Cuestionario en modo avión

Carlos Bardem: "Nada me ha impresionado tanto como la vastedad de la Antártida"

Estrena, junto a su hermano Javier Bardem, el documental Santuario, que muestra la expedición que ambos hicieron con Greenpeace al continente antártico.

Viajero incansable, que no turista, Carlos Bardem (Madrid, 1963) ha recorrido mundo. Su rasgo aventurero le ha guiado hasta los poderosos paisajes del desierto del Sáhara, los Andes o la selva del Amazonas, y también a destinos como el archipiélago noruego Svalbard, Islandia o Rusia. Pero nada parece ser comparable con el océano Antártico, cuya inmensidad ha contemplado y surcado, junto a su hermano Javier Bardem, a lomos del buque Arctic Sunrise de Greenpeace en el documental Santuario, que se estrena esta noche en #0 (Movistar+), que ambos producen y protagonizan, y que dirige Álvaro Longoria (quien ya realizó la cinta de Javier Bardem 'Hijos de las nubes, la última colonia’, premiada con un Goya). En el corazón del actor, guionista y escritor madrileño, siempre está México: su segunda casa.

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Foto: Cordon Press

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En enero de 2018, Javier y tú os embarcasteis durante ocho días en un rompehielos de Greenpeace para llegar a la Antártida. Pero ni esta expedición científica ni las gestiones ante los 25 gobiernos de la Comisión del Océano Antártico ni los tres millones de firmas recogidas a escala mundial ganaron la batalla de ocho meses que aborda el documental, y que es una: crear el mayor santuario marino de la tierra. ¿En qué punto está la lucha ahora?

En efecto, Santuario narra el viaje que inicia esa campaña por crear el mayor santuario oceánico del planeta y crear un precedente jurídico aplicable a todos los océanos, y parece terminar con una derrota. Pero se generó una conciencia, un apoyo y una energía que son el semillero de futuras e importantes victorias. Me consta que Greenpeace ha llevado ya este tema a instancias decisorias más importantes y eso ya es un triunfo.

Santuario es la historia concreta de cómo conseguir 1,8 millones de kilómetros cuadrados protegidos en el océano Antártico. ¿Habían contemplado tus ojos un paisaje tan puro y salvaje antes?

Había tenido la suerte de viajar años antes, junto con Álvaro Longoria y Alberto Ammann, en otra expedición de Greenpeace a los otros grandes hielos, al Ártico. Ya entonces me pareció un ecosistema de una belleza abrumadora, apabullante. Creí estar preparado para el océano antártico, pero diría que esta vez la impresión fue incluso mayor. La riqueza biológica, el número de avistamientos… Hay algo grandioso en el silencio omnipresente, sólido, en la increíble variedad de blancos y azules del hielo. He viajado mucho, he estado en el desierto del Sáhara, los Andes y la selva del Amazonas, pero nada me ha conmovido tanto como la vastedad blanca de la Antártida. Y esa belleza está en Santuario.

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Carlos, junto a su hermano Javier, durante la expedición a la Antártida.

Una de las partes del documental es vuestra travesía a bordo del Arctic Sunrise de Greenpeace. En ese otro viaje paralelo que va por dentro, ¿qué instante destacas de esta experiencia vital?

Yo soy un enamorado del mar, de la navegación, embarcarme ya me sume en un estado de felicidad que tiene que ver con mis lecturas, con mi amor por Joseph Conrad, Baroja o Jack London. Además, navegar en los barcos de Greenpeace es una experiencia única, siempre hay gente-marinería, oficiales y voluntarios de unas veinte nacionalidades a bordo y es una babel emocionante, enriquecedora. La gente del mar siempre es buena contando historias. Maravillosos los momentos compartidos en el comedor, hermosa la navegación por un mar bravo y singular. Admirable el trabajo de marineros y voluntarios en condiciones peligrosas y extremas. Pavoroso el día y medio de mareos y zarandeo en la litera entre la isla Rey Jorge y la entrada en el pasaje de Drake, el mar más duro del mundo junto con el estrecho de Tasmania. Enfrentar olas de entre 8 y 10 metros en un antiguo rompehielos ruso de casco muy redondo y casi sin quilla, parecido a un tazón, es toda una experiencia. No por nada las tripulaciones de Greenpeace llaman al Arctic Sunrise “la lavadora”.

La gente del mar siempre es buena contando historias.

¿Tienes alguna especie de santuario?

Mi biblioteca, cualquier buena librería y el laberinto mágico de casi todas mis primeras veces: el Parque de El Retiro.

En estos momentos de confinamiento, en tu caso, en Madrid, ¿elegirías alguna otra ciudad para contemplar desde tu ventana?

Una ciudad que amo, que conozco y que tiene las mejores vistas: Río de Janeiro con su bahía de Guanabara.

¡Viajemos un poco! Si pones rumbo al norte, ¿con qué destino te quedas?

En España, con Galicia, Asturias, Euskadi, el Pirineo oscense… ¡imposible elegir! Fuera, con Islas Svalbard e Islandia. Naturaleza brutal, de dramática belleza.

¿Y si miras al sur?

Cádiz. Para mí es uno de los lugares más bonitos del mundo: historia, gastronomía, playas perfectas, la gente… Es un viejo y fiel amor.

Cádiz

Cádiz es un "viejo y fiel amor"

Al este, ¿dónde nos llevarías?

Rusia me parece fascinante, llena de historia y contrastes. Y Praga, siempre, aunque sea difícil escapar a la sensación de parque temático su belleza merece la pena.

¿Y al oeste? ¿Algún lugar en tu corazón?

Portugal, un país vecino, hermoso, y al que sin embargo muchas veces damos la espalda como destino turístico. A mí me parece fascinante.

El rodaje de la película Perdita Durango te llevó hasta México. De esta experiencia nació después tu libro Durango Perdido: Diario de rodaje de Perdita Durango. ¿Qué vínculo mantienes con el país?

Ahí se inicio mi relación vital con México, país en el que he seguido filmando con frecuencia, tanto que he residido en Ciudad de México largas temporadas por trabajo. Para mí ya es una segunda casa y muchas de mis mejores amistades son mexicanas. México lo tiene todo, de la selva Lacandona o yucateca a los grandes desiertos que se juntan con el mar en el norte. Las joyas arquitectónicas virreinales de los pueblos mágicos o la potencia infinita y apabullante de Ciudad de México. Los sitios arqueológicos, las playas, los volcanes. La comida, deliciosa y mucho más rica y rotunda que la versión domesticada que conocemos en España. Y, por supuesto, los mexicanos.

Fobias y filias cuando viajas. ¿Tienes alguna?

Me gusta leer sobre los sitios que voy a visitar, pero leer algo más que las usuales y, cuando son buenas, útiles guías de viaje. Busco historia, aprender del pasado de ese destino para entender cómo se ha conformado lo que estoy viendo, viviendo. Y alguna obra puramente literaria que me dé también una visión emocional, una información sensorial. Tengo fobia al turismo low cost, masivo, depredador e insostenible.

Tengo fobia al turismo low cost, masivo, depredador e insostenible.

¿Eres más de carretera y manta o el viajero más previsor del mundo?

Yo empecé a viajar muy de chaval con aquel invento maravilloso del Interrail. Hacía el macuto, me subía en un tren en segunda y viajaba a la aventura, sin otro plan que llegar lo más lejos posible. Hacía de la improvisación virtud. Así me recorrí, literalmente, casi toda Europa. Aún guardo los carnets con todos los sellos, como un fetiche. Con la edad me he acomodado y ahora sí tiendo a planificar más, pero siempre intentando ser más viajero que turista. Para mí la diferencia es que el viajero está abierto a conocer, a experimentar, a relacionarse con lo que recorre, sin prejuicios y con curiosidad, con necesidad de saber. El turista suele buscar lo que ya tiene en casa, llevárselo con él adonde va. Yo tuve un bar en la playa cerca de Río de Janeiro, en Búzios, un lugar maravilloso, y aún recuerdo a una pareja que entró un día y me preguntó dónde podían comer una buena paella. Yo les dije que en Valencia. En fin.

¿Cuál es el bien más preciado que guardas en tu casa procedente de algún viaje?

¡Ah, muchos! Libros, artesanías… Pero, sobre todo, memoria de sensaciones y personas irrepetibles.

Cuando todo esto termine y la vida se restablezca, ¿cuál será tu próximo destino?

Algún lugar maravilloso dentro de España. Hay que echar una mano.

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