La Invernalia real

La épica del Polo Sur

La historia del descubrimiento del gran continente blanco a través de la hazaña de sus héroes.

A lo largo del siglo XIX la Antártida no figuraba entre los continentes conocidos. Solo algunos cazadores de focas o ballenas se aventuraban al sur del Cabo de Hornos. Las islas próximas a la península Antártica eran su campo de acción en verano y retrocedían prudentemente antes de que el hielo y el invierno atrapasen sus naves. 

 

Pero en 1893 el biólogo John Murray impartió una conferencia en la Royal Geographical Society de Londres afirmando que en torno al Polo Sur debía existir un gran continente. Murray había participado en la expedición de la corbeta Challenger (1872-1876) y, aunque no pudo ver la Antártida, sí observó los icebergs con grandes rocas a la deriva, cuya proporción crecía al acercarse al Círculo Polar. A partir de ese y otros detalles describió con acierto el clima seco de esa tierra debido a un anticiclón permanente –el frío hace el aire más denso y pesado– y propuso enviar una misión científica lo antes posible. Esta es la historia de la aventura que vino después.
 
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Foto: Cordon Press

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Las primeras expediciones polares

La expedición Bélgica (1897-1899) y la de Carsten Borchgrevink (1899-1900), que avanzó por primera vez sobre la Antártida con un trineo de perros, confirmaron las teorías de Murray y alentaron la gran expedición que preparaban la Royal Society y la Royal Geographical Society, gracias al ardor de su presidente Clements Markham. Robert F. Scott fue elegido para liderarla. Los tres años que los miembros de la expedición Discovery (1901-1904) pasaron en la Antártida les permitieron llegar a 850 km del Polo Sur y descubrir la infinita meseta de hielo y nieve –la Antártida es el continente con mayor altitud media–. Su éxito oscurecería el de otras epopeyas antárticas de la misma época, como las de von Drygalski en la Tierra del Káiser Guillermo II, la de Nordenskjöold en la Tierra de Graham, la de W.S. Bruce en el mar de Weddell o la de Charcot en la Isla de Alejandro.

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Foto: Cordon Press

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EL IRREDUCTIBLE SHACKLETON

Ernest Shackleton fue enviado a casa en 1903 por Scott contra su voluntad, tras volver enfermo de escorbuto de la marcha en que, con su jefe y Wilson, alcanzaron los 82º17’. Pero en 1908 este hombre entusiasta y de talla gigantesca retornó a la Antártida liderando la expedición Nimrod y decidido a pisar el Polo Sur. La ambición del subordinado, que además recurría a personal civil, irritó a Scott, quien le prohibió seguir el trayecto anterior. Su andadura resultaría épica. En condiciones dramáticas –los caballos fueron sacrificados pronto y la comida se racionó–, cuatro hombres llegaron a 88º23’, a solo 180 km del Polo. Otro grupo alcanzó el polo geomagnético y ascendió al volcán Erebus. La capacidad de Shackleton para motivar y unir al equipo, velando en todo momento por él, resultó crucial, algo que aún se haría más evidente en 1915 cuando, tras el naufragio del Endurance en el mar de Weddell, logró que los 28 tripulantes fuesen rescatados con vida nueve meses después.

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Foto: Cordon Press

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LA TRAGEDIA DE SCOTT

Robert Falcon Scott buscaba para el Imperio Británico «el honor de conquistar el Polo Sur», pero ignoraba que su expedición iba a ser una carrera... hasta que recibió en Melbourne un telegrama de Amundsen manifestando que también se dirigía hacia allí. Scott alcanzó la meta el 17 de enero de 1912, cinco semanas después que el noruego. El viaje de retorno –1.300 km, ya sin trineos ni grupos de apoyo– resultó agotador. Dos meses después, los tres supervivientes del quinteto montaban su tienda de campaña a solo 19 km de un depósito de víveres. Morirían en los días siguientes, exhaustos bajo la ventisca.

 
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Foto: Cordon Press

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AMUNDSEN LLEGA AL POLO SUR EL 11 DE DICIEMBRE DE 1911

Desde muy joven Roald Amundsen se había preparado a fondo para triunfar en las exploraciones polares, así que cuando Peary afirmó haber alcanzado el Polo Norte y supo que Scott se dirigía al Polo Sur, no perdió ni un segundo en ponerse en marcha. A bordo de un pequeño velero, Amundsen ya había sido pionero en atravesar el Paso del Noroeste entre 1903 y 1906. Esos tres inviernos en el Ártico le sirvieron para adiestrarse en el manejo de los perros y aprender las técnicas de supervivencia esquimal –adoptaría hasta sus ropas–, que tan útiles le resultarían en la carrera del Polo Sur. Amundsen tuvo que acceder a la elevada meseta Antártica por una vía difícil, pero contar con perros le permitió ganar eficacia y preservar las energías del equipo para el regreso. Como en una especie de anticlímax de Scott, las operaciones de los noruegos fueron rápidas, fáciles, carentes de contratiempos.

 
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Foto: Cordon Press

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Isla de Ross y los testimonios de la lucha

La isla de Ross guarda recuerdos de las exploraciones británicas. Allí está la cabaña de Scott, desde la que partió para su trágica marcha hacia la conquista del Polo Sur. También se encuentra la Cruz del Cabo Evans, en memoria del trabajo de Mackintosh y otros dos marinos de una nave de apoyo a Shackleton.

 

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La épica del Polo Sur

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