De Canejan a Eth Pradet

Val de Toran, la última frontera genuina de la Val d'Aran

Sus cuatro núcleos habitados trazan la ruta para conocer el pasado industrial, la gastronomía local y el paisaje de este rincón a través de la GR-211.

Cuando uno accede a Vielha por el túnel, debe atravesar la capital y seguir hacia el norte por el ramal izquierdo de la Y que dibujan las carreteras que vertebran la Val d'Aran. Hay que conducir siguiendo el curso fluvial del Garona dejando atrás algunas aldeas de belleza sencilla y pétrea como Vilac, Aubèrt o Arròs y atravesar localidades de románico glorioso como Bòssost y Les para llegar a la línea del mapa que nos indica que ya estamos en territorio francés.

Para los aranesos, esta carretera que cruza la frontera es el cordón umbilical que les une con la vida urbana y cultural a gran escala de Tolousse. Pero, paradójicamente, es una vía muy poco frecuentada por los viajeros que visitan la val y que proceden de más al sur. Quienes se animan a ir más allá de Les a menudo lo hacen —a pesar de las curvas— para subir a la muy auténtica Bausen, una aldea que permanece tranquila todo el año y que en otoño presume de hayedo y de berrea. La carretera que sube hasta la frontera en Pont de Rei tiene, no obstante, un último desvío: el que conduce a la Val de Toran.

La Val de Toran cuenta con cuatro aldeas o bordeus habitadas: Canejan, Sant Joan de Toran, Porcingles y Eth Pradet.

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Canejan

Situada en la vertiente más atlántica del Pirineo, la Val de Toran es el último territorio del Aran. Es un valle estrecho de humedad endémica donde los hayedos, los robledales y los abetales se aprietan hasta hacerse impenetrables dando cobijo a dos de los seres más amenazados a este lado de los Pirineos: el oso pardo (Ursus arctos) y el urogallo (Tetrao urogallus). Los animales tienen aquí todo lo que necesitan. Para empezar el alimento y también el agua del arroyo que da nombre al valle, el Toran, que en algunos tramos sale a la superficie en forma de cascadas y que en otros fluye escondido bajo tierra. Por otro lado, los osos, urogallos, ciervos y buhos que habitan estos bosques gozan de la tranquilidad que supone vivir relativamente alejados del ser humano. Y es que en Toran hubo nueve aldeas —bordeus como los llaman aquí— de las que hoy solo cuatro están habitadas. Y no por mucha gente.

La Val de Toran recibe el nombre del arroyo Toran, que en algunos tramos sale a la superficie en forma de cascadas y en otros fluye escondido bajo tierra.

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Canejan, el bordeu principal, es un nido de águilas encaramado en una cornisa desde la que se contempla gran parte del Baish Aran y los perfiles pirenaicos del macizo de la Maladeta. Canejan vivió momentos de esplendor industrial durante la primera mitad del siglo XX, cuando en la cabecera de este valle funcionaban las minas de zinc de Liat a 2.300 metros de altitud. El viejo lavadero de mineral brocard de Pontaut y su chatarra aún sacan la cabeza entre la vegetación para que nadie olvide el pasado minero de este lugar.

Sant Joan de Toran es quizás la más pintoresca de todas, una aldea en la que apenas hay censadas tres personas que se recuperó del abandono en los años 80. La docena de casas de este bordeu se restauraron respetando la arquitectura original y hoy Sant Joan es un buen punto para la foto pintoresca, el comer algo caliente —la òlha aranesa es siempre una buena elección— y para visitar la escueta iglesia románica dedicada al patrón que da nombre al pueblo. Los otros dos núcleos activos del valle son Porcingles y Eth Pradet, éste último con un refugio (Era Honeria) que da cobijo a quienes caminan por el sendero GR-211, la emblemática circular de la Val d'Aran.

La GR-211 conecta Canejan con Eth Pradet.

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En invierno cuando el blanco cubre estos bosques haciéndolos más íntimos y silenciosos si cabe, hay quien se anima a recorrer uno de los tramos del GR-211 con raquetas de nieve: el que va de Canejan hasta Eth Pradet. Los caminos no son nuevos, sino antiguas vías de comunicación por los que no solo transitaron los paisanos de estos valles y los mineros de c sino también los maquis durante la ambiciosa Operación Reconquista, el intento fallido de los republicanos de retomar el control de la España franquista. También frecuentaron estas vías los contrabandistas, para quienes los pasos en altura suponían una garantía frente a un fondo del valle que siempre estaba vigilado. Hoy igual que ayer, los caminos en altura de la Val de Toran siguen siendo íntimos y muy poco transitados. Y que así sigan.