Simpatía por lo decadente

Hotel Belvédère du Rayon Vert, el OVNI arquitectónico de Cerbère

Entramos en el histórico establecimiento Art Decó que resiste al paso del tiempo varado al otro lado de la frontera de Francia.

Plantado ahí es imposible que pase desapercibido, ni para los que viajan en tren ni para los que lo hacen por carretera. Hay edificios que buscan borrarse y otros que no, que tienen marcado en su ADN la exhibición. El Belvédère du Rayon Vert es de estos últimos y parecerá una paradoja, pero en su decadencia aún es más atractivo. En cierto modo, este edificio es el Johnny Deep de la arquitectura: se le recuerdan tiempos mejores, sí; pero, oye, aún conserva más de lo que muchos tienen. Como diría Kurt Vonnegut en su novela Matadero cinco (1969): “Así fue y será”.

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Foto: iStock

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Un barco varado en Cerbère

Cerbère es el último pueblo de Francia antes de pasar la frontera, o el primero tras pasarla, que en esto de viajar todo depende de la dirección que se tome, si hacia dentro o hacia fuera. Cerbère es un puerto pesquero en la Côte Vermeille, esa especie de prolongación de la Costa Brava en el extremo sureste de los Pirineos Orientales donde uno no sabe nunca a quién va a encontrar hablando un castellano o un catalán de erres guturales y lleno de galicismos, como pasa con Jean-Charles Sin, bisnieto del primer propietario del Belvédère du Rayon Vert. “Pienso que estamos en un barco en medio del mar y que aquí se puede hacer de todo con libertad”, explica a Viajes National Geographic.

IMG 20210731 145341-01-01. Belvedere_cerbere

Foto: José Alejandro Adamuz

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La belleza del hormigón armado

Apenas hay rastro de él, ni en internet ni en los libros de arquitectura moderna (tan solo alguna monografía en universidades francesas de arquitectura), pero este edificio antes de ser una realidad fue imaginado por el arquitecto Léon Victor Baille. Nació, vivió y construyó en Perpignan, donde ejerció como arquitecto honorario de la ciudad. En 1905, con unos sesenta años, ganó el concurso público para hacer el Hospital Saint-Jean au Vernet, su obra más relevante allí junto al diseñó el Colegio Jean Moulin. Todas las obras que se le conocen fueron construidas de los 65 años en adelante, un enigma de su vida más. 

Construido entre los años 1928 y 1932, el Belvédère du Rayon Vert es el edificio por el que siempre será recordado. Y lo es por varios motivos: porque escogió la forma de un barco con una popa y pasillos redondeados; porque exprimió el Art Decó para sacarle toda la belleza a los interiores que hacía falta en un hotel de lujo; porque en la época fue uno de los palacios urbanos más modernos de Europa; porque se las ingenió con el hormigón armado para hacer aterrizar este OVNI en un pequeño solar de apenas 500 metros cuadrados de forma triangular, en un barranco enganchado a las vías del tren y con vistas al mar.

 
IMG 20210731 155749-01-01. Recepción Belvedere

Foto: José Alejandro Adamuz

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Una saga familiar

La idea de construir este singular hotel fue de Jean Baptiste Deléon, que posa con toda la familia en la fotografía que muestra su bisnieto. Los padres ocupan los extremos de pie; él con un bigote, con una sonrisa esbozada, y ella de luto, seria y delgada. Sentadas, las dos hijas y, en medio, Emile, el hijo pequeño casi como un pequeño emperador: él será la segunda generación que gestionará el hotel. Jean Baptiste Deléon venía de Hendaya, donde de camarero pasó a gestionar el restaurante de la estación de tren. “Allí hizo su primer dinero”, explica ahora su bisnieto con cierto orgullo de familia emprendedora. Cuando se enteró de la futura construcción de la línea de ferrocarril que tenía que unir Portbou y Cerbère se hizo con la explotación del restaurante de la estación. 

A Jean Baptiste Deléon no le faltaba visión de futuro y vio una nueva oportunidad de negocio: los recientemente inaugurados enlaces internacionales con Francia exigían un control aduanero y el cambio de ferrocarril por los dos anchos de vía diferentes. “Los pasajeros podían llegar a esperar dos o tres días antes de seguir viaje. Y era gente de dinero. Por eso mi tatarabuelo tuvo la idea de construir el hotel en 1925, para que toda esa gente lo pasara bien mientras esperaban. Empezaron las obras en 1928 y se terminaron en 1932, todo un récord, ¿no?”, exclama Jean-Charles Sin.

 
IMG 20210731 150244-02. Sala del Belvedere

Foto: José Alejandro Adamuz

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Lo real maravilloso

Jean-Charles Sin muestra el hotel. Tiene 74 años pero dice a Viajes National Geographic que nunca se jubilará, que ahora el hotel es su felicidad, que también es su hogar, donde vive junto a su mujer y su hijo, acompañado por los huéspedes y por los grupos de visitantes que llegan durante el día a conocer los secretos del lugar. El silencio del vacío al caminar por las diferentes salas se rompe con los cloqueos de algunas de las piezas del pavimento hidráulico que están sueltas. También, de vez en cuando, por el paso metálico de los trenes. Me acerco a la terraza del salón comedor y escucho una extraña melodía lejana, como si en lugar de la realidad todo fuera un extraño sueño. En cualquier momento podría aparecer por aquí un conejo blanco perseguido por Alicia y no me sorprendería en absoluto.

IMG 20210731 155654-01. Detalle Belvedere

Foto: José Alejandro Adamuz

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Un hotel que es Patrimonio Nacional de Francia

En 1932, el hotel se convirtió no solo en un lugar donde alojarse sino que también era un espacio de tránsito y celebraciones. Jean-Charles Sin conserva fotografías de la época con ristras de coches que pasaban por delante, muchos automóviles de lujo, algunos de aquellos cabrio de la época con los que trazar las curvas panorámicas de la carretera departamental 914 a lo largo de la Côte Vermeille sería seguro todo un placer. 

En 1936, la guerra civil española marcó el final del período más próspero del hotel. Duró poco. Luego llegó la II Guerra Mundial y el establecimiento fue requisado por los alemanes de 1942 a 1944, aunque por éste siguieron pasando aristócratas, militares y artistas. En la década de 1950, el hotel volvió a llenarse de gente dispuesta a pasarlo bien. Pero el Belvédère se derrumbó finalmente durante las décadas de 1970 y 1980. Algunos incluso quisieron su demolición y en 1985 el Estado francés estuvo a punto de tirarlo al suelo, pero después de muchas gestiones, Jean-Charles Sin logró que fuera inscrito como Patrimonio Nacional en el 2002. Hoy el hotel es una joya reconocida, “es intocable”, dice él mientras paseamos por la terraza redondeada con vistas al mar. Es allí donde desvela el origen de esa misteriosa melodía lejana que se escucha de fondo durante la visita: es el efecto sonoro que produce la barandilla de la carretera que pasa por debajo del hotel. “Aquí vienen personas del cine para grabar el sonido que produce, sobre todo cuando sopla la tramontana”, comenta sonriendo.

 
IMG 20210731 155730-01. Exteriores Belvedere

Foto: José Alejandro Adamuz

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“Un verde que ningún artista podría jamás obtener en su paleta”

Un largo balcón rodea el hotel como si se tratara de la terraza de un transatlántico. Las vistas, como mínimo, son las mismas: el cabo de Cerbère en una punta y el horizonte del mar en toda su plenitud. Es por eso que el hotel se llama Belvédère du Rayon Vert, porque con esas vistas es posible ver el famoso efecto óptico que Julio Verne convirtió en novela en 1882. No ocurre todos los días y nadie es capaz de detectar cuando va a suceder, pero algunos huéspedes privilegiados lo han podido observar: ese destello verde que se produce poco después de la puesta de sol y que para Verne era el verde del Paraíso.  

 
IMG 20210731 154655-01-01. Sala de cine Belvedere

Foto: José Alejandro Adamuz

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La magia del cine

“No hay que hacer caso a todo lo que se dice. Eso que aparece en muchos lugares de que en la cubierta se podía jugar a tenis no es verdad, el techo es un poco curvado para la pelota”, dice Jean-Charles Sin con algo de picaresca. Lo que sí es verdad es que el hotel tenía (tiene) una sala de cine, además de un bar, un restaurante panorámico, sala de lectura, sala de baile, una bodega y parking de coches.

En el cine, hay un cartel original, casi más epidermis que pared, de una de las películas proyectadas en la época: Le Masque d'or (1932), con Boris Karloff  como Dr. Fu Manchu. También hay un cartel que prohibía fumar en la sala a la que los espectadores accedían por las escaleras exteriores que sustentan el majestuoso pilar de la fachada. Aún conserva sus butacas de 1934. En ellas se sientan los espectadores que acuden al festival de cine anual que se celebra cada octubre, los Encuentros Cinematográficos de Cerbère-Portbou. 

Este es un hotel de cine, para el cine y para los artistas: ¿Cómo pasó sus días aquí la bellísima Joséphine Baker?, ¿Y Orson Welles, vería él el rayo verde? Ellos fueron algunos de los ilustres huéspedes que han pasado por el hotel. Jean-Charles Sin enumera a muchos otros. Recuerda a Gina Lollobrigida, a Gérard Depardieu, a Michèl Morgan, a Maurice Chevalier… Otros huéspedes no fueron tan famosos, y sin embargo su huella aún perdura en los diferentes espacios del Belvédère.

 
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Foto: José Alejandro Adamuz

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Una historia de amor

Las paredes del antiguo bar están igual de descoloridas que las de la sala del restaurante. Hay alguna mancha de humedad, alguna grieta, un aire de melancolía, de ruina romántica. Pero en el bar se distingue bien un mural pintado por uno de esos pintores que ocuparon los márgenes del arte del S. XX, el español José de Zamora. Éste, enamorado de una mujer de la población, se quedó en el hotel en 1949. Como no tenía un duro, pagó su estancia decorando con frescos diferentes rincones del hotel. “La mujer de esta pintura es la mujer que él tanto amó”, explica Jean-Charles Sin con el tono de voz con el que se cuentan los secretos.

 
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Foto: Hotel Belvédère du Rayon Vert

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La habitación original…

Cuando se inauguró, el hotel contaba con 25 habitaciones. En la época no era propio que tuvieran cuarto de baño, pero por supuesto todas tenían su propio aguamanil, como el que se ve en la única habitación que se conserva original. Una cama, una mesita de noche y un armario de dos puertas de bella factura modernista. Una altura del techo exagerada de casi seis metros y hasta seis ventanas que daban al exterior debían inundar el interior de la luz del Mediterráneo. Hoy solo han dejado dos de aquellas ventanas porque con la tramontana, dice  Jean-Charles Sin, es lo más práctico. 

 
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Foto: Hotel Belvédère du Rayon Vert

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...y los apartamentos actuales

Las 25 habitaciones se han convertido en cómodos apartamentos para una o dos personas, con su propio cuarto de baño y su cocina. Se accede a ellos por el pequeño ascensor junto a la recepción de madera y tras pasar por un vestíbulo rosa lleno de plantas. Todos los apartamentos tienen una pequeña terraza volada hacia el mar y unas contraventanas de hierro pintadas de azul que cuando sopla el viento producen cierto sonido metálico. La sensación es la de estar en un barco en medio del océano. No se conserva el lujo de cuando se inauguró el hotel, pero el ambiente es tan romántico como el que se podría imaginar de un faro. 

 
IMG 20210731 150326-01. Interior Belvedere

Foto: José Alejandro Adamuz

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Verde esperanza

La fascinación que se siente por edificios así viene de que son continentes de historias posibles e imaginadas. En un mundo de hoteles que han franquiciado la experiencia hotelera, el Belvédère sigue siendo un reservorio para la ensoñación. “Lo que hay es que no se tiene que pensar demasiado, si piensas demasiado no lo haces… Recuperarlo no tiene precio…  Es eso o la ruina…”, sentencia Jean-Charles Sin al despedirse. El cronista promete volver con un portátil, el borrador de una novela bajo el brazo, una cafetera y una botella de ron. En definitiva, este es el hotel del rayo verde, el verde del Paraíso, el verde de la esperanza: “así fue y será”.

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