Hoteles con sonido

El hotel de la Costa Brava donde siempre se escucha el mar

El mítico hotel Santa Marta lleva décadas haciendo de este hilo musical el ingrediente básico de su éxito.

Junto a la recepción, uno de los espacios que menos remodelaciones ha experimentado en sus más de 60 años de vida, aún sigue el busto de Josep Noguera, el hombre que transformó, allá por 1958, la única propiedad que había en la cala de Santa Cristina de Lloret en un hotel que ha sido durante décadas un referente en toda la Costa Brava. Este homenaje en forma de escultura es un guiño a la historia, un recuerdo que conecta al huésped primerizo con la familiaridad de este establecimiento a la vez que toca la fibra al cliente más veterano. Ambos tipos de viajeros conviven en un espacio en el que este rostro inmortalizado ejerce de bisagra entre dos eras turísticas. La otra, por supuesto, es la omnipresencia mar. 

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Pagina 2 de historia y entorno. El Lloret merecido

Foto: Hotel Santa Marta

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El Lloret de Mar merecido

Para comprender mejor este oleaje sonoro hay que contextualizar mejor este establecimiento. Podría decirse que la Costa Brava comienza aquí. Lo hace porque se trata del confín suroeste de este litoral, el más cercano a Barcelona, el principal foco de huéspedes del Santa Marta. Por lo tanto, el primer contacto del urbanita con ese imaginario indiscutible de roca, salitre, calas turquesas y pinos equilibristas que definen la costa gerundense. En el la dirección postal (y en el GPS), el Santa Marta está en Lloret de Mar, una localidad con un encanto eclipsado por el ocio nocturno y los hoteles masivos que guarda para sí rincones como la cala de Santa Cristina. Desde el balcón de su bar ya se puede descifrar su magia: una media luna perfecta, flanqueada por un acantilado al norte y por una hilera de rocas al sur, y rasgada por algunos riscos que se resisten a ser limados por el Mediterráneo. Un encuentro entre el mar y la piedra en el que el oleaje se vuelve música constante e hipnótica. Ni siquiera el murmullo de los pinos eclipsa este relajante ostinato. 

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Foto: Hotel Santa Marta

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Habitaciones con intenciones

Las 76 habitaciones, divididas entre las que dan vistas al bosque y a la playa, son una primera pista de la declaración de intenciones del actual Santa Marta. Desde hace años, el hotel está acometiendo una serie de reformas con las que actualizar su estética y servicios.  En palabras de su director general, Albert Marín "adaptarse a un público más infiel, que cambia de hotel con más asiduidad". Este desafío ha supuesto convivir con ambos tipos de huéspedes, una aparente dicotomía que aquí resuelven con elegancia. Cada estancia es refinada, armoniosa, soleada, cómoda y no le resta ni un ápice de protagonismo a las vistas. Y es que alojarse en el lado que mira al mar tiene como recompensa un contacto inesperado e irrompible con el Mediterráneo. 

Vídeo: Javier Zori del Amo

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Oleaje desde el balcón

Es abrir la puerta hacia el exterior y 'recuperar' el mar. No es que haya un manual de usuario marcado, pero conviene dejar siempre una rendija abierta para que el oleaje se cuele a todas horas. Cada terraza privada, de unas dimensiones proporcionadas con la habitación, es un pequeño oasis donde leer, tomar el sol o, simplemente, desconectar mientras se pierde la mirada en un horizonte marítimo incorrupto. Otra opción es otear la cala entre los pinos y constatar que el Hotel Santa Marta está diseñado como un anfiteatro cuyo escenario es la playa. 

Club de playa Santa Marta

Foto: Hotel Santa Marta

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A pie de playa

Ante este estímulo, la respuesta y el deseo inmediato es el de bajar -literalmente- hasta la cala de Santa Cristina. El camino es sencillo, con una variante de escaleras y otra a través de una pista que cualquier miembro del equipo del hotel indica con simpatía. El trayecto en sí tiene su encanto por las flores y miradores que se van desvelando. Aquí es inevitable dedicarle una panorámica a la coqueta ermita de Santa Cristina, una iglesia solitaria y poderosa que se guarda como un secreto entre los lloretenses, como si fuera una reliquia de una época sin bañistas. Abajo espera otro ambiente, otro mundo. El Hotel Santa Marta siempre ha tenido el privilegio de estar en primera línea de playa, como si fuera un lido italiano, pero sin privatizar nada. Ahí, bajo el nombre de beach club espera un solarium amplio y una piscina con una foto insuperable: la de un horizonte en el que se confunde lo natural con lo artificial de forma mágica. 

6d9fb5f0-e8b0-4a26-8e06-a4214c6ca113. Foto: Hotel Santa Marta

Foto: Hotel Santa Marta

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Sabor marinero

Junto a la piscina espera una terraza gastronómica con un ambiente relajado y un aliciente similar: comer y beber frente al mar en una especie de chiringuito evolucionado. Se trata de uno de los espacios más valorados por clientes y por comensales esporádicos ya que cuenta con la sofisticación propia de un cinco estrellas, los productos más cuidados de los alrededores (los pescados vienen directamente de la lonja de Llançà) y una esencia puramente mediterránea. Ahí están los pinos dando sombra y una barca varada que, en según qué acontecimientos, se transforma en todo un emblema. 

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Foto: Hotel Santa Marta

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Una vuelta de tuerca gastronómica

"La gastronomía es clave para atraer y seducir al huésped actual" asegura Albert Marín a Viajes National Geographic. Por eso, en paralelo a la renovación de las habitaciones, el hotel ha emprendido un viaje con el fin de ofrecer dos propuestas diferenciadas. Abajo, junto al mar -siempre con ese sonido envolvente- el SantaMar, donde los platos estrellas son los arroces y los pescados a la brasa al estilo de Getaria pero con materia prima mediterránea. Arriba, en unas terrazas abalconadas entre árboles, el Restaurante 58, un espacio más gastronómico que se podría definir como catalán con toques franceses. Ahí es donde el chef Jesús Niño trabaja con los mejores ingredientes y trata con mimo el producto para que las noches a la luz de la luna tengan un sabor especial. Y funciona, sobre todo con platos como su fantástica carrillera, sorprendente incluso para los paladares más meseteños. Todo un despliegue en el que no se queda a un lado el desayuno, con -por supuesto- impresionantes vistas y un buffet de bollería fresca, embutidos y platos calientes.  

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Un spa para alargar el verano

Fue en el 50 aniversario (2009) cuando el hotel puso en marcha la tercera pata de su F5: el Spa. Provisto de un circuito termal y de un completo programa de tratamientos, este complejo anexo al edificio principal es la mejor excusa para acudir a este hotel fuera de temporada. Sus clases de yoga al aire libre y su sala fitness hacen que el huésped reconecte de otro modo con el entorno, aunque la mayor virtud de este hotel es y seguirá siendo -da igual que pasen los años- el regalo del sonido del mar a todas horas, en cualquier momento, como un metrónomo que se acaba interiorizando y que, de alguna manera, lo limpia todo. 

Santam ok