Un viaje por Venecia y las otras ciudades del Véneto

La Serenissima es el punto de partida de este viaje por los destinos más espectaculares de la región italiana.

Hacia Venecia convergían los intereses económicos y políticos, los pueblos y hasta los ríos, que formaban parte de la gran tela de araña veneciana. Cuanto más dentro de su radio de influencia se hallaba una ciudad, más quedaba ligado su destino a la Serenissima Repubblica, a su comercio, su arquitectura, sus círculos sociales, su agua, su música, y también su silencio...

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Venecia

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Venecia, entre el silencio y la melodía

El compositor Luigi Nono (1924-1990) afirmaba que la Venecia del siglo XX era una ciudad polifónica, en la cual bastaba con pasearse por las calles para oír el tañido de las campanas, el chapoteo del agua, el sonido de los pasos. Y si era así en tiempos de Nono, aún tenía que serlo más en los siglos previos, sobre todo a partir del Renacimiento, cuando la música de iglesias, fiestas y procesiones se fundía con el canto de los mendigos ciegos y las voces en múltiples idiomas de visitantes y mercaderes. Y todo, hasta el susurro de los amantes escondidos en los callejones más aislados, se veía amplificado por el agua, el cielo y la piedra.

Tampoco ahora, después de los difíciles meses de 2020, Venecia ha perdido su música y su silencio. Si bien, algo ha cambiado. La bocina de los cruceros dejó paso a la delicadeza de la lluvia, a las notas de piano que salen de las casas y al chapoteo de los remos de las góndolas en los canales, en cuyas aguas se volvieron a ver peces.

En su eterna lucha entre fuerza de la naturaleza y voluntad humana, Venecia ha representado y representará siempre el triunfo del silencio y de la melodía, dos caras de una misma y estupenda medalla. La ciudad es un baile intemporal de celebridades y gente corriente, de locales y foráneos, con el soberbio telón de fondo de sus colores anaranjados y sus ardientes noches oscuras. Además, la tranquilidad de los últimos tiempos envuelve la ciudad en un encanto sin parangón, como si el presente se hubiera cristalizado en los sonidos más sutiles y, al mismo tiempo, que todo el vigor del pasado hubiera regresado para cantar su majestuosidad.

Cannaregio

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Perderse por Cannaregio siempre es una buena opción

El primer paso para adentrarse en la Venecia de ayer y de hoy es la estación de trenes Santa Lucía, desde cuyas escaleras ya se divisan el Gran Canal, los edificios al otro lado, con la iglesia de San Simeon Piccolo, y las lanchas que cada día transportan víveres y materiales. A la altura de la estación los vaporetti navegan hacia Rialto y San Marco. A la izquierda de la misma se abre un camino para uno de los barrios (sestieri) de Venecia menos concurridos, Cannaregio. Es necesario superar el blanco Ponte degli Scalzi y seguir en Rio Terà Lista di Spagna donde, entre las exclamaciones y los resoplidos de los venecianos, hace poco se apiñaban los turistas. Una vez superado el Ponte delle Guglie, escenario de la sensacional regata de carnaval, se puede seguir la Fondamenta (fondamenta es la calle a orillas de un canal) di Cannaregio.

Allí detrás empieza el Ghetto, el barrio judío, con sus panaderías, sus cinco sinagogas, su museo y sus plazas silenciosas. A partir de 1516, el barrio se cerraba cada noche, como una ciudad dentro de la ciudad. Hoy todavía equivale a acceder a un mundo sugerente y atemporal marcado por el yiddish, los peyet y las kippah. Tras un descanso en la plaza (campo) del Ghetto Nuovo, melancólica hasta que los niños la llenan por la tarde con sus juegos, es posible penetrar aún más en Cannaregio pasando por un puentecito de hierro.

Tras estos canales ortogonales se abría antiguamente la zona de las prostitutas. Ahora es un lugar donde los venecianos conducen su vida aislada y los universitarios se citan en los bares para una ombra, un vaso de tinto, y un cicchetto, una tapa. De día en Cannaregio reina la calma, y el silencio solo se ve interrumpido por los comentarios de algún que otro remero o por los chillidos de las gaviotas. Perdiéndose en este sestiere se pueden encontrar también palacios patricios y bellas iglesias, como la de Sant’Alvise, que alberga cuadros de Tiepolo, o la iglesia de la Madonna dell’Orto, que conserva obras de Tintoretto.

San Michele

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San Michele, la isla donde reina el silencio

Después de visitar esta parte de Cannaregio y admirar sus vistas hacia la Laguna Nord y hacia Mestre, en tierra firme, seguimos en dirección este y pasamos el misterioso Ponte Chiodo para adentrarnos por calles que desembocan en las Fondamente Nove. Aunque son considerados un mero trámite para las islas, estos muelles desvelan una magia particular, sobre todo de noche, cuando los vaporetti amarrados se dejan mecer por las olas con un chirrido fantasmal. Parece que entonen un madrigal de luto para los que descansan en la isla de enfrente, San Michele, cementerio desde comienzos del siglo XIX y descanso eterno de artistas como Ezra Pound y Joseph Brodski, Serguéi Diáguilev –fundador de los Ballets Rusos– y el compositor Ígor Stravinski.

San Michele es solo una de las islas que desde Fondamente Nove se pueden visitar en una corta escapada. A sus espaldas esperan Murano, con los silbidos de los fabricantes de vidrio; Burano, con sus casitas multicolores y sus encajes; Torcello, cuyos templos inspiran el recogimiento; o Mazzorbo, tapizada de huertos y viñedos.

San Marco

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Alrededor de plaza San Marco

De vuelta a Venecia, Cannaregio sorprende otra vez con la grandiosa iglesia barroca de Santa Maria Assunta o de los Jesuitas, en la que destaca el lienzo de Tiziano, El martirio de San Lorenzo. De aquí el viajero podrá empezar a perderse otra vez entre los sottoporteghi, las plazas y las callecitas del sestiere San Marco, dominado por la homónima plaza, símbolo del señorío de la República mercantil.

Si bien hoy en la plaza resuenan las notas de piano y violines de las terrazas de los bares, antaño la representación del poder de la Serenissima se encarnaba en los desfiles encabezados por el dux y acompañados por el sonido marcial de flautas y trompetas.

Entre otros monumentos, el sestiere de San Marco acoge el conservatorio Benedetto Marcello, cuya sede se encuentra en el imponente Palazzo Pisani, y el teatro La Fenice, en la plaza San Fantin. A pesar de los diversos incendios sufridos desde su inauguración, en 1792, La Fenice sigue programando óperas y conciertos, incluido el de Capodanno, el primer día del año, que se retransmite en directo por televisión nacional e internacional.

Rialto

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Rialto es mucho más que un puente

Ha llegado el momento de dirigirse hacia el sestiere de Rialto, y para ello es recomendable pasar por Le Mercerie (Mercerie dell’Orologio, Mercerie de San Zulian, Mercerie del Capitello y Mercerie San Salvador), un grupo de calles que acogen elegantes tiendas de ropa y calzado, joyerías y marroquinerías. Centro del comercio textil durante siglos, en Le Mercerie el crujido lánguido de las sedas se confundía con el sonido de las cuerdas de los violines, e incluso Monteverdi y Vivaldi se dejaban ver por aquí.

Su último tramo desemboca en el Campo San Salvador, a muy pocos metros del Puente de Rialto, el más antiguo de Venecia. Antes, en el siglo XII, era un puente flotante donde los venecianos jaleaban bulliciosas luchas cuerpo a cuerpo; ahora, es una espléndida obra de piedra –de1591–, uno de los cuatro que cruzan el Gran Canal. Además, se convierte en un mirador excepcional cuando la acqua alta, cuya presencia se alerta con atronadoras sirenas, invade la ciudad y las orillas de las Fondamenta, al otro lado, se cubren de plácidas olas.

Rialto despierta la curiosidad con sus casetas de pescado y verduras, sus tiendas de productos artesanales y sus bares, que el fin de semana venden pescado frito y spritz, el cóctel veneciano por excelencia. Es recomendable seguir andando por el barrio de San Polo o cruzar otra vez el puente para tomar el vaporetto que remonta el Gran Canal y pasa frente a palacios, como el renacentista Ca’ Vendramin Calergi, reconocible por los tejidos burdeos del Casino. En este edificio Richard Wagner compuso parte de su Tristán e Isolda –él mismo cuenta en su autobiografía que el canto de los gondoleros le inspiró los cuernos que en el tercer acto anuncian la partida de caza del rey–, y aquí murió en febrero de 1883.

Treviso

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Treviso o la otra Venecia

Con las notas de Tristán todavía en la mente y en el corazón, es el momento de conocer Treviso, una de las ciudades que se vieron beneficiadas por la potencia económica y el mecenazgo de los ricos venecianos. Desde 1339 estuvo bajo el control de la Républica, que a inicios del siglo XVI dotó a la ciudad de una preciosa cinta amurallada. Treviso es considerada la pequeña Venecia del continente por sus canales, puentes y por la presencia de dos ríos, el Sile y el Cagnan, que Dante mencionó en su Comedia.

Treviso concentra su vida en la bulliciosa Piazza dei Signori, delimitada por los rojos palacios del Trecento y del Podestà, y por el símbolo de la ciudad, la Torre. Caminando bajo pórticos, se puede optar por visitar la iglesia románica de la Catedral, que acoge La Anunciación de Tiziano, y luego la iglesia gótica de San Niccolò, decorada con frescos. Otra opción es la isla de la Pescheria, cuyo mercado de pescado está rodeado por un plácido escenario de sauces llorones y molinos. A dos minutos a pie se encuentran el romántico Canale Buranelli, que toma el nombre de una poderosa familia de Burano, y la Fontana delle Tette, en la que el agua brota del pecho de una joven.

Bassano del Grappa

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Grappa y cerámica en Bassano

En la región de Treviso, la Strada dell’Architettura conecta varios pueblos de interés: Asolo –último retiro de la escritora Freya Stark–, Maser –con una villa de Andrea Palladio–, la amurallada Castelfranco Veneto, o Possagno, ciudad natal del escultor neoclásico Antonio Canova. Y, claro, Bassano del Grappa, famoso por su grappa (aguardiente similar al orujo) y su cerámica. Esta ciudad a orillas del Brenta proporciona una vista espléndida de los Alpes desde su Ponte Vecchio o Ponte degli Alpini, diseñado por Palladio. Dos itinerarios atraviesan la localidad: la Alta Ruta del Tabacco, que recuerda su pasado como ciudad tabaquera, y la Ruta de la Grappa, que pasa por sus tabernas.

Muy diferente es la atmósfera de Monselice, al sur de Padua, que en cambio invita a la contemplación y desde el cual, en los días más despejados, se puede divisar la Serenissima. Ubicado en las Colinas Euganeas cantadas por Ugo Foscolo, el pueblo surgió a la sombra de una colina, donde todavía se puede visitar el imponente y manso castillo medieval. A diferencia de Bassano, Monselice incita al silencio gracias a sus pequeñas iglesias y santuarios y a sus numerosas villas, como Villa Duodo, Villa Nani-Mocenigo y Villa Pisani, que los aristócratas venecianos y paduanos construyeron para su descanso lejos de la vida delirante y conflictiva de las ciudades.

Padua

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Padua: la hermana de Venecia

Antes de volver a la Laguna, es imprescindible una visita a Padua, considerada la hermana menor de Venecia («Venezia la bella, Padova sua sorella»), aunque en realidad cuenta con una rica tradición artística, además de tratarse de la ciudad más antigua del Véneto y un poderoso centro medieval, sobre todo en los siglos XIII y XIV. A esa época se remontan la fundación de su Universidad y el ciclo de frescos que Giotto pintó en la Capilla de los Scrovegni, a menudo comparada con la Capilla Sixtina del Vaticano.

Padua, como Treviso, también está rodeada por murallas venecianas, y dentro de ellas siglos de arte, cultura y comercio han dejado profundas huellas, como demuestran las colecciones de los Musei Civici (Museos de la Ciudad), con obras de Tiepolo, Tintoretto y Veronese. Ciudad de múltiples caras y, hoy en día, activo núcleo económico del Véneto, Padua conserva el encanto medieval y renacentista en su casco histórico, que se irradia a partir de la Catedral y el Baptisterio, de la Piazza dei Signori y de la antigua zona de los mercados. Los productos que aquí se vendían se conservan en la toponimia, como la Piazza delle Erbe o la Piazza della Frutta, mientras que los callejones relatan un pasado de mercaderes, trabajadores y acaudalados clientes. El Volto della Corda y el Canton delle Busie, ubicados entre estas plazas y el majestuoso palacio de la Ragione, recuerdan las mentiras (busie) de los negociantes y la cuerda (corda) con la que, entre los gritos de escarnio de la gente, se azotaba a los ladrones y embusteros.

Tras dejar en las brumas del pasado el clamor de los paduanos medievales, es hora de regresar a los islotes y las cañas de la Laguna, una zona que más de diez siglos atrás cautivó de tal manera a las poblaciones de tierra firme que estas desafiaron el silencio de la naturaleza y erigieron una de las ciudades más hermosas del mundo.

San Marco