Un escritor en la ciudad roja

He vivido en Marrakech y estos son mis consejos para descubrir la ciudad

Entre el Atlas y el desierto, “la ciudad roja” deslumbra con su magnetismo al visitante, a quien le convendría seguir ciertas pautas para disfrutar más y mejor de la experiencia.

Hay ciudades que durante años parecen perseguirnos en sueños o sobre las que proyectamos nuestra imaginación, pero luego, cuando al fin pisamos sus calles, nos llevan la contraria, nos hacen cambiar de planes o ponen nuestro mundo patas arriba. Marrakech es una de esas ciudades para mí, tanto en lo personal como en lo literario, y, aunque cada uno vive los lugares a su manera, dudo mucho que cualquier persona sensible y atenta salga indemne de un viaje a “la ciudad roja”.

La primera vez que llegué a Marrakech, hace más de veinte años, lo hice en pareja y al volante de un pequeño todoterreno con el que habíamos recorrido los espacios abiertos del Atlas y el desierto, pasando de largo por ciudades como Fez o Tetuán y en busca de otra clase de belleza, la que sólo puede ofrecer la inmensidad del paisaje, así que le dijimos hola y adiós a las murallas de la ciudad imperial desde la ventanilla de nuestro Samurai y enfilamos la carretera de regreso hacia el norte.

 

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Marrakech
Foto: Adobe Stock

El 1 de febrero de 2020 regresé a Marruecos, esta vez en solitario, a bordo de trenes, autobuses y taxis compartidos, con dos meses por delante y dispuesto a conocer pueblos y ciudades para mezclarme con la gente y escribir el que iba a ser mi segundo cuaderno de viajes. La ruta terminaba en marzo en la medina de Marrakech, donde había alquilado una habitación para trabajar en mi libro. Pero entonces llegó la pandemia y lo que iba a ser una estancia de cuatro semanas se convirtió en un encierro de cuatro meses. Sin embargo, a pesar de la incertidumbre y la soledad ―sólo aliviada por unos gatos que me salvaron del colapso mental―, recuerdo ahora mi vivencia como un tiempo único, transformador e irrepetible.

 

Mi libro derivó en algo muy distinto y yo también regresé a España siendo otro, después de sentir, como un vecino más y sin el filtro del turismo, el verdadero latido del corazón de Marrakech. Una ciudad que se recupera del último seísmo y en la que no hace falta ser escritor ni vivir un confinamiento global para que te deje huella, pero en la que sí cabe tener presentes algunas banderas rojas para no perderse lo mejor de la experiencia por el camino. Quizá este decálogo informal sea útil para otros viajeros, pues hoy, mañana o ayer, la esencia del lugar parece inmune al cambio.

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Marrakech
Foto: Adobe Stock

NO DEJES DE APRENDER ALGUNAS PALABRAS EN DARIYA

Aparte de los emigrantes que regresaron de Europa y además del francés, hablado por no pocos marroquíes, los comerciantes de la ciudad te sorprenderán con frases en español, inglés, italiano, mandarín o cualquier otro idioma en el que crean que pueden lograr una venta. Pero para conectar de verdad con los marrakechíes viene bien dedicarles varias palabras de cortesía en dariya, el dialecto árabe nacional, lo que te abrirá de par en par unas cuantas puertas y sonrisas.

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NO OLVIDES QUE ESTÁS EN UN PAÍS MUSULMÁN

Aunque nuestro vecino del sur nos parezca el más “relajado” u “occidental” de los países islámicos ―lo cual es además literal, pues su nombre en árabe, al-Maġrib, significa justo “el Occidente”―, Marruecos es una sociedad musulmana hasta la médula, por lo que si es tu primer contacto con el Islam te chocarán las llamadas a la oración desde las mezquitas o ciertas costumbres y convenciones sociales que no deberías cuestionar en público, las compartas o no.

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Marrakech
Foto: iStock

NO TE CONFUNDAS, AQUÍ EL “BÁRBARO” ERES TÚ, NO EL AMAZIGH

Los árabes conquistaron la región poco antes de invadir también la península ibérica. Pero árabes, vándalos, romanos y fenicios encontraron al mismo pueblo, que lleva milenios en el norte de África. Les llamamos “bereberes” por la palabra grecolatina “bárbaro” para despachar al “extranjero que no habla nuestra lengua”, aunque ellos se refieren a sí mismos como imazighen en plural y amazigh en singular. Unos diez millones de personas, o sea, más de un cuarto de la población de Marruecos, siguen usando alguna variante de su idioma. En Marrakech parecen minoría, pero en cuanto salgas a alguno de los valles de los alrededores los encontrarás por todas partes, así que muestra respeto por su cultura y su identidad, porque además suele ser gente amabilísima.

NO HABLES DEL REY

Una de las convenciones específicas de Marruecos es la figura del rey, que no sólo es el jefe del estado, sino su líder espiritual y, según dicta la tradición suní, descendiente del mismísimo Profeta. El reino alauita no es una democracia plena ni tampoco una monarquía parlamentaria de corte europeo, así que evita hacer ciertos comentarios sobre Mohamed VI, la libertad de prensa o el Sáhara Occidental, porque los marroquíes se lo toman muy en serio, las paredes tienen oídos y te puedes meter en un lío.

 

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NO TE QUEDES EN LA PUERTA

Cuando pasees por la medina y veas abierto alguno de sus magníficos portones, no seas tímido y pregunta, pide permiso o, si toca, pide perdón cuando ya estés dentro, pero cruza el umbral de casas, palacios, patios y jardines, porque la auténtica esencia de la ciudad aguarda en sus interiores. Como en la arquitectura islámica, austera por fuera y suntuosa por dentro, sucede algo parecido con la gente: más allá de la fachada cultural, sea árabe o amazigh, detrás de una buena conversación puedes encontrar a un amigo afable y generoso.

NO ACEPTES EL PRIMER PRECIO

En un restaurante o un supermercado no procede, obvio, pero, en general, no aceptes el primer precio que te ofrezca un vendedor. Bolsillo aparte, más de uno casi se sentirá decepcionado si lo haces, pues el regateo forma parte de cierto protocolo social y tiene su gracia. Pero, sobre todo, no te creas demasiado listo ni seas tan iluso como para pensar que tus habilidades te han procurado una ganga en el zoco, porque ningún comerciante te venderá nunca nada por debajo del mínimo que estaba dispuesto a cobrarte.

Marrakech
Foto: iStock

NO COMAS DEMASIADO EN DJEMAA EL FNA

No me refiero a tu dieta ni al hambre con que llegues a la plaza, claro, sino a la frecuencia de tus visitas. La mítica explanada de Djemaa el Fna permite tomarle el pulso a la ciudad a cualquier hora, sin embargo, te recomiendo pedir un zumo de granada por la mañana o, si quieres sentir el bullicio nocturno, cenar alguna vez en uno sus puestos, en especial si ves ahí a varias familias locales, pero vas a almorzar mucho mejor y más barato en casi cualquier restaurante de los alrededores.

NO PROPICIES LOS NUMERITOS CON ANIMALES

En la misma Djemaa el Fna se concentran “encantadores” de serpientes, adiestradores de macacos y cabras, dueños de dromedarios y, en fin, otras criaturas de dos patas que explotan de un modo u otro a esas pobres bestias. Los monos están mejor libres de cadenas en los bosques de cedros del Atlas y las cabras dando brincos por ahí, encaramadas a los riscos, así que no te tomes ninguna estúpida foto con esos animales porque haces el ridículo y te conviertes en la peor clase de turista.

 

Aït Ben Haddou
Foto: Shutterstock

NO HAGAS EXCURSIONES EN TIEMPO RÉCORD

Además de los estragos en la ciudad, el terremoto del pasado septiembre dañó varias carreteras, pistas y aldeas de la región, por lo que ahora mismo aún es complicado acceder a ciertas zonas. De todos modos, si quieres ir a sitios como Aït Ben Haddou, Ouarzazate o Merzouga, puedes hacerlo, pero dedícale varios días a la ruta y no pretendas verlo todo deprisa y corriendo porque las distancias engañan y la magia de las kasbahs, los oasis y el desierto está precisamente en la quietud y el silencio.

NO LLEVES CONTIGO LAS PRISAS DE OCCIDENTE

Al hilo del anterior, este décimo y último “mandamiento” ―con perdón― vale casi tanto como todos los demás juntos, créeme: en Marrakech o en cualquier otro rincón del país, desde las ciudades imperiales a la aldea más recóndita del Atlas, y del último campamento entre las dunas del Sáhara a cualquier puerto de pescadores en la costa, jamás vayas acelerado, no te impacientes, adáptate al lento ritmo de las cosas y no esperes otra cosa de la gente, que por algo dicen en Marruecos lo de “prisa mata”.