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Domingo 20 de septiembre de 2020
Josan Ruiz
Josan Ruiz
Director de Viajes National Geographic

La rosa de los vientos

Este símbolo que plasma el círculo del horizonte viene a ser como un mandala para navegantes y viajeros. Muestra tanto los destinos posibles como los vientos que van y vienen entre ellos.

Contemplar el vuelo de las aves es un modo de aproximarse a la naturaleza del viento. Los pájaros se elevan y descienden trazando círculos o espirales, surcan el cielo en línea recta y de repente cambian de dirección. Los vemos inmóviles en un lugar e instantes después aparecen en otro, como si los hubiese proyectado el poder del pensamiento. Las aves encarnan la fluidez y la libertad. Son capaces de desenvolverse en el cielo y en la tierra, incluso bajo el agua. Si algo merma sus facultades es la inmovilidad. Por eso la imagen de una jaula vacía y abierta le devuelve a la vida parte de su orden intrínseco y es capaz de emocionarnos.

El viento también parece libre, pero en la práctica es un trabajador que rara vez descansa. A las moléculas de aire las impulsa un sueño imposible: equilibrar la presión y la temperatura en la esfera gaseosa que envuelve al planeta. Las desigualdades entre las zonas polares y los trópicos, entre la cara norte de una montaña y la sur, entre la tierra y el mar o entre el día y la noche convierten esa aspiración en una quimera. Mas al viento no parece importarle y hace cuanto puede atenuar las diferencias.

La vida sin viento cuesta de imaginar. ¿Qué pasaría si al ventilar una habitación no circulase el menor hálito de aire? ¿Quién impulsaría las olas y la arena, otorgando su dinamismo a los océanos y a las dunas? ¿Quién barrería la contaminación de las ciudades, la humedad que se acumula en los invernaderos o el polvo que ensombrece la pureza del cielo?

El viento tiene poder sobre el agua. Él genera la lluvia, cuando el aire se eleva y se enfría hasta precipitar su carga líquida. Y también establece los desiertos, cuando el aire seco de las alturas desciende permanentemente hacia la tierra como en una chimenea invertida. El viento disipa la niebla o la deshilacha en jirones. Dinamiza las nubes y se encarama por las laderas de las montañas, tejiendo visillos de agua que se condensan en las yemas de los árboles.

Si los paraísos pueden equipararse a estados de ánimo, una respiración pausada o un viento suave son un requisito para saborearlos. Pero en ocasiones sucede lo contrario. Un viento intenso destroza los cultivos, desgaja los árboles, levanta los tejados y, aliado con el agua, puede destruir una ciudad como Nueva Orleans. Los vientos alteran a las personas. En el norte de los Alpes, el foehn procedente del sur desencadena migrañas y repercute en el ánimo, como sabe buena parte de la población y narra Thomas Mann en La montaña mágica. En el nordeste de Cataluña, la tramontana es “el viento que vuelve loco”. En Sicilia, el siroco venido del Sáhara sopla como un secador de pelo sobre toda la isla y provoca irritabilidad, ansiedad o cuadros depresivos.

 

 

Muchos paisajes muestran los efectos del viento. Su perseverancia pule las aristas de las rocas e incluso talla arcos en la piedra, sobre todo si va cargado de arena. En la tundra helada, puede cortar la hierba como si fuera una guadaña. Cuando sopla con fuerza en la misma dirección, inclina las plantas, reduce su altura y estimula el brío de las raíces. Los campesinos conocen la importancia de moderar el impacto del viento. Algunos paisajes agrícolas modélicos presentan un entramado de setos de piedra tapizados a menudo de vegetación. En esa red de cubículos, las plantas prosperan mejor al abrigo del aire y la fauna encuentra refugio.

En El Hierro merece la pena visitar el Sabinar, próximo a la ermita de la Virgen de los Reyes, patrona de la isla. Los vientos alisios actúan en esa dehesa como un escultor, torneando y curvando los troncos centenarios de las sabinas. La mayor del conjunto parece evocar la estatua de la Victoria de Samotracia, con sus alas y ropas afrontando el embate de la tempestad.

Para el navegante, el viento es la fuerza impulsora cuando se avanza a vela y la que determina las condiciones del mar. En La Odisea, Eolo le regala a Ulises un odre que contiene todos los vientos, pero sus hombres, creyendo que se trata de un tesoro que no quiere compartir, abren la vasija y la nave está a punto de zozobrar.

Si los viajeros y los marinos tuvieran que elegir un emblema, es probable optasen por la rosa de los vientos. Esa especie de mandala muestra el círculo del horizonte dividido en 32 direcciones. El primer nivel lo forma la cruz de los puntos cardinales. Girada 45 grados viene otra más pequeña que señala el nordeste, sudeste, sudoeste y noroeste. Ocho flechas más subdividen esa estrella de ocho brazos. La completa un cuarto y último nivel con 16 direcciones más.

 

 

Ante esa rosa de los vientos, con 32 “pétalos” ordenados en cuatro grupos, un amigo me recordaba hace poco la importancia relativa de quien la mira: “Siempre estamos en el centro de la estrella de los vientos”. El símbolo viajero alcanza así una dimensión casi existencial, pues nos hace ser conscientes de las direcciones en el espacio, pero también del eje vertical o de la persona en torno a la cual estas giran. Los indios norteamericanos supieron integrar esos aspectos en el ritual de la pipa de la paz. En él, el anfitrión envía la primera bocanada de humo al cielo, las siguientes a cada punto cardinal y la sexta a la tierra. La caña del calumet que hace posible esa conexión se equipara a la columna vertebral.

La rosa de los vientos determina los rumbos posibles pero también nos habla de los territorios hacia los que apuntan sus flechas. Pues es un hecho que el viento se impregna de los lugares de donde viene y traslada esas cualidades (temperatura, humedad, polvo, polen…) hacia aquellos a donde va. A su manera, el viento trae noticias de lo que hay o sucede allende el horizonte.

 

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A veces desearíamos que cesase el viento, pero otras nos agobia la calma chicha. Más útil sería aprender de él. De su fluidez, de su facilidad para trasladarse y cambiar y, sobre todo, de lo que lo hace poderoso: su acción incesante, aliada con el tiempo. Un viento suave y regular puede penetrar en las cosas y modelarlas, igual que el pensamiento y la voluntad ayudan a orientar los pasos y mantener la dirección elegida.

La revista que salió el viernes 18 de septiembre a los kioscos tiene Fuerteventura como tema destacado en portada, concretamente la Playa del Viejo Rey, una de las más salvajes y vírgenes de la costa noroeste. Un gran reportaje escrito por José Luis de Juan presenta esa isla ventilada por los alisios, tan querida por los amantes del surf, el windsurf y el kitesurf, y que cuenta con las dunas más fabulosas de Europa. Otros artículos dedicados a zonas menos ventosas pero igualmente sugestivas (Extremadura, Valencia y su provincia, Copenhague, la región italiana de Las Marcas y Malasia), más escapadas a Asturias y el Alentejo, completan ese número.

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