Un road trip en verde

La Wild Atlantic Way de Irlanda: un viaje por su Costa Oeste en 18 imprescindibles

Los embates del Atlántico han esculpido la costa verde esmeralda de Irlanda. Toda la isla es una maravilla por sus cuatro costados, pero el maridaje entre la hermosa naturaleza irlandesa y la bravura del océano irradia fascinación en el extenso litoral del oeste.

Una sucesión de penínsulas serpenteadas por bahías y miradores de vértigo, minúsculos islotes cargados de historia y comunidades cuyo aislamiento ha sido refugio de la lengua y las viejas tradiciones gaélicas engarzan el itinerario costero definido más largo del mundo. Su nombre, Wild Atlantic Way, evoca el carácter salvaje de un territorio idealizado por poetas, pintores de distintas épocas y la cámara de un sinfín de cineastas.

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2600 de litoral fascinante

A lo largo de 2600 km de litoral, el trazado de la Wild Atlantic Way abarca nueve condados irlandeses, desde las bucólicas tierras meridionales de Cork y Kerry hasta los extremos paisajes de Donegal en el flanco norte. El arranque del recorrido en el puerto de Cork emula la mirada hacia el mar abierto de tantos irlandeses que desde estos mismos muelles emigraron hacia la prometedora América a mediados del siglo xix, huyendo de la gran hambruna de la patata. Lejanos ya los ecos de aquel éxodo que redujo en más de un tercio la población de la isla, Cork es hoy la segunda ciudad de la República de Irlanda, integrada en la prosperidad de la Unión Europea.

iStock-524650387. Cork y Cobh, el perfecto punto de partida

Puerto de Cobh. Foto: iStock

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Cork y Cobh, el perfecto punto de partida

A ojos del recién llegado, Cork aparece como una población de tamaño mediano, espíritu bohemio y creativo y muy poco dada al estrés urbano. Construida sobre el agua, entre dos brazos del río Lee, y estriada por canales –su nombre es una derivación del gaélico que significa «pantano»–, más allá del perfil georgiano de sus edificios singulares lo que reclama es perderse por las estrechas callejuelas del casco antiguo, empaparse de un notorio ambiente cultural y acabar en su emblemático mercado English Market. El producto que realmente despierta la curiosidad del visitante es la mantequilla, elevada a la categoría de museo. En sus instalaciones se relata la importancia histórica de este derivado lácteo en la economía de la región y el orgullo de haber sido su principal exportador mundial dos siglos atrás.

Su gran puerto es el de Cobh, la última ciudad por la que pasó el Titanic antes de partir rumbo a América cuya estampa de casas coloridas gobernadas por los pináculos de la catedral es hoy una de las grandes postales del país.

iStock-1081667222. Killarney, un destino antes de que existiera el turismo

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Killarney, un destino antes de que existiera el turismo

En tiempos victorianos, cuando todavía no había nacido la industria turística moderna, el sudoeste irlandés ya atraía a muchos visitantes en busca de paisajes tan románticos como el de los lagos de Killarney que, a día de hoy, siguen siendo una de las atracciones más populares de Irlanda. Los tres lagos que tiñen de azul el corazón del condado de Kerry (Upper, Leane y Muckross) ocupan una cuarta parte del área del Parque Nacional de Killarney, fabulosa extensión de intenso verde, rodeada por las montañas más altas de la isla y punteada por ruinas de abadías y castillos, como la fortaleza Ross Castle.

shutterstock 319420832. Los Tudor versión irlandesa

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Los Tudor versión irlandesa

Este baluarte es un observatorio de primera hacia los cambios de luz y color de los lagos es la elegante mansión de estilo tudor Muckross House, construida a mitad del siglo xix por un magnate de la época para que su esposa, la pintora Mary Herbert, pudiera inmortalizar en sus acuarelas la diversidad de estampas desde las mismas puertas de su casa.

iStock-1295074713. El imprescindible anillo de Kerry

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El imprescindible anillo de Kerry

En esta zona, donde las corrientes del Golfo matizan hasta cierto punto el inclemente clima irlandés, nunca está sin embargo de más la precaución del chubasquero antes de adentrarse en otra de las grandes rutas irlandesas, conocida como el Anillo de Kerry por su marco circular. La localidad de Killarney suele ser el punto de partida y final de los 179 km que contornean la península de Iveragh, una colección de paisajes costeros y montañosos donde ni siquiera el gran flujo de visitantes –es el segundo destino más buscado de Irlanda, por detrás de Dublín– ha conseguido alterar un ritmo de vida relajado y auténticamente irlandés. Frente a los tópicos y prejuicios culinarios que muchos arrastramos, hay que apuntar que se come muy bien en este entorno rural que suma a los productos agrícolas la tentación de los frutos procedentes de un mar siempre presente.

GettyImages-1334107644. Skellig Michael más allá de Star Wars

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Skellig Michael más allá de Star Wars

A tan solo 11 km de la costa de Iveragh, sobresale la isla de Skellig Michael, también llamada Great Skellig. En la cúspide de esta pirámide rocosa, a 218 m de altura sobre el nivel del mar, se halla uno de los monasterios más antiguos de Europa, un eremitorio fundado en el siglo vi por una comunidad de monjes que buscaba el aislamiento de una vida recogida. Hay que subir 600 escalones para acceder al conjunto de estructuras de piedra en forma de colmena. Si bien el complejo luce desde hace ya tres décadas en el catálogo del Patrimonio Mundial de la Unesco, su fama reciente –con la consiguiente demanda de visitas– responde más a la caracterización de sus restos como el refugio del jedi Luke Skywalker en las entregas de 2015 y 2017 de la saga fílmica La Guerra de las Galaxias.

iStock-528777567. Cinegenia en la península de Dingle

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Cinegenia en la península de Dingle

Sin afeites ni efectos especiales, el objetivo cinematográfico de David Lean inmortalizaba casi cinco décadas antes la fotogenia desnuda de las playas de la península de Dingle, entre las que eligió la extensa punta de Inch Strand Beach para la película La Hija de Ryan. Sus blancas arenas son una visita ineludible en esta península del extremo septentrional del condado de Kerry, que aloja el puerto más al oeste de Europa, el segundo pico más alto de toda la isla (Brandon Mountain) y vestigios del pasado remoto, como el fuerte Dunbarg de la Edad de Hierro o la pequeña iglesia Gallarus Oratory, edificada con piedra seca, una auténtica reliquia paleocristiana.

iStock-1072416932. Los reductos gaélicos de Dingle

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Los reductos gaélicos de Dingle

Indagar por los recovecos perdidos de una de las regiones con más clara identidad irlandesa implica toparse fácilmente con letreros de carretera que solo indican la dirección en el celta insular, oficialmente la primera lengua de la nación, aunque en la práctica el inglés domina en el grueso del territorio. En el extremo occidental de la península de Dingle, también las islas Blasket o Na Blascaodaí encarnaron un rico reducto gaélico, nutrido por los relatos orales de sus habitantes sobre la dureza de la vida al borde del Atlántico, hasta que fueron evacuados en 1953 para buscarles un anclaje más seguro. Aunque permanezcan inhabitadas desde entonces, siguen atrayendo visitas enfocadas en la observación de las miles de aves marinas que anidan en sus peñascos –un paraíso para ornitólogos– y el marco de una vida marina trufada de focas, delfines y ballenas.

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Rumbo a los acantilados de Moher

En el discurrir de la ruta costera hacia el norte, los dominios del río Shannon pueden rodearse por la sinuosa carretera que enmarca una bahía, o bien cruzar sus aguas en línea recta a bordo de un transbordador. El objetivo buscado son los acantilados de Moher y su extensión a lo largo de 8 km por el escarpado litoral del condado de Clare, con fantásticas vistas durante un paseo que a tramos alcanza los 200 m sobre el nivel del mar. Puede sorprender a quienes ansían tomar fotos en un día claro y soleado, pero los cielos habitualmente encapotados de estas latitudes son en realidad un estímulo, porque resaltan con su contraste el azul esmeraldino de las aguas.

iStock-535718779. Burren: colinas, ríos y dólmenes

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Burren: colinas, ríos y dólmenes

Hacia el interior, el paisaje se torna más agreste, con colinas de arcilla carbonífera, cuevas, ríos y lagos subterráneos. Es el territorio rocoso de Burren, una vasta meseta esculpida por formaciones de piedra caliza en las que apenas logra crecer algún árbol, aunque sí otras plantas que a partir de la primavera florecen entre las grietas del austero paisaje.

El dolmen de Poulnabrone parece tentar la suerte cuando el viento del Atlántico barre la superficie de The Burren, denominado An Boíreann en gaélico. Esta área de 350 km2 de piedra caliza tiene aspecto de desierto hasta que la vista detecta las orquídeas y los cientos de flores que crecen entre las rocas y las grietas. En cuanto a la fauna, hay zorros, martas, ardillas y la cabra feral (Capra hircus), que vive asilvestrada; además de hasta 90 especies de aves, en especial rapaces y marinas. La zona está declarada parque nacional.

shutterstock 97021661. Aran, las islas 100% irlandesas

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Aran, las islas 100% irlandesas

La misma piedra caliza conforma el pequeño archipiélago de las Aran, un trío de islas en la boca de la bahía de Galway estampadas por campos cuadriculados entre muros de piedra y la sencillez de unas casas que viven de espaldas al mar para protegerse del azote de los vientos. En estas islas, que se han labrado un renombre gracias al tejido de prendas de punto con el sello de Aran, la comunidad de apenas 800 personas habita en perfecta sintonía con una naturaleza hostil, al menos a ojos del visitante acostumbrado a muchas comodidades. El duro medio rural encarna a la vez la estampa más idílica de Irlanda, aquella por cuyos prados correteaba la pelirroja Maureen O’Hara en la inolvidable cinta El Hombre Tranquilo (1952) ante un John Wayne embelesado.

GettyImages-1223495579. Connemara: el paraíso prometido

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Connemara: el paraíso prometido

El sueño del protagonista estadounidense en retornar a la isla de sus ancestros tiene el nombre de Connemara, región en el extremo occidental del condado de Galway cuya belleza permanece impoluta desde aquel rodaje dirigido por John Ford. Lo que sí ha cambiado es el actual trasiego por su parque natural, al que se accede rumbo norte a través de un paisaje de laderas erosionadas y pantanos de esa turba todavía utilizada hoy como combustible en las chimeneas.

En los más de 20 km2 de extensión del parque se yerguen cuatro de los picos de la cadena montañosa Twelve Bens por encima de ciénagas, lagos, itinerarios de senderismo y praderas por las que campan los famosos ponis de Connemara, los de mayor tamaño en su especie. La asociación de Connemara con el alma irlandesa va más allá de ese paisaje, de las playas coralinas y bahías de sus rebordes o de pueblos tan encantadores como Leenane, Roundstone o Letterfrack. La zona es un poso de la identidad cultural irlandesa y una de las mayores Gaeltacht del país, esto es, los enclaves que todavía preservan el uso mayoritario del idioma de la isla, el gaélico irlandés.

iStock-647872124. Una abadía entre montañas

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Una abadía entre montañas

En medio de todo ese mar de naturaleza de Connemara, muchas cámaras acaban desviándose hacia una fantasía de estilo neogótico que resplandece bajo el resguardo de las laderas de los Twelve Bens. Es la abadía de Kylemore, habitada en el último siglo por una comunidad de monjas benedictinas encantadas de acoger a los curiosos en la magnífica finca que se extiende por la orilla de un lago.

shutterstock 319420982. Tras los pasos de William Butler Yeats

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Tras los pasos de William Butler Yeats

Encarar el noroeste del país significa descubrir una de las grandes fuentes de inspiración del poeta William Butler Yeats (1865-1939), quien pasó los veranos de su niñez entre los lagos y colinas de su puerta de entrada por el condado de Sligo. El objeto de una de las composiciones más célebres del Premio Nobel de Literatura, La Isla del Lago de Innisfree, sobresale en la zona bautizada con el tiempo como Yeats Country y perfilada por una veintena de islotes sobre las aguas del lago Gill, que el autor convirtió en referencia de la Irlanda más romántica. Una lápida en el cementerio de la iglesia local de Drumcliffe recuerda que aquí quiso ser enterrado uno de los grandes literatos irlandeses.

iStock-547155482. Donegal, un flechazo 'wild'

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Donegal, un flechazo 'wild'

El trecho final de la Wild Atlantic Way se ajusta como un guante a su apelativo de salvaje por la aspereza de un entorno que tiene personalidad única. La ciudad de Donegal, presidida por su restaurado castillo del siglo xv, nos abre las puertas al condado del mismo nombre y fronterizo con el territorio de Irlanda del Norte que permaneció bajo bandera británica tras la independencia de la República del sur en 1922.

Donegal es una región que ha forjado su identidad desde una posición aislada del resto del país y marcada por parajes de extremos. A primera vista podría parecer un territorio desolado por el maltrato del clima a menudo brutal, pero acaba seduciendo con su espléndida e impoluta naturaleza salpicada de pueblos remotos y auténticos.

iStock-1286337043. Slieve League, los grandes acantilados de Donegal

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Slieve League, los grandes acantilados de Donegal

Dibujan su relieve los pasos montañosos del accidentado paisaje del interior, el repertorio de lagos que suman más del centenar solo en el cabo rocoso de The Rosses o una laberíntica línea costera concatenada por península tras península. En sus ribetes del oeste, los gigantescos acantilados de Slieve League rivalizan con los más publicitados –y anteriormente citados– de Moher, a los que sin embargo casi triplican en altura y quizá también en espectacularidad. Esto último es una cuestión de percepciones, pero lo que seguro garantiza la visita a los precipicios de Slieve League es la ausencia de un turismo masivo y, por tanto, la tranquilidad de asomarse sin prisa ni agobios a las aguas turbulentas del Atlántico. La mejor hora es durante la puesta de sol, cuando el tono de la roca va tornándose progresivamente rojizo, ámbar y ocre.

shutterstock 1870629313. Y de repente, un castillo con acento italiano en Glenveagh

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Y de repente, un castillo con acento italiano en Glenveagh

Uno de los universos favoritos de los excursionistas está en el Parque Nacional de Glenveagh, con su multiplicidad de caminos a través de más de 160 km2 de montañas, ciénagas y bosques, donde no es difícil toparse con algún ciervo rojo y distinguir el vuelo de elegantes águilas de plumaje dorado. La hora del respiro llega en el epicentro del parque de la mano de las tea rooms –algo así como el lugar de la hora del tentempié o merienda– del castillo de Glenveagh y sus jardines italianos decorados con decenas de rosales.

iStock-1049029634. Un épico adiós en Horn Head

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Un épico adiós en Horn Head

En la punta más remota del condado, la península de Horn Head despliega las mejores panorámicas del norte de Donegal y una orilla desde la que se divisa en el horizonte próximo la singular Tory Island. Compensa navegar el estrecho tramo que separa este islote de la costa para conocer de primera mano a su legendario colectivo de artistas, instalados desde hace décadas en la diminuta comunidad (5 km de largo y 1 km de ancho) contra viento y marea.

Y no es solo un decir, porque los isleños han venido oponiéndose con éxito a los planes del gobierno para su desalojo hacia la tierra firme de Donegal desde que unas peligrosas tormentas en 1974 hicieron temer por su seguridad. Vinieron otras y siguieron resistiéndose. Esa actitud simboliza la querencia de los irlandeses del oeste por su hábitat en el entorno salvaje, difícil y precioso que dominan las aguas del Atlántico. Por eso, tras el regreso en barca al cuerno de Horn Head, sus pronunciados riscos aparecen en el horizonte como la mejor localización para despedirse del viaje. Y desde esa terraza natural, poder recrearse a gusto en una última mirada hacia la inmensidad del mar.

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