Época a época

Toledo, un 'stendhalazo' en versión española

El Síndrome de Stendhal se lo inventó el escritor francés para nombrar esa dolencia que el cúmulo de arte y belleza produce en espíritus sensibles. Él se refería a Florencia, pero podría aplicarse a Toledo.

Decía Galdós que «Toledo es una historia de España completa». Y una historia completa del arte occidental, cabría añadir. El arte y la belleza nunca se dieron tregua en Toledo. La política, sí. La que hubiera podido ser la capital del mayor imperio del mundo fue arrinconada. Paradójicamente, eso salvó sus murallas, sus edificios, sus tesoros. Y con el tiempo, ha recobrado el título de capital, en el concierto autonómico de la nueva era. Cosa que se ha notado.

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241950369 356602512563928 2089640292486425134 n. Toledo contemporáneo

Foto: Corpo Toledo

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Toledo contemporáneo

La ciudad ruinosa, oscura y polvorienta que trazaban los viajeros románticos se ha enganchado al carro de la modernidad. Ha restaurado templos y palacios, ha intervenido con osada arquitectura en sus museos, o creado otros nuevos, como el reciente Centro de Arte Moderno y Contemporáneo CORPO. Ha inaugurado un Palacio de Congresos firmado por Rafael Moneo, aunque denostado por algunos puristas. Ha combatido su agotadora orografía con escaleras mecánicas, en el Paseo de Recaredo primero, después en la antesala de Safont. Ha traído el AVE hasta la antigua estación de ferrocarril, junto a los míticos Palacios de Galiana, almunia árabe destinada ahora a la restauración.

1620px-Cueva de Hércules - 01 (1). Todo empezó con Hércules

Foto: Carlos Delgado vía Wikimmedia Commons

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Todo empezó con Hércules

La leyenda alcanza en esta ciudad calidad de músculo porque se enrosca al espinazo de la historia, y a veces se funde o se confunde con ella. Tal ocurre en el momento en que nos asomamos a sus orígenes.

Dice la leyenda que la ciudad fue fundada por Hércules. Y uno de los últimos reclamos abiertos al público son precisamente las llamadas Cuevas de Hércules. Un capítulo importante dentro de la tradición hermética y ocultista que han arrastrado los subterráneos toledanos, alimentado ferozmente por los alquimistas medievales. Resulta que las citadas cuevas, que ahora se pueden visitar, son posibles restos de un aljibe romano, el que contendría el agua traída a través de un acueducto. Porque Toledo tuvo acueducto romano, representado en antiguos grabados. Y un circo, visible aún en la Vega. Restos de termas han aflorado en varios puntos (Tenerías, Baños del Ángel, del Cenizal) y algunos mosaicos romanos pueden contemplarse en el Museo de Santa Cruz.

Pero abundan sobre todo los fragmentos embutidos, fustes o capiteles de acarreo aprovechados por los visigodos, herederos de la civilización romana. Es lo que puede verse por ejemplo en la iglesia de San Salvador, recientemente incorporada al circuito turístico, o en otra iglesia discreta cerca del río, la de San Sebastián, con columnas aprovechadas que me traen el recuerdo emocionado de basílicas e iglesias de Roma amasadas con piedras paganas.

Px Concilios2. Una iglesia para conmemorar el periodo visigodo

Foto: Museo de los Concilios

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Una iglesia para conmemorar el periodo visigodo

Tras abjurar del paganismo, los monarcas visigodos se convirtieron en campeones del cristianismo. Dieciocho concilios se celebraron en la basílica de Santa Leocadia, en la Vega toledana.

Hay un Museo de los Concilios y la Cultura Visigoda en la pequeña iglesia de San Román, en la parte alta, que es visita imprescindible. Arropadas por frescos románicos, las vitrinas muestran delicados objetos y relieves, cancelas, pilastras esculpidas. Y una fiel reproducción de las coronas votivas encontradas en Guarrazar, al sur de Toledo, cuyos originales son pieza estrella del Museo Arqueológico Nacional en Madrid.

Una de las leyendas (o no) de la crónica toledana tiene que ver con el final de la monarquía visigoda; es la leyenda de Florinda la Caba, la hija del conde don Julián. Al ser forzada la joven por el último rey godo, don Rodrigo, el conde habría franqueado el paso a las huestes sarracenas en Gibraltar, dando inicio así a la invasión árabe de la Península. El llamado Baño de la Cava es el remanso del Tajo, junto al puente de San Martín, donde se habría cometido la ofensa. De esta leyenda se hizo eco el Marqués de Sade en el cuento titulado Rodrigo o la torre encantada.

shutterstock 420535633. Y de repente, el legado árabe

Foto: Shutterstock

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Y de repente, el legado árabe

Las huellas árabes en Toledo lo invaden todo. Junto con la herencia judía conforman una especie de atmósfera que impregna lo que podríamos llamar la seducción de Oriente. Aparte de puertas y murallas, subsiste una mezquita que es una joyita de época califal: el Cristo de la Luz. Un pequeño oratorio, junto a las puertas del Cristo y del Sol, cubierto con nueve cúpulas califales, es decir, sin que sus nervios se crucen en el centro, y todas diferentes, como un muestrario. La tradición dice que, al entrar los cristianos en Toledo, el caballo de Alfonso VI dobló las rodillas en el punto ahora señalado con un adoquín blanco; el rey mandó derribar el muro y allí apareció, emparedado en la mezquita, el Cristo de la Luz, con una bujía milagrosamente encendida.

Otra leyenda, la de la Peña del Moro, se refiere a los intentos del príncipe Abu-Walid de reconquistar la ciudad caída en manos cristianas; no lo consiguió y su cabeza puede verse convertida en un peñasco en Los Cigarrales, contemplando eternamente la ciudad amada y perdida. El llamado Taller del Moro, reabierto de nuevo a las visitas, es en realidad un palacio o casa noble familiar del siglo xiv y de estilo mudéjar, en el que los atauriques y grafías árabes se emulsionan con escudos y motivos castellanos.

iStock-480443118 (1). Herencia árabe

Foto: iStock

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Entre sinagogas

Curiosamente, menos etérea o difusa que la presencia árabe es la herencia judía. Todavía hoy todo el barrio oeste se conoce como la Judería. Allí se alzan dos de las sinagogas antiguas más hermosas de Europa, la del Tránsito y la de Santa María la Blanca. La primera alberga el Museo de Cultura Sefardí, un espacio vivo que sirve de escenario a conciertos y encuentros culturales, como el anual Ciclo de Música de Cámara, que recuerda aquellas gloriosas Decenas Musicales de hace años. Santa María la Blanca pudo conservar sus arquerías y filigranas de yeso gracias a que fue consagrada iglesia.

Las leyendas con trasfondo judío son muchas, adheridas a lugares concretos del callejero. El gran poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer escribió una decena de leyendas y relatos toledanos de ambiente judío, que en algunos casos sirven para animar visitas guiadas temáticas o teatralizadas. Casi siempre se trata de amores contrariados entre un cristiano y una bella hebrea, como en Rosa de pasión o El pozo amargo.

El espíritu oriental de lo islámico y lo judío se sintetiza en el concepto de lo mudéjar, que además de un arte cristiano que se nutre de las otras dos culturas es como un estilismo, un way of life que ha maquillado la vida cotidiana hasta en bares, tablaos, plazas de toros o estaciones de tren del siglo xx, y no solo en Toledo. Existe un tópico muy arraigado, el de la armoniosa (y puntual) convivencia de las tres culturas. Que se apoya en hechos ciertos, como que algún monarca cristiano vistiera ropas moriscas o tuviera una amante judía. La Escuela de Traductores de Toledo que creó Alfonso el Sabio sería el lado más vendible de esa teoría buenista, que, por cierto, la compra incluso el autor de El médico, novela de éxito llevada al cine y a un musical.

 

CASA-MUSEO-GRECO-toledo-c-patronato-municipal-de-turismo-de-toledo.jpg 604889389. La patria de El Greco

Foto: Casa Museo El Greco

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La patria de El Greco

Dentro de esa atmósfera orientalista asimilada por el sincretismo cristiano resulta obligado mencionar al pintor que vino de Oriente y acabó estableciéndose en Toledo, convertido en una de sus señas de identidad: Doménikos Theotokópulos  el Greco. Su casa, en plena Judería y recientemente acondicionada por el estudio de arquitectos Pardo+Tapia, es en realidad una fantasía del Marqués de la Vega Inclán, inventor de otras casas de artistas o escritores españoles, por no decir inventor del turismo en España, hace ahora un siglo.

La casa del Greco fue levantada sobre las ruinas de la mansión de Juan Pacheco, Marqués de Villena, personaje misterioso entregado a la alquimia y fuente él mismo de leyendas truculentas. Su afición ocultista puede evocarse en los sótanos del palacio, ahora musealizados. En las estancias nobles, amuebladas de anticuario, cuelgan muchos grecos imprescindibles, como el plano de Toledo de 1610,  o un Apostolado completo. Hay otro apostolado en la sacristía de la Catedral, una parada básica en la ruta del Greco por Toledo. Otros jalones de ese itinerario tras las huellas del artista serían el Museo de Santa Cruz, el Hospital de Tavera, Santo Domingo el Antiguo o la iglesia de Santo Tomé, muy cerca de la casa del pintor y donde sigue –nunca salió de allí– el monumental El entierro del conde de Orgaz, obra cumbre del arte universal.

Para mejor tragar tal cúmulo de arte puede venir bien entrar en alguno de los obradores de la zona de Santo Tomé y hacer provisión de mazapán. El dulce de almendras y huevo típico de Toledo, cuyo invento se atribuye a unas monjas locales: no hay que fiarse, en otras ciudades de Europa cuentan exactamente lo mismo. Y en aquellos países donde el dulce se llama marzipan tienen por cierto que es una gollería proveniente del Mediterráneo oriental.

 

iStock-991090368 (1). Sus iconos de un vistazo

Foto: iStock

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Sus iconos de un vistazo

Aunque la Toledo cristiana asumiera a través de lo mudéjar el espíritu oriental, también plantó sus propios e inequívocos estandartes. Y los dos más imponentes siguen dominando de manera rotunda el skyline de la ciudad imperial: la Catedral y el Alcázar. El poder divino frente al poder terrenal. La Iglesia frente al César, el emperador Carlos. Demos pues a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

Como Alcázar y Catedral son los platos fuertes de cualquier guía o tour que se precie, solo diré que la catedral es todo un mundo, un microcosmos bien destripado –pese a desfases con nuestros días– en una novela rara de Vicente Blasco Ibáñez, La catedral, lectura recomendable y amena. El Alcázar, palacio soberbio que el emperador Carlos encargó al gran Covarrubias, que continuó Juan de Herrera y que ardió o fue destruido un montón de veces, vivió su última epopeya y ruina en la Guerra Civil de 1936, convirtiéndose en símbolo que dio nombre incluso a un periódico de tirada nacional, El Alcázar. Restaurado por entero, desde hace ya una década alberga un Museo del Ejército adaptado a cánones actuales. Y también una Biblioteca y cafetería, que acercan el porte intimidatorio de este coloso al ciudadano corriente.

 

GettyImages-1188382621. El envoltorio de Toledo

Foto: Getty Images

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El envoltorio de Toledo

Al pie del Alcázar, la plaza de Zocodover sigue siendo el verdadero ombligo toledano, por más que el Gobierno de Castilla-La Mancha se haya instalado en el Palacio de Fuensalida, junto a Santo Tomé. De Zocodover parten todos los caminos para explorar Toledo: hacia el Hospital de Santa Cruz y los mesones que sufrieron las borracheras de Cervantes, Quevedo, Rojas y otros clásicos del Siglo de Oro; hacia el Miradero, el balcón por antonomasia usurpado ahora por el Palacio de Congresos, el Museo CORPO de arte moderno y, Dios sea loado, por un parking; hacia la Catedral, Santo Tomé y la Judería; o hacia la parte alta, donde conventos secretos y pasadizos protagonizan algunas de las rutas y rondas nocturnas más solicitadas.

El envoltorio de esta ciudad única es tan precioso como ella misma. Ese entorno natural incluye «el patrio, celebrado y rico Tajo» (Garcilaso), con la Vega en su ribera, y de coraza los ásperos riscos de Los Cigarrales, que puso de moda Tirso de Molina, nada menos. A un par de leguas hacia el sur, le ha salido a Toledo un avatar: una réplica no de cartón piedra, sino de piedra y ladrillo, sólida, enorme y ambiciosa: la primera sucursal que el premiado parque histórico Puy du Fou ha abierto fuera de Francia. Muchos de los mitos y leyendas que acabamos de evocar se alían allí con una magia inverosímil. El gran espectáculo nocturno se llama, por cierto, El sueño de Toledo.

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