Como la seda

El Uzbekistán más legendario

Nombres como Samarcanda, Jiva o Bujara evocan antiguas escenas de caravanas y y enclaves míticos que mantienen en la actualidad todo su magnetismo.

En el corazón de la antigua Ruta de la Seda, rodeada por fieros desiertos y altas montañas, se encuentra la mítica región de Transoxiana, nombre con el que los griegos denominaban las tierras más allá del río Oxus, el actual Amu Darya. El cauce sirve ahora de frontera natural entre Uzbekistán, al norte, y Afganistán y Turkmenistán, al sur.

Las riquezas que sugería el enigmático nombre de Transoxiana atrajo a los más avezados exploradores occidentales. Muchos de ellos perdieron la vida tratando de alcanzar las legendarias ciudades de Samarcanda, Bujara o Jiva, otros lograron regresar y relataron sus vivencias en las cortes y en los mercados europeos. La época de las caravanas hace siglos que pasó, pero las ciudades uzbekas siguen fascinando con sus magníficas obras arquitectónicas y sus coloridos bazares.

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shutterstock 1400648573. Una ciudad de contrastes

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Tashkent: una ciudad de contrastes

La que fuera durante la época zarista la capital del Turquestán ruso es un lugar cargado de contrastes: los bloques de edificios soviéticos se entremezclan con las viejas casas de adobe; jóvenes vestidos a la última pasean junto a ancianos ataviados con la tubeteika (gorro tradicional uzbeko); tiendas de moda y supermercados conviven con bazares como el de Chorsu; y restaurantes de decoración vanguardista compiten con clásicas casas de té donde se sirve el plato nacional, el plov, un guiso de arroz con cordero y vegetales similar al pilav turco.

shutterstock 1502844647. La puerta de entrada

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El metro monumental

La capital y puerta de entrada a Uzbekistán, carece de grandes monumentos. Sin embargo, resulta ideal para apreciar las contradicciones del país más poblado de Asia Central, con 31 millones de habitantes en un territorio que ocupa lo mismo que Alemania. Sus fronteras fueron trazadas, como las de los países vecinos, a principios del periodo comunista para dividir a las poblaciones musulmanas y evitar así que se alzaran contra los bolcheviques.

uzbekistan

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Paisaje entre algodones

En el trayecto de 300 km entre Tashkent y Samarcanda se atraviesan infinitas llanuras, pueblos destartalados de casas encaladas, campos de frutales y, sobre todo, extensas plantaciones de algodón, el principal producto de exportación del país después del oro y el gas natural. Resulta emocionante llegar a la legendaria Samarcanda por donde antiguamente llegaban las caravanas de la Ruta de la Seda. El nombre se refiere al conjunto de caminos por los que, desde el siglo xvii a.C. hasta el xvi d.C., circularon mercaderes, artistas y peregrinos que viajaban entre Oriente y Occidente para intercambiar productos y conocimientos. La seda era tan solo una de tantas mercancías que circulaban por estas tierras; si se escogió este nombre fue porque era un artículo de lujo que llegó a alcanzar un precio similar al del oro y se convirtió en la primera divisa convertible a lo largo de Asia. La producción de seda y porcelana en Europa, por un lado, y el avance de los viajes marítimos, por otro, llevaron la legendaria ruta al declive.

Registán

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la plaza más majestuosa de Asia Central

Samarcanda se convirtió en uno de los centros comerciales más importantes de la Ruta de la Seda y su riqueza atrajo a algunos de los mayores conquistadores de la historia. Se cuenta que Alejandro Magno, cuando vio la antigua Marakanda, cayó rendido a sus pies; Gengis Khan, en cambio, no se detuvo ante su belleza y la destruyó sin piedad; y el gran Tamerlán (o Timur) estableció la capital de su vasto imperio en ella.

Una agradable avenida peatonal conduce hasta el Registán, la plaza más majestuosa de Asia Central. Aquí confluían antiguamente las arterias de la ciudad y se levantaba el principal bazar. El año 1417 el nieto de Tamerlán, Ulugbek, mandó edificar una grandiosa madrasa (escuela islámica), decorada con mosaicos que imitaban las constelaciones y donde se dice que él mismo dio clases de filosofía, astronomía y teología. Ulugbek fue un estudioso y amante de las ciencias que construyó un observatorio –los restos del edificio se hallan sobre una colina cercana y se pueden visitar–, descifró las coordenadas de hasta 1018 estrellas, estableció pautas para predecir los eclipses e incluso midió el año estelar con tan solo un minuto de diferencia respecto a los modernos cálculos actuales.

Más de un siglo después, el gobernador Yalangtush convirtió la plaza del Registán en una obra maestra de la arquitectura islámica con la construcción de dos nuevas madrasas: la de Sher Dor (1636), adornada con los mosaicos de dos tigres en su fachada; y la de Tilya Kori (1660), sin minaretes pero con una mezquita interior profusamente decorada.

iStock-952351188. lugar de reposo de Tamerlán

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lugar de reposo de Tamerlán

Hay que detenerse frente al mausoleo de Tamerlán, el monumental Guri Emir (1404), que posee la cúpula acanalada más bella de Asia Central. La sala donde se encuentran las lápidas está decorada con una gran profusión de dorados, mármoles, detalles caligráficos y mosaicos turquesas. En el centro de la sala está el gran bloque de jade que marca el lugar de reposo de Tamerlán, acompañado por las tumbas de sus hijos y nietos.

El mausoleo fue inicialmente construido para albergar los cuerpos de sus familiares, pero su inesperada muerte en el invierno de 1405 impidió que sus restos pudieran ser transportados al lugar que se había hecho construir al otro lado de las montañas, en Shakhrisabz. La verdadera tumba del conquistador se encuentra unos metros bajo tierra, en una oscura cripta exactamente bajo las lápidas de la sala principal. Fue aquí donde el científico soviético Gerasimov exhumó el cuerpo de Tamerlán en junio de 1941, a pesar de una inscripción en la tumba que rezaba: «Aquel que ose molestar mi sueño se enfrentará a un enemigo más poderoso que yo». Como a los uzbekos les gusta explicar, pocas horas después Hitler invadía Rusia. Los restos del conquistador fueron de nuevo enterrados siguiendo los rituales islámicos a finales de 1942.

iStock-907879686. Pan de todos los colores

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Pan de todos los colores

El bazar de Samarcanda es un espectáculo de colores, sonidos y sabores. Aquí se concentran agricultores, pastores y artesanos que venden –regateo por medio– desde semillas y especias hasta suculentos melones y sandías. También hay los sabrosos panes redondos de la región, vendidos por sonrientes mujeres que los hornean en sus casas.

iStock-1195267009. Una necrópolis monumental

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Una necrópolis monumental

Sin duda el lugar más sagrado de Samarcanda es Shah-i-Zinda, el Mausoleo del Rey Viviente, una necrópolis de la dinastía timúrida donde yacen enterrados familiares de Tamerlán y algunos santos sufís. Su habitante más sagrado es Kussam Ibn Abbas, un primo del Profeta que, según la leyenda, llegó en el año 676 para convertir al islam a los sogdianos, que profesaban el zoroastrismo. Un día, mientras rezaba, fue decapitado por un grupo de zoroastras, pero Kussam Ibn Abbas se levantó, tomó su cabeza y desapareció por un estrecho agujero en una cueva a la que hoy acuden miles de peregrinos.

palacio Aksaray

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palacio Aksaray

Los montes Zeravshan, al sur de Samarcanda, representan un soplo de aire fresco respecto a la monótona planicie que cubre el centro del país donde se suceden los campos de algodón y los secarrales. Estas montañas son las últimas estribaciones del Pamir, la cordillera que se interna en el vecino Tayikistán. Al otro lado de los montes aparece la pequeña ciudad de Shakhrisabz, el lugar de nacimiento de Tamerlán, que en su día fue embellecida con grandiosos monumentos de la dinastía timúrida. Así lo relataba el embajador Ruy González de Clavijo a principios del siglo xv en sus informes para el rey castellano Enrique III y que permiten imaginar la magnificencia de la ciudad.

De todo aquello solo ha llegado hasta nuestros días una serie de ruinas, como la grandiosa puerta del palacio Aksaray, frente al que se alza una estatua de Tamerlán que es ahora el telón de fondo de las fotografías de boda de decenas de parejas uzbekas que vienen hasta aquí cada día.

GettyImages-1184019772. Un faro en el desierto

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Un faro en el desierto

Shakhrisabz constituye una parada ideal en el trayecto de Samarcanda a Bujara, gracias a su situación entre ambas ciudades. La carretera cruza pequeñas aldeas dedicadas principalmente a la agricultura, rodeadas por grandes extensiones de campos de algodón. Tras unas cuatro horas de conducción, en la lejanía se divisa como un faro en el desierto el altísimo minarete Kalon, de 46 metros. Tras recorrer largas avenidas jalonadas por decadentes edificios soviéticos, aparece encerrada en sí misma la vieja Bujara. Durante los siglos ix y xi, cuando la dinastía samánida extendió su dominio por Asia Central con Bujara como capital, se acunó el dicho: «mientras en el resto del mundo la luz irradia desde el cielo hacia la tierra, la santa Bujará proyecta la luz para iluminar el cielo».

En el laberíntico entramado de calles de Bujara nada parece haber cambiado desde hace siglos. La población sigue con su vida diaria a la sombra de centenarias mezquitas, madrasas abandonadas y construcciones de las que nadie recuerda ya su uso original. El corazón de la ciudad es Labi Hauz, una plaza presidida por un plácido estanque con patos junto al que juegan los niños mientras familias enteras devoran sabrosos shashlyks (pinchos de carne) entre risas y un alegre griterío. Bajo la refrescante sombra de las vetustas moreras, algunas más antiguas que las mismas piedras, ancianos de barbas blancas y ojos almendrados, con la historia dibujada en sus caras surcadas por cientos de arrugas, se mueven pausadamente, sin prestar atención a los nuevos tiempos.

iStock-1222933102. la tercera ciudad mítica

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la tercera ciudad mítica

Jiva se halla casi 500 km al norte, al otro lado del desierto de arenas rojas de Kyzilkum. El trayecto en autobús o en tren es relativamente rápido en la actualidad, pero antiguamente el nombre de Jiva era sinónimo de terribles marchas a través de un territorio árido, poblado por tribus que atacaban a las caravanas y donde abundaban los mercados de esclavos.

La ciudad vieja de Jiva está agazapada tras unas sólidas murallas que esconden una rica arquitectura –pagada con los beneficios del antiguo comercio de esclavos– y que los soviéticos restauraron en el siglo xx convirtiéndolo en un museo al aire libre. Tal y como sucede en otras ciudades de Uzbekistán, resulta casi imposible enumerar todos y cada uno de los lugares que se deben visitar. Por eso, más allá de los minaretes, las mezquitas, los palacios o las madrasas, lo más aconsejable en este caso es deambular sin rumbo y dejarse fascinar por el ambiente de las calles.

iStock-1189909574. Capturando la esencia de la Ruta de la Seda

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Capturando la esencia de la Ruta de la Seda

La mejor manera de capturar el hechizo de Jiva y de Asia Central consiste en pasear al anochecer, cuando el ajetreo disminuye y un manto de estrellas empieza a cubrir el cielo. Apenas algunas farolas iluminan la ciudad y solo las voces amortiguadas que salen de los hogares alteran la quietud, mientras el viento del desierto barre las silenciosas calles. Se sube a la muralla atravesando un antiguo cementerio adosado a ella para contemplar el desierto que se extiende alrededor de Jiva con la luna como única iluminación. La ciudad se extiende a los pies del viajero y siente cómo una sorda nostalgia por los pretéritos viajes de la Ruta de la Seda se apodera de mí

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