Romanus ite Santiagum

La Vía de la Plata: el camino de Santiago desde Sevilla

La antigua calzada romana que recorría la Península Ibérica de sur a norte devino una ruta jacobea de casi 1000 km que todavía hoy comunica la cálida región andaluza con las tierras gallegas.

La Vía de la Plata es el más solitario de los caminos que conducen a Compostela. Recorre el espinazo atlántico de la península para atravesar una sarta de ciudades hermosas y un rosario de ríos importantísimos. En el desvío por el Camino Sanabrés, la sensación de viaje íntimo se acrecienta.

 

Merodeando el canal del Guadalquivir, donde se concentran algunos de los lugares más interesantes de Sevilla, el caminante escalona sus visitas por la belleza alegre de la capital andaluza relamiéndose ante las semanas que vienen por delante. La perspectiva de cubrir el viaje a pie hasta Santiago por la Vía de la Plata ante el menos santiaguero de los caminos compostelanos. También, el que habla de soledades más sostenidas. El que llevará por ocho provincias y ciudades bellas se miren por donde se miren. El que obligará a cruzar los importantes ríos que había aprendido en una cancioncilla escolar: «Miño, Duero, Tajo, Guadiana, Guadalquivir…», con algunos apéndices que no estaban en aquella lista como el Tormes o el Tera.

 

Y cuando parezca que va a agotar las originalidades, tomará un desvío a la izquierda y en lugar de llegar a la autopista principal de los peregrinos se desviará por la sierra zamorana y el sur de Galicia para ahondar en la unicidad del ramal escogido.

1 /14
shutterstock 1504997804. Desde Sevilla por calzadas romanas

Foto: Shutterstock

1 / 14

Desde Sevilla por calzadas romanas

r de Sevilla a Santiago por la Vía de la Plata es pisar los cimientos de un camino que llevaba allí más de mil años antes de que unos pastorcillos descubrieran un resplandor misterioso en el monte Libradón a principìos del siglo ix. Es caminar por la vía trazada por los romanos entre las ciudades de Emerita Augusta (Mérida) y Asturica Augusta (Astorga) con siglos de antelación a la fiebre medieval por ir a rendir culto a los huesos del apóstol Santiago y lavar los pecados de un plumazo. Mentalmente, tal vez sea la más exigente de las vías compostelanas, pues las jornadas sin compañía serán muchas. Físicamente, también tiene lo suyo.

Sevilla embruja y lanza cantos de sirena para invitar al viajero a que se quede. Como la tropa de Ulises, hay que taparse los oídos con cera e intentar cerrar los ojos al parque de María Luisa, la plaza de España, el minarete de la Giralda, la perfecta Torre del Oro, la traviesa Triana, el retablo de la catedral, que es una película en 400 m2 del Nuevo Testamento… E incluso a las modernas setas de madera de Jürgen Mayer o el tapeo en el barrio de Santa Cruz. Es imperativo cruzar el Guadalquivir y marcharse, emprender un viaje que reclamará más de un mes con algunas etapas (literalmente) maratonianas. Se presentan mil kilómetros por delante y una manera diferente de visitar la fachada atlántica española.

Los amantes de los cursos fluviales (¿quién no lo es?) se entusiasmarán. Se atraviesa el primero de ellos, el Guadalquivir –al wadi al qabir, el río grande–, intentando olvidar el intoxicante aroma de azahar de las calles sevillanas. Pronto se tropieza con la primera de las maravillas inesperadas de la travesía: Itálica.

shutterstock 132390617. Itálica, la primera ciudad romana

Foto: Shutterstock

2 / 14

Itálica, la primera ciudad romana

Itálica fue la primera ciudad romana levantada en la Península Ibérica, hace dieciocho siglos. Está tan entera… El anfiteatro pensado para que 25.000 personas acudieran a espectáculos no siempre muy didácticos; las murallas; las termas; los acueductos; el teatro; las domus con pavimentos que muestran lechuzas, abejarucos, cisnes, patos, urracas. La perfección del cuerpo del emperador Trajano, con media cara, que desaparece en el cielo a la altura de los ojos. Y el de Venus, sin brazos, piernas ni cabeza pero con un tronco marmóreamente delicado.

shutterstock 1462626581. Las bellas y largas jornadas por la sierra norte de Sevilla

Foto: Shutterstock

3 / 14

Las bellas y largas jornadas por la sierra norte de Sevilla

La Sierra Norte sevillana, que se roza por el oeste, pasando por Almadén de la Plata, tiene el detalle de ir decorando la estepa con olivos, naranjos y una dehesa que anuncia lo que nos espera en Extremadura. El último pueblo andaluz es El Real de la Jaca, y el postrer río, el Arroyo de la Víbora. Los coleccionistas de topónimos se frotan las manos, hay que seguir por el Arroyo del Culebrín. Hasta el final, los nombres de los pueblos, vaguadas y comarcas ofrecen un festival del bautizo.

De igual manera que existen tantos caminos de Santiago como peregrinos, la forma de organizar las jornadas tiene un componente personal, se pueden individualizar. Pero si uno no dispone de tiempo infinito y más o menos se quiere ceñir a las etapas tradicionalmente establecidas, con el primer cambio de comunidad autónoma se experimenta la llegada de los días que sobrepasan los 30 km (algunos, con mucho). Requiere un esfuerzo físico terco, aun cuando el terreno llano permita devorar leguas con cierta soltura. Excusa en Fuente de Cantos: detenerse a contemplar el Museo de Zurbarán, pues allí nació el místico maestro.

iStock-1207026442. Por la Tierra de Barros hasta Mérida

Foto: iStock

4 / 14

Por la Tierra de Barros hasta Mérida

En el llano de la Tierra de Barros, el paisaje sin horizonte por al menos un par de días parece poner al caminante sobre una cinta de gimnasio: da pasos sin que nada cambie a su alrededor. Tal vez aparezca el semblante serio de un elanio azul detenido sobre una rama o sobrevolando el terreno a la caza de algún roedor.

La llegada a la capital extremeña, tras la primera semana de viaje, reserva una buena ristra de gozos. Se cruza el Guadiana por el impresionante puente de 800 m de longitud, vetusto vial que contrasta con el casi espacial Lusitania, de Santiago Calatrava, que queda a la vista.

iStock-856480936 (1). Mérida, un museo para comprender la Vía de la Plata

Foto: iStock

5 / 14

Mérida, un museo para comprender la Vía de la Plata

Y así se entra en Mérida, con la ilusión de visitar el Museo Nacional de Arte Romano, que por sí mismo vale un viaje. Supone un chapuzón en lo más bello del arte y los triunfos arquitectónicos del imperio en que se basa nuestra civilización. El propio edificio de Rafael de Moneo es un homenaje a uno de los logros más duraderos y menos reivindicados de los romanos, el ladrillo. Dentro, la Ceres sedente recuerda demasiado a una Virgen pagana. En cambio, Mercurio tiene un semblante tristón, quizá por la amputación de su pierna y sus genitales. Se aprenderá –y se podrá ver– el significado de Vía de la Plata, pues de aquí partía la calzada que llevaba hasta Astorga y sobre la que surfearemos, aun cuando el enlosado haya desaparecido de la vista. Quedan, sin embargo, retazos interesantes como los miliarios.

GettyImages-518736518. Por dehesas y costumbres xacobeas

Foto: Getty Images

6 / 14

Por dehesas y costumbres xacobeas

Los peregrinos compostelanos de hoy crean sus propias tradiciones y leyendas. Una de ellas es dejarse mensajes en el monolito de piedra XVIII. Los romanos marcaban la Vía de la Plata cada mil pasos. Hay una pequeña cavidad en este mojón en concreto, y se conoce como «correo» porque dicen que antiguamente el cartero dejaba allí las cartas de los vecinos de los alrededores. A 25 km de Cáceres, con el pantano de Nogales a su derecha, es uno de los hitos modernos del caminante. Le prepara para el baño de dehesa con alguna salpicadura de viñedo que aguarda en las tres etapas siguientes.

Aparece Cáceres, otro de los prodigiosos urbanos a lo largo de este viaje. Declarada Patrimonio de la Humanidad por alcanzar el difícil récord de ser uno de los núcleos medievales mejor conservados del mundo, aliñado con una retahíla de palacios renacentistas que nos hablan de otro de los periodos históricos que han dado lustre al territorio que estamos recorriendo: el Siglo de las Colonias.

iStock-673936732. La Cáceres del Siglo de Colonias

Foto: iStock

7 / 14

La Cáceres del Siglo de Colonias

La decimosexta centuria de nuestra era fue aquí la de la construcción de catedrales, palacios, iglesias y edificios relacionados directamente con las riquezas obtenidas en el reciente descubrimiento y saqueo de América. Con las fortunas del Nuevo Mundo se hizo rico este territorio. Véanse la concatedral de Santa María, el Palacio de las Veletas, la Casa del Sol, la Plaza Mayor o el Arco de la Estrella para constatarlo. Construcciones que en algunos casos ya existían con anterioridad, pero que con el oro y la plata americanos se remozaron y embellecieron.

shutterstock 1903911256. De hitos acuosos y romanos

Arco de Cáparra. Foto: Shutterstock

8 / 14

De hitos acuosos y romanos

Al desprenderse de Cáceres, el camino hacia el norte es un escenario vacío de fincas ganaderas donde las vallas pueden convertirse en el quebradero de cabeza del peregrino. Solo ellas y los miliarios distraen del mesmerismo de un paisaje sin adornos. Eso y que estamos ante la cita acuosa mayúscula del viaje, el Tajo.

No se puede tener todo en esta vida. No hay más remedio que dejar Plasencia a mano derecha sin pisarla y seguir, como golosina compensatoria, hasta el Arco de Cáparra. Símbolo mudo de la importancia de la Vía de la Plata en Extremadura, hoy esta construcción cuadrifonte sirve de marco al yacimiento arqueológico romano y prólogo al puente también bimilenario sobre el río Ambroz

GettyImages-856029690. Salamanca y el Tormes

Foto: Getty Images

9 / 14

Salamanca y el Tormes

Ha caído ya la segunda semana de viaje en dirección norte y se pasa a Castilla por el puerto de Béjar. De forma un tanto súbita, la dehesa de cerditos gruñones da paso al campo cerealístico, ese mar vegetal que más hermoso es cuanto más viento hay. En el entrecejo, llegar a Salamanca. Que levante la mano quien no se ha detenido un buen rato a encontrar la ranita que se asienta sobre una calavera en la plateresca portada de la Universidad salmantina. O que no se haya embobado frente a la Casa de las Conchas o se haya solazado entre los medallones –y alguna cerveza– en la Plaza Mayor. Los regalos son tantos en esta ciudad que casi pasa por alto que hemos cruzado otro de los ríos importantes de la travesía, el Tormes. Que sin quererlo nos retrotrae a libros con cubiertas de topos azules que nos hablaban de un espabilado pilluelo.

Desdeñando el rugido de los coches por la A-66 que se extiende por la meseta, el caminante vence una frontera psicológica, la de la mitad del viaje. A partir de ahora ya quedan «solo» otros 500 km hasta el Obradoiro. Al salir de un bosquecillo se tropieza con El Cubo de Tierra del Vino, la primera localidad zamorana y también inicial de una secuencia de pueblos que llevan el mismo apellido, incentivando algún que otro contacto con Dioniso que no impida seguir avanzando.

iStock-542967780. Zamora: ¿la gran sorpresa urbana del camino?

Foto: iStock

10 / 14

Zamora: ¿la gran sorpresa urbana del camino?

Nuevo hito líquido, el Duero. Así, se entra en la ciudad de Zamora, inconquistable para los más radicales y «que no se ganó en una hora» para los tendentes al realismo. Al llegar, un Viriato guapote y con un taparrabos un poco exagerado saluda a los recién llegados. Se ve que este pastor-bandolero se ganó el título de Terror Romanorum que luce en su pedestal. Todo imperio tiene su piedra en el zapato (o sandalia, en este caso).

Tras tantas ciudades hermosas, parece osado tildar a Zamora de la beldad sorpresa del camino. Pero me atrevo. El castillo, las murallas, la abrumadora colección de iglesias románicas. Y la inesperada propina de sus edificios modernistas, el último éxito de la era actual en embellecer lo práctico. Entrar en el luminoso Mercado de Abastos con su semicircular vitral que parece un sol radiante sumerge al visitante en un optimismo párvulo.

shutterstock 1868346457. Un "adiós" a la senda romana

Foto: Shutterstock

11 / 14

Un "adiós" a la senda romana

Hay un par de días a pie desde Zamora a Granja de Moreruela, aparentemente una más de las localidades castellanas que deben superarse. Ni mucho menos, es el cruce definitivo. Aquí, los mínimamente audaces van a decir adiós con la mano a la invisible calzada romana y, de facto, abandonarán la Vía de la Plata que llevaría hasta Astorga para conectar con el Camino Francés y se adentrarán por el más toboganesco Camino Sanabrés, que proporciona dos semanas más de aventuras rurales. Antes, el camino regala una nueva estampa emblemática: las ruinas del castillo medieval de Castrotorafe que se alzan sobre una peña junto al río Esla.

iStock-964498398. Bordeando la Sierra de la Culebra

Foto: iStock

12 / 14

Bordeando la Sierra de la Culebra

Adiós a los romanos, hola a los peregrinajes compostelanos. A partir de aquí sí que entramos en contacto con la vía medieval que iba a la búsqueda del baldeo de pecados. Pero también con los caminos trashumantes, ya fueran para el ganado o para los seres humanos, cuadrillas de segadores que alquilaban su mano y su hoz en la época de la recolección veraniega.

Bordear la Sierra de la Culebra, al sur de nuestros pasos, es un subidón de emociones. Se espera que el ancestral lobo que puebla esas montañas con cierta abundancia recorte su silueta en alguna loma. Hay más deseo de que ello suceda que temor a la bestia, pues los pendencieros suelen actuar en grupo y no son tan aterradores cuando van solos. Aunque quizá sea tan difícil como dar con un pastor alistano cubierto con una pesada capa de lana marrón. Sin embargo, en el viaje lo imaginado puede llegar a contar tanto como lo visto.

Parada obligada en Santa María de Tera, donde Santiago bendice al peregrino con una mano izquierda descomunal. Es la talla en piedra del apóstol más antigua que se conoce, y nos pone en contacto con la nueva dirección que deberemos seguir: oeste-noroeste. Como en otros lugares destacados del Camino, un rayo de sol equinoccial se fija en un capitel determinado del interior del templo, el de la Ascensión.

iStock-1324406102. Bienvenidos a tierras sanabresas

Foto: iStock

13 / 14

Bienvenidos a tierras sanabresas

Puebla de Sanabria no ofrece dudas sobre la rudeza de su clima. Casas de piedra, balcones de madera, tejados de pizarra. Las fabulosas columnas talladas de la iglesia románica de Santa María del Azogue. El desafiante castillo de los Benavente. El viaje se endurece, justo cuando ya se está en la cuarta semana de caminata. La llegada al punto más alto de la ruta es el Puerto de Padornelo, a 1381 m sobre el nivel del mar. Resulta poco épico por la presencia de la carretera asfaltada junto al sendero. Pero hay que haberlo subido.

GettyImages-1069130130. Galicia de Plata

Allariz, una parada clave previa a llegar a Ourense. Foto: Getty Images

14 / 14

Galicia de Plata

Última comunidad autónoma. Al llegar a A Gudiña la ruta se desembaraza de autovías y autopistas y penetra en el territorio bucólico que se espera de Galicia. Hay que estar preparado para fundirse con el paisaje de las brumas y los castaños de Serra Seca, con sus desniveles de castigo para unas piernas que piden misericordia. El Miño, el primer río de la cancioncilla escolar. Elija salir en Ourense por el puente medieval, aunque haya media docena más que vadean el río gallego campeón en longitud y caudal. La ciudad está bendecida con lugares que vale la pena visitar, aunque seguramente al peregrino le seducirá más bañar su dañado chasis en alguna de las termas populares, de libre acceso y con agua artificialmente refrescada para rebajar los 65 ºC a los que mana.

Entre la capital orensana y Santiago median 130 km. Aun estirando las etapas hasta el límite de la resistencia, quedan cuatro días y no hay manera de rebajar la impaciencia. Entretenimientos en el monasterio de Oseira, cisterciense del siglo xii que señala un territorio habitado en esa época por plantígrados. Óptese por la variante de Tamallancos, que ofrece un ambiente más rural antes de la meta. Al cruzar el río Ulla nos empapa la melancolía. Es donde, además, se ingresa en la provincia de A Coruña, la octava del recorrido. Desde Angrois, a poco más de 3 km de la plaza del Obradoiro, se ven por primera vez las agujas de la capital compostelana. Sesenta minutos más para abrazar al apóstol por la espalda, aunque es imposible cogerle desprevenido.

shutterstock 1462626581

VÍA DE LA PLATA

El Camino de Santiago desde Sevilla

  1. Distancia total

    970 kilómetros divididos en 36 etapas. A partir de Astorga, en la etapa 27, la Vía de la Plata enlaza con el Camino Francés.

  2. Mejor época

    Cuando el calor es soportable: marzo, abril, mayo, octubre y noviembre

  3. Alojamiento

    Hay menos oferta que en el Camino Francés, pero también hay menos peregrinos.

  4. Señalización

    Flechas amarillas y bloques de granito con azulejos de colores.