Godello 'unchained'

Valdeorras, la región de Galicia vitivinícola aún por descubrir

Atravesada por el río Sil, esta comarca es una sucesión de valles surcados de viñedos, monasterios y pueblos hechos de pizarra.

“La vida aquí en los viñedos de Valdeorras es estresante, no se crea. Los suelos estos rojos y negros tan bonitos en realidad están hechos de arcilla cuando no de pizarra y granito, no es nada fácil sacar el sustento de aquí. El viento nos azota, el calor hace que la humedad se ponga imposible…, aunque nos resguarden las cumbres más altas de Galicia. Tengo unas primas en Ribera del Duero que se quejan de las temperaturas extremas, del calor como de Lawrence de Arabia en las tardes de verano, y de cómo bajan las temperaturas a niveles de Los hermanos Karamazov por las noches, pero yo creo que allí llevan mejor vida. ¿Las vistas? Bueno, las vistas serían una maravilla por abajo y por arriba, hacia el valle del Sil y a los cielos estrellados, pero nada, ni eso podemos ver porque aquí las hojas de las parras no se podan para que hagan de parapeto contra las lluvias constantes. Así que no veo más que hojas, hojas, hojas, hasta el gorro de hojas estoy”.

Godello

Godello
Foto: Pago de los Capellanes - O Luar do Sil

Una uva godello a la que pudiéramos entrevistar soltaría todo eso y más por su boca de pulpa. Y Valdeorras, el territorio de cañones que escolta al río Sil camino de Ourense, está hecho de uvas. Uvas sin vértigo que crecen hasta a 700 metros de altitud, que se asoman en picado a laderas empinadas (más altas en la margen izquierda) y bien tapadas por hojas de parra sobredimensionadas. En estos valles, la humedad la aporta el agua casi embalsada en muchos puntos. Los inviernos son fríos y el otoño y la primavera suaves, sí, pero los veranos, que a menudo registran las temperaturas más altas de España, no dan tanto respiro por las noches. La denominación de origen, tan antigua como de 1945, incluye 15 uvas, entre blancas y tintas, pero la estrella es la godello, lanzada al estrellato hace sólo un par de décadas, cuando empezó a hacerse habitual en las listas mundiales de los mejores vinos blancos.

"Una uva casi romántica"

La bodega Pago de los Capellanes puso en este territorio y esta uva sus ojos para su primer proyecto de expansión fuera de la Ribera del Duero, el blanco intenso y mineral O Luar do Sil. Estefanía Rodero, arquitecta, jefa de Desarrollo de la empresa e hija de Paco y Conchita, los propietarios, explica las paradójicas características de la zona: “Ya que íbamos a salir de Ribera del Duero, queríamos ir a donde se pudiera hacer el mejor vino. Esta es una zona única, aquí los suelos en una ladera son de pizarra y granito y en otra arcillosos, así que la planta es una superviviente. Y da una uva delicada y noble que permite elaboraciones complejas. Es una uva casi romántica y un proyecto un poco kamikaze para el bodeguero”.

O Luar Do Sil
Foto: Pago de los Capellanes - O Luar do Sil

Desde la carretera las vistas son una sucesión de viñedos, leñeras, aparcamientos, almacenes de pizarra y casas que van del chalet pseudosuizo a la mansión señorial norteña con miradores. Todo cuajado de tejados de pizarra, claro, que en La Rúa y O Barco de Valdeorras (la capital de la comarca), lo mismo cubren el campanario de la iglesia que un edificio de seis pisos.

Pero para quien no ha nacido uva y visita Valdeorras, el espectáculo está un poco más arriba, donde no hay ninguna hoja que tape las vistas a un conjunto de valles sobrecogedores, con laderas inclinadas hasta el vértigo, y a un cielo limpio y luminoso como un guateque de estrellas. Al revés: las viñas cuajadas de hojas, los suelos rojos, las cumbres altas tan fotogénicas y tan mirador, hacen que lo que más sorprenda de este destino orensano sea que no es un destino.

Solo los habituales veraneantes, algunos peregrinos y un puñado de viajeros curiosos visitan esta zona. Los romeros la cruzaban por lo que se conoce como el Camino de Invierno, el que da un rodeo a Santiago de Compostela para evitar las cumbres nevadas. A los ocasionales les viene atrayendo últimamente el prodigio de esa uva única, la godello, que junto con la mencía son las protagonistas de la denominación de origen Valdeorras. Claro que la mineral mencía de aquí es en el Bierzo donde saca pecho, mientras que la herbácea y atlántica godello es una cosa única del valle que ya lleva un par de décadas asombrando al mundo. Justo desde que la bodega A Tapada la embotellara bajo la marca Guitián.

O Luar Do Sil
Foto: Pago de los Capellanes - O Luar do Sil

El legado de los romanos

Y ese discreto éxito sorprende más cuando se descubre que ya los romanos apreciaban la zona. “¿Pero qué han hecho los romanos por nosotros?”, se pregunta la uva en su última aparición en este reportaje. Pues por ella en concreto, todo. Fueron ellos los que la plantaron y erigieron los primeros lagares, y, luego, desde la Edad Media, los monasterios los que mantuvieron y desarrollaron su cultivo. Los romanos también dejaron algunos rastros: el puente de Petín a La Rúa (en uso y cuyos pilares romanos están bajo el agua), el coqueto de Éntoma de O Barco de Valdeorras (con un arco de pizarra) y el túnel de Montefurado, un curioso ingenio de 120 metros que desviaba el curso del Sil para recolectar fácilmente el oro en sus fondos. Los romanos venían, sobre todo, buscando ese oro, las cercanas Médulas leonesas lo pueden atestiguar. Y aquí siempre ha sido así, se viene a buscar mineral, como pasó con los yacimientos de wolframio de Valborraz, indispensables para la maquinaria de guerra nazi, de los que se conserva la ciudad edificada para los trabajadores y la boca de la mina. Ahora, es la extracción de pizarra lo que facilita la economía de la zona, que por primera vez en siglos de agujeros en la tierra se plantea cuáles son las consecuencias medioambientales de la minería.

Mientras que para las minas se construían comunicaciones decentes, el resto de la zona alta, poco habitada desde que las tribus astures prerromanas bajaran a los valles, se iba convirtiendo cada vez más en un legendario lugar salvaje en el que los lobos convivían con los bandoleros. O con los maquis en la posguerra civil. El tiempo en las cumbres ha pasado de otra manera, y hay lugares de difícil acceso como el Tejedal de Casaio que tienen mucho de bosque encantado. Musgos y líquenes cubren una comunidad de 400 tejos enroscados o tumbados que surgió de forma espontánea (no fue plantada por el hombre). Está en el Macizo de Peña Trevinca, un espacio protegido de 25.000 hectáreas que incluye algunos de los picos más altos de Galicia, lagos glaciares como O Celo y la de Lagoa da Serpe y sobre todo un paisaje apenas tocado por el hombre.

Montefurado
Foto: Shutterstock

En ese entorno transcurre la vida de localidades como Rubiá, con su ruta de los castros y su encantadora parroquia de Biobra, con 65 habitantes y casi todas sus edificaciones en pizarra. O la de Pardollán, con las ruinas de la iglesia de Santo Estevo y las largas vistas del mirador de Pardosilva sobre los cañones y el río. Otro de los pueblos de las cumbres, A Veiga, demuestra su mayor cercanía al cielo que a la tierra gracias a la certificación Starlight que califica a sus miradores de O Rañadoiro y As Tablillas entre los mejores lugares del mundo para contemplar las estrellas y, a la vez, supone un compromiso para protegerlos de futuras contaminaciones lumínicas.

Cuando uno baja a los valles el punto desde el que conocer la zona es La Rúa, embellecido por el Embalse de San Martiño y el cercano mirador do Barranco Rubio, además de plagado de bodegas en sus alrededores y en su casco urbano. A 16 kilómetros de allí resiste la orgullosa portada barroca del Monasterio das Ermidas. Es uno de los templos más interesantes de la zona junto con la iglesia de San Miguel de Xagoaza, a las afueras de O Barco de Valdeorras, que se convirtió en sede de la bodega Godeval en 1988.

Valderroas
Foto: Pago de los Capellanes - O Luar do Sil

Porque aquí se viene a trasegar vino. Así que un último consejo: hay que hacer coincidir el viaje con las diferentes fiestas gastronómicas, que no siempre son en verano, como la fiesta de la empanada de costilla y del codillo de la Rúa, en diciembre y enero respectivamente. Además de las visitas a bodegas, se puede aprovechar que todo está lleno de pequeños productores con mínimas parcelas (pezas), las únicas que permite la orografía, que maduran el vino en bodegas enterradas que a menudo se excavaban en la piedra. En distintas fechas del verano e incluso en Sábado Santo, se celebran “rutas das covas” en lugares como O Castro (O Barco) Seadur (Larouco), O Val (Rubiá) y Arcos (Vilamartín). Con un tazón colgado del cuello, el visitante visita las cuevas y va probando los vinos. Junto con la correspondiente tapa, claro, que esto está lleno de curvas (y cuestas) difíciles de sobrellevar hasta para un copiloto.