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Domingo 6 de septiembre de 2020
Josan Ruiz
Josan Ruiz
Director de Viajes National Geographic

El regreso de un viaje

El fin de un viaje, o de las vacaciones, nos confronta con el mundo conocido y es una oportunidad para mejorar nuestra conexión con el entorno en que vivimos.

Mirando por un telescopio podemos tener la sensación de asomarnos al universo, como concluía hace dos semanas la newsletter dedicada a los volcanes. Viajar es otra forma de hacerlo. En este caso el universo es una porción del planeta Tierra que hemos elegido por alguna razón. Más que asomarse, el viajero busca explorar, conocer o disfrutar de ese territorio hasta donde sea capaz.

En el mosaico de lugares y vivencias que integran un viaje cualquier momento puede resultar evocador o perfecto en sí mismo. A veces logramos capturarlo en una imagen o ponerlo en palabras –requisito para compartirlo– pero esa tarea implica tomar partido. ¿Estamos detrás del visor, como espectadores, o delante, formando parte de la escena, donde acontece la acción? La prioridad es vivir y luego, si acaso, pasar historias o conclusiones a limpio. La experiencia muestra de todos modos que en un viaje se puede vivir muy a fondo, incluso aprender a hacerlo mejor.

Quien viaja suele depender de manos ajenas para moverse, dormir o alimentarse. Esa lección va calando y permite apreciar, como en un didáctico juego de espejos, el valor de sostener y apoyar a quienes nos rodean en la medida de nuestras luces. O de poner atención y amor en cada instante, pues los granos del reloj de arena personal no se detienen.

El confinamiento ha limitado nuestra movilidad y ha cambiado hábitos y prioridades, empezando por la salud, que se ha puesto en primer plano para el conjunto de la sociedad, no solo para los enfermos. Las relaciones domésticas han sido bastante más estrechas que en un viaje, con las distracciones del exterior totalmente suprimidas en primavera (restaurantes, espectáculos, excursiones, deportes…) y toleradas parcialmente en verano.

Cada uno ha tenido que lidiar con sus propios estados de ánimo, comprobando cómo el bienestar o malestar de una persona repercute directamente en su entorno, y también hasta qué punto necesitamos a la comunidad de la que formamos parte. Empieza septiembre y numerosas parejas llevan casi seis meses de intensa convivencia, en vez de esas habituales dos o tres semanas de vacaciones que tantos divorcios desencadenaban. Tal hazaña haría sonreír a nuestros abuelos. Y me recuerda las palabras de un psicólogo canadiense, a finales del siglo pasado: “Imagina cómo me necesitarías si tuvieras que pasarte el invierno en una cabaña en la nieve con tu esposa y tu suegra como únicos interlocutores”. 

Este agosto he realizado breves salidas a la playa o la montaña, con una plataforma articulada de madera que permitía dormir sobre los asientos abatidos del coche y disfrutar de ciertos parajes al amanecer, casi a solas; todo ello combinado con algún hotel puntual. Llevaba desde 2005 partiendo siempre por aire o mar de vacaciones y no he echado de menos los aeropuertos.

Veranear en un entorno cercano me ha permitido comprender hasta qué punto la motivación de un viaje y el deleite que inducen dependen esencialmente de uno mismo. Avanzar por una cresta del Pirineo expandía tanto el espíritu como hacerlo por las cumbres de Hokkaido, en Japón. Los fondos marinos al norte del Cabo de Creus nos resultaban tan fascinantes como los de la península de Mani, en el Peloponeso. Y qué placer reponer fuerzas por la noche en esos y otros lugares gracias a la cocina y la amabilidad local.

Hay una forma personal de viajar que se repite al margen del destino y que evoluciona con el tiempo, del mismo modo que cada hogar constituye un espacio o incluso un templo particular. Cualquier territorio atesora enclaves excepcionales para asomarse al espectáculo de la naturaleza o al universo, si bien, como descubrimos esta primavera, puede bastar el canto de un pájaro, la lluvia o un paseo por el bosque para sumergirse en él. 

"No cesaremos de explorar 

y al final de nuestra exploración 

llegaremos al punto de partida 

y conoceremos el lugar por primera vez",

dice un famoso poema de T.S. Eliot. El regreso nunca tuvo buena prensa en los ambientes viajeros, y se puede entender: la libertad y el carrusel de experiencias han concluido, la rutina recupera su lugar. Antes se hablaba del “mal rollo” de la vuelta, últimamente, de “síndrome postvacacional”. Sin embargo el retorno es sobre todo una oportunidad para contemplar el mundo conocido con ojos nuevos, algo a lo que este 2020 no deja de incitarnos.

Y esa mirada no tiene precio. Si lo hacemos con curiosidad, manteniendo viva la llama del viaje en este antiguo territorio, apreciando desde el cielo a los rostros de las personas, es posible que el pueblo o el barrio nos parezcan distintos, que el trabajo sea una forma de ofrecerle algo al mundo, que experimentemos una extraña gratitud. Una novela o un concierto, quizás la propia vida, por lejos o adentro que nos lleven, adquieren su pleno sentido cuando concluyen. ¿Sucede lo mismo con un viaje?

 

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