Desde la newsletter de Viajes National Geographic

Viajar con libros

En la inmensa galaxia de la literatura viajera, que no tiene por qué ceñirse a las guías o los relatos de viajes, cada persona tiene sus astros favoritos.

¿Qué nos induce a viajar? ¿El deseo de conocer en persona ciertos enclaves? ¿La necesidad de cambiar de escenario vital? ¿El amor por un país o una cultura? ¿Los rescoldos de un pasado nómada? Puede haber muchas razones, pero entre los factores que avivan la imaginación o la motivación del viajero los libros suelen tener un papel importante.

 

Podemos ver los libros como estrellas que ayudan a orientarse en el espacio y en el tiempo; de algún modo forman un universo en sí mismo y algunos parecen agruparse en constelaciones. Si tuviera que evocar las obras que más me han inspirado para viajar, tanto a la hora de elegir destinos como en las formas de hacerlo, me quedaría con una docena.

 

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Foto: Unsplash

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A los 10 años mi padre me regaló Groucho y yo, la autobiografía de Groucho Marx. Ha pasado medio siglo y aún recuerdo el título de uno de sus capítulos iniciales: "Quien nada tiene, viajará".En él, un Groucho de 15 años parte de Nueva York en polvorientos trenes de madera rumbo al oeste para actuar como cantante en pequeñas giras teatrales. Es su primer trabajo. En una caja de zapatos lleva su alimento para los días de ferrocarril: pan moreno, plátanos y huevos duros.En el primer viaje, el jefe huye del hotel sin pagar la cuenta. Durante el segundo descubre que, en vez de los dólares que ha ganado, el saquito que lleva colgado del cuello solo tiene recortes de periódico. Gracias al auxilio de la familia logra retornar. Todo esto sucede en 1910. No es el ambiente de la Gran Depresión, pero podría parecerlo. Y sin embargo, el protagonista viaja y logra abrirse camino.

Mis tíos Arturo y Presenta vivían en una torre con jardín y piscina innovadora para los años 70 (una gran pared del salón era toda de cristal). A veces mis padres, mi hermana Elisa y yo subíamos al tren en Barcelona y pasábamos allí el fin de semana. La tentadora biblioteca junto a la chimenea incluía gruesos libros ilustrados. Uno de ellos me fascinaba: Viajes sin fronteras, de Ediciones del Readers Digest. La portada mostraba unas niñas de la India sentadas en el suelo junto a enormes montículos cónicos de polvos de colores chillones, en un mercado al aire libre. La obra, con prólogo de Miguel Delibes, reunía una buena colección de artículos de viajes, muchos escritos por autores famosos. La leí y releí durante años. Gracias a ella empecé a apreciar cuán diverso era el mundo y el estilo y los recursos de cada escritor a la hora de compartir un viaje.

En la adolescencia, El silencio blanco y otros cuentos de Jack London, inspirados por el invierno que pasó intentando encontrar oro en Alaska, me parecían más intensos que la mejor canción de rock. La prosa y los escenarios eran de fábula. La naturaleza mostraba todo su poder y el hombre su insignificancia. Llevados al límite de sus fuerzas o su voluntad, los protagonistas, más que viajar, avanzaban por la fina membrana que separa la vida de la muerte. Rondando la treintena llegué en bicicleta a Dawson City, pero la “cabaña de Jack London” y el parque temático en que se había convertido la vieja ciudad de la fiebre del oro, rodeada de terraplenes de grava, me defraudaron. Todo lo contrario que la cultura y el arte de las tribus de la costa oeste de Canadá y el sur de Alaska.

islas griegas

" En Durrell aprecié su libertad para entretejer las descripciones evocadoras, la historia, el arte o la mitología con las vivencias personales". 

De Lawrence Durrell prefiero sus libros de viajes a sus novelas. Las islas griegas, en la bella edición de Ediciones del Serbal (1983), puso la guinda a la visión del Egeo fraguada por Nikos Kazantzakis en Zorba el Griego. En Durrell aprecié su libertad para entretejer las descripciones evocadoras, la historia, el arte o la mitología con las vivencias personales. Todo ello en un territorio que es casi un paraíso perdido mediterráneo, y en el que mis abuelas andaluzas o mi madre no se sentirían extrañas.

A finales de noviembre de 1974, el director de cine Werner Herzog supo por una llamada que la actriz Lotte Eisner se estaba muriendo en París. Sacudido por un presentimiento, Werner tuvo la certeza de que Lotte viviría si él iba a verla a pie. Así que en las siguientes tres semanas recorrió los 800 km que separaban Múnich de París bajo incesantes tormentas de nieve y lluvia, avanzando campo a través orientándose con una brújula. Durante días no divisa ni un solo tractor en la tierra anegada. Solo ocasionalmente algún niño o un aldeano lo saca de su aislamiento, de su mudo diálogo con las cunetas, los árboles o el cielo. Por las noches se introduce furtivamente en casas abandonadas, a veces forzando una ventana. En cuanto amanece, o antes, se pone de nuevo en marcha, viendo cernirse los nubarrones de cada jornada. Su mente se va serenando con el paso de los días. Entonces su atención se prenda de los detalles más insignificantes, o recrea historias alegóricas que salpican de belleza su alucinado diario. Un arcoíris, unas mandarinas, unos sorbos de leche, la hermandad con un cuervo, un tímido sol a un lado o la luna a otro… son instantes de plenitud que eclipsan los aguijones físicos de la marcha.

Años después Herzog publicó ese diario (Del caminar sobre hielo), que decía preferir a todas sus películas. Leerlo me mostró que era posible viajar a pie siguiendo un itinerario establecido por uno mismo. Y así fue cómo recorrí en solitario la Auvernia caminando desde la ciudad de Le Puy a la cima del volcán del Puy de Dôme, aunque sin allanar moradas. Cinco veces más hice ese viaje por Francia, cada vez andando menos, pero siempre con ese principio y ese final y en distinta compañía.

En 1954 Elías Canetti pasó cinco semanas en Marrakech. Sus vivencias y reflexiones inspiraron el conjunto de relatos que integran Las voces de Marrakech. En ese libro Canetti se permite decir que “los buenos viajeros son despiadados”. Nunca lo vi así. Para mí esa obra es un modelo de maestría narrativa, y de piedad, tanto por los mendigos ciegos como por los camellos sacrificados. Un compromiso para que el viaje estimule nuestras dotes de observación, comunicación y apertura a lo que es distinto.

Le Tibet. De Marco Polo à Alexandra David-Neel, un libro extraordinario de Michael Taylor (el original es en inglés), me abrió los horizontes ilimitados de la meseta tibetana, donde todas las ilusiones acaban por desvanecerse en el espacio vacío, y donde no se nace en una aldea rodeada de campos y bancales de piedra, como en el sur del Himalaya, sino en una tienda batida por el viento.

En esa espléndida crónica de los épicos viajes de los occidentales que durante siglos intentaron alcanzar Lhasa, casi siempre en vano, descubrí a Sándor Körösi Csoma. En noviembre de 1819, intrigado por la relación entre el húngaro y la lengua de los uigures de Asia Central (los mismos que hoy sufren la implacable represión china), este lingüista y teólogo nacido en Transilvania parte a pie para el Himalaya sin apenas dinero. En el verano de 1822 llega a Ladakh. Los siguientes años los pasa en un monasterio de Zanskar, viviendo como un ermitaño, elaborando una gramática y un diccionario tibetano e inmerso en el Kanjur, los 108 volúmenes que integran el canon del budismo. A partir de 1831 reside en Bengala, estudiando el sánscrito. En 1842 se pone en camino para Lhasa. Pero al llegar a Darjeeling y obtener la preciada autorización para cruzar la frontera, pese a ser europeo, fallece de malaria.

"Con su kayak remendado y su trineo apenas podían abrirse camino por aquel mundo que alternaba hielo y agua como en un granizado, y que además flotaba rumbo sur

Cuando se comenta que la estrecha convivencia de un viaje pone a prueba las relaciones de amistad me acuerdo del libro Hacia el Polo, del explorador noruego Fridtjof Nansen. El gran problema de las expediciones árticas en el siglo XIX era que la presión del hielo marino rompía el casco de las naves. Nansen se planteó construir un barco capaz de resistir el empuje de la banquisa e incluso de aprovecharlo para alzarse sobre ella. A bordo del Fram («Adelante»), una nave de casco casi esférico y cuyas vigas internas evocaban una tela de araña, la expedición se dejó atrapar por el hielo en el norte de Siberia para ver si las corrientes que iban desde allí a Groenlandia les aproximaban al Polo. Entre 1893 y 1896, el Fram pasaría tres inviernos a la deriva. Pero como el barco no avanzaba lo suficiente hacia el norte, en marzo de 1895 Nansen y su compañero Johansen deciden abandonar la nave. Cuando alcanzan los 86º13’ de latitud, a solo 400 km del Polo, tienen que batirse en retirada. Con su kayak remendado y su trineo apenas podían abrirse camino por aquel mundo que alternaba hielo y agua como en un granizado, y que además flotaba rumbo sur. Logran construir una minúscula choza de piedras al norte de la Tierra de Francisco José y en ella pasan ocho meses, sobreviviendo al largo y oscuro invierno ártico a base de grasa de morsa y carne de oso polar. Sus ropas, unos pingajos grasientos y rígidos por el frío, les llagan codos y rodillas. A veces, intercambiando los papeles de vendedor y cliente, se imaginan en una tienda de Oslo probándose todo tipo de ropas nuevas y flexibles, que además huelen bien. Ese pasatiempo les da para tardes enteras. Nunca discutieron, según narra Nansen.

La palabra especias evoca, por sí sola, aromas envolventes, colores cálidos, sabores venidos de tierras lejanas. Buscándolas, españoles y portugueses encontraron América, contornearon África y dieron la primera vuelta al mundo. Por comerciar con ellas se libraron guerras y se levantaron imperios; para producirlas, se sometieron pueblos. La Route des Epices (Ed. Bordas, 1987) es un libro irrepetible, a gran formato, que narra toda esa historia con magníficas fotografías, grabados e ilustraciones de época, y que deleita al viajero, jardinero y cocinero que tantas personas llevan dentro. Pero por encima de eso, es un homenaje a los trópicos, a esos territorios donde la naturaleza es generosa y el calor humano y la comida picante alegran el espíritu y sirven de antídoto contra la pobreza.

En la primavera de 1689, el poeta japonés Matsuo Basho partió para un periplo a pie que duraría dos años y medio. Sendas de Oku, el diario de sus andanzas, es un clásico de la literatura universal y un prodigio de lucidez y concreción. La obra arranca sin rodeos:

«Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son viaje y su casa misma es viaje. Entre los antiguos, muchos murieron en plena ruta…».

Vestidos con hábitos de peregrinos budistas, Basho y su discípulo Sora viajan por el norte de Japón, un territorio agreste y apenas conocido. Molido tras su primer día cargando con el equipaje, el poeta reflexiona así al llegar a la posada de Soka:

«Para viajar debería bastarnos solo con nuestro cuerpo; pero las noches reclaman un abrigo; la lluvia, una capa; el baño, un traje limpio; el pensamiento, tinta y pinceles».

Algunas de sus vivencias les inspiran haikus, poemas de solo tres versos:

“Al plantar el arroz
cantan: primer encuentro
con la poesía”.

Huang San

". Todo lo que ve con sus ojos o escucha con sus oídos y toca con su cuerpo, y todas las diferentes situaciones y encuentros son empleados por él para preparar su mente."

El escritor chino Lin Yutang tendió puentes entre Oriente y Occidente. Un capítulo de su obra La importancia de vivir se titula El goce de viajar. En él traduce amplios fragmentos de Los viajes de Mingliaotsé, un clásico del siglo XVI. Con las andanzas de Mingliaotsé concluye esta selección.

“Emprendo el viaje con un amigo que ama la bruma de las montañas. Cada uno lleva una calabaza y tratamos de tener siempre cien monedas para afrontar emergencias. Los dos vamos mendigando por las ciudades y las aldeas, junto a puertas bermejas y blancas mansiones, ante templos taoístas y chozas de monjes. Tenemos cuidado de lo que mendigamos: pedimos arroz y no vino, verduras y no carne. El tono de nuestro reclamo es humilde, no trágico, porque el objeto es solo prevenir el hambre”.

Cuando alguien le pregunta si se siente feliz vagabundeando y cantando por el sustento, Mingliaotsé responde:

“He oído decir a mi maestro que el arte de la felicidad consiste en tener placeres apacibles. Goza mucho la gente al principio en las fiestas, donde hay mujeres y hombres hermosos, se toca música y suceden muchas cosas en la sala. Pero una vez perdido el primer ánimo se gana, por el contrario, cierta sensación de tristeza. Es mucho mejor encender incienso y abrir un libro, y sentarse a solas y en holganza, manteniendo calma en el espíritu, pues el encanto se ahonda con el tiempo”.

Durante muchos años sigue Mingliaotsé sus viajes. Todo lo que ve con sus ojos o escucha con sus oídos y toca con su cuerpo, y todas las diferentes situaciones y encuentros son empleados por él para preparar su mente. Y por eso no resulta enteramente sin beneficios este viaje de vagabundo. Vuelve entonces, se construye una choza en las colinas de Szeming y no la abandona ya.

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