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El Valle del Rift: la gran fisura de África

La enorme fisura que escinde África lentamente es también un increíble escenario pletórico de vida animal en el que nuestra especie dio probablemente sus primeros pasos.

Hay paisajes ante los que solo cabe la rendición. Al carecer de límites, nos hacen olvidar los nuestros. Como solo transmiten libertad, nos cautivan. Por escenificar el paraíso, insinúan que la nostalgia del edén podría tener sentido. El Gran Valle del Rift, en África, despierta esas sensaciones. El cuadro es inmenso, pero la naturaleza ha logrado ponerle un marco. Los hombres pueden contemplarlo pero apenas modificarlo.

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Nomadismo añorado

Foto: Shutterstock

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Nomadismo añorado

En los majestuosos escenarios del Rift la lección entra por la vista: cuando el ser humano era nómada y pasaba de puntillas por el paisaje, se diría que a la Tierra le iba mejor. Ante las esplendorosas llanuras, plenas de vida y misterio, el sedentario añora la infinitud a la que la humanidad renunció. Los animales campan libres, sin que el hombre los confine, en un espacio que no ha sido domesticado por la agricultura ni por viviendas con cimientos. Habría que retroceder milenios en Europa para experimentar algo parecido. En Norteamérica, unos pocos siglos. Pero en África, justamente donde situamos la cuna de humanidad, ese fenómeno sigue aconteciendo.

iStock-1024670862. Un infinito hogar

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Un infinito hogar

La mirada no da abasto en el Rift. Tiene que disfrutar cada puesta y cada salida de sol como el milagro que son, embeberse de cielo y de horizonte, escrutar la tierra donde aguardan las sorpresas. La naturaleza recupera así el poder espiritual que posee en los cuentos. Es el lugar donde ocurren las cosas y, sobre todo, la morada de los animales, que tienen un papel destacado en casi todas las historias.

iStock-1209124477. Un espectáculo geológico

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Un espectáculo geológico

Los paisajes del Rift permanecen en la retina aunque una cámara fotográfica no tenga bastantes megapíxeles para abarcarlos. De pie, sobre una cornisa de 600 metros de alto, se despliega bajo nosotros una llanura verde o amarilla según la estación. Se diría que nada puede interrumpirla. Sin embargo, 50 km más allá, entre la bruma azulada, emerge una cornisa vertical paralela, hermana de la nuestra. No se adivinan los extremos de ese corredor. Es un paisaje tan regular que podría parecer artificial. Pero su grandeza disipa las dudas. La tecnología no permite abrir canales de tal anchura y longitud. En ese dilatado espacio nada provoca sensación de tensión. Los seres humanos no han arado la tierra ni modificado trabajosamente su faz. Los esbeltos volcanes que han surgido vinculados a la grieta parecen haber estado ahí desde siempre, cual ombligos de la Tierra, nacidos por germinación espontánea más que forjados por el fuego. Un collar de grandes lagos ocupan lechos creados por colapsos que hundieron el terreno, pero solo inspiran placidez.

iStock-145846599. La caldera perfecta

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La caldera perfecta

Otro tanto ocurre con el macizo del Ngorongoro y el cráter del mismo nombre, en Tanzania. Esa caldera perfecta de 20 km de diámetro, la mayor del planeta –tan grande como la isla de El Hierro–, se formó hace unos dos millones de años al hundirse un volcán del tamaño del Kilimanjaro cuando se vació la cámara magmática de su base. Desconocemos si nuestros ancestros presenciaron ese cataclismo, o si sus andanzas por las tierras vecinas, por ejemplo en la famosa garganta de Olduvai, comenzaron después. Los safaris dentro del inmenso recinto circular del Ngorongoro permiten contemplar hoy los animales más deseados de África en un espacio mínimo. Y algún hotel de lujo emplazado en el borde de la caldera se permite tarifas por encima de tan incomparables vistas.

iStock-1020831382. La gran falla que (seguramente) vendrá

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Una grieta viva

El Gran Valle del Rift es una grieta viva que se ensancha cada año. Una fisura que se estira hasta alcanzar una octava parte de la circunferencia de la Tierra y que, con algunas ramificaciones, discurre entre Mozambique y el Líbano. En ella emergen lavas recién gestadas en las entrañas del planeta, que cauterizan y luego revitalizan algunos de los suelos más viejos del mundo.

Se dice, y parece cierto, que la gran falla del Rift acabará escindiendo un fragmento del continente africano. Si la grieta sigue expandiéndose, el mar la invadirá y formará una inmensa isla con la parte oriental de Etiopía, toda Somalia y la mitad de Kenia y Tanzania. Tal como ya ocurriera con Madagascar. O con lo que hoy es la India, que tras separarse del sur de África emprendió una larga deriva hacia al norte hasta incrustarse en Asia y formar el Himalaya como fruto de ese encuentro –las islas Seychelles son fragmentos desgajados del subcontinente indio en ese viaje–. O como vemos en el Mar Rojo, una cuña entre África y la Península Arábiga que también forma parte del Gran Valle del Rift, en este caso sumergido bajo las aguas del Índico.

hendrik-cornelissen-ks9Jr6dPfC8-unsplash (1). El hallazgo de Gregory

Foto: Hendrik Cornelissen (vía Unsplash)

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El hallazgo de Gregory

La geología requiere mucha imaginación y África la nutre con creces. En 1893 el geólogo John Walter Gregory, explorando los lagos Naivasha y Baringo, se topó con la impresionante escarpadura. Tras recoger y analizar las rocas comprendió que aquel valle no era como los demás. Es decir, no se había formado por el vaciado, grano a grano y piedra a piedra, de los materiales que rellenaban ese espacio, sino por un desplome masivo del suelo mientras los terrenos vecinos mantenían su nivel. Más o menos como si un puente se viniera abajo porque no pudiera soportar la tensión producida por la separación gradual de sus orillas. Había otros valles de ese mismo tipo en la Tierra, pero ninguno podía equiparársele en tamaño. De ahí viene el nombre de Gran Valle del Rift («foso») con que Gregory bautizó el lugar.

iStock-495435580. Y, también, volcanes

Foto: iStock

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Y, también, volcanes

Era pronto aún para saber que la corteza terrestre está fragmentada en placas, que estas se alejan o se aproximan separando o uniendo continentes –y provocando hundimientos como el del Rift–, o que las erupciones volcánicas suelen tener lugar aprovechando la debilidad de la corteza en esas costuras. Pero Gregory había encontrado una punta de la madeja.

Los volcanes son precisamente el otro gran elemento que configura el paisaje del Rift. Esos tótems de lava que se alzan hacia el cielo hacen más cosas aparte de entrar en erupción: propician las lluvias, rejuvenecen la tierra, fertilizan el suelo… El Ol Doinyo Lengai, la “Montaña de los Dioses”, el volcán sagrado de los masai, es hoy el único activo en Tanzania. Su lava rica en carbonatos de sodio y potasio y muy pobre en sílice, a diferencia de la del resto de volcanes del mundo, mana con la fluidez del agua y a temperaturas insólitamente bajas, apenas por encima de 500 ºC.

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El Valle del Rift: la gran fisura de África

Este texto fue originalmente enviado a todos los suscriptores de la newsletter de Viajes National Geographic.

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