Lienzo ¿en blanco?

El invierno: un viaje a través de la pintura y el arte

Monet, Van Gogh o Goya fueron algunos de los artistas que mejor supieron captar los matices de la primera y última estación del año.

El frío gélido, una vaharada a cada respiración, la nieve que tiñe de blanco el horizonte, la tierra yerma, la hierba que no crece, los osos que huyen al interior de las cuevas, las fumarolas de las chimeneas. El invierno llegó a la tierra como castigo. En la mitología nórdica, las heladas anunciaban el fin del mundo, en la griega, Bóreas (el dios del viento del norte y del invierno) aparecía al terminar el otoño. Lo hacía desde la región de Tracia, al norte del mar Egeo y barría el paisaje heleno con su respiración helada dejando un cuadro vacío, solitario, desolado.

 

Asimismo, se representó el invierno en las primeras etapas de la historia del arte. Más tarde, las paletas cromáticas fueron ampliándose, y a los blancos y tonos ocres de la naturaleza muerta les acompañaba algún que otro color vivo. Se comenzó a plasmar un invierno diferente, plagado de patinadores sobre hielo, luces incandescentes, hogueras construidas como puntos de encuentro y niños lanzándose por la ladera en trineo. Empieza un viaje invernal a través del arte.

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Priemra parada, la estepa castellana

Foto: Creative Commons

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Primera parada, la estepa castellana

El rey Carlos III encargó a Goya una serie de tapices bajo el título Pinturas de asuntos jocosos y agradables, aunque a juzgar por su contenido, de agradable y jocosa no tiene nada. El genio aragonés decidió ser fiel a su espíritu cronista y plasmó en La Nevada (1786), uno de los inviernos más duros y realistas de la historia del arte. Por el momento, la ubicación exacta del paisaje de esta obra que puede verse en el Museo Nacional del Prado es un enigma, ya que no se conoce con exactitud el lugar por donde está compañía deambula pero a juzgar por el contexto, es muy posible que tuviera lugar en algún campo de la estepa castellana.

Cinco hombres tratan de avanzar pese a la ventisca y el frío. Por sus mantas, se sabe que los dos primeros personajes son zamoranos y el último de la triada, valenciano. Se resguardan inútilmente de las bajas temperaturas que han terminado por eliminar cualquier ápice de vida silvestre a su alrededor. Su única fuente de alimento se encuentra tras de ellos. Allí, cargado a lomos de una mula, un cerdo yace inmóvil que gracias al frío gélido se conserva perfectamente. 

Carretera y manta, Versalles aguarda

Foto: Museo Thyssen-Bornemisza

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Carretera y manta, Versalles aguarda

Considerado por muchos uno de los líderes y fundadores del impresionismo, Camille Pissarro dedicó varios lienzos al invierno, sus efectos en el paisaje y su incidencia en la luz. Uno de ellos es este: Camino de Versalles, Louveciennes, sol de invierno y nieve (1870). La obra representa una de las calles de Louveciennes, quizás el pueblo más valorado por los pintores impresionistas, pues según cifras oficiales, existen más de 120 pinturas originales de Renoir, Sisley, Pissarro y Monet sobre este enclave muy próximo a Versalles.

El cuadro, actualmente en el depósito del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, representa un carruaje se pierde al final de la carretera camino al famoso palacio. Mientras, unos campesinos charlan tranquilamente en medio del sendero. Sin embargo, al poco tiempo de haber pintado este cuadro, el paisaje sufrió los estragos de la guerra franco-prusiana, quedando totalmente destruido. Hoy, Louceviennes vuelve a ser ese pueblo tranquilo y rural, de campos frutales y bodegones, aunque distinto al que retrató Pissarro.

La mayor nevada del Sena

Foto: Creative Commons

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La mayor nevada del Sena

El invierno de 1874 fue especialmente duro en Argenteuil, una ciudad situada a 11 kilómetros de la capital parisina. Las fuertes nevadas ocultaron la localidad francesa bajo un manto blanco que Claude Monet no quiso desaprovechar y pintó Escena de nieve en Argenteuil, un cuadro que hoy forma parte de la colección de la National Gallery en Londres. Al fondo, el río Sena, casi imperceptible por los trazos escuetos del artista. Detrás, fuera de plano, la estación que conecta la capital con Argenteuil, que hoy en día sigue siendo una parada recurrente para muchos parisinos que desean hacer una escapada de fin de semana. Parte de esa multitud se diluye en el horizonte entre trazos gruesos, al igual que el rastro de un carruaje que rompe con la blancura de la nieve. El resto es un paisaje invernal de techos nevados y árboles cubiertos de escarcha. 

 

 

Van Gogh, Trump y un retrete de oro

Foto: Creative Commons

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Van Gogh, Trump y un retrete de oro

Durante sus últimos años, Vincent Van Gogh se retiró al sur de Francia, a Arlés. Tenía la intención de fundar una escuela de arte que nunca se construyó. También fue el escenario de varias trifulcas con un compañero de profesión, Gauguin. Pese a todo, las obras durante ese periodo fueron estallidos de color. De esa manera representó también el invierno francés, completamente diferente a cualquier otra representación anterior. En Paisaje con nieve (1888), Van Gogh plasmó ese oxímoron cromático que es el invierno colorido a través de uno de los campos a las afueras de Arlés. A diferencia de los cuadros anteriores, la nieve parece estar desapareciendo y los primeros brotes comienzan a hacerse visibles. Al fondo, aún nevadas, las cumbres de las montañas de Montmajour.

La obra, como la mayoría de las que pintó Van Gogh, pasó con más pena que gloria y no adquirió valor real hasta después de su muerte, llegando a ser objeto de deseo de personalidades como el expresidente de los Estados Unidos, Donald Trump. En 2018, justo en el 130 aniversario de Paisaje con nieve, Trump solicitó al Museo Guggenheim de Nueva York (propietarios actuales de la obra) el cuadro para decorar una de sus estancias privadas en la Casa Blanca y este le respondió enviándole un retrete de oro titulado América, del artista italiano Maurizio Cattelan. 

Invierno idílico

Foto: Creative Commons

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Invierno idílico

Bruegel El viejo plasmó como nadie el invierno. Llamado así por los demás artistas, fue uno de los cuatro grandes autores de la pintura flamenca, a la altura de Van Eyck, El Bosco y Rubens. Cazadores en la nieve (1565) forma parte de una serie pictórica sobre los meses del año, disponible en el Museo de Historia del Arte de Viena. Representa el invierno y tiene lugar entre los meses de diciembre y enero. A pesar del realismo y de ser el máximo exponente de la pintura invernal, el lienzo no representa ninguna ubicación real. Pieter Bruegel (su verdadero nombre) da rienda suelta a la imaginación y traslada al público a cualquier pueblo bucólico del norte de Europa.

Rodeado de grandes montañas que bien podrían ser el Matterhorn o el Mont Blanc, se extiende un pueblito a los alrededores de un lago congelado que durante el invierno funciona como pista de patinaje. Allí, decenas de personas patinan alegremente y se funden con la naturaleza más fría y áspera. Arriba, en lo alto del monte, un grupo de cazadores dan nombre al cuadro. Llegan exhaustos después de una jornada de caza en la que solo han cazado un zorro y alguna que otra ave oculta en las bolsas que cuelgan de sus espaldas.

La nieve imaginaria

Foto: Creative Commons

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La nieve imaginaria

A diferencia del cuadro de Pieter Bruegel, Kanbara sí existe. Sin embargo, rara vez nieva en esta zona de la prefectura de Shizuoka (Japón) y mucho menos lo hace con la intensidad con la que Utagawa Hiroshige plasmó en Tarde de nieve en Kanbara (1833). Los copos caen suavemente sobre la ladera del poblado y se posan tranquilamente sobre los tejados hasta dejar una un grosor de varios centímetros, visible en las huellas que deja uno de los viajeros que se intenta resguardar con una especie de paraguas rojo. Casi se pueden escuchar los crujidos de la nieve a cada paso. La obra de Hiroshige, hoy propiedad del Museo de Arte Metropolitano de Nueva York, intenta mostrar la dureza del invierno pero también la calma y tranquilidad que una situación tan adversa lleva consigo. La pieza es una grabado que forma parte de la escuela pictórica recogida en el ukiyo-e, el estilo de paisajismo japonés muy popular entre los siglos XVII y XX y que tiene como gran obra de referencia La gran ola de Kanagawa

A la orilla del círculo polar ártico

Foto: Turismo de Noruega

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A la orilla del círculo polar ártico

El invierno es distinto cuando se está cerca del círculo polar ártico. El frío, la nieve, e incluso el hielo son diferentes a lo que ocurre algunas latitudes más bajas. Aquí la tierra se vuelve áspera y se deja llevar por el frío hasta crear un paisaje único. Aparecen entonces los fiordos y los glaciares, monumentos naturales únicos que Karl Erik Harr lleva décadas plasmando en sus cuadros. Uno de ellos es este, titulado Fra Karlsøyvær, el nombre que recibe la reserva natural situada en Nordland, una de las provincias más al norte de Noruega. Es allí mismo donde reside esta pintura, en el museo Karl Erik Harr. 

Ya en el cuadro, una cabaña de madera parece no haber resistido la dureza del clima y parte de su tejado ya no existe. Formando un circulo, la nieve se acumula a su alrededor entre los matorrales y al fondo, una montaña a la que parecen haberle robado el pico se abre en cuatro trozos. Pese a las pésimas condiciones en la que se encuentra la casa, es un excelente refugio desde donde avistar la biodiversidad natural de la zona, sobre todo de aves. Muchas especies migratorias llegan hasta aquí para anidar, un fenómeno que atrae a cientos de personas cada año para documentar y observar estas aves como por ejemplo, las águilas marinas.

 

La nieve imaginaria