Akelarre en el prado

Zugarramurdi, un pueblo entre brujas, mitos y realidades

Un paseo por esta localidad del norte de Navarra famosa por su cueva y por su tergiversada conexión con la brujería.

En el valle de Xereta, al norte de Navarra, la frontera es una línea que se esconde y desaparece entre montañas, riachuelos, pastos, hayedos y robledales salpicados por castaños y pinares. Sus cuatro pueblos están unidos por lazos de vecindad, más aún, parentesco, y una lengua común, el Euskara. Son Sara y Ainhoa en el norte vascofrancés y Udax-Urdazubi y Zugarramurdi en el sur.

Cada uno de ellos y todo su entorno, cada centímetro de antiguos rincones de piel lozana y verde, son de una belleza tan suave como poco común. Y resulta conmovedor, casi inquietante, su habilidad para hacernos transitar del bucolismo más románticamente delicioso al tenebroso encantamiento de sus mitos, a la fuerza oscura que hunde su capacidad de seducción en las entrañas de lo mistérico, el drama, las sombras y la leyenda.

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Foto: Getty Images

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Toda la comarca comparte este halo de susurros entre árboles y secretos sectarios, esta herencia de escenario mágico y arcano que ha marcado su historia los últimos cuatro siglos. Pero una de las localidades destaca sobre las otras, Zugarramurdi, sorginen herria, el pueblo de las brujas. Todo tiene su origen en los hechos que acontecieron aquel terrible año del Señor de 1610. Para entenderlo, hay que hacer antes un pequeño paréntesis.

Hacedoras, que no brujas

Sorgina (léase “sorgiña”) es el nombre en Euskara para las brujas. ¿Para las brujas? Nos lo preguntamos porque es una palabra sin atribución de sexo, por lo que lo mismo vale para mujeres que para varones. Además, si atendemos a su etimología más aceptada, nace de la unión de dos términos, “sor(tu)” y “egin/a”, es decir, “surgir” y “hacer”. Traducido de manera casi literal sería la persona que hace surgir, nacer, brotar… la creadora, la hacedora. La mitología no les atribuye afán maligno y dice de ellas que son númenes sirvientes de Mari, la diosa suprema, a la que ayudan en su castigo de la mentira.

Es con el paso del tiempo y el avance del credo cristiano, cuando se materializa en ser tangible y comienza a adquirir connotaciones negativas. Poco a poco, pasa a ser sorgina la persona -sobre todo si es mujer- que con sus prácticas o creencias pueda cuestionar el orden establecido por la nueva fe, ya sea bailando o practicando la medicina popular, gozando del propio cuerpo o adorando a deidades paganas. De esta forma se trasmutan en maléficas sirvientes de la noche y en malvadas criaturas humanas cautivadas por el diablo.

El pueblo vasco, y especialmente sus aisladas tierras pirenaicas, llegan muy tarde a la cristianización. Esto favorece la pervivencia, incluso aún hoy día, de creencias animistas muy arraigadas que se sincretizan de manera más o menos natural en el acervo popular. El conflicto surge cuando frente a la supuesta amenaza, hay gentes dispuestas a creer lo inverosímil y a poner todo el celo necesario para desarraigar cualquier tradición, cualquier fe, cualquier pensamiento heterodoxo aún a costa de sangre.

Dos de las casonas que caracterizan la arquitectura de Zugarramurdi. Foto: Shutterstock

Es en este contexto donde hay que entender la caza de brujas que se desató en la montaña navarra. El antecedente inmediato fue el protagonizado en 1609 por un nefasto personaje de nombre Pierre de Lancre. A la sazón magistrado en Burdeos, Lancre cerró sus fauces sobre la costa de la vecina Lapurdi. Torturó y asesinó a decenas de personas, la mayoría mujeres, acusadas de brujería, llegando a declarar al Euskara como lengua de Satanás.

La cólera de Dios no se hizo esperar en el lado peninsular de la frontera, donde se trasladó al año siguiente teniendo como foco Zugarramurdi. La Inquisición puso en marcha su mecanismo. Acusaciones entre fantasiosas y delirantes combinadas con el buen hacer del tormento, dieron como resultado el encausamiento de una cuarentena de vecinas y vecinos, que acabaron con sus huesos en un auto de fe celebrado en la ciudad de Logroño el 7 y el 8 de noviembre de 1610. A pesar de lo que es creencia común, los tribunales de la Inquisición española nunca fueron proclives a dar veracidad a las acusaciones de brujería, pero en este caso, se impusieron las tesis más ciegas e intolerantes. La mayoría de las y los reos fueron perdonados y reconciliados, pero 11 fueron quemados en la hoguera, cinco de ellos en efigie al haber muerto antes de ejecutarse la condena.

Viaje a Zugarramurdi, un paisaje mitológico

Visitar hoy Zugarramurdi y el resto de Xereta es un viaje por toda esta carga de sentimentalismo gótico. Sobre los prados cubiertos de hierba y flores se cierne la sombra de orgías con el diablo en supuestos aquelarres (akelarre, campa del macho cabrío). Sus bosques son atravesados por viejas sendas de contrabandistas como la bien señalizada Pottok bidea (Camino de la pottoka), en las que nuestra imaginación alarga su fronda como brazos de ángeles caídos. Su caserío es de una arquitectura popular que raya el primor, con espléndidas casonas como Beretxea, Etxenikea o Dolarea; palacios como el Dutaría, imprimen aires de nobleza, y su iglesia, Nuestra Señora de la Asunción, luce las galas de neoclásico. Pero aún están en pie, y bien erguidas, las casas Barrenetxea e Iriartea, donde vivieron Graciana Barrenetxea y María de Iriarte, madre e hija, reina de las bujas la primera y acólita la segunda, muertas ambas en la cárcel, quemadas en efigie y póstumamente exculpadas.

Y sobre todo ello, está la Sorginen Leizea, la Cueva de las Brujas, una enorme oquedad kárstica labrada con paciencia por las aguas del Olabidea o Infernuko Erreka (Arroyo del Infierno). Está apenas a medio km del centro indicada por una simpática bruja sobre una escoba. Se dice que era uno de los lugares preferidos para la celebración de los conciliábulos con Belcebú, y sitio había, porque en sus 120 m de longitud y 10 de altura en tres niveles, caben muchas brujas y brujos.

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Foto: Shutterstock

Lo cierto es que si alguna vez se realizaron reuniones en la cueva, seguramente no fueron sino meras celebraciones antiguas de culto a la naturaleza. Pero si el morbo insiste en hacernos creer que existieron bacanales negras de lascivo y extraviado desenfreno, en la actualidad han sido sustituidas por el zikiro jate, comida popular a base de cordero asado en vara de avellana, que cada 18 de agosto reúne a centenares vecinas, vecinos y foráneos. Y lo cierto es también que hubo inocentes que pagaron con su vida por la paranoia, el fanatismo o la incultura de mentes cerriles con poder. Para reivindicar a estas víctimas y mostrarnos la vida de aquellas gentes, la casa Induburua, antiguo hospital, fue transformada en el Museo de las Brujas, donde se cuenta la historia más allá del mero folclorismo, introduciéndonos de manera amena en los mitos y leyendas que la rodean.

Hoy, Zugarramurdi es hermosura en su paisaje y su patrimonio, y es música de dultzaina y trikitrixa con versos cantados en la vieja lengua vascona. Porque lo que Lancre y los inquisidores de Logroño no sabían es que, según se cuenta, el Diablo no sabe Euskara. De hecho, viendo que quienes habitaban estas tierras nunca iban al infierno, decidió aprenderlo para poder tentarlos. Tras 7 años intentándolo solo consiguió aprender bai, sí, y ez, no, y lo dejó por imposible. Pero, ya se sabe, es una leyenda…