Vídeo: San Pedro del Vaticano en 90 segundos

La basílica y la plaza que dominan el pequeño país del mundo son un microcosmos cultural que merece una buena visita.

El país más pequeño del mundo puede presumir de tener algunas de las mayores joyas del arte, la escultura y la arquitectura del mundo. Y el complejo que forman la Basílica de San Pedro y la plaza homónima son un reclamo indiscutible. En pocos otros rincones del mundo, incluso de Italia, se concentra mayor genialidad y creatividad, con obras y edificios de algunos de los mayores artistas del Renacimiento y Barroco romano, demostrando que el poder papal podía congregar a las mejores mentes de la época. 

Vaticano

Toda visita a este conjunto comienza con el recogimiento que propone su plaza elíptica, un ágora con doble columnata que Bernini diseñó con el fin de congregar en ella a todos los fieles que peregrinan hasta aquí. De hecho, su forma no es casual, ya que busca ser un cobijo para todos ellos, imitando un abrazo. En el centro, un obelisco de origen egipcio da fe del poder y relevancia del lugar. Tras contemplar y deambular por este espacio, conviene fijarse en la fachada, una obra de Carlo Maderno en la que el arquitecto barroco da muestra de su equilibrio estilístico, con finas líneas pobladas de numerosas esculturas y detalles que acrecentan esta sensación de asombro al que lo contempla. En esta panorámica destaca con luz propia el balcón, famoso por ser desde donde el Sumo Pontífice bendice a los fieles en su famoso Urbi et Orbe.

Pero el stendhalazo no ha hecho más que comenzar. Tras cruzar las puertas, de unas dimensiones acordes a la magnificencia del lugar, espera el interior de la basílica, un templo que es mucho más que la famosa cúpula proyectada por Miguel Ángel. Es un aluvión de belleza, un sinfín de detalles, de delirios creativos realizados en mármol y en oro capaces de deslumbrar hasta al más ateo. Sin embargo, hay tres lugares que merecen una especial atención dentro de este alarde de fastuosidad.

El primero, la escultura de La Pietá, obra cumbre del propio Miguel Ángel en la que el genio toscano logra domesticar la piedra hasta el punto de alcanzar el equilibrio perfecto entre conmoción y técnica, creando una auténtica obra de arte inmortal. El segundo, el baldaquino con el que Bernini dignifica y alarga el vano bajo la cúpula, ensalzando la eucaristía en la que es una de las creaciones barrocas más amaneradas de la época. Y el último, el interior de una cúpula en la que, de nuevo, Miguel Ángel rompe con todo los moldes al elevarla hasta donde nadie lo había hecho nunca, superando los 137 metros en la que sigue siendo, a día de hoy, la cúpula más alta del planeta. Algo que desde el interior sorprende incluso más.