"Oh Capitán, mi Capitán"

Cómo el director de un colegio de Ciudad Real se ha convertido en uno de los 50 exploradores más inspiradores del mundo

Manuel José Carpintero recibe el reconocimiento de The Explorers Club de Nueva York por su "increíble trabajo, conocimientos y creatividad".

El profesor acaba de entrar en la clase. Algunos alumnos están por sacar sus utensilios de la mochila, el cuaderno para tomar notas, el lápiz, el boli favorito. Hay tiempo aún para una mirada fugaz por la ventana al patio. Al poco, el profesor saca de su maletín una piel de foca. Se la regalaron unos inuit en uno de sus últimos viajes. En ese instante ya no hay ningún niño ni niña distraídos, ya todos miran expectantes: esperan una historia.

 

Podría ser una escena de El club de los poetas muertos, pero es mucho mejor porque es real y ocurrió, no en un colegio elitista como el de la película, sino en un aula del Colegio Público Nuestra Señora de la Paz de Villarta de San Juan, Ciudad Real. El profesor del maletín se llama Manuel José Carpintero Manzanares y sí, confiesa durante su charla con Viajes National Geographic, habrá visto unas cuantas veces en su vida la película que hizo famoso el canto que Walt Whitman dedicó al presidente Abraham Lincoln: “Oh Capitán, mi Capitán”. Su innovadora forma de dirigirse a los alumnos y de contemplar la enseñanza le ha procurado el galardón a mejor profesor de Castilla - La Mancha 2021 y, más recientemente, ha sido reconocido como uno de los 50 exploradores más influyentes del mundo por parte del prestigioso The Explorers Club de Nueva York

 

Entre otras cosas, en The Explorers Club se dedican a buscar “exploradores que cambien el mundo y que el mundo necesita conocer”. Pero, por qué se han fijado en esta especie de John Keating de Ciudad Real que cada día laborable sale de su casa a las 8 de la mañana y recorre los 64 km que separan su casa del colegio donde lleva seis años como director y donde da clases de naturaleza y ciencias a alumnos de quinto y sexto de primaria.

 
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Foto cedida por Manuel José Carpintero

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Manuel José era tímido de pequeño. “No tenía mucha habilidad social”, dice en un momento de la conversación. Leía Tintín y novelas de aventura, no se perdía ninguno de los documentales en la 2 de TVE, tampoco la serie Al Filo de lo Imposible. Ya entonces idolatraba a Amundsen y a otros exploradores míticos y soñaba con los aventureros de la Vuelta al Mundo de Elcano. Cómo eran capaces de esas proezas, se preguntaba aquel niño. Y finalmente se convirtió en uno de ellos: fundador y presidente de la Sociedad Astronómica y Geográfica de Ciudad Real, colabora dando conferencias con National Geographic y es miembro del The Explorers Club de Nueva York, de la Sociedad Geográfica Española y está en la junta directiva de la Real Sociedad Geográfica. Y, también, se convirtió en profesor. Un profesor que decidió usar el viaje y la exploración en su proyecto educativo.

“Yo literalmente he mamado la educación en casa porque mi abuelo era maestro y mi padre era maestro. De hecho, mi abuelo estuvo en la República dando clases con el Frente Popular. Y en cambio, mi padre estuvo dando clases en la época franquista. He visto las dos vertientes y he intentado coger lo mejor de cada época, porque siempre hay algo bueno en todo”, explica a Viajes National Geographic desde su despacho en el Colegio Público Nuestra Señora de la Paz de Villarta.

Todo comenzó con veinte años en la Colombia de Pablo Escobar. Manuel José estaba en una parroquia de Ciudad Real y aprovechó la oportunidad de viajar hasta allí en un proyecto que trabajaba con niños y niñas de la calle. La misión de los Salesianos estaba en una finca en Chocó, justo en la frontera con Panamá, en el Tapón del Darién, una de las regiones más intransitables y peligrosas de América Latina. Cuando Manuel se bajó del avión que lo llevó desde España a Colombia lo recibió uno de los curas de la misión. Que sepas, dice que le dijeron, que cuando vayas a la selva hay allí cuarenta niños con paludismos y el cura también tiene paludismo y ya veremos si sobrevive. Que si se iba a morir de esa enfermedad, preguntó Manuel José. No, le dijeron, es que le quisieron robar y le pegaron un tiro. Muchos en ese momento se habrían dado la vuelta para marcharse por el mismo lugar por el que habían llegado. Pero Manuel José no lo hizo y eso le cambió la vida.

El viaje con 20 años de Manuel José a la selva colombiana fue transformador.

Foto: Istock

Ya por entonces estaba estudiando magisterio y aquella experiencia en la selva colombiana con aquellos niños le confirmó que su vocación por la enseñanza era la acertada. “Después de las once y cuarto tengo tiempo hasta las doce. Es que tengo una clase entre medias. Es lo que tenemos los maestros…”, se excusa. Manuel José no se anda con rodeos, es directo, y habla con sencillez como para asegurarse que se le entiende.

En el colegio donde es director, los niños y niñas -aunque él se refiere todo el rato a ellos como los chavales- han podido ver y escuchar las historias de exploradores, astronautas, científicas y deportivas, gente como Pedro Duque, López Alegría, Juan García Arriaza, Edurne Pasaban… Aprovecha sus testimonios para generar una visión de la educación divertida, que involucra a los alumnos, los motiva, que despierta el interés por el mundo. En cierto modo, lo que hace recuerda a algunos de los postulados pedagógicos de la Institución Libre de Enseñanza. Aquello de preferir una educación práctica formada sobre todo por viajes y excursiones o lo de la clase activa y valorar el esfuerzo y la entrega, por ejemplo.

Su primera iniciativa fue el Proyecto Educativo Pequeños Exploradores y actualmente está desarrollando su Escuela de Astronautas, un Proyecto Erasmus+ KA122. “Ahora hemos vuelto de Noruega con un grupo de alumnos que conseguí llevar por encima del círculo polar a que vieran las auroras boreales -explica Manuel José en cuanto acaba su clase y prosigue la conversación con Viajes National Geographic-. Es que con el viaje la geografía se explica de otra manera. También la historia… las matemáticas incluso cuando buscas las coordenadas en un mapa. Ves a los chavales que se involucran más”.

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Foto cedida por Manuel José Carpintero

La de Noruega ha sido su última aventura, de momento. Por supuesto, en ella ha puesto en práctica toda su experiencia como explorador. Como aquella vez en 2005, cuando el 400 aniversario del Quijote y el 750 de la fundación de su Ciudad Real natal, en que tras cinco vuelos y un recorrido de 70 km en trineo de perros llegó al último pueblo del mapa de Groenlandia. Dejó allí un ejemplar del Quijote, pero quería dejar también otro algo más al sur, al otro extremo, al Círculo polar Antártico.

Para llegar a los míticos 66º 33´Sur, Manuel José buscó sin éxito que le alquilaran una embarcación en Ushuaia y Puerto Williams, pero cuando explicaba que era para cruzar el cabo de Hornos y pasar el mar de Hoces -lo prefiere a Mar de Drake anglosajón- , le decían que estaba loco. Hasta que encontró a un alemán que sí le alquiló su pequeño velero. Los dos estaban igual de locos, pero no lo sabían. “Sí, sí, fue una auténtica inconsciencia -explica Manuel José-, nos cayeron tres temporales de vientos de 70 nudos y olas de 14 metros seguidos, fue toda una odisea. Cuando volvieron, le llamaron de National Geographic. Resulta que eran los primeros en hacer esa ruta con una embarcación tan pequeña: “Ahí entendí por qué nadie quería alquilarme el barco”.

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Foto cedida por Manuel José Carpintero

Con un currículum vitae de explorador como el suyo cualquiera podría pensar que Manuel José vive un retiro placentero en su colegio, que tal vez se aburra. Nada más lejos de la realidad. “Esto de la enseñanza es una aventura mucho más grande que un viaje… No somos conscientes de la influencia que podemos tener en ellos. Hay profesores que marcan para bien o para mal y espero que los de nuestro centro lo hagan para bien”, dice.

Después de ver las auroras boreales en Noruega, toca ir a Rumanía, donde cuenta Manuel José, que existe un plan de reforestación para tratar de paliar algunos de los problemas que originó la lluvia ácida de Chernóbil; van a ir también a Polonia a conocer el Museo Copérnico y a Sicilia para ver el Etna. Un camino que va de Villarta a la Estación Internacional, pero antes, hará un alto en Nueva York para recibir el reconocimiento del The Explorers Club. “En Villalta soy una fuerza viva, como antiguamente el cura, el maestro y el boticario”, dice en broma y se ríe.