Bazares, qué lugares

El apasionante mundo de los bazares

Mucho más que simples mercados, son lugares de visita imprescindible en muchos países de cultura islámica.

Los bazares son uno de los símbolos de Oriente. Sus intrincadas calles llenas de colores invitan a perderse en ellos durante horas, pero más allá de lo que ve el cliente hay un complejo tejido social. Cada bazar es un pequeño mundo en el que los comerciantes se hacen lugar poco a poco y día tras día, mientras se debaten entre la tradición y el turismo y dan continuidad a un modelo de mercado con milenios de antigüedad.

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Persia, cuna de los bazares

El término bazar proviene del pahlavi, una lengua persa: “wāzār” significa “lugar de venta”. Sus orígenes se remontan a las primeras civilizaciones de Mesopotamia, pero adquirieron una especial importancia bajo los imperios persas, que potenciaron el comercio entre el Lejano Oriente, y el mundo mediterráneo. Y fue también en Persia, especialmente a partir de finales de la Edad Media, donde el bazar adquirió una importancia especial como espacio social: no era solo un lugar de intercambio de productos, sino de ideas y de información; de este modo, se convirtió en un micromundo donde se tejían alianzas, favores, matrimonios e intrigas políticas.

 
 
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El Gran Bazar de Estambul

A partir del siglo VII, la expansión del Islam llevó el bazar a todo el mundo musulmán. El Gran Bazar de Estambul presume de ser el más antiguo del mundo que sigue en funcionamiento: nació en 1455, apenas tres años después de la conquista otomana de la ciudad. Los nombres de sus calles –calle de las alfombras, de las pieles, de las joyas…- reflejan la estructura que tuvieron los bazares durante siglos, en la que cada zona concentraba los comercios de un determinado tipo. Puesto que se trataba de espacios a menudo enormes y laberínticos (el de Estambul ocupa más de 3 hectáreas), esta organización era esencial, especialmente para los foráneos como los mercaderes que viajaban con sus caravanas.

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Bazar y zoco

En muchos países de cultura islámica –especialmente en el norte de África–, el bazar se conoce con el término árabe “souk” (zoco, en español). Aunque en esencia son muy similares, el zoco está formado por un conjunto de calles que pueden estar o no cubiertas, mientras que la característica distintiva del bazar es que se trata un lugar cerrado: la mayoría de espacios son cubiertos y las puertas de acceso se cierran cuando termina la actividad del día.

 
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Una pequeña ciudad

Aunque las tiendas ocupan la mayoría del bazar, forman parte de un entramado mayor que comprende patios, casas de té y cafeterías, entre otros espacios. En el caso de los zocos, al ser abiertos, también se encuentran mezquitas y antiguos caravasares donde los mercaderes y sus animales podían hospedarse durante la noche. Para quienes trabajan allí se trata de una pequeña ciudad en sí misma, donde pasan gran parte de su vida: su tienda se convierte en una segunda casa y en lugar de reunión de amigos y colegas vendedores.

 
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Solidaridad y rivalidades

La clave para prosperar en el bazar es tejer una buena y amplia red social, ya que cualquier amistad o enemistad puede repercutir en el negocio. Con tantas tiendas vendiendo un mismo producto, las recomendaciones cruzadas entre comerciantes son un método básico para atraer clientes. El apoyo mutuo no es solo un acto de solidaridad sino una inversión en favores, ya que aquel al que echas una mano hoy puede acudir en tu ayuda en el futuro.

 
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Una profesión de familia

Ser bazarí es algo que involucra a toda la familia. El propietario de la tienda habitualmente tiene a sus familiares trabajando o buscando posibles clientes entre los visitantes del bazar, y probablemente alguno de ellos –hijos, yernos, primos…– querrá continuar el negocio o establecer uno propio: muchos tienen una historia de varias generaciones. Aunque de cara al público son los hombres quienes se ocupan de la tienda, a menudo las mujeres trabajan en la elaboración de productos (especialmente cosméticos y ropa), ya sea en la trastienda o en casa.

 
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Recién llegados

Empezar un negocio siempre es complicado, pero los recién llegados pueden contar con la ayuda y la experiencia de los veteranos. También aquí entra en juego la inversión en favores: si alguien dispone de un espacio al que no da uso, se lo puede alquilar por un bajo precio al que empieza o incluso suspender el pago hasta que este pueda pagárselo; a cambio, él será un apoyo para el bazarí veterano en su vejez. Ayudar a los nuevos llegados ayuda a granjearse respeto en un mundo en el que la reputación es tan importante.

 
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Regateo y socialización

El bazar no es un lugar para ir a comprar con prisas: una buena visita implica mezclarse en el ambiente del lugar. Charlar con los comerciantes –idealmente, compartiendo una taza de té– permite abrir una pequeña ventana a su mundo. Tampoco en el momento de comprar las prisas son bienvenidas, ya que el regateo forma parte del ritual. Esto se aplica tanto a los compradores como a los intermediarios que vienen a colocar sus productos en las tiendas.

 
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¿Cambio inevitable?

Si bien los bazares siempre han mantenido un equilibrio entre el comercio local y el dirigido a los visitantes, el turismo moderno está cambiando la fisonomía de muchos de ellos. Una primera transformación se produjo cuando las tiendas de los mercados más famosos empezaron a focalizarse en la venta de souvenirs. Esto siguió dando salida a los productos tradicionales e incluso permitió aumentar los precios e introducir divisas extranjeras. Sin embargo, en las últimas décadas se empieza a notar en algunos bazares la sustitución de las tiendas tradicionales por negocios de electrónica y accesorios.

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El futuro de una institución milenaria

A lo largo de su historia milenaria, el bazar se ha adaptado siempre a los cambios y, lejos de perder su fuerza, ha conservado su importancia como el corazón económico y social de las ciudades de Oriente. Ser bazarí es todavía en muchos países, como en su Irán natal, un signo de estatus y una ocupación que ofrece una considerable estabilidad, y casi siempre habrá un familiar o un amigo que quiera tomar el testigo y perpetuar esta tradición comercial.

 

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