CUESTIONARIO EN MODO AVIÓN

Eva Santolaria: "Volví de Marruecos como si me hubieran cambiado la mirada"

La actriz protagoniza la serie 'Todos mienten', un thriller de suspense, salpicado de drama y comedia, ya disponible en Movistar+.

Sin pretenderlo, Eva Santolaria (Barcelona, 1975) ha convertido el concepto de pandilla en una especie de hábitat natural en el terreno de la ficción. Formó parte del grupo de alumnos y amigos de Compañeros (1998), pasó a integrar después otro más adulto en la (pionera) sitcom Siete vidas (1999) y ahora ha estrechado lazos con los personajes de Todos mienten, ya en Movistar+. Una serie que propone al espectador el excitante juego de encontrar al culpable de un terrible asesinato, y que gasta un tono de thriller muy particular: es suspense, es drama y es comedia.

La actriz no sólo protagoniza junto al gran plantel de actores que forman Irene Arcos, Natalia Verbeke, Juan Diego Botto o Leonardo Sbaraglia, entre otros, sino que también firma el guion. En la creación y dirección está Pau Freixas, con quien, además, Eva Santolaria comparte vida. Y quien la teme cuando viajan porque ella acostumbra a obligarle a recorrer a pie cada ciudad que visitan. Y es que, si de algo sabe la actriz, es de perderse por las calles y los barrios. De “infiltrarse” como si fuera una más y sentir su pulso diario, e incluso de imaginar una vida allí. Podría vivir en cualquier lugar del mundo, dice, pero se queda con Barcelona sin olvidar Madrid: está hecha de dos mitades. Mientras, sueña con viajar a Argentina. Tiene tantas ganas que una vez hizo escala en Buenos Aires y hasta lo celebró. “Aquí he estado, vale, en el aeropuerto, pero he estado [risas]”, se convenció.

 
EVA SANTOLARIA Copy Valero Rioja-bn

Foto: Valero Rioja

EVA SANTOLARIA Copy Valero Rioja-recorte

Primero fue Compañeros. Después Siete vidas. ¿Cómo fue pasar de la popularidad aplastante a esa otra vida más discreta que has ido adoptando con los años?

Cuando estaba haciendo Compañeros, pensaba que lo de la fama era infinito, que no iba a acabar nunca. Te conocía todo el mundo, era muy exagerado. A los dos o tres meses de terminar la serie, entré en Siete vidas y entonces me di cuenta de que ese boom, esa especie de popularidad se rebajaba. El fenómeno fan hace que te quieran, te idolatren y te tengan como ejemplo, y también se confunde un poco a la persona con el personaje. ¡Yo era Valle! Pero, pasar en tan poco tiempo a hacer otra serie como era Siete vidas, interpretando a un personaje totalmente distinto, me colocó en “vale, ya no es Valle, no sé cómo es, pero ahora está haciendo otra cosa”. Esto, en el sentido de la popularidad, hizo que disfrutara de un lugar mucho más sano, real y relajado. A partir de ahí, no fue una fama brusca. Además, con los años, cuando no estás haciendo tele, la presión de la calle baja. Me siguen reconociendo muchísimo, pero no es lo mismo.

Gestionar tanta fama no sería nada fácil…

No, yo soy súper tímida. Antes deCompañeros, en una discoteca se me acercaba alguien y me faltaba tiempo para irme. Por carácter, no llevo bien ser el centro de atención. Prefiero pasar desapercibida. Tuve que aprender, como todos mis compañeros, que la popularidad formaba parte de mi vida y también cómo compaginarla. Estábamos todo el día grabando, nos lo pasábamos muy bien, pero, cuando descansábamos, querías disfrutar. Para mí, cuando me iba a Barcelona, eso era estar con mis amigos del cole. Pero lo que hacía antes con ellos, ya no era posible. Entraba por la puerta de un bar o discoteca y se liaba, así que iba a lugares donde no había nadie. Con 20 ó 21 años todo esto es algo difícil de llevar, al menos lo fue para mí, habrá gente que se maneje mejor con estos temas. Me costó entender que no es necesario que cojas el metro en la estación de Sol o que hay horarios en los que es más discreto ir a un determinado sitio. Poco a poco, fui aprendiendo que se puede vivir y no es un drama, que es una cuestión de adaptarte a esas circunstancias. Otro aprendizaje.

Cuando estaba haciendo Compañeros, pensaba que lo de la fama era infinito, que no iba a acabar nunca.

Después de un buen puñado de series, en los últimos años, y de la película Abuelos (2019), la más reciente en la que has participado, regresas con un personaje en la serie coral que es Todos mienten, en Movistar+. Y tu implicación va más allá de tu trabajo como actriz, porque también firmas el guion.

Analizar los guiones es algo que siempre he hecho con Pau y con otros amigos que me lo han pedido. Poco antes de la serie, en una cena con Carlos Fernández, de Filmax (productora de la serie), me dijo “hay un guion que me gustaría que leyeras porque Pau dice que eres muy cañera”. Lo hice y quedé con él para comentárselo. Y entonces me dijo “esto merece un sueldo”. Fue un poco de cachondeo, pero la verdad es que lo que yo estaba haciendo, fuera de casa, tenía un nombre y un sueldo. Casi, sin darme cuenta, lo he ido perfeccionando y supongo que el estar con Pau, con la cantidad de guiones que escribe, me ha servido para evolucionar mucho. Así que me pidieron que estuviera en la sala de guion de Todos mienten. Para mí ha sido otro paso más, con el que he descubierto el mundo de la pizarra en blanco. Estoy feliz por la serie que ha salido y por el trabajo que hemos hecho todos: por la parte de los actores, porque hay un currazo maravilloso, y por la del guion.

Paris

Paris

A Eva Santolaria le gusta tanto pasear que cuando llega a una ciudad nueva como París no usa transporte público, prefiere desplazarse caminando. 

Photo by Camille Brodard on Unsplash

Belmonte, la apacible urbanización de clase alta donde residen los protagonistas, irá cayendo como un castillo de naipes a raíz de un escandaloso suceso. ¿Qué experiencia propone la serie al espectador?

De primeras es un thriller. Hay un primer giro: aparece un vídeo que cae como una bomba en esa urbanización donde todo es como súper apacible. Que, en ese vídeo, una profesora se esté acostando con un alumno que, además, es el hijo de su íntima amiga, es muy fuerte. Ese primer detonante hace que empiecen a surgir preguntas por parte de la madre del chico. En el primer capítulo se lanzan las fichas y creo que la sorpresa viene cuando descubres que los personajes tienen toques de humor. A medida que la serie va avanzando, vas entendiendo que el tono es la marca: una mezcla de thriller, drama y comedia.

Cuando viajo, me encanta pensar que podría vivir en ese sitio. Además, siempre saco la misma conclusión: yo podría vivir en todo el mundo, en todas partes.

Como dices, la serie tiene un tono muy particular. ¿Y tus viajes? ¿Qué tono tienen: de aventura, culturales, de relax…?

A ver… Yo, viajera de aventura, en plan mochilera y tal, no soy. Nunca he tomado la iniciativa ni tampoco me han invitado. Pero soy de las que me gusta caminar y perderme. Me apasiona viajar y conocer sitios nuevos. Si puedo escoger, no me gusta la planificación absoluta: dos horas para ver no sé qué, porque luego tengo que ir a tal sitio y, además, tengo que hacer fotos para demostrar que he estado ahí. Hay un punto en el que Pau me odia, porque no cogemos el transporte público. ¡Nos hemos pateado París! ¿Cuándo llegaremos a tal sitio? ¡Ya llegaremos! Cuando viajo, me encanta pensar que podría vivir en ese sitio. Además, siempre saco la misma conclusión: yo podría vivir en todo el mundo, en todas partes. Veo un portal y digo “esta podría ser mi casa y este mi barrio”.

¿Tener familia ha cambiado tu forma de viajar, los destinos que eliges y hasta la frecuencia con que lo haces?

Esto no tenía que decirlo, pero lo voy a decir [risas]: desde que hemos tenido familia, hemos viajado poco. No hemos sido padres de dejar a los niños e irnos nosotros, esto de que les dejas con los abuelos y te vas una semana. Ahora ya ellos lo viven como “¿dónde vamos?”. Se suman. ¡Se han acoplado y no hay manera [risas]! Con esta sensación de que vas a viajar con niños pequeños, todo cambia, porque hay viajes que ellos no van a aguantar ni a disfrutar. Hemos visitado con ellos, por ejemplo, París y Roma, lugares que puedes ver de una manera fácil y alargando la estancia, teniendo en cuenta que se van a cansar más.

Lejanos o más recientes, siempre hay viajes que nos marcan y hasta nos cambian un poco la vida. ¿Te ha pasado?

A mí me pasó con dos. El primero, cuando viajé a Marruecos. Tenía unos 20 años y volví loca. ¡Qué fuerte todo! Íbamos con un amigo que se lo conocía muy bien y es un gusto porque, además de la parte turística, íbamos a casas de gente que vivía allí… ¡otra cosa! Era como si me hubieran transportado a otra época, una cultura totalmente diferente. Para mí fue brutal, estuvimos como 20 ó 25 días y fue como sumergirte en olores, sabores, en un tempo distinto. Allí el ritmo es otro. Y luego estaba la realidad de la gente, de cómo viven y con qué viven. Volví como si me hubieran cambiado la mirada, la forma de ver las cosas. Luego, hubo otro viaje en el que visité los fiordos noruegos. Fuimos una pandilla de amigos acompañando a una pareja en su luna de miel. No sé si fuimos peores los que nos sumamos o los novios que lo permitieron [risas]. Íbamos en furgoneta todos juntos y también estuvimos como 15 ó 20 días, durmiendo en los campings a pie de fiordo, con esos bungalows de madera maravillosos que tienen allí. ¡Claro, intimidad cero! Ese viaje también lo recuerdo con mogollón de cariño.

Marruecos
Foto: Istock

¿Tienes algún destino soñado, aún pendiente de visitar?

Tengo un montón, pero Argentina es uno. Fui a trabajar a Montevideo hace un montón de años y hacíamos escala en Buenos Aires. ¡La ilusión que me hizo ver la ciudad a través de la ventanilla del avión! Me encantaría trabajar un tiempo en Buenos Aires y conocerlo desde el día a día.

Hablando de estar o de pertenecer, eres de Barcelona y vives en Barcelona. ¿Eres también una enamorada de tu ciudad?

Soy catalana, barcelonesa y me fui muy pronto a trabajar a Madrid, por lo que tengo el corazón dividido. Barcelona tiene para mí eso de que cada esquina es un recuerdo, huele a tu infancia, a tu adolescencia… Pero Madrid es la ciudad en la que más tiempo he estado viviendo a nivel profesional, antes de tener familia, y la tengo asociada, sus calles, sus rincones, a la aventura profesional, a ese “voy a buscarme la vida”. Vivo en Barcelona, pero necesito volver a Madrid porque tengo amigos, una casa que mantengo y noto en mí que, de vez en cuando, la piel me pide pasear por sus calles. Si estoy mucho tiempo en Madrid, me pasa al revés. Las dos ciudades tienen caracteres y ritmos diferentes. Estoy construida de las dos realidades.

Viajemos un poco con nuestros cuatro puntos cardinales. Con Barcelona como epicentro, ¿a dónde nos llevas si vamos al norte?

A raíz de la pandemia, estoy descubriendo La Cerdanya catalana y francesa. Toda esa zona, ¡ostras!, es una maravilla y está aquí al lado. Pequeños rincones, momentos del año, colores, olores y actividades que van cambiando… También he descubierto que me gusta caminar, ¡mucho!, pero caminar profesionalmente, perdiéndome por los bosques. Lo que es una ruta, en teoría, de 45 minutos se acaba convirtiendo en cuatro horas. Por eso mi familia quiere que me vaya yo sola [risas]. Estas Navidades descubrí las excursiones en raquetas. ¡Y también me dejaron sola, abandonada por los bosques!

¿Qué destino eliges mirando al sur?

A nivel emocional, Almería. Durante muchísimo tiempo, en esa época de máxima popularidad, me escapaba a Las Negras. Allí encontré un lugar donde perderme, donde me encontraba con gente que también había ido a perderse. Esa sensación de paz, de estar en la intimidad… era maravillosa. Fue hace muchos años, pero tengo un recuerdo muy potente y muy bonito.

Almería
Foto: Istock

¿Y si vamos al este?

Me quedo con un sitio al que me gustaría mucho ir: Turquía. Con esa mezcla de culturas, Estambul es una de las ciudades por las que me encantaría pasear, hacer un viaje como largo.

Toca el oeste…

No hay duda: Argentina [risas]. Justo antes de la pandemia, mi hermana se fue a vivir a Ohio y nosotros teníamos previsto un viaje maravilloso con la familia en el que íbamos a ir antes a Nueva York una semana. No pudimos hacer nada… Tengo una asignatura pendiente con el continente americano, en general. El otro día, precisamente, hablaba con Pau de coger un coche y perdernos por Estados Unidos e ir de aquí a allá… Pero, cuando estábamos divagando, aparecieron los niños [risas].

Cuando haces la maleta, ¿qué no puede faltar en tu equipaje?

¡Más bien qué no me dejo! Ese momento maleta es… ¿Qué tiempo va a hacer? ¡Yo qué sé! Entonces ya me lío, divago y termino cogiendo cosas por si hace frío, por si hace menos frío… Y como ya he perdido el hilo, para cuando deshago la maleta en el lugar de destino, me he dejado cosas súper necesarias. ¡En la última maleta que hice me olvidé del abrigo de Pau!

¿Gastas alguna manía viajera?

No… La única cosa que sé que llevo un poco mal es que para mí viajar es descompresión y, en los viajes muy programados, tengo la sensación de que estoy perdiendo una oportunidad de estar, que estoy cumpliendo una orden de trabajo. Y me empiezo a tensar.

Argentina
Foto: Istock

Comer y conocer mundo es todo uno. ¿Algún plato grabado en el paladar?

La harira, una sopa marroquí que está riquísima. Algo parecido a lo que sería para nosotros una escudella o un guiso. Reconozco que la primera vez, al verla, pensé “a ver…”. Pero me encantó. Recuerdo la sensación del gusto, que es muy fuerte, con muchas especias.

En los viajes, suele caer algún souvenir. ¿El más querido de los que aún conservas?

Durante mucho tiempo compré tazas en todos mis viajes. Tengo los armarios llenos, porque luego, además, la gente te regala. ¡Me hacía mucha ilusión! Era un poco decir “yo voy a viajar un montón y voy a tener una vida muy guay, y lo voy a ver en el armario” [risas].

Va la última pregunta, y no menos importante: ¿tú… por qué viajas?

Por desconexión, aunque sea un viaje de trabajo. A mí me dices que tengo que irme a rodar a no sé qué lugar del mundo y la maleta ya la tengo preparada. Me voy, adiós. Me veo viviendo en todos los sitios. Es como si viera una película, cada vez diferente, en sitios distintos. Viajar me relaja. Pau dice que tengo una facilidad para desconectar brutal. Me pasa desde que pongo el pie en el aeropuerto o cojo la maleta y me voy al AVE, mi mente ya vuela. Incluso cuando viajo con los niños, me ocurre. Tardo cero.