Un mito encapsulado

El final de la torre Nakagin: adiós a un clásico de Tokio

El edificio, exponente del movimiento arquitectónico conocido como Metabolismo, se había ido deteriorando con el paso del tiempo.

En la ciudad de Tokio se suerponen diferentes capas urbanas que a veces hacen inútil atender a Google Maps. Hace falta una especie de orientación tridimensional para no perderse en los múltiples niveles por los que se puede transitar, pero lo bueno es que eso propicia también infinitas perspectivas sobre el paisaje de la ciudad. El distrito de Minato es un buen ejemplo de ello. Caminando por las pasarelas peatonales que se abren paso entre los bajos de los grandes rascacielos corporativos de Shiodome aparece la Torre Nagakin, elevándose más allá del cinturón que rodea al distrito. 

 

El efecto visual es importante, tanto como para que el edificio no pase desapercibido incluso para quienes no tengan ni idea de arquitectura contemporánea. Porque lo que se está viendo, aunque a muchos les recuerde a un buen montón de lavadoras antiguas apiñadas unas sobre otras, es en realidad un icono arquitectónico. Lo seguirá siendo a pesar de que el próximo 12 de abril comenzarán los trabajos de derribo. Ese día, Tokio dirá adiós a un mito que pasará a ser recordado gracias a la menoria digital y a las miles de fotografías que se le hicieron desde su construcción en 1972.

 

 

 

 

 

 
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shutterstock 2139029293. Nakagin vista

Foto: iStock

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Viviendas para el 'homo movens'

Cuando el presidente de la inmobiliaria Nakagin Co. visitó en 1970 la Exposición Universal en Osaka, se quedó tan impresionado con el Takara Beautilion que había diseñado Kisho Kurokawa que le hizo una de esas propuestas que no se pueden rechazar: levantar un edificio con viviendas estacionarias en Tokio. El joven arquitectó aceptó con gusto y definió el concepto como “vivienda para el homo movens”. Algo así como la reducción a la mínima expresión de lo que los franceses llaman un pied-à-terre destinado a empresarios y jóvenes solteros que quisieran evitar largos desplazamaientos hasta el extrarradio.

iStock-1328493199. Nakagin torre

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Como las células de un organismo

Kisho Kurokawa seguía los parámetros del Metabolismo, un movimiento arquitectónico visionario que fusionó lo mejor de las megaestructuras con los conocimientos sobre crecimiento biológico orgánico. El resultado eran edificios que funcionaban como metáforas de la vida y que daban origen a arquitecturas poco formales (basta con ver la fachada de la torre Nakagin). El movimiento permitió visiones utópicas y futuristas para el Japón que resurgía de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la inmensa mayoría de proyectos quedaron en esbozos ensayísticos, apuntes técnicos y maquetas más o menos vistosas. La Torre de Nakagin fue una de las pocas excepciones, de ahí su importancia como ejemplo material de aquel grupo de arquitectos.

shutterstock 1928704082. Nakagin cápsulas

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10 m2 de fetichismo

Pura vanguardia arquitectónica por fuera y por dentro. Los espacios tienen una aura galáctica semejante, de algún modo, a los interiores de 2001: Odisea del espacio. Hay algo de fetichismo en esos módulos que hacen que uno pueda pasarse un buen rato contemplándolos a través de infinitas galerías fotográficas, como la del fotógrafo Noritaka Minami. De hecho, aunque de momento solo el Museo de Arte Moderno de Saitama tiene una, más de un centro de arte contemporáneo ya se ha interesado por poder exponer en sus salas una de las cápsulas de la torre. 

 

Las cápsulas medían dos metros y medio de ancho por cuatro de largo, tenían un cuarto de baño, una ventana tipo ojo de buey y toda una de las paredes se utilizaba como espacio de almacenaje e instalación de electrodomésticos. No había filos angulosos y las medidas estaban consideradas para que su usuario no fuera dándose golpes por todos lados. 

 

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Utopía vs realidad

El edificio se levantó en 1972 en tan solo 30 días gracias a que la construcción de las cápsulas estuvo industrializada y sólo era necesario montar in situ, acoplándolas mediante cuatro únicos tornillos de alta tensión al tronco central de hormigón armado de la torre. Kisho Kurokawa diseñó la torre con la idea de que cada una de las 140 cápsulas durara 25 años, pero la verdad es que las utopías suelen sufrir más de un encontronazo con las limitaciones de la realidad. A lo largo de toda su vida útil, las cápsulas no se cambiaron, además de que con el paso de los años fueron apareciendo una serie de problemas constructivos, humedades y desprendimientos varios que hacían bastante insalubre vivir dentro de ellas. La restitución de los módulos se reveló complicada y peligrosa y todo el conjunto fue cayendo en una lenta pero evidente degradación que forzó a la mayoría de los propietarios a vender el edificio a una promotora con la intención de que lo derribara y construyera apartamentos más convencionales.

shutterstock 2140727859. save Nakagin

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No pudo ser

Sin embargo, hasta día de hoy se pueden ver carteles rojos en las ventanas redondas con un escueto #SaveNakagin. Un reducido grupo de incondicionales se aferró hasta último momento a salvar el edificio, pero en la legislación nipona no hay ninguna fórmula que permita la conservación de este tipo de edificios contemporáneos. Estos conservacionistas lo intentaron por todos los medios con proyectos de micromecenazgo y libros de fotografía, pero la amenaza que pendía colgada de un hilo golpeará en pocos días con la forma de una bola de demolición. Como escribió el crítico de arquitectura del The New York Times Nicolai  Ouroussoff, la importancia de la Torre Nakagin estaba en que nos recordaba la posibilidad de otros mundos y valores, de otros caminos que quedaban por tomar y seguir.

 

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