La cintura de América

Viaje tropical por Panamá

A pesar de sus reducidas dimensiones es uno de los destinos más asombrosos de Centroamérica

El patrimonio natural de Panamá supera todas las expectativas: en el país se encuentra más variedad de aves que en toda Europa y Norteamérica juntas, casi un millar de especies, por no hablar de los dos centenares de mamíferos y otro tanto de reptiles y anfibios, con 125 endemismos. Además, los bosques húmedos acogen una infinidad de insectos y especies vegetales, con abundancia de mariposas y orquídeas, que alcanzan una diversidad apabullante. Con más de un tercio del territorio protegido, Panamá tiene 13 parques nacionales, uno internacional, y numerosas reservas naturales que son un paraíso para la observación de fauna y flora.

Una geografía inverosímil

Los extremos terrestres de Panamá son emporios naturales magníficos. En el oeste se prolonga la riqueza biológica de Costa Rica, mientras que en el este se extiende la selva del Darién, tan impenetrable que la carretera Panamericana no logra atravesarla y obliga a embarcar el vehículo si se quiere seguir viaje hasta Colombia.

En la estrecha cinta de tierra que une América del Norte y del Sur, Panamá dibuja de este a oeste una ese tumbada, con Colombia en el levante y Costa Rica a poniente. Al tener el Caribe al norte y el Pacífico al sur, es posible asistir en el mismo día a la salida del sol en aguas caribeñas y al ocaso sobre la pátina azul del Pacífico. Pero también se pueden invertir los términos, ya que es fácil recorrer los escasos 60 km que separan por tierra ambos océanos.

 
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La capital financiera

En el extremo opuesto del esplendor natural de Panamá se encuentra el fenómeno urbano que supone la capital. En Centroamérica no hay nada semejante a Ciudad de Panamá, que presenta afinidades con otros puertos de importancia global como Singapur o Hong Kong. Numerosas empresas han llegado atraídas por las ventajas del sistema fiscal, logrando que sea el país con más rápido desarrollo al sur de Estados Unidos. Hoy es un centro financiero mundial, repleto de hoteles de lujo, restaurantes y servicios de alto nivel repartidos en torno a la bahía. El frente urbano de esbeltos rascacielos y torres de oficinas se asoma al Pacífico en una costanera donde destaca el Museo de la Biodiversidad, diseñado por Frank O. Gehry, que resume la complejidad de los ecosistemas panameños y establece un singular nexo entre la arquitectura tecnológica y la naturaleza más intacta.

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El espectáculo de la ingeniería

Es hora de visitar el Canal, que cruza el territorio uniendo las aguas del Atlántico y el Pacífico mediante una vía navegable de 82 km, con un largo tramo a través del lago Gatún. La escasa anchura del istmo panameño permitió que fuera atravesado fácilmente por Vasco Núñez de Balboa en 1513, el primer europeo en asomarse al océano Pacífico. Después, los españoles enlazaron ambos mares por tierra, uniendo el puerto de Portobelo en el Caribe y el de Panamá Viejo en el Pacífico, cerca de la ciudad moderna. Hoy, el Panamá Viejo y el Casco Antiguo de la capital son Patrimonio de la Humanidad, como Portobelo y el cercano fuerte de San Lorenzo.

En 1880, tras completar el Canal de Suez en Egipto, el ingeniero Ferdinand Marie de Lesseps inició la construcción del de Panamá, pero la muerte de 22.000 trabajadores por enfermedades tropicales paralizó el proyecto. Desde su independencia de España en 1821 Panamá formaba parte de la Gran Colombia, pero en 1903 se separó de esta con la ayuda de Estados Unidos, muy interesados e implicados en la colosal obra. El canal se inauguró en 1914, aunque no llegó a manos panameñas hasta 1999. 

Además de ver el paso de los barcos por las esclusas desde los miradores de Aguas Claras en Colón y de Miraflores cerca de la capital, se puede comprobar que el Canal enhebra una colección asombrosa de espacios naturales. Cuenta con tierras protegidas a ambos lados y varias reservas en su entorno. En el Parque Nacional Soberanía se pueden avistar 400 tipos de aves. La Isla Barro Colorado, en el lago Gatún, es un laboratorio biológico del Instituto Smithsonian. Y el Parque Nacional Metropolitano, dentro de Ciudad de Panamá, acoge monos, perezosos, osos hormigueros, ciervos y 227 especies de aves en un gran bosque urbano.

 
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El Valle de Antón, un pueblo dentro del volcán

Saliendo de Ciudad de Panamá la primera parada debería ser El Valle de Antón, a un par de horas por carretera, un pueblo encaramado en las montañas entre espesos bosques. Ocupa el interior de un cráter volcánico, inactivo, cubierto de vegetación y sembrado de bungalós que permiten disfrutar de las suaves temperaturas y de varios senderos que conducen hasta cascadas. El emblema local es la rana dorada, extinguida en su hábitat natural pero que puede verse en el zoológico El Níspero. 

 
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Península de Azuero: tradición y folclore

Al sur de la Panamericana se extiende la península de Azuero, una tierra de fincas ganaderas y magníficas playas que mantiene los aspectos más tradicionales del país. La vida cotidiana se pauta con fiestas regadas con tragos de seco, el licor local de caña de azúcar. El carnaval es el mejor momento para disfrutar de pueblos como Parita, Las Tablas o Pedasí, sencillos y gratos, sin olvidarse de visitar el refugio de aves de la playa de El Aguillito, el de tortugas en Isla Cañas, o la playa Venao, la favorita de los surfistas. En Sunset Coast, el sol ofrece sensacionales crepúsculos sobre el golfo de Chiriquí, que se extiende hasta Costa Rica y es un fantástico enclave para ver fauna marina en salidas de snorkel o de buceo.

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La Galápagos de Panamá

El sur de Veraguas alberga el paraíso surfista de Santa Catalina, que es también la base para navegar hasta la Isla Coiba, conocida como la Galápagos de Panamá. En Coiba se pueden ver monos aulladores y capuchinos, serpientes y roedores como el agutí. Pero sus aguas son aún más interesantes. El arrecife de la bahía Damas es el mayor del Pacífico americano, abarrotado de peces, tortugas, cocodrilos marinos, tiburones, orcas y ballenas jorobadas que acuden entre junio y noviembre. Su esplendor ha merecido el reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad.

 
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La alargada sombra del volcán

En el sur se enlazan playas de prístinas aguas azules y manglares que forman parte del Parque Nacional Marino Golfo de Chiriquí, accesible desde Boca Chica, cuya fauna es comparable a la de Isla Coiba. Su territorio asciende desde la costa, entre cultivos de caña de azúcar y de arroz, hacia las tierras altas que rodean el único volcán de Panamá, el Barú, cima del país con 3475 m de altitud, desde la que se pueden contemplar al mismo tiempo las costas del mar Caribe y del océano Pacífico

 
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Boquete: naturaleza con sabor a café

Para explorar el interior resulta recomendable alojarse en Boquete, un pueblo en altura, fresco, tranquilo, repleto de ventanas floridas y hoteles acogedores. Además de excursiones por bosques brumosos, en Boquete se puede practicar ráfting en el río Chiriquí, visitar cafetales, recorrer el Sendero de los Quetzales (el ave sagrada de los mayas) y ascender a la cima del volcán Barú para ver amanecer sobre el mar de nubes.

 
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Un parque natural para la amistad

Por la vertiente opuesta del Barú, la carretera llega a los pueblos Volcán, Cerro Punta y Guadalupe, que facilitan el acceso al Parque Internacional La Amistad, que Panamá comparte con Costa Rica. Esta inmensa área es un tesoro natural que acoge seis clases de felinos, entre ellos jaguares, pumas y ocelotes, 550 especies de aves y una inabarcable biodiversidad en bosques apenas explorados que han sido declarados Patrimonio de la Humanidad.

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Bocas del Toro: un paraíso de azul irreal

Al norte de Chiriquí, asomada al Caribe, se extiende la provincia de Bocas del Toro, con la parte continental parcialmente dedicada al cultivo de bananas, mientras frente a la costa se despliega un archipiélago de maravillosas islas rodeadas por aguas de un azul irreal. 

La mayoría de viajeros llegan en un corto vuelo desde la capital hasta la ciudad de Bocas del Toro –en la Isla Colón y llena de hoteles, bares y restaurantes– para sumergirse en una vida placentera de playa, buceo y tardes junto al mar. El tiempo pasa deprisa haciendo submarinismo, disfrutando de playas solitarias a la sombra de los cocoteros, navegando en el humedal de San San-Pond Sak en busca de manatís y perezosos, o visitando en el continente a la comunidad naso, gobernada por su propio monarca. 

Cada isla de Bocas del Toro tiene su interés: Colón, Carenero, San Cristóbal y, sobre todo, Bastimentos. Declarada parque nacional marino, esta última tiene el aliciente que permite nadar en una cueva repleta de murciélagos, atravesar espesos manglares o pasear por el pequeño Old Bank, donde el Caribe panameño es casi jamaicano. Aquí las casas de madera están pintadas de vistosos colores y la mayoría de población es afroamericana, descendiente de los que llegaron a finales del siglo xix para trabajar en las plantaciones de bananas.

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Bienvenidos a la República Independiente Guna Yala

Hay que regresar a Ciudad de Panamá para viajar hacia el este del país y visitar la comarca de Guna Yala, donde la comunidad indígena guna habita 50 de las 400 islas bañadas en las aguas de color turquesa del Caribe. Mantienen un modo de vida ancestral, usando con moderación los recursos naturales de una región muy poco habitada que se extiende hasta la frontera con Colombia. Gestionan un turismo integrado en la vida tradicional, ofreciendo tatuajes efímeros realizados con jagua, un fruto local, y las fantásticas molas, tejidos de elaboración propia que incorporan a su vestimenta. 

 

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