Coupage de cascajo y cierzo

El improbable vino de Los Monegros que embotella el desierto

Fernando Mir reinventa la tierra del olivar familiar para extraer del suelo estepario vinos con nombre y calidad propia.

Para llegar a las viñas del desierto es preciso sumergirse, abandonar la tierra llana por la que discurre la Nacional II de Barcelona a Zaragoza y virar en dirección a la sierra de Alcubierre. Desde aquí Los Monegros se dividen, norte y sur, y los estratos de calizas y areniscas reptan sobre el paisaje salteando pinos, tomillos y alguna carrasca. Sin abandonar  la ladera norte, el terreno se ondula con ligereza simulando dunas y, tras ellas, unas manchas verdes. “Esta zona me enamoraba y era donde antiguamente se situaban todas las viñas de Lanaja. Así que aquí es donde tenía que estar la simiente del proyecto”, cuenta Fernando Mir, responsable de El Vino del Desierto. En este lugar estaba situado el antiguo olivar que perteneció a su familia, una tierra muy propicia para este plan de vida que se consolida tras diez años de trayectoria. 

 

 
Monegros

Foto: Istock

Monegros

El lugar de siempre

A pocos kilómetros de Lanaja y del trazado por el que discurre el Canal de Monegros, el paisaje se ha transformado como consecuencia del regadío que trajo consigo nuevos cultivos. La mecanización y el agua arrinconaron los campos de vides hasta hacerlos desaparecer, apostando así por otras formas agrícolas donde el trabajo físico fuese menos duro. Sin embargo, la Sardiruela era la ubicación ideal para el proyecto de Fernando: “A nivel técnico es una tierra de saso, una tierra pedregosa que aquí se llama de cascajo, muy profunda y que drena muy bien el agua. Es perfecta para los cultivos leñosos”. Las uvas del desierto ni se riegan ni se pueden regar, por muy cercana que quede el agua.

Después de acabar sus estudios en empresariales, Mir trabajó durante tres años en una pequeña bodega que le sirvió para descubrir que el marketing y el vino serían el maridaje perfecto para su futuro. Después, completó su formación con un Master de Viticultura en Logroño y una ciclo formativo de Grado Superior en vitivinicultura en Cariñena: “Quería triunfar en el mundo rural tanto personal como profesionalmente. Así que pensé en dedicarme a la agricultura en Monegros poniendo en valor un producto de la tierra”. Su empeño acabó desarrollado en un sólido proyecto que abarcó la compra de tierras, la plantación de nuevas vides, adquisición de maquinaria y, por supuesto, la construcción de una bodega que abrió sus puertas en junio de 2011.

Bodega El Vino Del Desierto

Filosofía: vinos con garra

Frente a las vides de donde se extrae El Vino del Desierto, hay unas plantas chatas y rastreras que se agarran con fuerza a un suelo de piedra y polvo. Estas cepas en vaso benefician el proceso artesanal de elaboración del vino y también son clave para sacarle partido al terreno. “Al estar la vid más cerca del suelo, la savia de la planta trabaja menos. Eso hace que la planta sufra menos estrés y pueda llegar a todos sus racimos. Además también la planta está más protegida de las situaciones extremas climatológicamente que tenemos en Monegros: cierzo, sequías u olas de calor“.

Garnacha tinta y blanca, Mazuela, Syrah, Alcañón y Macabeo son los nombres de las uvas que cultiva: “Variedades autóctonas que soportan el viento. Parece una tontería pero en plena primavera cuando ya están los pámpanos saliendo, la garnacha aguanta perfectamente mientras que la Syrah acaba tumbada la mayoría de las veces, cuando no acaba rompiéndose.” Fernando apuesta por las especies originarias que aportan al vino su carácter monegrino y que presumen de resistir a los envites climatológicos. Pero, además, saca ventaja ya que cuando llega el verano, la época más propicia para la aparición de plagas debido al exceso de humedad, el calor y el cierzo se convierten en dos grandes aliados para evitarlas. Y son esas mismas condiciones climatológicas que arrastran las capitanas de un lado a otro los días de más viento y que avergüenzan a la tierra agrietada cuando el sol es extremo, las que garantizan la calidad y la salubridad de la uva porque cuanto más respetuoso eres con el entorno mejor producto va a extraer de él.

El Vino del Desierto Otoño

Carretera y monte

Siete hectáreas de tierra y dieciocho mil cepas que se transforman en diez mil botellas. En el mundo del vino esta es una producción muy pequeña, pero también la clave para que este no sea un vino como otro cualquiera: “En Monegros somos los únicos, haberme ido al Somontano me hubiera hecho ser uno más”.

Mir está presente en todas y cada una de las tareas que se precisan para convertir las garnachas de Los Monegros en una experiencia enológica. Tiene muy claro que el trabajo no acaba con la poda o la vendimia y su orientación al cliente vertebra toda su labor anual. Este joven emprendedor compagina las rutas de venta semanales con el cuidado de las viñas o las labores de embotellado. Por sus manos pasan todas y cada una de las cepas en época de poda, y después, durante la época estival, cada uno de los racimos que maduran bajo el sol de la estepa. Trabajar la tierra para sentirla viva: “En plena primavera está lleno de abejas, las oyes trabajar polinizando, ves bichetes y lombrices. Ahí hay vida, son suelos con vida, no son suelos muertos.”

Abonar con sarmientos de la poda, seguir las fases lunares, el sol y el cierzo sobre el fondo ocre de Los Monegros, así crece la bodega de El Vino del Desierto. Los sábados por la mañana llegan apasionados de la enología que buscan una experiencia única. Un bouquet hecho del aroma de los sisallos y la tierra seca que se traduce en un resultado de autor. Una magia de alquimista que Fernando Mir ha recuperado respetando la tradición, los elementos climatológicos y con la pasión de quien logra extraer de esta tierra hermosa, dura y salvaje un vino con alma.

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