Viajes imaginarios

Cyrano de Bergerac: de Gascuña a la luna

Además de por su famosa nariz, este escritor destaca por haber 'viajado' a la luna antes que nadie.

Acaban de cumplirse 400 años del nacimiento de Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac (1619-1655), gran escritor y notable espadachín como su contemporáneo Quevedo, y cuya corta e intensa vida ha inspirado biografías más o menos fidedignas, novelas, obras de teatro, películas… Como Ricardo Corazón de León, Roldán o Juana de Arco, es uno de esos singulares personajes históricos cuya leyenda se superpone a su biografía, en lo que podría considerarse un antecedente preinformático de la “realidad aumentada”.

Epa

Foto: Cordon Press

Cyrano

Son frecuentes los viajes imaginarios situados en un marco geográfico real o a medio camino entre la realidad y la ficción, de los que la Odisea es sin duda el ejemplo más famoso. Menos habitual es que el propio viajero esté a caballo entre la realidad y la ficción, y ese es el caso de Cyrano, más conocido por la pieza teatral de Edmond Rostand -y por la literariamente magnificada peculiaridad de su nariz- que por su biografía real y sus notables obras literarias.

Pilat

No resulta difícil pensar que esas huellas fueron, en su día, las de Cyrano. 

Foto: iStock

Junto con D’Artagnan, el cuarto mosquetero, Cyrano es el gascón por antonomasia, la encarnación de sus virtudes y sus defectos… y de sus excesos, tal vez lo más notable; y sin embargo no era un gascón de pura cepa: nació en París y allí pasó la mayor parte de su vida. Pero el próspero negocio de pescadería de su familia debió de vincularlo con la costa atlántica francesa, y es fácil imaginarlo deambulando por los desolados arenales de las Landas, donde se encuentran las mayores dunas del continente europeo, y concibiendo allí su Historia Cómica de los Estados e Imperios de la Luna.

El viajero que se acerque al suroeste de Francia no puede dejar de visitar el Parque Natural de las Landas de Gascuña, donde el bosque más grande de Europa libra una colosal batalla geológica con la Grand Dune du Pilat, que ocupa casi 3 kilómetros de costa y se adentra ya unos 500 metros en el gigantesco bosque de pinos del Parque, al que el implacable avance de la arena -recientemente acelerado por el cambio climático- roba de 3 a 4 metros anuales. Los más intrépidos, tras una fatigosa ascensión. pueden deslizarse por el enorme tobogán de la Gran Duna, de más de 100 metros de altura, y experimentar en su caída controlada algo parecido a la ingravidez lunar.

Cyrano

Gerard Depardieu, el Cyrano más reconocible del cine. 

Foto: Cordon Press

Al igual que Verne, su ilustre descendiente literario, Cyrano, pese a su ajetreada carrera militar, viajó más con la imaginación que en la vida real y manejó mejor la pluma que la espada, convirtiéndose en uno de los más importantes autores del siglo XVII francés, aunque paradójicamente su figura como literato haya quedado eclipsada por el personaje literario en que lo convirtiera Rostand a finales del siglo XIX.

Su obra más importante se publicó póstumamente -y previamente censurada por considerarse irreverente y libertina en su momento- en 1657, y es uno fe los máximos exponentes de la gran tradición de los viajes imaginarios, en la que ocupa un lugar tan destacado como el de Swift o Voltaire; se trata de la Historia Cómica de los Estados e Imperios de la Luna, a la que seguiría, cinco años después, la Historia Cómica de los Estados e Imperios del Sol. En estas novelas fantásticas, narradas en primera persona, es el propio Cyrano el que viaja al espacio gracias a un cinturón hecho con frascos llenos de rocío, y se encuentra con unos sorprendentes alienígenas que le sirven de pretexto para llevar a cabo una afilada sátira de la sociedad de su tiempo y exponer sus ideas materialistas y epicúreas, consideradas libertinas en su tiempo.

Melies

Cyrano llegó a la luna antes que Verne o que Meliés. 

Foto: Cordon Press

Los selenitas de Cyrano se alimentan de aromas y utilizan la nariz como reloj de sol (una alusión autoirónica a su propio apéndice nasal)

Los selenitas de Cyrano se alimentan de aromas y utilizan la nariz como reloj de sol (una alusión autoirónica a su propio apéndice nasal), alcanzan la sabiduría muy jóvenes, pues antes de aprender a leer pueden escuchar los libros, y eligen gobernantes débiles y pusilánimes para que no puedan convertirse en dictadores. En un momento dado, Cyrano se asombra de que un noble lleve colgados del cinto unos genitales moldeados en bronce, y le explica a su anfitrión que en la Tierra se ocultan las partes pudendas y lo que llevan al cinto los nobles como señal de distinción es una espada. A lo que el selenita contesta: “Triste mundo aquel en el que los órganos que sirven para dar la vida son motivo de vergüenza, mientras que los instrumentos que sirven para quitarla son un signo de nobleza”.

Una reflexión que, tres siglos y medio después, no ha perdido ni un ápice de vigencia.

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