Toooda una isla

Viaje a Creta, la quintaesencia del Mediterráneo

La mayor de las islas griegas se yergue airosa, ventosa, impasible, entre dos mares, el Egeo al norte y el Líbico al sur, a medio camino entre Europa, Asia y África.

La montañosa Creta es una aglomeración de piedras arrojadas por Talos, gigante de bronce, el guardacostas incansable del rey Minos, pendiente de los extranjeros que osaban entrar y escapar de la isla sin permiso real. Uno llega a Creta como un intruso, un insensato que se cree capaz de emular las hazañas de Teseo, el príncipe ateniense, cuando quiso presenciar los misterios del laberinto en la antigua Cnosos. 

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Heraklion

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La llegada a Heraklion

Sí, seguramente llegaremos por mar, desde el ateniense Pireo, a bordo de uno de los ferris que enlazan diariamente la capital con el último baluarte de la cultura griega, sumergido tantas veces por la ola gigante de la historia y emergiendo después como una Atlántida sacudida desde antiguo por erupciones como las del cercano volcán de la isla de Santorini. Lo mejor es viajar de noche en algún barco con nombre de reyes o de ciudades extintas para atracar al amanecer en los escasos resquicios que ofrece la costa norte, la más amable de la isla. Desembarcamos en Heraklion, la caótica capital mitológica, con un ovillo del que tirar como el de Ariadna que nos permita recorrer esta isla alargada y compleja. No es fácil digerir Creta. Hace falta más de un intento y perderse en ella. Es como si pretendiéramos conocer a una persona en pocos días. 

Creta abarca 8336 km², se alarga 260 km y se alza hasta los 2456 m del monte Ida o Psiloritis, en el centro de la isla. Tiene un cerebro proclive a crear, lleno de Kazantzakis complejos como una paradoja, y de miles de Elefterios Venizelos, el gran político cretense, siete veces primer ministro, que da nombre al aeropuerto internacional de Atenas y que encarna la convulsa primera mitad del siglo XX en Grecia. Pero también de artistas como Doménikos Theotokópoulos, el Greco, que pintaba iconos en Fódele –aldea de la costa norte donde ahora se halla el Museo el Greco– al estilo de la escuela cretense antes de vagar por el mundo.

Cnossos

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Cnossos, centro de la civilización minoica

Heraklion (Iraklio), la antigua Candia veneciana, hace más de 3000 años que actúa de puerto y nos recibe hoy ruidosa y hospitalaria, con su renovado Museo Arqueológico repleto de tesoros, muchos hallados en el palacio de Cnosos, centro de la civilización minoica. No es el único yacimiento arqueológico de la isla, pero sí el mayor, el más legendario –aquí el rey Minos ocultaba al minotauro– y el más reconstruido, tras las excavaciones realizadas por el arqueólogo inglés Arthur Evans a principios de siglo XX. El corazón del palacio de Cnossos era un gran patio en torno al cual se articulaban más de mil estancias, terrazas asomadas a la campiña circundante y salas decoradas con vívidos frescos: un pulpo que extiende sus tentáculos, delfines nadando risueños en un mar cuajado de algas o un joven haciendo acrobacias sobre un toro de largos cuernos.

Réthymno

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La indispensable Réthymno

La carretera que recorre el norte de la isla desde Heraklion a Hania nos conduce entre altas matas de adelfas, con el mar rugiente a un lado, mientras que al otro se eleva el monte Ida, donde se oculta la cueva en que nació Zeus. Esta montaña, más conocida ahora como Psiloritis, es un espejismo de torrenteras y guijarros que se cubre de nieve en invierno.

Entre las poblaciones que se reparten el norte civilizado sobresale Réthymno, la ciudad del amigo de Kazantzakis, el escritor Pantelís Prevelakis, que aconseja a los viajeros sensibles pasar por ella. A medio camino entre la capital y Hania, Réthymno es una amalgama de las civilizaciones que han codiciado la isla, minoicos, griegos, romanos, venecianos o turcos. El barrio veneciano es sin duda el más impactante, con su puerto como de juguete, la lonja y la Fortezza. 

 

Kournás

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Pueblos frente al lago Kournás

Seguimos rumbo oeste, enlazando playas que, como la de Georgiopolis, reciben el agua que baja de las montañas, de las fuentes de Argiroúpolis o del lago de Kournás. Y descubriremos las decenas de pueblos perdidos del municipio de Apokoronas, donde podemos dejarnos llevar por la fragancia del jazmín a través de interminables callejuelas que desembocan en la plaza de cada platanero. En la villa de Kournás, por ejemplo, sentémonos en una taberna, miremos a los cretenses a los ojos y dejémonos invitar para iniciar un diálogo, avalados por las moreras y las parras, asidero de cuatro bombillas que iluminan el atardecer de este improvisado pensatorio. Podemos dejarnos seducir por la palabrería de un Zorba improvisado, por discursos grandilocuentes, mientras aromatizamos la mano rozando la albahaca plantada en una maceta.

Sultán Limania

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Una ruta tan escénica como histórica

A lo largo de esta travesía escudriñaremos el alma de la isla, sus riscos y gargantas, sus centenares de capillas al borde de las carreteras, sus cuevas y su caos insondable, parejo al de las ciudades de la isla. Antes de llegar a Hania nos detenemos en un mirador histórico sobre la bahía natural de Suda: las ruinas de Aptera, la ciudad donde las sirenas perdieron sus alas, repleta de templos romanos, con un teatro y unas cisternas gigantes. La línea de costa continúa hasta la península de Akrotiri, que se adentra en el mar como una protuberancia, con el aeropuerto Daskalogiannis en el centro y rodeada de playas.

Vale la pena visitar las de Marathi y de Sultán Limani, así como sus monasterios ortodoxos. También se puede rendir homenaje a la tumba de Venizelos y visitar la pequeña playa de Stavrós, donde se filmó la famosa escena del baile de Anthony Quinn en Zorba el Griego (1965).

Hania

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Hania y su herencia veneciana

Hania, con más de cincuenta mil residentes, famosa por la fragancia de sus membrillos, constituye el mejor exponente de la herencia veneciana. Sus murallas, faro, puerto y callejones siguen el más puro estilo de la Serenísima, cuando la ciudad se llamaba La Canea y era un activo puerto. Situada al pie de las Montañas Blancas (Lefká Ori), Hania magnetiza hoy como una Venecia oriental, con su marina bordeada de innumerables cafés y restaurantes. 

La carretera continúa retorciéndose en dirección hacia la fachada oeste, pasando por las afueras de los centros turísticos que amparan cada cala de arena, hasta que llegamos al cementerio alemán de Máleme. Yacen aquí los cuerpos de miles de paracaidistas alemanes, en el mismo arenal donde los británicos decidieron defender los aeropuertos de Creta durante la invasión nazi de 1941. 

 

Balos. Playas

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Playas de leyenda

A la espalda de la península de Rodopos y de Gramvoussa, donde parece que se acabe todo, hay algunas de las playas más visitadas de la isla: Balos, la de aguas turquesa, refugio de piratas como Barbarroja; Falásarna, donde nos sentaremos debajo de un tamarindo para callar en seco, como hacen las cigarras, y dejar que nos invadan todas las sensaciones del atardecer. Más allá se ven los extensos olivares, invernaderos en los que crecen infinidad de tomateras, playas de fina arena y los restos del antiguo puerto, que un terremoto expulsó del mar.

Agios Nikolaos

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El pueblo pesquero de Agios Nikolaos

En dirección opuesta, Agios Nikolaos y Sitia se reparten el este más seco y árido de la isla, porque más allá de Heraklion queda aún media isla por descubrir. Para los cretenses del centro trasladarse a Sitia es como ir al fin del mundo. Por más que se vayan arreglando las carreteras, el camino siempre se hace largo. Agios Nikolaos es un antiguo puerto pesquero en la bahía de Mirabello. Catapultado en las últimas décadas por la industria del turismo, se ha convertido en el campo base para visitar enclaves interesantes, como Mochlos, Elounda y Spinalonga, la isla de los leprosos, o para trepar por carreteras interiores hasta la meseta de Lasithi, antaño repleta de molinos. 

Panagia Kera

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El legado cretense

Agios Nikolaos también queda cerca del pueblo de Kritsá, de arquitectura típica cretense. Es una visita indispensable por sus 19 iglesias ortodoxas, entre las que destaca Panagia Kera, decorada con frescos bizantinos y considerada el monumento religioso más importante de la isla. A 3 km de la población, se halla la fortaleza dórica de Lato, parapetada entre montañas. Al noroeste se localiza Sitia, la ciudad natal del gran poeta Vitsentzos Kornaros, autor del Erotókritos, la gran epopeya cretense escrita en el dialecto de la isla en el siglo XVII. 

Toplou. Paisajes

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Donde converge arquitectura y paisaje

La fachada oriental de Creta se asoma al mar en la bahía de Kouremenos, muy cerca de Palékastro, un paraíso del surf y del kitesurf, atrapada por el silencio, entre el mar y los olivares que se escalonan en un anfiteatro natural. A poca distancia, el monasterio de Toplou, del siglo XV, se alza en medio de la nada, en un paraje yermo repleto de matorrales espinosos que parece ocultar la importancia que tuvo en el pasado, cuando era  el monasterio más poderoso del este de Creta. Se trata de un lugar de paso obligado para alcanzar el palmeral de Vai, una insólita playa bordeada de datileras.

Kurtaliótiko. Entre gargantas

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Entre gargantas...

En este viaje a lo largo y ancho de Creta no hay que olvidarse del sur, una larga costa que se extiende al otro lado de los tres macizos centrales, bañada por un mar distinto, el de Libia, y con un clima más seco. Los caminos de garganta atraviesan las sierras altísimas que retienen la lluvia: las Montañas Blancas (Lefká Ori) al oeste, el monte Ida (Psiloreitis) en el centro y el Dikte al este.  Creta se mueve en una línea imprecisa, entre el risco y la amabilidad de las playas, entre los picos donde el agua nace pura y el esplendor del crisantemo silvestre, a medio camino del cardo recubierto de espinas y los lirios dibujados en los frescos de Cnosos. Habrá que ir con mucho cuidado por esta isla despeinada, de laderas tapizadas de aromático díctamo y senderos por donde transita la cabra salvaje, el kri-kri (Capra aegagrus creticus).

Hay que penetrar en la ferocidad de estas rendijas practicadas en la piedra viva para comprobar cómo la rudeza se transforma en el elegante vuelo del buitre sobrevolando la garganta de Arádena, en Sfakiá, a orillas del mar de Libia. Allí se burla de los imitadores que se lanzan desde un puente de hierro, asegurados con arneses y cuerdas, mientras la colonia de rapaces que anida en las montañas de Asterousia, donde la llanura de Mesará se entrega al mar, recorre el cielo de Creta fascinando la mirada de todos los Dédalos que algún día soñaron con volar.

Sfkaiá

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... y pueblos

El punto de llegada de todos los turistas que atraviesan la Garganta de Samaria es Sfakiá, al pie de las Montañas Blancas, que se desploman con cierta impaciencia para refrescar sus pies aromatizados dentro de las aguas turquesas del mar de Libia, playas de guijarros y de arena gruesa y plateada, custodiadas por bocanas negras de cuevas marinas, como grandes ojos, Loutró, Fínikas, Glicá Nerá. 

Sin saberlo los turistas que desembarcan del ferri que viene de Agia Roumeli deshacen la ruta que miles de británicos, neozelandeses, australianos y griegos hicieron para escapar del laberinto de Creta en 1941, por la garganta de Imbros, por la meseta de Askifou. Los senderistas que han recorrido los 17 km de Samaria vuelven con los pies doloridos de la caminata, como aquellos soldados que se sacaban las botas en el puerto de Sfakiá. Se alejarán de la costa pensando quizás en el sabor dulce de las sfakianopitas, crepes rellenas de queso de cabra y servidas con miel típica de Chora Sfakion, o tal vez en la ensalada griega con toque cretense, empapada de aceite puro de oliva.

Gortina, la capital romana de Creta

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Gortina, la capital romana de Creta

La garganta de Topolia, al sur de Hania, nos llevará a Elafonisi sin dejar de hacer eses, como si viniéramos de una fiesta del rakí, el aguardiente más consumido de Creta. Eses de los pliegues de la historia amontonados en cualquier rincón de la geografía; eses para huir de los complejos turísticos costeros o para poner una toalla en Elafonisi. Es igual el día que se vaya, siempre está lleno de gente en verano. Las mejores playas de Creta se encuentra en el sur, con permiso siempre de los vientos africanos, capaces de levantar la arena de las playas, responsables de las dunas que las embellecen, del clima tórrido que supera a menudo los 40 ºC en lugares como Mesará, la llanura donde se sitúan los importantes asentamientos minoicos de Festos y Agia Triada, y la capital romana de Creta, Gortina, donde Zeus, según el mito, se acostó con Europa, que había raptado transformado en toro. 

 

Mátala. iStock-1317580083

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Playas y refugios

Por costosas carreteras llegaremos al mar para refrescarnos, en la turística Mátala, en Lendas, en Kalí Limenes, en Kommos, en Moní Koudoumá y en Tris Ekklisies. Al sur, refugio histórico de piratas, allí donde fueres, siempre acertarás: Paleochora o el tranquilo puerto de Sougia a través de la garganta de Santa Irini, con una amplia playa de guijarros y aguas nítidas y frías, ideales para hacer snorkel. Desde aquí se puede ir a pie hasta Lisós, el antiguo centro de salud fundado en la época helenístico-romana.

Préveli

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Con la historia siempre presente

La garganta de Kourtaliótiko, al sur de Réthymno, nos lleva al centro turístico de Plakiás. Cerca de este lugar los héroes de los comandos secretos británicos se deslizaban por las rendijas de la montaña cerca de la actual Rodákino, y sacaban de la isla después de una larga peripecia al general Kreipe, el 14 de mayo de 1944, en dirección a Egipto. Préveli no queda lejos. Este monasterio comparte con Arkadi, cerca de Réthymno y de la antigua Eléftherna y su nuevo museo, los galones de la resistencia ortodoxa frente a turcos y otros invasores. A la playa de Limni, cerca de Préveli, de belleza singular y con un bosque de palmeras autóctono, solo se puede acceder a pie. 

Kato Zakros

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Creta, casi un continente

Las gargantas de Sarakina y de Kha embellecen el este de Creta, cerca de Ierápetra, la única ciudad de envergadura que hay en la costa sur de la isla, con más de 15.000 habitantes. Su clima es tan cálido todo el año que no emigran las golondrinas y dan fruto las palmeras. 

La Garganta de Zakros –también conocida como Valle de los Muertos– conduce hasta el yacimiento minoico de Kato Zakros, un hub en terminología moderna que conectaba Creta con Egipto, Chipre y el Próximo Oriente. La isla alcanza su extremo sudeste en Xerócampos, con excelentes playas, pero donde tampoco se necesitan navegadores para circular por una única carretera, entre ruinas helenísticas, santuarios en lo alto de picos, cuevas y arenales, silencios y paz. Creta, casi un continente. 

Cnossos