Un road trip en verde

Vídeo: la costa oeste de Irlanda, de norte a sur

Irlanda, la isla esmeralda, despliega su encanto más salvaje en las poblaciones y parajes de su litoral occidental. La carretera panorámica Wild Atlantic Way la recorre de punta a punta.

La ruta que recorre el oeste irlandés, desde el condado de Donegal hasta la ciudad de Cork, sorprende kilómetro a kilómetro con panorámicas sobre el océano, puertos coquetos, viejas casas con techo vegetal, pubs con música en vivo y un intenso aroma a turba y a océano.

Donnegal

El oeste de Irlanda concentra ese paisaje salvaje y el ambiente tradicional que impregna el imaginario viajero al pensar en la isla esmeralda. No es extraño, pues, que después de pasear por las calles y museos de Dublín, la imperiosa llamada del oeste impulse a muchos viajeros a alquilar una autocaravana o una furgoneta camper y lanzarse a conducir por la Wild Atlantic Way. Esta carretera panorámica de 2600 km de longitud atraviesa el oeste de norte a sur –o de sur a norte, como más guste– en un viaje que puede realizarse en 14 etapas.

Empezar la ruta en el condado de Donegal equivale a zambullirse de golpe en el paisaje indómito del oeste. El extremo más septentrional de la isla es una línea de penínsulas que apuntan hacia el norte, con faros aupados sobre colinas rocosas y puertos protegidos en bahías mecidas por las mareas. Las carreteras secundarias alcanzan playas de arena blanca, aldeas en las que se teje con lana de las ovejas que se ven pastando en los prados y acantilados de vértigo como los Slieve League.

Rumbo sur, la ruta cruza los condados de Sligeach y Mayo, con rincones de leyenda que se asoman al impetuoso océano. Ahí está la roca de St Patrick's Head, una peña gigante separada de tierra firme que parece flotar sobre las aguas; las formaciones geológicas de Dún na mBó en la agreste península de Mullet o las playas surfistas de la bahía de Westport.

Enlazando panoramas impresionantes se entra en el condado de Galway por el parque nacional de Connemara, el paisaje más icónico del oeste irlandés, tapizado de colinas verdes y praderas húmedas de las que aún se extrae turba, esa materia vegetal que calienta los hogares desde hace siglos. La majestuosa abadía de Kylemore contrasta con las sencillas casas de techo de paja que aún se conservan en algunos pueblos. Al llegar a la ciudad de Galway, alegre y siempre animada, el viajero puede que ya haya aprendido las palabras básicas en gaélico para comunicarse en un pub, aplaudir a los músicos o, al menos, para pedir la ración de comida y bebida justa.

Al sur de Galway, los acantilados de Moher y el curioso paisaje geológico de The Burren marcan la etapa intermedia del viaje por la Wild Atlantic Way. Frente a la costa emergen las islas Aran, reducto de la cultura gaélica tradicional, adonde escritores irlandeses de finales del siglo XIX y principios del XX acudieron en busca de las raíces de la isla.

El sudoeste de Irlanda, visto sobre el mapa, es como una mano con los dedos extendidos hacia el mar. Son penínsulas que esconden estuarios, poblaciones portuarias, bahías y faros solitarios. La ruta puede aquí desviarse por el Ring of Kerry, una carretera panorámica que da la vuelta a la península de Iveragh y se asoma a las legendarias Islas Skellig. Refugio de monjes eremitas en la antigüedad, las Skellig recuperaron su popularidad con una de las nuevas entregas de Star Wars.

La península de Beara, con sus pueblecitos pescadores será la última etapa "salvaje" antes de acabar la ruta en el puerto de Cobhn y la ciudad de Cork, un final repleto de alicientes culturales y artísticos a este viaje en el tiempo por la Irlanda más indómita.