Artesanía con sabor

Donézar, la última confitería-cerería de España resiste en Pamplona

Este tipo de negocio proliferaba hasta finales del siglo XIX, llegando a tener su propio gremio de artesanos.

En la famosa calle Zapatería del casco antiguo de Pamplona, en el número 47, un pequeño escaparate y dos puertas guardan la fachada de un oficio de más de un siglo y medio de historia que conserva su último bastión tras de sí. Se trata de la Confitería-Cerería Donézar, un negocio que fundó Carlos Ochoa en 1853 en una época en la que, para ser cerero y confitero, se debía de realizar y aprobar un curso específico organizado por el Gremio de Cereros y Confiteros.

Confitería Cerería Donézar

Confitería Cerería Donézar

dONEZAR

Seis generaciones han estado al frente de este negocio desde entonces, dos de la familia Ochoa y cuatro de la Donézar, al adquirir Justo Donézar, en 1904, el obrador. Tras de él, su hijo, su nieto, y ahora su bisnieto, los tres de nombre Joaquín, han seguido dando vida a este establecimiento emblemático. Joaquín Donézar Polo es el actual dueño desde 2006, y desde pequeño creció en el segundo piso, donde actualmente tiene el taller de cerería.

Cuando el padre de Joaquín comenzó en el oficio, había un total de dieciocho cereros solo en Pamplona. Ahora solo queda él con un legado de seis generaciones. Este tipo de negocios, que aúnan confitería y cerería, se explican por el nexo que une a ambos: las abejas, puesto que de ellas se aprovechaba tanto la miel como la cera para hacer dulces y velas, lo que explica la gran proliferación de este tipo de locales.

Cuatro personas trabajan con él en la tienda, tres dependientas y un ayudante en el obrador, donde él mismo se encarga de hacer mermeladas con sus propias frutas, moler almendras, hacer turrones, chocolates, garrapiñar frutos secos, hacer mazapanes, pastas, membrillo, bolaos, guirlaches, piporropiles y otras elaboraciones artesanales que le enseñó a hacer su propio padre.

Confitería cerería Donézar
Confitería y Cerería Donézar

Las velas, que fabrica en el piso superior, tienen un proceso artesanal largo, sin apenas maquinaria y de mucha paciencia y sabiduría, que Joaquín ha sabido mantener estos años. La cera, lejos de dejar de trabajarse, se ha seguido vendiendo, y muy bien. Velas y cirios para la Iglesia, cofradías, particulares e incluso para la industria del cine. De colores, aromatizadas, grandes, pequeñas, rizadas… se pueden encontrar de toda clase. Un local que, quien sabe, ojalá dure muchos años más iluminando y endulzando la vida de los pamplonicas y de quienes les visiten.