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Domingo 20 de diciembre de 2020
Josan Ruiz
Josan Ruiz
Director de Viajes National Geographic

Conquistados por el Cervino

Un viaje de abajo a arriba por la montaña más bella de Europa, coincidiendo con la aparición del número 250 de Viajes National Geographic que incluye un gran reportaje sobre los Alpes suizos.

Si entre las 82 cumbres de los Alpes que superan los 4000 metros hubiera que elegir una que representase a la cordillera en todo el mundo, ese honor no recaería probablemente en la más elevada (Mont Blanc, 4810 m), sino en el Cervino o Matterhorn (4478 m), que comparten Suiza e Italia. El Matterhorn también inclina respetuosamente la cabeza al comparar su altura con la de algunos ilustres vecinos (Monte Rosa, Weisshorn, Lyskamm, Täschhorn, Dom), pero a la hora de atrapar las miradas no admite ni compañeros en el pódium: él es la estrella entre una corte de planetas. Con cada una de sus cuatro caras orientada a un punto cardinal, la mítica pirámide de los Alpes encarna la cumbre europea por excelencia.

El magnetismo o la fotogenia del Cervino es tanto una cuestión de volumen y armonía de proporciones como de perspectiva. En un escenario donde, con excepción del Mont Blanc, se congregan las mayores cumbres de la Unión Europea, de pronto los valles se dilatan, las crestas se alejan, y el centro de ese espacio vacío lo ocupa una montaña cuyas formas evocan las de un cristal de roca que se alza buscando el cielo.

 

 

Mi primer encuentro con el Matterhorn tuvo lugar en el verano de 1978, viajando con dos amigos del instituto. Al descender del tren en Zermatt parecía que nos habíamos trasladado al futuro en lugar de a un pueblo suizo de alta montaña. Vehículos eléctricos transportaban a los clientes de los hoteles o a sus equipajes. Las duchas del albergue juvenil permitían elegir la temperatura con una precisión de un grado. Y ningún tubo de escape turbaba el ambiente, pues, a pesar de que existía una carretera, los automóviles debían detenerse 6 km más abajo, en el aparcamiento de Täsch. Esa medida, en vigor desde 1931, había sido refrendada en las urnas en 1972 y se volvería a ratificar en 1986.

Durante nuestra primera tarde en Zermatt, con un cielo plomizo cerniéndose sobre el valle, nada permitía adivinar la presencia del Matterhorn. ¿Dónde estaría? Pero ciertos espectáculos son más solemnes una vez que se descorre el telón. La mañana siguiente amaneció esplendorosa y, como si hubiese brotado de la tierra, el Cervino se materializó ante nosotros justo donde los mapas lo ubicaban: 8 km al sur de Zermatt en línea recta y casi tres mil metros más arriba. Era imposible dejar de contemplarlo. Ascendimos a pie al gran mirador de Gornergrat (3100 m) en vez de tomar el funicular, entre torrentes, bosques de pino negro, praderas, flores, lagos y glaciares, disfrutando de parajes de ensueño rodeados de montañas imponentes (el cantón suizo del Valais concentra 42 cuatromiles de los Alpes). Una y otra vez, casi todas esas bellezas servían de pretexto o escorzo para dar profundidad a una nueva foto de la sublime pirámide.

En las décadas siguientes volví cuatro veces más, compartiendo mi entusiasmo por el lugar con los compañeros de un club ciclista –las bicicletas sí pueden usar la carretera que sale de Täsch–, las amistades o la familia. En una ocasión dormí en un pajar de las afueras del pueblo, colofón a un verano por los Alpes con mi amigo Isidoro. Y allí compré (falta de previsión, pues las tiendas de Zermatt no son económicas) y estrené la mochila en que empecé a llevar a mi hija Alicia por las montañas a partir de los ocho meses.

Cientos de kilómetros de senderos y pistas de esquí, apoyados por una red de teleféricos, envuelven Zermatt como un ovillo inextricable y multiplican el deleite de hacer ejercicio entre altos horizontes. Pero en cada visita siempre llega un momento para mirar humildemente al suelo, en el enclave a mi juicio más poderoso de Zermatt. Se trata del pequeño cementerio contiguo a la vieja iglesia. Escaladores de innumerables países, tempranamente fallecidos, yacen en él en modestas tumbas. Los piolets son sus cruces. Y en las lápidas se lee el año y la cumbre donde perdieron la vida, generalmente mientras descendían, menguados ya sus reflejos y sus fuerzas. También hay alguna estela conmemorativa.

 

 

La última vez que estuve en Zermatt, una semana santa, compartimos con los chicos una habitación cuádruple. Durante las tres noches que pasamos en ella, antes de apagar la luz, nos fuimos turnando con ellos para leer en voz alta, desde las camas, el capítulo que Georges Sonnier dedica a la conquista del Matterhorn, en su obra La montaña y el hombre. Lleva por título “Whymper, Carrel y el Cervino”, se extiende a lo largo de 40 páginas y está dividido en seis actos. Es una experiencia de la que tanto Alicia como Éric, que tenían entonces 19 y 14 años, conservan un buen recuerdo. Ojalá hubiésemos realizado lecturas parecidas en otros viajes. Pero no siempre tienes a mano una historia tan emocionante y una montaña tan extraordinaria.

El primer hombre que se obsesionó con el Cervino fue Jean-Antoine Carrel, un guía de montaña del pueblo italiano de Valtournenche, en la cara sur del pico. Carrel amaba la cumbre a cuyos pies había crecido, la única gran cima de los Alpes no escalada hasta entonces, y soñaba con ser el primero en coronarla. El siguiente fue Edward Whymper, un ilustrador londinense a quien, con solo veinte años, un editor envió a los Alpes para que le proveyese de paisajes de montaña. Era el año 1860 y Whymper recorrió de ese modo Suiza, el valle de Aosta y Saboya.

En su viaje del año siguiente, tras escalar el Mont Pelvoux, Whymper se encamina a Valtournenche para intentar subir al Cervino con el guía que todo el mundo le recomendaba: Jean-Antoine Carrel, once años mayor que él y “el más formidable escalador de rocas que he visto”, en palabras del propio Whymper. No llegan a un acuerdo y Edward parte con otro guía, teniendo que retroceder cuando este se declara incapaz de seguir ascendiendo. Entre ese año y los cuatro siguientes hubo quince tentativas de escalar el Cervino por la vertiente italiana y tres por la suiza. Carrel y Whymper protagonizarán ocho cada uno, tres de ellas conjuntamente.

 

Foto: El Cervino visto desde Italia

En julio de 1862, en uno de sus cinco intentos, todos por el lado italiano, Whymper, alcanza los 4100 m. Pero ya de regreso, resbala y cae por una pendiente nevada de unos 70 metros, dando tumbos contra las rocas y deteniéndose al borde del abismo. Le ciega la sangre que mana de sus heridas en la cabeza. Logra cortar la hemorragia con nieve, se desvanece y despierta cuando se pone el sol. Llega de noche a Breuil, revolucionando a la aldea con su terrible aspecto. Cuatro días después parte de nuevo montaña arriba, esta vez con Carrel. Pero a la mañana siguiente empieza a nevar y Jean-Antoine dice que se da la vuelta.

En 1863 Carrel y Whymper están de nuevo en la montaña. Es la séptima tentativa para cada uno de ellos, y la tercera y última que emprenderán juntos. Una gran nevada malogra sus planes; ninguno de ellos volverá a intentarlo hasta 1865.

En 1864 Whymper conoce a Michel Croz, un guía saboyano excepcional, uno de los mejores montañeros de su tiempo, capaz de superar los pasos más expuestos, incluso en cimas que no conoce. Junto a él realizará algunas primeras ascensiones en Chamonix (Barre des Écrins, Aiguille Verte…) y abrirá varios collados de la actual "Alta Ruta Chamonix-Zermatt”.

El 14 de julio de 1865 es una fecha muy bien conocida en la historia del alpinismo. Carrel y un sólido equipo han partido desde Valtournenche para escalar el Cervino. Whymper, al que solo le vale llegar el primero a la cumbre, no puede demorarse. Se une a Lord Francis Douglas, quien con dos guías de Zermatt, los Taugwalder padre e hijo, acaba de escalar el Ober Gabelhorn y ha observado que la arista Hörnli del Matterhorn no es tan inclinada como parece vista desde abajo. En Zermatt se halla precisamente el reverendo Charles Hudson, otro gran escalador, que ha contratado a Michel Croz. Acuerdan partir los seis juntos, pero Hudson impone como condición que le acompañe Hadow, un joven sin experiencia en escalada con quien ha ascendido al Mont Blanc cinco días antes.

 

 

La arista Hörnli, la que da a Zermatt, viene a ser una escalera muy empinada que se eleva 1300 m hasta la cumbre del Cervino. La forman rocas de gneis, bastante más sueltas que las del lado italiano. Hudson y Whymper se turnan en cabeza. Casi a las 10 de la mañana, en el segundo descanso, han alcanzado los 4270 m. Todo está siendo más fácil de lo previsto. Pero llega un momento en que no pueden seguir progresando por la arista. Deben contornearla por la cara norte de la montaña, entre rocas nevadas que se asoman al gran abismo. Croz se pone en cabeza. “Ahora va a ser muy diferente”, anuncia. El reverendo Hudson, con una gran técnica, rehúsa siempre la cuerda y la mano tendida, no así Whymper. El principiante Hadow necesita asistencia continua. Pero superan el obstáculo. Solo les queda una corta pendiente de nieve.

Whymper y Croz se desencordan y corren. Llegan juntos arriba. La nieve está virgen. Recorren la zona superior de la cumbre, que no es realmente puntiaguda sino una delgada cresta más bien llana. Se asoman por el otro extremo. Ven la cordada italiana progresando a menos de 200 metros. Gritan, no les oyen, hacen rodar piedras montaña abajo… Al verles, el grupo de Carrel se retira.

 

 

Permanecen una hora en la cumbre. Croz abre el descenso, guiando literalmente los pies y las manos de Hadow, cada vez más superado por el esfuerzo y la tensión, hacia los puntos de apoyo adecuados. En un momento en que se vuelve para descender uno o dos pasos, Hadow resbala, cae sobre Croz y lo derriba. El brusco tirón de la cuerda, que no estaba tensa en ese instante, arranca a Hudson y Douglas de sus presas. Los Taugwalder bloquean la cuerda, enrollándola en un saliente rocoso a fin de intentar detener la caída. Pero la soga se rompe. Cuatro personas se precipitan hacia el glaciar del Cervino desde 1200 m de altura.

Durante media hora los supervivientes permanecen paralizados por el horror. Los Taugwalder tiemblan y lloran –la mala fama persigue a ese apellido en el valle incluso a día de hoy–. Whymper observa que la cuerda rota, de su propiedad, era la más débil y menos fiable de las tres disponibles. No debería haberla utilizado.

 

 

De la gloria a la tragedia a veces solo hay un paso. La conquista del Cervino podría equipararse a un episodio de la mitología griega. Edward Whymper, que había consagrado sus empeños a esa gesta, verá su nombre unido para siempre a la montaña pero la amargura ya apenas le abandonará.

Cuando los tres apesadumbrados héroes alcanzan la base de la pirámide, por fin fuera de peligro, les aguarda una visión casi sobrenatural. Pálido, incoloro, silencioso, un inmenso arco se proyecta en el cielo, elevándose a gran altura por encima del Lyskamm, a la derecha del Monte Rosa. Sus extremos se difuminan entre las nubes. Al cabo de un rato, surge una gran cruz en cada lado. Los tres supervivientes contemplan el conjunto estupefactos. Whymper dibujará el fenómeno tal como lo vio, constatando que sus movimientos no influían en la escena. Podría tratarse del llamado espectro de Brocken, un fenómeno óptico que se da muy raras veces, aunque no exactamente de esa forma. Vivaquean unas horas en una grieta a 3900 m y en cuanto amanece descienden a Zermatt.

 

 

Carrel corona su amado Cervino tres días después, justo cuando los cuerpos de los fallecidos recibían sepultura en Zermatt, excepto el de Lord Francis Douglas, desaparecido en la montaña. El guía italiano ascendería a la cumbre 52 veces más, y en sus laderas falleció en 1890, exhausto, tras salvar de un temporal que se prolongó varios días a su último cliente.

Whymper falleció en Chamonix en 1911. En su obra Escaladas en los Alpes muestra siempre un tono preciso y contenido, pero su último párrafo es todo un testamento literario y vital:

“Un último y triste recuerdo me ronda y a veces se interpone, cual flotante bruma, privándome del sol y helando las memorias de los tiempos felices. Hay alegrías demasiado grandes para ser descritas con palabras, y hay dolores sobre los que no me atrevo a extenderme. Y, con estos en la mente, digo: escalad, si queréis, pero recordar que la fuerza y el valor no son nada sin la prudencia, y considerad que una negligencia momentánea puede destruir la felicidad de toda una vida; no hagáis nada con prisa, mirad bien todo paso y pensad desde el principio que cada momento puede ser el fin.”

Después de aquella lectura, entre nuestras actividades en Zermatt con Alicia y Éric no podía faltar la visita al Museo del Matterhorn, junto a la iglesia y el cementerio de los escaladores, cuyas salas subterráneas guarnece una pirámide de cristal. Allí se exhibe el equipamiento de los primeros alpinistas, sus sencillas botas claveteadas y también la soga que precipitó la tragedia de la primera ascensión. Es una fina cuerda de fibra vegetal, apenas más gruesa que un lápiz, con un extremo desgarrado.

Disfrutar de Zermatt en familia es un lujo y aquel año quise rizar el rizo. Fernando, mi primo suizo, que trabaja como cirujano en Lucerna y con quien he compartido grandes viajes, estaba al corriente de mis intenciones y me había asesorado para realizarlas. De modo que en una de aquellas mañanas tenía reservada una gran sorpresa para la familia. Tocaba desayunar sin demoras puesto que había acordado una cita. El misterio se resolvió al llegar al aeródromo de Zermatt, donde nos aguardaba un helicóptero para gozar de aquella inmensa colección de cumbres a vista de pájaro.

 

 

El piloto nos brindó un tour inolvidable. Como en aquella primera subida caminando a Gornergrat, yo no dejaba de tomar fotos, asintiendo ante los gestos y los nombres de picos que mencionaba nuestro guía aéreo. Y por fin, al cabo de una media hora, llegó el momento más anhelado: el vuelo sobre la vertical del Cervino, a la distancia preceptiva. Bajo nosotros se distinguía claramente la blanca cresta por la que avanzaron Whymper y Croz buscando huellas de los italianos. Sí, una montaña fabulosa. Quise fotografiarla desde allí arriba, pero el visor estaba completamente empañado por las lágrimas. Así que dejé la cámara y viví el irrepetible momento.

El nº 250 de Viajes NG, ya en los kioscos, incluye un amplio artículo sobre los Alpes suizos. Su autor, David Mengual, que escribió también los reportajes de los Alpes y los Pirineos franceses de 2019 (números 231 y 236), ha escalado casi todos los 42 cuatromiles del cantón del Valais, incluido, por supuesto, el Matterhorn. Conoce pues a fondo las maravillas y los retos de ese destino y comparte su amor por ellos. 

 

 

 

 

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