Oriente con niños

Turquía en familia y sin pisar Estambul

¿Quién diría que este país es perfecto para recorrerlo con los más pequeños?

Turquía cuenta con una impresionante red de autovías, por las que es muy fácil viajar con un coche alquilado, y sus autocares –modernos y puntuales– ya los quisieran para sí muchos países de la Comunidad Europea. A los turcos les encantan los niños… y a los niños les suele encantar Turquía. La comida es sabrosa y económica; la gente, alegre y comunicativa. Se puede pasear por calles y plazas, a la sombra de los árboles, descubriendo un mundo exótico y extrañamente familiar. Es probable que de vuelta a casa, tras haber disfrutado de Capadocia o de las playas del sur, los más pequeños les propongan a sus padres ofrecer menos dinero cuando estos le dicen que ese juguete que quiere es muy caro.

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iStock-689695468. Arqueoturismo en Troya

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Arqueoturismo en Troya

El mejor lugar para que un pequeño grupo de personas pueda controlar una enorme extensión de mar es un estrecho. Los habitantes de Troya supieron aprovechar la excelente ubicación de su ciudad al sur de los Dardanelos, el delgado brazo de agua que comunica el Mediterráneo con el mar de Mármara, antesala del Bósforo y el Mar Negro. 

Las ruinas de Troya no pueden competir en espectacularidad con las que Turquía atesora al sur de Esmirna. Pero reciben menos visitantes y se respira en ellas cierta anarquía creativa, como sugiere el caballo de madera que preside la entrada y en cuyo enorme vientre caben bastantes personas. Pero que nadie tema a tanta piedra: por mucho que los padres piensen que tanto yacimiento arqueológico pueda aburrir a los más pequeños, es normal que estos se diviertan saltando de piedra y celebrando que todo está destruido. Todo un alivio. 

 

iStock-955920508. La conquista de Pérgamo

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La conquista de Pérgamo

En el siglo II a.C Eumenes II convirtió Pérgamo en un gran centro del saber. Su biblioteca llegó a contar con doscientos mil volúmenes y a rivalizar con la de Alejandría. Los egipcios, celosos, dejaron de suministrar papiros y entonces Eumenes II instó a los sabios a buscar una alternativa. Así nacería el pergamino, elaborado con pieles de animales. Cuando ardió la biblioteca de Alejandría, Marco Antonio saqueó la de Pérgamo para contentar a Cleopatra. El teatro para 10.000 espectadores de Pérgamo y su acrópolis de inmaculadas columnas coronan una montaña en un marco de sobrecogedora belleza. No se hallan aquí las multitudes de Éfeso y nada impide salir al escenario para interpretar o improvisar juegos. En el altar de Zeus todavía parece latir una paz especial. Sus espléndidos frisos, que hoy se exhiben en Berlín, ilustran la batalla entre los dioses del Olimpo y los gigantes del inframundo. Estos últimos, representados como luchadores barbudos y coléricos, son derrotados por unas deidades apolíneas que combaten sin tensión aparente. La ciudad de Bergama, a los pies de la acrópolis, permite saborear el estilo de vida turco. Y también visitar el Asclepión, un santuario médico donde ejerció el médico Galeno.

iStock-655490246. El indiscutible encanto de Pamukkale

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El indiscutible encanto de Pamukkale

Remontar el valle del río Meandro permite comprender el significado de su nombre y acceder a uno de los emblemas de Turquía: Pamukkale (“Castillo de Algodón”), con sus aguas termales y azul cielo llenando las blancas pozas escalonadas creadas por sus sedimentos. Cuidado con los resbalones si se de anda descalzo. La textura áspera de la piedra en la planta de los pies incomoda a algunas personas, pero no suele ser el caso de los niños.

iStock-1136081144. Bahía de Gökova

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Un Mediterráneo insólito en la bahía de Gökova

La costa sur es la parte más abrupta y salvaje del litoral turco. Las montañas pueden superar los tres mil metros, están nevadas en invierno y descienden cual cortinajes hasta un mar azul turquesa. La flamante carretera que surca esa cornisa hasta Antalya tiene una belleza que linda con el vértigo. El pueblo licio, procedente de Anatolia, habitó esa región. Sus tumbas rupestres y sus sarcófagos de piedra ocupan enclaves magníficos, como queriendo ofrendar a sus moradores unas vistas de ensueño. Los gulets, las pintorescas embarcaciones de madera que surcan la costa entre Fethiye y Kale en travesías de varios días, permiten bañarse en entornos idílicos. También puede realizarse una excursión en barco desde Kas a la isla de Kekova, casi contigua al puerto de Üçagiz, para admirar las ruinas de Simena. En un mar de deliciosa transparencia, los grandes sarcófagos de piedra licios, sostenidos sobre pilares, emergen como arcas flotantes rumbo al más allá.

iStock-1154115365. El suelo en llamas

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El suelo en llamas

La rústica aldea de Olimpos, con agradables hoteles rurales y una frondosa playa en la que desemboca un arroyo, son el punto de partida para admirar las llamas de la Quimera (Yanartas en turco: “roca llameante”). El gas que emana por algunas fisuras de las laderas del monte Olimpo arde de forma espontánea al entrar en contacto con el aire. Estas llamas, visibles desde la Antigüedad en plena noche desde el mar –tenían entonces mayor tamaño–, se vincularon al mito de la Quimera. Sentarse en familia junto a esas hogueras que brotan de la roca es una experiencia insólita. A solo 3 km del mar y con una altitud de 2366 m, el vecino monte Olimpo (Tahtali en turco) no es la cima más elevada del Tauro pero sí la más famosa. La apertura de un teleférico de tecnología suiza en 2007 ha simplificado el acceso a este mirador extraordinario y a sus privilegiados alrededores.

iStock-156754732. Para el niño que se lleva dentro

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Para el niño que se lleva dentro

Los paisajes de Capadocia cautivan a los niños y también al niño que muchos adultos llevan dentro. Lo increíble es que existen en tres dimensiones, no son pues un fruto de la imaginación o un dibujo infantil. Los poblados rupestres de Capadocia –todos diferentes y sin dos viviendas iguales– dan para muchos días de exploraciones y más de un viaje. Aquí la tierra parece encantada y recuerda un paisaje de cuento. Hay subir por esa chimenea, asomarse a aquella ventana, entrar en ese corral, atravesar este pasadizo… Si se duerme en un pequeño hotel-cueva, alfombrado con kilims, se podrá comprobar que su interior mantiene siempre la misma temperatura: tibia en invierno y fresca en verano, pues coincide con la temperatura media del lugar. Capadocia se recorre a pie, en bicicleta de montaña, en burro, a caballo, en globo… Existen además ciudades subterráneas, algunas todavía por descubrir, donde los habitantes se guarecían hace siglos en caso de peligro, alguna de ellas con hasta once pisos de profundidad. Las grandes ruedas de molino verticales que cerraban la entrada no podían retirarse desde fuera. De vuelta a casa, Capadocia será sin duda el lugar favorito de los niños y la recordarán durante muchos años.

iStock-174753747. La toma de Anamur

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La toma de Anamur

Llegar a esta apartada ciudad, la punta más al sur del país, requiere conducir varias horas por una carretera que bordea espectaculares acantilados y limita enormemente el número de turistas. El clima de Anamur es muy cálido, pero también lluvioso en invierno. Gracias a ello en la zona se cultivan la mayoría de plátanos de Turquía, junto a plantaciones de taro que parecen propias de Japón o la Polinesia. El impresionante castillo de Mamure, 7 km al este de la ciudad, es probablemente la fortaleza antigua a orillas del Mar Mediterráneo mejor conservada. Lo construyeron los romanos, luego lo ampliaron los bizantinos y los cruzados. En el siglo XIII, el sultán Kayqubad I le dio su forma actual, con 39 torres. Justo al lado hay un pequeño cámping y una playa en la que desovan las tortugas. Sería una más entre las muchas del sur de Turquía, con la diferencia de que, como en Anamur apenas hay turismo, las autoridades no tienen que cerrarla al público de noche, como sucede por ejemplo en Ölüdeniz o Patara y es más fácil conmoverse viendo cómo el pelotón de tortuguitas recién nacidas se apresura para llegar al mar. 

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Turquía en familia y sin pisar Estambul

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