Alma de acero y piedra

Chillida Leku: no son esculturas, son lugares

Este espacio establece un diálogo entre la naturaleza, el paso del tiempo y la visión artística del escultor vasco

Una vez soñé que estaba en una utopía: un espacio donde mis esculturas podían descansar y la gente podía caminar entre ellas como si fuera un bosque. (Eduardo Chillida).

En la carretera que se abre paso entre los arrabales de Hernani y que conecta la autopista AP-1 y/o la A-15 con Chillida-Leku es normal que el viajero se trabe con alguna incógnita. Los instantes antes de llegar a este destino son los más apropiados para acumular preguntas sin resolver, para cuestionarse sobre la naturaleza de un espacio tan extraño: ¿Es un museo? ¿Es un prado? ¿Es un caserío? ¿Es un memorial dedicado al gran escultor vasco?

 

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Detalle del Arco de la libertad (acero corten, 1993) ante el caserío Zabalaga, siglo XVI
©Z. Leku S. Sebastián, VEGAP, 2019 Sucesión de Eduardo Chillida y Hauser & Wirth. Íñigo Santiag

Al otro lado del parabrisas, los prados se alternan con polígonos industriales, un vaivén de instantáneas que no invitan al sosiego. En una rotonda, la surrealista sede de Orona, una rosquilla que se eleva del suelo fruto de un diseño y de una arquitectura ilusionista aumenta esa sensación de extrañeza mientras las pupilas (y las expectativas) se dilatan. Pero en cuanto el coche descansa en el cómodo aparcamiento y la vista se pierde entre la clorofila y el acero corten esculpido aparecen las respuestas. O más bien, se diluyen los enigmas. El intento de encasillar este complejo es inerte y, sobre todo, innecesario. Aquí se viene a pasear y a improvisar. 

 

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EL MUSEO-NO-MUSEO

Así define a Viajes National Geographic, sentado en una de las mesas del flamante Lurra Café -el restaurante del complejo- Mikel Chillida lo que es Chillida-Leku. El nieto del artista, al que se refiere durante la charla con el término aitona (abuelo en vasco), ostenta el cargo de Director de Desarrollo de este espacio cultural pero, sobre todo, se ha convertido en la cara y la voz visible de la actual gerencia.

 

El horizonte de esta conversación no podría ser más ilustrativo. En lo alto, entre coquetos árboles, reina un portentoso caserío del que nacen varios caminos que serpentean ladera abajo y que están salpicados por varias esculturas de Eduardo Chillida. Y, lo más importante, en torno a estas creaciones juguetean familias, creando un ambiente que se escapa a la ceremoniosidad propia de las galerías techadas. “Es un lugar donde la obra, la naturaleza se fusionan, donde una no funciona sin la otra y donde hay un elemento que es fundamental, que es el ser humano. Cuando quitas al ser humano de la ecuación de Chillida-Leku esto desaparece. Hace falta para comprender su escala” añade al respecto Mikel. 

Chillida Leku
Foto: Zabalaga Leku. San Sebastián, VEGAP, 2019. Sucesión Chillida y Hauser & Wirth. Foto: Iñigo Santiago

Es tremendamente fácil constatar que esta declaración de intenciones es hoy una realidad. Y es que, pese a que en las taquillas y a lo largo del recorrido el personal del complejo puede dar alguna pista u orientar al viajero,el verdadero manual de usuario de Chillida-Leku es la improvisación. Solo hay que seguir una norma: no tener prejuicios ni barreras mentales y disfrutar de la interactuación con las esculturas. Un libre albedrío que, incluso, incita a prácticas como el mindfulness y a actividades como el yoga (maridado con un brunch posterior) que la propia institución organiza en los meses más calurosos. Y una vez eliminados los juicios previos y los enigmas solo queda perderse por las once hectáreas y seguir los designios aleatorios que provoca el diálogo con cada creación de este genial artista.

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Chillida Leku
©Zabalaga Leku. San Sebastián, VEGAP, 2019. Sucesión Chillida y Hauser & Wirth. Iñigo Santiago

EL PRADO DE LOS LUGARES

Sea cual sea la dirección que se tome, lo primero que llama la atención de estas esculturas es que obedecen al deseo primigenio del artista: crear un bosque. Su conexión con el suelo es mínima, no tienen un pedestal que las alce y solo cuentan con un pequeño pie casi imperceptible. No son deidades aupadas, son un elemento paisajístico que se yerguen como árboles, arbustos y rocas talladas en una comunión total. No en vano, Chillida, tras años de experimentación en su juventud, acabó trabajando con los materiales rudos y puros que más le conectaban con su tierra natal. Y los escuchaba, dejando que en la forja y en el taller las planchas y las piedras fuesen retorciéndose y reaccionando al yunque, haciendo de esta respuesta una parte fundamental de cada escultura. 

 

Y todo eso se aprecia cuando se pone el foco en los pliegues de creaciones como Lotura XXXII o Consejo al Espacio IV, pequeñas floraciones en mitad de un prado clorofílico. En ocasiones, la naturaleza se pone especialmente caprichosa y regala el relincho de un caballo a lo lejos o una brisa que dota de más vida todo el conjunto.

Pero quizás la obra que más conmociona y atrae del exterior del complejo es Buscando la luz I. En ella, Chillida plasma su obsesión por el arte griego y, sobre todo, por la Victoria de Samotracia que en esta ocasión se convierte en una especie de mirador hacia el cielo. Cuando el visitante se cuadra en su interior y alza la vista hacia las nubes logra, por un instante, transcender, cobijarse bajo una sensación absorbente y casi religiosa. Y siente que el artista ha logrado su ansiado objetivo de crear lugares, no esculturas; de jugar con los volúmenes para que el ser humano se haga preguntas. 

 

La ubicación de esta obra, como muchas de las que alfombran este espacio y el bosque anexo, mantienen el deseo de Chillida, que quiso que nada fuera casual dentro de este caos. De hecho, Buscando la luz I da la espalda al caserío, como si tratara de ser más un refugio que una escalera. Otra escultura, en este caso Gora Bera III, yace en un pequeño claro en el bosque donde Eduardo y su mujer Pilar Belzunce, acostumbraban a hacer yoga. Solo unos ojos-sillones de la artista Louis Bourgeois parecen romper con el paisaje diseñado por Chillida, pero ya se han integrado con el entorno y son una muestra de las intenciones de Chillida-Leku de ser un espacio de interacción con otros lenguajes y artistas.

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GM CHILLIDALEKU 405 copia

UN CASERÍO PARA UNA NUEVA ERA

Por muchas vueltas que se den al jardín, el caserío resulta inevitable. El edificio en sí podría considerarse una obra de arte. Datado en el siglo XVI, Chillida lo compra en 1982 y, junto al arquitecto Joaquín Montero lo restaura con los materiales vernáculos y lo minimiza para que la madera, las piedras y la luz cobren protagonismo. Como muestra, el colosal pilar central que, más que una columna, parece un árbol. Poco a poco se fue convirtiendo en el patio de recreo del artista, en la casa de sus obras y, también, su mejor galería ya que en los últimos lustros de su vida, Chillida-Leku fue el lugar donde recibía a los coleccionistas de todo el mundo y también donde proyectaba su obra pública. Así hasta el año 2000, cuando se convirtió en un museo como tal. 

 

El caserío que hoy se visita respeta este último uso así como la línea trazada por el propio escultor. De hecho, la intervención realizada por el arquitecto Luis Laplace es mínima, la justa para modernizar el espacio y dotarlo de las infraestructuras modernas. Y también de algo más de luz. Inaugurada en 2019, esta renovación se enmarca en el nuevo espacio de colaboración con Hauser & Wirth, la galería suiza que se ha convertido en el agente en exclusiva a nivel mundial de la obra de Chillida y que, a su vez, ha relanzado todo Chillida-Leku. 

Chillida Leku
Foto: Zabalaga Leku. San Sebastián, VEGAP, 2019. Sucesión Chillida y Hauser & Wirth. Foto: Iñigo Santiago

El recorrido por el interior de esta casona es fascinante y traza un recorrido por las obsesiones y fetiches del escultor, desde sus aromas (bocetos) para sus grandes esculturas públicas hasta sus incursiones en otros materiales. Un espacio para comprender que Chillida fue un viajero constante con sus creencias y sus raíces como único equipaje. Además, en la primera planta, hay una serie de salas reservadas para las exposiciones temporales que buscan dimensionar las influencias del artista donostiarra y hacerle dialogar con otros creadores. 

 

La última remodelación tiene un par de espacios muy interesantes e imprescindibles para redondear la visita. El primero, el Lurra Café, un restaurante comandado por el chef local Fede Pachá, uno de los grandes abanderados del slow food en el País Vasco. Su filosofía, la de no consumir productos que hayan tenido que viajar más de 200 kilómetros en una clara apuesta por la sostenibilidad que conjuga a la perfección con Chillida-Leku.

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8   Chillida y Pili en Grasse, 1985, ©Zabalaga Leku  San Sebastián, VEGAP, 2019  Sucesión de Eduardo Chillida y Hauser & Wirth  Foto Hans Spinner copia

La segunda es la sala dedicada a Pilar Belzunce, una mujer que fue mucho más que la compañera de vida de Eduardo Chillida. Fue, también, su materia gris, la persona que le ayudó a hacer realidad sus ansias artísticas y la que creyó en él cuando dejó el fútbol (llegó a debutar como portero de la Real Sociedad) por una lesión y decidió marcharse a París para completar su formación. En este pequeño pabellón no solo se profundiza en esta figura femenina, también en el proceso creativo del escultor, con imágenes sorprendentes sobre cómo moldeaba el acero en las grandes fraguas y el respeto que los herreros tenían un por hombre y un trabajo que no siempre comprendían. Y sin embargo, creían en él, una sensación muy parecida a la que experimenta cualquier visitante -sea o no sea acólito de los lenguajes contemporáneos- cuando divaga por este lugar. Bueno, mejor dicho, por todos estos lugares.