Guipúzcoa rural

Urola, el valle más fascinante y completo de País Vasco

La excursión por esta comarca natural discurre por pueblos y museos donde se preserva la esencia del interior vasco.

Esta región casi vale más por lo que esconde que por lo que muestra. Ejemplo de ello es este valle que parte de las montañas más abruptas de País Vasco y transcurre entre riberas artísticas, localidades sorprendentes y parajes sobrecogedores. 

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Desde Aizkorri

El río Urola nace en la sierra de Aizkorri, en cuyas paredes, desafiando el vacío, la naturaleza se funde con la arquitectura natural, el roquedo se convierte en arte y el arte en templo de líneas inesperadas y vanguardias sorprendentes. Entre montañas, el santuario de Arantzazu (1950), con su moderna escultura de los catorce apóstoles y su diamantina piel de dragón, es la síntesis de la creatividad de Sáenz de Oiza, Laorga, Basterretxea, Muñóz, Álvarez de Eulate, Egaña, Chillida y Oteiza.

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Y de repente, Oñati

Esta provocación tiene su contrapunto en la exquisitez renacentista de la Universidad Sancti Spiritus (1540) de Oñati, con su artesonado mudéjar y fachada plateresca. Cerca, la iglesia de San Miguel se sumerge en un eclecticismo que nos guía desde el siglo xiii hasta su torre neoclásica, pasando por el gótico flamígero del claustro, el renacimiento de la capilla de La Piedad y el barroco de sus retablos. Más atrás en el tiempo, la cueva de Arrikrutz desvela paisajes ocultos y restos de leones de las cavernas.

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Entre ovejas, valles y quesos

Pero vayamos a la cabecera del valle. El Urola abandona el Parque Natural de Aizkorri-Aratz buscando su camino entre rocas. Con tesón, horada un cañón flanqueado por las cimas Irimo, Elosua, Izazpi, Pagotxeta… A la altura de Brinkola entra en Burdin Harana, el Valle del Hierro, así llamado por su tradición herrera. Esta herencia industrial convive en la zona con la explotación agropecuaria, por lo que el paisaje se ve salpicado por ovejas y cultivos. En Brinkola podemos acercarnos al caserío-molino Igarralde donde aprender a trabajar el pan. Y al de Erraizabal con su museo del pastoreo, buen lugar para degustar los quesos Idiazabal.

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De Zumárraga a Loiola

El río inicia su descenso hacia el norte. Y a su vera corre la vía verde del desaparecido tren del Urola. Hoy nos permite caminar o pedalear desde Legazpi hasta Azpeitia, donde se puede subir a una locomotora de vapor en su fantástico Museo del Ferrocarril. Pero aún quedan por atravesar otros túneles y varios puentes de hierro, así que decidimos continuar el viaje.


Azkoitia nos recibe con su iglesia renacentista de Santa María la Real, el palacio Floreaga, el barroco palacio Insausti y la casa-torre de Balda, en la que viera la luz Marina Sáez de Licona y Balda, madre de san Ignacio de Loyola. Porque estamos en tierras ignacianas, lo cual se evidencia en la explosión barroca del cercano santuario de Loiola, centro espiritual de la Compañía de Jesús. Su casa-torre natal, sin embargo, hunde sus raíces en un medievo coronado de mudéjar, el mismo estilo que domina los palacios de Antxieta y Altuna, muy poco común en el resto del País Vasco. 

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Rutas de montaña

El Urola sigue su curso y se topa con un casco urbano que parte en dos: al oeste Urretxu, al este Zumarraga. En Urretxu destacan la iglesia de San Martín de Tours y el Palacio Ipeñarrieta.

La primera debe su fisonomía al siglo xvi, en la que sobresale su bóveda renacentista de madera; el segundo es un edificio de 1605 que exhibe un solemne barroco. Por su lado, Zumarraga muestra su original casa-torre de los Legazpi, gótico civil de los siglos xiii y xiv, pero sobre todo regala la joya románica de La Antigua, ermita de dimensiones inusualmente grandes, cuya arquitectura es una simbiosis magistral de piedra y madera.

Rodeados de montes, en el valle del Urola también es recomendable seguir alguna de las innumerables caminatas: la Ruta de la Trashumancia, la de los tres templos ignacianos (Arantzazu, La Antigua y Loiola), la clásica ascensión al Aizkorri o la sencilla senda hasta el espectacular Ojo de Aitzulo.

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Un digno adiós en Zumaia

Azkoitia nos recibe con su iglesia renacentista de Santa María la Real, el palacio Floreaga, el barroco palacio Insausti y la casa-torre de Balda, en la que viera la luz Marina Sáez de Licona y Balda, madre de san Ignacio de Loyola. Porque estamos en tierras ignacianas, lo cual se evidencia en la explosión barroca del cercano santuario de Loiola, centro espiritual de la Compañía de Jesús. Su casa-torre natal, sin embargo, hunde sus raíces en un medievo coronado de mudéjar, el mismo estilo que domina los palacios de Antxieta y Altuna, muy poco común en el resto del País Vasco.

Dejamos atrás la casa-torre de Enparan para llegar a Zestoa y sumergirnos en las aguas curativas de su balneario modernista. Poco después nos enamoramos del palacio Lili camino de las cuevas de Ekain, en cuya réplica se pueden admirar espléndidas pinturas rupestres Patrimonio de la Humanidad. El Urola se libera de las angosturas del valle retorciéndose en un par de pronunciados meandros antes de abandonarse al Cantábrico, junto al espectáculo geológico del flysch de Zumaia.

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Urola, el valle más fascinante y completo de País Vasco

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