Una tradición muy sonora

Los campaneros gimnastas de Utrera

La ciudad sevillana es guardiana de la arriesgada tradición de hacer sonar las campanas de sus parroquias de forma manual.

Estaba en 1862 el hispanista Jean-Charle Davillier en Sevilla, visitando la Giralda. Se encontraba en lo alto, admirando el paisaje que forma el Guadalquivir y las altas sierras, cuando empezaron a sonar “con un espantoso estrépito” algunas de las campanas. El espectáculo le pareció tan maravilloso que quiso dejar constancia del mismo en Viaje por España (1875): “Los campaneros de Sevilla se entregaron ante nosotros a prodigiosos ejercicios gimnásticos para poner en movimiento sus campanas”, escribió. Siglos después, es fácil sentirse como él, un viajero romántico, un espectador privilegiado de las acrobacias de los campaneros. No son los de Sevilla, pero esto es Utrera y, además de cuna flamenca, estas son tierras donde las campanas han alcanzado una singular relevancia.

 
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Foto: José Alejandro Adamuz

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Campanas al atardecer

La campana más antigua de Utrera conservada está fechada en 1493 y conmemora el final de la Reconquista. El dato da un poco de vértigo: es el paso del tiempo, saber que quienes fabricaron esa campana ya hace mucho que dejaron de transitar caminos. Fue colocada en la torre de la iglesia de Santiago el Mayor, a donde se sube por una estrecha escalera de caracol que remonta vertical el espacio y el tiempo.

Según explica momentos antes de subir Jesús Quesada, presidente de la Asociación de Campaneros de Utrera, en la detallada anatomía de las campanas, el punto es el lugar donde la campana es golpeada por el badajo. Es lo que la hace sonar, lo que provoca la vibración del bronce, convirtiéndose en ese sonido estrepitoso que describió Jean-Charle Davillier. Las que ahora giran y giran como si no pesaran toneladas no suenan. Se han ensordecido para la demostración, porque no es cuestión de confundir a los utreranos con repiques y tañidos gratuitos. A pesar de ello, aunque la sensación es la de estar visionando una película con el sonido apagado, el resultado es igualmente espectacular. Tiene mucho que ver que en medio de las maniobras y de ese tira y afloja de cuerdas, el atardecer comienza a prepararse más allá de la línea del horizonte y la Vega se tiñe de dorados y terciopelos.

 
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Foto: José Alejandro Adamuz

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Los chavales de Utrera

Los campaneros de Utrera fueron convirtiendo el toque de campana manual en toda una institución con el pasar de los siglos; pero si hoy esta práctica, mezcla de deporte de riesgo y tradición, pervive es gracias al empuje que un grupo de jóvenes le dio al asunto allá por los años 70 del siglo pasado, cuando las maderas de los campanarios crujían por la falta de mantenimiento y el abandono progresivo tras la mecanización del toque de campanas en las liturgias. Hoy están constituidos como asociación desde el 16 de septiembre de 2011: “Asociación de Campaneros de Utrera”, es lo que se puede leer en las camisetas que llevan algunos de los que han subido a la torre. “Los campaneros de toda la vida éramos los chavales, los más formalitos…”, explica Jesús sin poder evitar un brillo de picardía en su mirada. Él lleva desde los 14 años en esto de hacer sonar las campanas.

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Foto: José Alejandro Adamuz

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Tres generaciones de campaneros

En la actualidad, la Asociación de Campaneros de Utrera la compone 78 personas entre hombres y mujeres, de las cuales unas 40 están en activo y hacen sonar aún hoy las campanas. Esta tarde se ha concentrado un nutrido grupo porque para mover las campanas más pesadas hacen falta hasta cuatro campaneros a la vez. Se mueven briosos, rápidos, casi como si fueran los tripulantes de un velero que saben en cada momento su posición y de qué cabo hay que tirar para que todo funcione. En medio de ese movimiento, con sensación de estar estorbando, es que los voy conociendo poco a poco. Ahí están los más jóvenes, los veinteañeros Lucía y Juanjo. También ha venido Gabriel, que tiene 15 años y Antonio, que rozando la cuarentena es algo así como el Messi de los campaneros de Utrera. Algunos de los veteranos tampoco quieren quedarse atrás y, aunque hoy no hay liturgia religiosa ni se celebra ninguna festividad, no han perdido la oportunidad de hacer volar campanas. 

 

“Siempre estaban primero los campaneros veteranos, porque para dejarte con una cuerda tenían que pasar mínimo dos años, tenías que ir viendo todo…”, explica Jesús. La formación era la propia de un aprendiz, resultado de robarle ratos al colegio, de escaparse y que no se enteraran en casa. “Te buscabas el hueco, que faltara alguien en un repique. Tenías que esperar tu turno para poder tocar una cuerda…”, prosigue antes de comentar que hoy las cosas para los más nuevos resultan algo más fáciles. Ahí está por ejemplo la Campana Alegría (o Ave María) que se usa para dar capellanes, que es el aviso que se da cuando va a comenzar una misa. Como se trata de una campana pequeña se ha convertido en la cantera de los más jóvenes. “Ahí van tentanto el toque manual -dice Joaquín- con el objetivo de que logren saltar las más grandes…”.

 
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Foto: José Alejandro Adamuz

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Maneras de voltear una campana

Durante el tiempo que el viajero comparte con los campaneros se va descubriendo parte de su jerga, como que con “echar una cuerda” se refieren a la acción de voltear una campana o cuando dicen que van a “saltarla” quieren decir que van a dejarse arrastrar por el peso de la campana para ascender hasta la misma de un salto acrobático. Es un estilo de hacer sonar las campanas, de hacer que suenen sus repiques. Hacen ahora algo de lo que se ocupaban familias enteras que vivían en un espacio muy apretado, en la única habitación de la torre de la iglesia. También cuentan que hasta 1975, en la misma habitación donde firmo un documento que excluye a la asociación de cualquier percance que me ocurra arriba por la rotura de una campana, vivió la última familia de campaneros.

José Giráldez Sousa recogió muchas de estas historias en un libro que reeditó la asociación: La singular historia de las campanas de Utrera. Tratado de repiques y tañidos. De este documento merece la pena subrayar un fragmento recopilado por su autor de José María Blanco White en el que habla de la campana de pasión de la Giralda y que sirve para explicar bien lo que se experimenta durante el crepúsculo de Utrera: “seis hombres tiran de las sogas hasta que la enorme máquina cobra suficiente impulso para volverlas a enrollar en la dirección opuesta, y así sucesivamente mientras dura el repique”. 

En medio de todo ese jaleo ensordecedor que se produce con los teñidos y repiques, los campaneros tienen el oído atento. Están entrenados, saben cómo debe sonar todo. Por eso, explica Jesús, “en el momento en el que hay un ruido extraño, te fijas, cuando hay un ruido metálico ya te pones en guardia… Hay que estar muy atento para frenar las campanas  a tiempo”.

 
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Foto: José Alejandro Adamuz

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¡Y más difícil todavía!

Lo que no aparece en el fragmento rescatado de José María Blanco White es aún más espectacular. Cuando la campana coge más velocidad, el campanero, si le apetece, aprovecha el movimiento pendular de la inercia que lleva para dejarse elevar y dar un salto de mayor o menor altura, dependiendo de la propia velocidad o del momento escogido. Hay varios tipos de saltos: la saltó hasta el poyete, la saltó hasta el palo, la saltó hasta el metal, la saltó hasta los brazos, la saltó hasta la cabeza… Y luego está el más difícil todavía: dejar la campana en balanza. “Ya no es solo saltar y poner en equilibrio la campana, es todo el manejo que hay que tener. Dominar una campana de 1300 kilos no es tarea fácil”, explica Jesús, haciendo hincapié en todas las horas que entrenan para tratar de que no ocurra ningún accidente como el del domingo de Corpus de 2004, cuando José Pérez Cela murió volteando una campana en la iglesia de Santa María de la Mesa.

La tarde de saltos con la Asociación de Campaneros de Utrera tiene lugar en la iglesia de Santiago el Mayor, haciendo voltear las campanas del lado de adentro de la torre. En los momentos señalados, el volteo, recuerda Jesús, se hace también con las campanas que dan a la calle, colgados los campaneros entre 30 y 50 metros de altura. “Más para adelante -dice- no puedes seguir andando…”. A los campaneros de la cuadrilla de Santiago el Mayor se les conoce como los Mochuelos y a los de Santa María, como los Quícalos (lechuzas). El pique que se llevan entre ellos es parte de la tradición. De hecho, presenciar un Repique Grande en Utrera cuando las campanas vuelan desde las dos parroquias es uno de esos espectáculos que, insisten una y otra vez, no hay que perderse.

La tarde se tercia, el atardecer se va dejando caer y Antonio se anima. Dice que la va a dejar en balanza. Entonces, sus brazos fibrosos se tensan. Hay tensión en su rostro, debe calcular la velocidad que lleva la campana (todos esos kilos de bronce girando locamente son como ponerse delante de un autobús) para dejarse elevar hasta arriba, dejando con su propio impulso que la campana se ponga en posición horizontal, con la cabeza sobresaliendo de la torre, deteniéndose justo un punto antes de completar su giro. Es el momento en el que Antonio aprovecha para avanzar un poco hacia el exterior y quedarse de pie encima de la cabeza, haciendo contrapeso con su propio cuerpo, apoyando sus hombros sobre el dintel de la ventana. Así colocado parece un marinero oteando desde el trinquete. Un movimiento que provoca el pánico al ser visto por cualquiera, ellos lo ejecutan con una elegancia propia de la danza. Tal vez la clave está en algo que explicó Jesús "la torre para muchos de los campaneros era un espacio de libertad, por eso íbamos". Y tal vez sea eso mismo, que ya van quedando pocos espacios así donde uno se pueda sentir libre.

 

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