Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros». Vestidos con hábitos de peregrinos budistas, Basho y su discípulo Sora se adentran por un territorio agreste y apenas conocido. Algunas de sus vivencias les inspiran haikus, poemas de solo tres versos.

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iStock-907435004. En busca de las raíces

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En busca de las raíces

Recorrer Tohoku hoy resulta fácil y cómodo. Pero, como en tiempos de Basho, esta sigue siendo la parte más remota y menos poblada de Japón. Una sucesión de montañas revestidas de bosques se extiende hasta el horizonte; abundan los lagos, algunos en calderas volcánicas; el invierno trae nevadas copiosas y la población se concentra en unas pocas ciudades. El turismo es sobre todo nacional. Los japoneses acuden a Tohoku en pos de las raíces de su cultura, entretejida con los ciclos de la naturaleza y heredera de tradiciones ancestrales.

iStock-541985314. Ouchi-Juku y los tejados de paja

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Ouchi-Juku y los tejados de paja

Una treintena de grandes posadas con techos de paja se alinean en la aldea de Ouchi-Juku. También es de paja el tejado de la estación de Yunokami-Onsen en la que descendemos del tren. Tokio se halla 220 km al sur pero parece mucho más distante en el tiempo. Muy cerca de aquí discurría la ruta Oshu Kaido, trazada durante el shogunato Tokugawa (1603-1868) para comunicar Edo (Tokio) con el norte de Japón. En ese periodo en que el país permaneció cerrado al mundo solo se permitía viajar a pie y con una autorización por escrito.

Ouchi-Juku era uno de los enclaves erigidos para ofrecer hospedaje a quien caminaba entre Wakamatsu y Nikko. Una acequia fluye por la calle principal. Las posadas, restauradas con esmero, hoy albergan en su mayoría tiendas de sake y recuerdos. O restaurantes donde, sentados en el tatami, probamos los negisoba, unos fideos fríos de alforfón que en Ouchi-Juku se sorben valiéndose de un puerro delgado.

Con sus sólidas aristas de madera y sus techos y paredes de materia vegetal, los edificios han resistido más de un terremoto. Sobre el suelo de tierra compactada se alza la tarima revestida de esteras. Un gran hoyo cuadrado acoge el irori, el fuego del hogar. Del centro pende una cadena que permite colgar la olla. A fin de conjurar los incendios, la palanca para subirla o bajarla suele tener forma de pez. El humo ennegrece y también preserva el grueso tejado de paja, que debe renovar­se cada 20 o 25 años, en una opera­ción laboriosa y cara. El segundo fin de semana de febrero se celebra el Festival de la Nieve. Linternas esculpidas con ella, cual muñecos gigantes, iluminan la calle.

 

Higashiyama

Foto: Mukaitaki Onsen

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Un onsen a la orilla del río Yu

Nada como sumergirse en las cá­­­lidas aguas de un onsen para disipar los efectos del jet lag. Debido a la actividad volcánica, que eleva la temperatura del subsuelo, Japón cuenta con miles de fuentes calientes. Encajado entre la montaña y el río Yu, Higashiyama Onsen, uno de los pueblos termales más antiguos de Tohoku, invita a agasajar al cuerpo como se merece. Nuestro hotel es un ryokan con manantial propio. En la habitación, abro el libro de Basho. Molido tras su primer día cargando con el equipaje, el poeta reflexiona así al llegar a la posada de Soka: «Para viajar debería bastarnos solo con nuestro cuerpo; pero las noches reclaman un abrigo; la lluvia, una capa; el baño, un traje limpio; el pensamiento, tinta y pinceles.»

iStock-543202466. Un castillo para un cambio de era

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Un castillo para un cambio de era

Un millar de cerezos rodean el castillo de Tsurugajo, en la ciudad de Aizuwakamatsu. En 1868 aquí se libró una batalla decisiva en la guerra Boshin entre los partidarios del shogunato Tokugawa y los del emperador. La derrota de los primeros supuso la desaparición de los samuráis como clase social y dio paso a la unificación del país durante la Restauración Meiji.

La fortaleza, muy dañada tras la batalla, fue demolida en 1874. En 1965 se levantó de nuevo y hoy acoge un pequeño museo de historia, con unas vistas extraordinarias desde el piso superior. Estamos en tierra de samuráis y el guía que nos acompaña viste como uno de ellos. El castillo data del siglo XIV y corona una pirámide truncada de enormes rocas sin pulimentar. Inicialmente se construían así, pero la técnica cayó en desuso porque los huecos entre las piedras facilitaban la escalada del enemigo.

La famosa escuela Nisshin­kan donde estudiaban los hijos de los samuráis se reconstruyó en 1987 en Aizuwakamatsu. En ella es posible practicar caligrafía, tiro con arco o la ceremonia del té, entre otras artes.

iStock-1145347811. El espejo celestial

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El espejo celestial

Cuan­do la nieve cubre el cercano monte Bandai y los carámbanos cuelgan de los árboles, unos dos mil cisnes pasan el invierno en el lago Inawashiro. Las aguas de este lago, mayor que la isla de Formentera, alcanzan una gran transparencia. A menudo también se le llama Ten­kyo (espejo celestial).

Los japoneses viven en las faldas de los volcanes y suspendidos sobre el abismo océanico en el cruce de cuatro placas tectónicas. El terremoto de 2011 fue el más potente que ha sufrido el país; el tsunami posterior devastó la costa sudeste de Tohoku y desencadenó el accidente nuclear de Fukushima. Sendai, la mayor ciudad de Tohoku, se salvó de ser invadida por el océano gracias a los cientos de islotes de la bahía de Matsushima, más eficaces para romper la gran ola que un dique artificial. Contemplar la luna en esa bahía orientada al este fue el principal anhelo que impulsó a Basho a partir de viaje. Los pinos (shima) que crecen en las pequeñas islas (matsu) confieren a Matsushima una belleza casi pictórica.

iStock-458335849. El templo de fuego incensante

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El templo de fuego incesante

Se dice que el fuego que arde en el templo de Yamadera lleva más de mil años encendido. El sacerdote Ennin, maestro de la escuela budista Tendai, trajo la llama sagrada desde el templo Enryaku-ji de Kioto y fundó el monasterio en el año 860. Un trayecto de poco más de una hora en tren desde Sendai permite llegar a Yamadera. Para contemplar el Okunoin (santuario interior) y la estatua del Buda de la Medicina hay que ascender mil peldaños a través del bosque. Pero el paraje es tan cautivador que resulta ocioso contarlos. El sugi (Cryptomeria japonica), árbol nacional y endémico de Japón, a medio camino entre un cedro y una secuoya, reina en la montaña, acompañado de diversas especies de arces. La foresta está salpicada de estatuas de deidades budistas, entre las que sobresale Jizo, con su proverbial babero rojo, protector de los niños, las embarazadas y los viajeros. Entre las copas de los sugis asoma a veces la pétrea pared, tachonada de oquedades. Al observarlas en esa calurosa mañana comprendo de pronto el haiku que Ba­sho le dedicó a Yamadera: «Tregua de vidrio: / el son de la cigarra / taladra las rocas.»

Tras franquear la solemne puerta Niomon llegamos al corazón del santuario. Desde la plataforma Godaido se contemplan los telones de montañas cubiertas de bosques.

shutterstock 1621346449. Nacimiento, muerte, renacimiento

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Nacimiento, muerte, renacimiento

Los montes Haguro, Gassan y Yu­dono –cuyos nombres significan nacimiento, muerte y renacimiento– se cuentan entre los más venerados de Japón. Cada cumbre aloja un santuario y las tres montañas (Dewa Sanzan) son un foco de peregrinación en verano, cuando la nieve se retira de ellas.

El monte Haguro (414 m) es el único accesible por carretera. Pero preferimos ascender por el sendero empedrado a través de un bosque de sugis centenarios. Nuestro guía es un monje yamabushi –sigue la tradición del shugendo– y realiza sus prácticas ascéticas en las montañas y bajo las cascadas. Nos sugiere usar la vestimenta ritual, de blanco riguroso, y así lo hacemos. Son muy cómodas las zapatillas, también blancas, una especie de manoplas para pies con las que los dedos semejan dos pezuñas.

La naturaleza muestra su belleza más sublime. Los esbeltos sugis crean un espacio sagrado y vivo. Como si fuese una capilla en la laberíntica catedral, aparece una preciosa pagoda de cinco pisos, arropada por los sugis y hecha con su propia madera, sin ningún metal. Basho también estuvo aquí, visitó los templos de la cumbre, con la enorme campana Kanezakura, y durmió en la cima del Gassan (1984 m) para alcanzar luego la del Yudono (1504 m), sobre el que la tradición prohíbe hablar y donde no se permiten las fotografías. Las palabras del poeta atraviesan el tiempo: «No sigo el camino de los antiguos: busco lo que ellos buscaron.»

iStock-1172383941. Samuráis y más aguas termales

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La ciudad de los samuráis

En la ciudad portuaria de Sakata nos aguarda una cena de su­shi inol­vidable. Quien nos recomendó este pequeño local se quedó corto. Las manos del veterano chef orquestan una sinfonía de sabores a partir de la calidad del arroz y la extrema frescura de los pescados.

El barrio samurái de Kakunodate es el mejor conservado del país. Algunas de las antiguas mansiones están abiertas al público, otras alojan museos o tiendas de artesanía. Para el samurái, la efímera flor del cerezo era equiparable a su propia vida. Los cerezos centenarios de las calles de Kakunodate eclosionan a finales de abril –más tarde que en el centro de Japón– y los alojamientos suelen reservarse el año anterior.

En la prefectura de Akita, cuna de esa raza de perros, tam­bién disfrutamos del lago Ta­zawa, tan profundo (423 m) que no se hiela en invierno. Tatsuko, joven que soñaba con la belleza y juventud eternas y que mora en el lago convertida en dragón, tiene una estatua dorada en la orilla.

Las aguas termales de Yuze Onsen son divinas para la piel. Quizá solo palidecen ante las del monasterio de Osorezan. El lago Towada ocupa una enorme caldera volcánica. El río Oirase es el único que lo drena. Un sendero junto al cauce permite admirar diversas cascadas y bosques que llamean vívidamente en otoño.

shutterstock 529961734. El umbral para las citas con el otro mundo

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El umbral para las citas con el otro mundo

Los japoneses consideran Osorezan (Montaña del Temor) el punto de unión entre esta vida y el mas allá. Shimokita es una península con forma de hacha al norte de Honshu y este volcán envuelto en fumarolas se halla justo en el centro de la hoja. El lago Usori, sumamente ácido, ocupa parte de una caldera con un collar de ocho picos boscosos que evocan un loto y el paraíso budista. Pero para llegar a él el alma ha de cruzar el río Sanzu, identificado con un curso que alimenta el lago, y no caer en el inframundo. Las amenazas subterráneas son evidentes en cuanto se franquean los muros del monasterio Bodaiji –única huella humana en la caldera– y se camina por un paisaje carbonizado, entre pozos de barro y arenas hirvientes.

Los padres que han perdido un hijo acuden a este lugar para rogar al bodhisattva Jizo que lo cuide en el otro mundo. Los molinillos de viento de colores y los montones de piedras en apoyo a los difuntos están por doquier. El sufrimiento y la búsqueda de consuelo parecen flotar en el aire junto a los vapores de azufre.

Cabañas de madera ofrecen baños termales gratuitos para quien acude al templo (se precisa toalla). Alojarse en el monasterio permite asistir a las ceremonias, con comida vegana y un onsen fuera de serie.

Ciertos días de julio y octubre, en el recinto se instalan tiendas de campaña y la gente hace cola para consultar a las itako. Estas videntes ciegas, que superaron extremas pruebas físicas, transmiten información sobre el fallecido. Si una fina membrana separa el mundo tangible del espiritual, se diría que estas chamanas saben cruzarla.

iStock-1165908155. El desfile antes de la guerra

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El desfile antes de la guerra

El paraíso senderista de Tohoku son las montañas Hakkoda, un conjunto de volcanes dispuestos en dos grupos. El teleférico de la estación de esquí sigue activo en verano y facilita los recorridos. En invierno, cuando los vientos del noroeste se topan con este gran mascarón de lava, los abetos (Abies mariesii) quedan enteramente rebozados de nieve y adoptan formas espectrales.

Llegar a Hirosaki a primeros de agosto permite disfrutar del festival Neputa. Grandes carrozas de papel washi, con forma de abanico e iluminadas desde dentro, recrean a seres mitológicos plenos de garra y colorido. Durante seis noches desfilarán al son de flautas y tambores –algunos gigantescos– por el centro de la ciudad, acompañadas por los bailarines que entonan un hipnótico canto: rasserá, rasserá...

En la gran ciudad de Aomori ese festival se llama Nebuta (con «b») y atrae visitantes de todo Japón. Las carrozas son más grandes y de formas fantasiosas. Cualquiera puede participar en el desfile si alquila un traje haneto y lleva el sombrero de flores (hanagasa). Así lo hicimos.

El sentido del Nebuta es incierto pero en su origen tenía algo de preparación ritual para la batalla. Hoy es una forma colectiva de armarse de valor para afrontar lo nuevo y desprenderse de lo que se deja atrás, todo ello honrando la conexión con los antepasados. El pueblo japonés es maestro en eso. Y cuando te invita a experimentarlo desde la alegría compartida de una fiesta, no hay nada como sumarse a ella. 

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