Entre copas

Estas bodegas demuestran que Navarra es lo más

Si hay una región enoturísticamente infravalorada, esa es el Reyno.

No hay nada más viejuno que asociar Navarra y sus vinos a los grandes latifundios que antaño surtían de tempranillo y otras variedades a La Rioja. En los últimos años, enólogos y propiertarios han dado un paso adelante para dejar atrás la mala fama y perfeccionarlo todo. Ahí están, sin ir más lejos, esos rosados que, por calidad, deberían de estar en todos los Beach Clubs de la costa o esos tintos que se benefician de esa complejidad orográfica que tiene esta tierra. Pero, más allá del valor de estas referencias emergentes, existe una forma de descubrir este nuevo espíritu que caracteriza esta Comunidad Foral: yendo de bodega en bodega. 

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Foto: Daniel Fernández

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Pago de Cirsus

Llegando desde el sur, Navarra comienza antes de que el Moncayo se pierda en la lejanía. Esta especie de Monte Fuji español es tan solitario que apenas ejerce de frontera ni es capaz de peinar el viento del Cierzo. Pero siempre está ahí, y es un icono. No obstante, cuando el horizonte deja de estar bajo su influencia asoma una torre un tanto anacrónica pero que sirve de faro. Bajo sus almenas, construidas hace unas décadas, se parapeta un hotel de habitaciones amplias, cómodas y con vistas y, sobre todo, una bodega: Pago de Cirsus. Para recordar la importancia del vino en esta finca están las viñas, que alfombran la loma hasta este complejo, las barricas, que adornan las comidas en su fantástico restaurante y, sobre todo, las botellas, donde se esconde el secreto de todo: unos vinos limpios, modernos y honestos. Y lo mejor de todo es que se pueden disfrutar paseando entre cepas, degustando sus diferentes menús o catando tras una visita a la bodega. 

 

 

Montecierzo

Foto: Daniel Fernández

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Marqués de Montecierzo

Joaquín Lozano siempre quiso tener una bodega. Tras haber sido gerente de varias, decidió atreverse a montar una en uno de los edificios más representativos de Castejón de Sos: la antigua harinera. Y ahí reside el encanto, en un edificio ajado lleno de recuerdos y en un propietario que le pone las mismas ganas al vino que a las visitas. El resultado, uno de los mejores rosados del mundo y más de 15.000 visitantes al año, dos éxitos sin más secretos que el de la honestidad y el de las ganas de contar todas las peripecias entre viñas y barricas que le han llevado hasta aquí. 

Araiz

Foto: Daniel Fernández

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Pagos de Aráiz

Antes de que existiera Google Maps, Pagos de Aráiz parecía ser un rincón secreto. Más bien, un hallazgo en un laberinto de caminos polvorientos entre tierras de cereales que, de repente, se ven rasgadas por cipreses de porte toscano. Y mientras en la mente suena la BSO de Gladiator, el sendero se convierte en una carretera que zigzaguea hasta llegar a una gran nave y a un caserón navarro adyacente. En su interior, de repente, el arte se abre paso de muchas formas. La primera, en el logo y etiqueta de los vinos que se ofrecen en la cata. La segunda, en las 'apariciones' de obras que parecen vivir entre las diferentes salas de fermentación, como las impresionantes estatuas románicas que acompañan el pasillo principal. Y la tercera, en el interior de la mansión historicista donde se organizan los brindis más premium entre cuadros de Barceló y artesonados mudéjar. 

oCHOA

Foto: Daniel Fernández

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Bodegas Ochoa

Es, sin ninguna duda, la mejor visita vitivinícola que se puede hacer en Olite. Y sin embargo, las carismáticas hermanas Ochoa no se han querido quedar ahí. Su sentimiento de familia y su espíritu innovador se percibe en cada paso que se da recorriendo la coqueta bodega. Dentro esperan desde recuerdos familiares, hasta fotos con historia y barricas juguetonas. Su sala de catas es más bien un templo en el que, rodeados de botellas, los sorbos saben a buen hacer. Sí, puede que todo suene muy intangible, pero es que hay lugares que transcienden a la foto y al postureo. Y este es uno de ellos. 

Pago Larrainzar

Foto: Pago de Larrainzar

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Pago de Larrainzar

Son tantas las curiosidades de esta finca que decir que se trata de una bodega con vistas al Monasterio de Irache es quedarse corto. Porque sí, la visita a esta bodega permite traspasar los muros de esta antigua institución religiosa y sí, los viñedos tienen en su campanario un horizonte muy fotogénico, pero aún hay más. Sin ir más lejos, el curioso jardín vitícola que adorna el exterior y que muestras las diferentes formas de conducir el viñedo ya es toda una declaración de intenciones. Después espera el paseo, completo y agradable, por el pago anexo. Y de repente, cuando nadie se lo espera, el cultivo se espesa y aparece un pequeño bosquecillo que oculta un jardín francés que, entre el descuido, los años y la hojarasca, parece más bien un parque inglés en el corazón de navarra. 

Aroa

Foto: Daniel Fernández

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Aroa Bodegas

Cuando se deja atrás Estella y se entra en los valles que vaticinan la frontera con País Vasco aparece, sin casi venir a cuento, un edificio futurista que parece haber aterrizado por error en medio del monte. Y sin embargo, Aroa Bodegas es todo lo contrario a un Guggenheim con barricas. De hecho, su arquitectura está muy vinculada al terruño ya que sus materiales se degradan con el paso del tiempo y su orientación está inspirada en los viejos guardaviñas. Dentro espera toda una señora introducción a los vinos naturales, con experimentos sin sulfitos que son toda una sorpresa y otras referencias en las que la viña se ha condensado sin artificios ni aditivos. Y encima, en su restaurante se come muy bien. 

Sala de Barricas Bodega Otazu

Foto: Bodega Otazu

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Bodega Otazu

Decir que la sala de barricas de Otazu es la más bonita del mundo no es una hipérbole barata. Pero no lo es solo por el diseño que proyectó el arquitecto Jaime Gaztelu, quien a su vez se inspiró en las bóvedas románicas del monasterio de Leyre. Ni siquiera por la Menina de Manolo Valdés que vigila en envejecimiento de os caldos. Lo es por todo lo que sucede antes de bajar a esta catedral. Y eso es una finca por la que pasa el camino de Santiago, crecen variedades de todo tipo y aparecen edificios inesperados como la pequeña ermita de San Esteban o el palaciego señorío de Otazu. Hallazgos que se alternan con una de las colecciones de arte contemporáneo más impresionantes de nuestro país y que proponen diálogos inesperados con el universo vinícola. El Stendhal, aderezado con unos cuantos taninos, está garantizado. 

Araiz

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