Tócala otra vez, Frédéric

Valldemossa: el pueblo que puso en el mapa turístico a Mallorca

En el corazón de la Sierra de Tramuntana, este pueblo ha visto pasar a artistas y monarcas a lo largo de su historia.

George Sand y su amante Frédéric Chopin llegaron en noviembre de 1838 a Mallorca. Lo hicieron a bordo del vapor “El Mallorquín” y ya nada volvió a ser nunca como antes en la isla. Se alojaron en la Cartuja de Valldemossa buscando remedio contra la tuberculosis de Chopin, pero entre ellos y los locales existía un abismo cultural -la diferencia era como si aquella pareja de amantes viniesen en realidad del futuro- que impidió que encajaran en aquel mundo rural. George Sand sacó de aquella experiencia el libro Un invierno en Mallorca, en el que los lugareños salían peor parados que el paisaje. Sin embargo, el libro se convirtió en un bestseller entre los viajeros románticos que comenzaron a tener a Valldemossa y a Mallorca como destinos soñados. Hoy es una de las plazas más turísticas de Islas Baleares.

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Belleza rural en la Sierra de Tramuntana

De Mallorca dijo Santiago Rusiñol que se trataba de una isla donde siempre reinaba la calma. Tiempo después, la Sierra de Tramuntana sigue conservando esa calma la mayor parte de los meses del año. Como si fuera la columna vertebral de la isla, esta sierra granítica que va desde Andratx a Formentor es el paisaje cultural en el que se encuentran algunas maravillas rurales como Deià, Fornalutx, Pollença o la propia Valldemossa. En esta última, la clave está en la armonía del conjunto: todas las fachadas de piedra, las carpinterías verdes, las tejas. Y por encima de los tejados, la cúpula verde de la torre de la Cartoixa, recordando a propios y extraños, que Valldemossa es la población que puso a Mallorca en el mapa del turismo internacional ya en el siglo XIX, mucho antes de que se inventara el turismo playero.

 
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Alojamiento de históricos

La Sierra de Tramuntana atrajo a los primeros viajeros que llegaron a Mallorca: además de George Sand y Fréderic Chopin, por aquí pasaron el archiduque Luis Salvador de Austria -auténtico gentrificador de las Islas Baleares- o, incluso, Sissí Emperatriz. Algo más tarde, otros artistas pasaron por Valldemossa y se alojaron entre las vetustas paredes de la Cartuja, cuyos orígenes se remontan a 1309, invitados por la familia Sureda. Tras pasar a manos privadas después de la Desamortización de Mendizábal, y gracias a la posterior labor de mecenazgo de esta familia, por las habitaciones del complejo se pasearon artistas de la talla de Rubén Darío, Santiago Rusiñol o un jovencísimo Jorge Luís Borges antes de su regreso a Buenos Aires. El claustro y el jardín de cipreses destacan en el recorrido histórico por los austeros pasillos del conjunto. No hay que olvidar pasar por ambas taquillas en la plaza de la Cartuja para hacerse también con el ticket que da derecho a visitar la celda número 4, la ocupada en su día por Chopin y George Sand.

 
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Piedra, flor y madera

Cruzando la plaza de la Cartuja, aparece el Palacio del rey Sancho I de Mallorca. Sigue la visita por el Palacio del Rey Sancho y la casa natal de Catalina Thomas, la santa más venerada en la isla, que nació en Valldemossa en 1531. De todas formas, el viajero tal vez encuentre más interesante callejear sin rumbo fijo. Hoy las calles empedradas y las casas de cuidada estética floral están en mejor disposición de recibir a los visitantes mucho mejor que en la época en la que llegaron  Chopin y George Sand. No en vano, el municipio vive su particular esplendor turístico gracias al recuerdo de la artística pareja.

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¡Es hora de merendar!

Según el momento del día y, especialmente en temporada alta, se puede encontrar casi más gente esperando en la puerta de Ca’n Molinas que en la celda que ocuparon en su día George Sand y Chopin. Y es que por muy atractiva que sea la historia de los amantes románticos, aún lo es más la perspectiva de una merienda como las de antes, con la especialidad que llevan décadas ofreciendo en este establecimiento: coca de patata acompañada de una refrescante horchata de almendra.

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Aquí sí hay playa

A pesar de lo montañoso del entorno, Valldemossa tiene su propia salida al mar. puerto. Aunque para llegar hasta allí se tenga que descender por la zigzagueante Ma-1131. Más que una carretera, esta estrecha pista de asfalto pobre es una colección de curvas cerradas hasta tocar el mar.  La ventaja es que suele tratarse de un lugar tranquilo y, además, en la terraza del Es Port se puede disfrutar de las vistas con un arroz brut caldoso o una buena paella con bogavante.

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El mirador más aristocrático

A poco más de 7 km, se encuentra uno de los paisajes más míticos de la Sierra de Tramuntana: una pequeña península rocosa que se adentra en el mar como el brazo de un gigante y que se caracteriza por un enorme agujero. Se encuentra junto a Son Marroig, la particular base de operaciones de las excursiones que el archiduque Luis Salvador de Austria hacía por la isla. Lo ideal es pasarse por allí al atardecer, que no por nada se trataba del momento favorito del aristócrata. No en vano, en su finca hizo construir un bello templete desde el que ver el crepúsculo. Desde allí, Julio Cortázar contempló el Rayo Verde una tarde que pasó por la localidad cercana de Deià.

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